“Tras describir su propia experiencia fantasmática y enumerar las muchas explicaciones posibles, termina usándolas para reforzar el sentido íntimo de lo que vivió (…) En efecto, parece decir, la alucinación y el delirio no desacreditan la presencia de su marido: la autorizan. La ciencia como herramienta mágica”, escribe Ignacio Álvarez sobre Historias de fantasmas, de Siri Hustvedt.
Por Ignacio Álvarez
Historias de fantasmas, lo sabemos incluso antes de empezarlo, es un libro de duelo. En él se trenzan las vidas de Siri Hustvedt, la que recuerda, la que escribe, y de Paul Auster, el recordado, el que ha muerto. Sabemos desde el principio que es un libro de duelo porque ambos son escritores conocidos a escala global y hay mucha información sobre ellos dando vueltas. Sabemos también que Paul Auster murió en abril de 2024. Que sus libros, tan importantes y populares en el Chile de los años noventa y dos mil, mezclaron el policial metafísico, la historia de Estados Unidos, el béisbol y mucho, mucho cine. Que Siri Hustvedt ha tenido que lidiar con un prejuicio pertinaz que relega su obra a la sombra de la de su marido. Que los últimos años de la vida de Auster estuvieron atravesados por el dolor, la tragedia y la exposición pública de ese dolor y esa tragedia: la muerte de su primera nieta, de diez meses, por una sobredosis de fentanilo y heroína; la muerte de su hijo mayor, el padre de la niña, también por sobredosis de drogas apenas un mes después.
Como dijo Freud en 1917, el duelo es un trabajo; consiste en convencernos de que la persona que amamos ya no existe, con la promesa de que al final de ese camino podremos recuperarla en la memoria. Lo que resulta verdaderamente apasionante en este libro es la variedad de herramientas que despliega Siri Hustvedt para realizar ese trabajo. Entre otras, podemos encontrar la recuperación de algunas entradas de su diario durante la enfermedad y la muerte de Auster; las cartas que intercambiaron al inicio de su relación; recuerdos más remotos, fragmentarios y articulados de su vida en común; poemas de ella y canciones de su hija Sophie; un puñado de cartas que Auster, sabiendo ya que moriría, le escribió a su segundo nieto, nacido durante la pandemia.

Siri Hustvedt
Seix Barral, 2026
382 páginas
Imagino que cada uno de nosotros puede seguir un camino diferente en la lectura. Yo disfruté especialmente el capítulo “Libros, Bartleby y la fama”, en el que se cuenta en contrapunto la carrera literaria de ambos. Supe que la fama mundial, por suerte, le cayó a Auster después de los cuarenta años, o sea, no lo destruyó y pudo disfrutarla. Que detestaba, como cualquiera en su lugar, esa especie de animadversión gratuita que los escritores famosos reciben por el puro hecho de ser famosos, antes incluso de que se lean sus obras. Que ante la sensatez de su esposa —“No querrás que todo el mundo adore tus libros, ¿verdad?”—, Auster sinceraba su deseo sabiendo que era ridículo: “Pues sí, me gustaría”. Que él intentaba aliviar la pesada carga que significaba ese nombre al que estaba ligada por los lazos del amor: “Cuando me sentía particularmente ofendida, Paul me miraba y decía: ‘Creo que deberíamos divorciarnos y vivir juntos en secreto’. Y su mujer volvía a poner los ojos en blanco”.
Me dio mucha risa saber que, de los dos, la intelectual era ella. Recuerdo con bastante nitidez que, durante los noventa y dos mil, quienes querían criticar la Trilogía de Nueva York insistían en que Auster era una especie de Borges aguado y estadounidense, si es que esas dos palabras no son sinónimos. Me dio risa porque yo mismo fui de los que criticaron ese libro y casi con las mismas palabras. Me conmovió algo que no conocía sino de lejos: el compromiso político consistente de ambos en contra del populismo trumpista y la masacre de Gaza.
De todas las herramientas que Hustvedt usa para comprender y comprenderse, quizá la más llamativa, sorprendente y astuta es el modo en que la autora teje el discurso científico junto con su propio relato. No es una novedad su interés en la neurociencia, la psiquiatría y el psicoanálisis; en La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, de 2009, usaba esas herramientas para entender los extraños temblores que sufrió tras la muerte de su padre. Lo que me pareció diferente es el uso particular que estos materiales tienen en este trabajo de duelo en el que está embarcada.
Se supone que la ciencia, ese dominio privilegiado del desarrollo moderno (a estas alturas tan privilegiado como apolillado), es uno de los más efectivos expedientes mediante los cuales el mundo, como diría Max Weber, sufre su necesario desencantamiento, es decir, el reemplazo de los poderes ocultos por el cálculo y la previsión. La ciencia nos explica lo que antes era incomprensible y, de este modo, nos hace entender el suelo que nos sostiene. En Historias de fantasmas, en cambio, la ciencia no explica, sino que complica, se implica, se imbrica, sin dejar nunca de ser ciencia, explicación racional sustentada en la mejor evidencia. Hustvedt nos cuenta que, como muchos —entre el 30 y el 60 % de las personas en duelo, según el British Medical Journal—, sintió a su marido unos días después de su muerte: “Una vez que me desperté del todo, me quedé allí tumbada pensando y caí en la cuenta de que, mientras flotaba en la frontera entre la vigilia y el sueño, Paul había estado vivo para mí”.
Una postura obtusamente desacralizadora diría que esa evidencia debe interpretarse en su sentido más obvio: entre el 30 y el 60 % de quienes enviudan despliegan una fantasía compensatoria, una alucinación benigna, un delirio suave. Este libro, en cambio, opta por un camino distinto. Tras describir su propia experiencia fantasmática y enumerar las muchas explicaciones posibles, termina usándolas para reforzar el sentido íntimo de lo que vivió: “sentí que Paul entraba en el dormitorio y, por un instante, volvió a mí esa sensación indescriptible que tanto anhelaba. Lo recuperé”. En efecto, parece decir, la alucinación y el delirio no desacreditan la presencia de su marido: la autorizan. La ciencia como herramienta mágica.
Últimamente he estado leyendo, por razones que no vale la pena mencionar aquí, varias discusiones teóricas que proponen abandonar el humanismo moderno por sus evidentes limitaciones: su tendencia relativamente insalvable a construir al otro como enemigo y bárbaro, sus terribles problemas al momento de la representación política. En otras palabras, el habitual y crónico incumplimiento de sus promesas. El uso de la ciencia en Historias de fantasmas, que autoriza el delirio y la alucinación, presenta un buen argumento en contra de la renuncia moderna. Si la ciencia puede usarse tal como lo hace Siri Hustvedt, es decir, de un modo moralmente humanista, y sirve para entender nuestros afectos doloridos, para implicarse y complicarse en el dolor, entonces tal vez no sea obligatorio que abandonemos todavía el siempre incompleto proyecto de lo humano.
