Luego de trece años como director del Ballet Nacional Chileno, el coreógrafo francés vuelve a su país y cierra un ciclo marcado por la apertura estética, la colaboración institucional y una insistente reflexión sobre el lugar de la danza en el ecosistema cultural chileno. “Es sano, tanto para mí como para la compañía, que otra mirada pueda proyectarla”, dice.
Por Denisse Espinoza | Foto principal: CEAC/ U. de Chile
“La danza contemporánea tiene que abrir su público”, decía en una entrevista de abril de 2019 el coreógrafo Mathieu Guilhaumon (1979) a propósito de Hats off!, obra con la que el Ballet Nacional Chileno (Banch) —dependiente del Centro de Extensión Artística y Cultural de la Universidad de Chile (CEAC)—, bajo su dirección, estrenaba por primera vez una coreografía que incorporaba elementos del vaudeville norteamericano, el cabaret, el arte circense, el jazz y el hip hop. Todo con la colaboración de los Power Peralta, la dupla de danza urbana más reconocida del país. Abrirse a colaboraciones impensadas era justamente la apuesta de Guilhaumon, quien seis años antes había aterrizado en Chile para hacerse cargo de la compañía, luego de haber tenido él mismo una formación ecléctica e internacional. Estudió en el conservatorio de Perpiñán, su ciudad natal, luego en el Alvin Ailey American Dance Center de Nueva York y la École-Atelier Rudra Béjart de Lausana. Más tarde fue intérprete en diversas compañías, desde el Groupe 13, dirigido por el coreógrafo francés Maurice Béjart, hasta el Ballet de l’Opéra national du Rhin, donde comenzó como coreógrafo, pasando por el Stadttheater Bern Ballet de Berna y el Ballet Theater de Augsburgo, en Alemania.
Ese año, Hats off! fue por lejos el estreno más exitoso de la temporada —aplaudido por el público y la crítica— y se convirtió en uno de los hitos de la historia reciente del Banch. La obra fue elegida como la mejor coreografía del año por el Círculo de Críticos de Arte, mismo premio que en 2018 se había llevado también Giselle. Contrapunto y revista, en la que Guilhaumon reinterpretó la obra cumbre del ballet romántico manteniendo la estructura de la pieza original, pero introduciendo nuevos movimientos, escenografía y vestuario para darle una vida moderna. La dramaturgia y puesta en escena estuvo a cargo de la actriz Millaray Lobos, una de las colaboradoras más cercanas al coreógrafo desde su llegada a Chile.
Por eso no fue raro que la última obra dirigida por Guilhaumon tuviese a Lobos como colaboradora en la dramaturgia: De una luz a otra fue estranada el pasado 17 de abril y con solo cuatro funciones marcó la despedida del coreógrafo tras 13 años al frente del Banch. “De forma simbólica, quisimos mostrar qué ha significado para mí este periodo y cómo Chile me ha transformado. Partiendo de inspiraciones musicales, de paisajes, de colores, vamos mostrando de forma poética un ciclo vital, un viaje que también es el paso del día a la noche; de cuerpos individuales que se transforman con la aparición de otros, formando un colectivo. Partimos de algo estructurado, formas más nítidas para llegar a un momento más salvaje de rito. Luego todo se suelta en un movimiento liberador”, explica el artista sobre la obra que volverá a cartelera el 10, 11 y 12 de julio en el Teatro Municipal de Las Condes.

Uno de los clímax de la pieza se alcanza sin los bailarines en escena: desde bambalinas aparece un personaje vestido con un traje de lentejuelas doradas, un chinchinero que se roba rápidamente el protagonismo con su gran habilidad para bailar y girar al tiempo que toca el bombo y los platillos. Al finalizar su intervención, el aplauso es espontáneo. Guilhaumon ha logrado nuevamente conectar con el público con un toque inesperado. “Hay que entender que entre el ballet muy clásico y la danza contemporánea o más conceptual, hay todo un mundo, y creo que las propuestas del Banch son parte de ese mundo. Cualquier persona puede ver y entender con su propio imaginario, sin conocer de antemano los códigos. Esa también ha sido una de mis preocupaciones. Hay un proyecto artístico que es importante, pero también hay que pensar en los públicos, muy a menudo nos olvidamos de ellos”, plantea el coreógrafo.
En octubre de 2019, tras el éxito de Hats off!, el Banch anotó otro hito con su primera gira internacional a Francia. Durante 20 días, el ballet se presentó en cinco ciudades de ese país con la pieza ¿Puedo Flotar?, encargada en 2016 a la coreógrafa japonesa Kaori Ito. Desde entonces la han presentado cada año (excepto en 2020 debido a la pandemia) con comentarios del público y la crítica cada vez más elogiosos. El año pasado apareció en la revista especializada Dancer Canal Historique un extenso artículo sobre la compañía y su presentación en el Festival Vaison Dance, donde destacaron las tres piezas del repertorio del Banch —Chacona (2021), Euritmia (2024) y Bolero (2018) —, interpretadas “con fuerza y gracia; de una manera sumamente expresiva, aportaron un color nuevo e intenso a las representaciones y cautivaron al público”.
Después de esa primera gira internacional de la que el Banch regresó solo dos días después del estallido social, Guilhaumon siguió dando pruebas de su apertura no solo en términos estéticos, sino también territoriales. Reforzó la presencia de la compañía en otras regiones, estableció alianzas con instituciones como el Ballet de Santiago y se instaló en nuevos escenarios. En diciembre de 2019 llevó a la compañía a presentarse en el ciclo “Alameda abierta” del GAM, donde no solo ofreció una función para todo público, sino también invitó a los asistentes a unirse al elenco del Banch. Dos años después repitió la experiencia llevando la obra Mosaico a la estación de metro Quinta Normal, convirtiendo a los pasajeros y al espacio público en parte de la coreografía. En 2024, la compañía volvió a la calle al participar del Festival Sale el Sol de Providencia con Interacciones, que se presentó en el Parque de las Esculturas. “La danza es un arte que siempre ha sido considerada más intelectual y abstracta, y ella misma ha contribuido a mantener ese halo de misterio. Creo que este tipo de experiencias, de sacar la danza del teatro para estar presente en lugares cotidianos, es una de las maneras en que la relación con el público se vuelve más orgánica”, afirma Guilhaumon.
En el plano artístico, la dirección de Guilhaumon se caracterizó por la construcción de un repertorio híbrido. Obras como Poesía del otro, su reinterpretación de Giselle, Kuroshio (junto a Claudia Vicuña), La hora azul o la reciente De una luz a otra trazan un recorrido donde conviven estructuras musicales rigurosas con una búsqueda sensorial y poética. Su trabajo se ha apoyado sistemáticamente en la colaboración interdisciplinaria: dramaturgia, artes visuales y composición musical dialogan en escena para expandir el campo de la danza más allá del movimiento. Además, en paralelo, Guilhaumon ha trabajado también coreografiando óperas dirigidas por Mariame Clément en la Opéra National du Rhin, en la Ópera Nacional de París y el Teatro Real de Madrid, entre otros, lo que ha posibilitado su vigencia a nivel internacional.
¿Cuál dirías que es el sello que has dejado en el Banch?
—Mi trabajo se nutre de muchas inspiraciones, tuve una formación muy ecléctica. Pasé por el clásico, por el jazz; trabajé en musicales y eso me define. Me he nutrido de todas estas formas para llegar a algo bastante híbrido. Creo que el Banch es hoy una compañía muy versátil y eso es bueno, porque permite invitar a distintas escrituras coreográficas y presentarlas a un público también diverso. Eso me representa mucho como persona, porque soy francés, pero me considero mucho más que eso; todos los lugares por los que he pasado me han afectado. Creo que la compañía tiene este sello ecléctico también por sus integrantes extranjeros. Por aquí han pasado argentinos, paraguayos, brasileños, venezolanos, colombianos, también gente de Italia, Estados Unidos, Suiza. Este es el Ballet Nacional de Chile, pero no podemos olvidar que su fundador fue un alemán [Ernest Uttof, en 1945]. Chile es muy diverso y se ha construido gracias a la migración, y esa riqueza no hay que dejar de mostrarla.
Después de trece años en Chile, ¿cuál es tu balance de este ciclo?
—Me voy muy contento. Ha sido una decisión muy reflexionada, no responde a frustraciones. Yo me inscribí en un camino muy largo que tiene esta compañía, de 80 años, entonces siempre me sentí en tránsito. Creo que es importante saber en qué momento dejar un lugar. Es sano, tanto para mí como para la compañía, que otra mirada pueda proyectarla y que siga su camino. Es un momento en que estoy muy conforme con los logros, con lo que se ha construido con el ballet, que está en un nivel altísimo, tanto a nivel artístico de repertorio como de técnica. Este deseo de volver a mi país tiene que ver también con estar más cerca de mis padres que están envejeciendo, con cosas más bien personales. Y también porque soy de una región del sur de Francia donde hay una necesidad de cultura, de danza, que no se ha desarrollado mucho. En 2021 fundé el Festival des 8 / Danse à Collioure [evento abierto a la comunidad donde también se ha presentado el Banch], que quiero consolidar y donde por supuesto siempre va a ser bienvenida la compañía. Me emociona mucho el vínculo con Chile y también la red que he podido armar en Latinoamérica, donde he colaborado con Perú y Brasil. Nunca será un adiós definitivo.
¿Cuáles fueron los desafíos más grandes que te tocó asumir en estos años?
—Creo que puede haber mucha fantasía sobre lo que significa ser un director artístico. Afortunadamente, siendo bailarín, el último director que tuve me lo advirtió. Me dijo que este trabajo era 80% gestión y solo un 20% era artístico. En ese sentido, un momento complejo de administración fue en 2016, cuando tuvimos que dejar el espacio de la Facultad de Artes del centro: las relaciones con el Departamento de Danza estaban muy debilitadas y nos encontramos de un día para otro sin espacio [ese año los estudiantes de Danza tomaron Torre 15 exigiendo contar con más salas de ensayo, que hasta entonces eran ocupadas por el Banch]. Sin embargo, gracias a eso llegamos a trabajar al GAM por casi diez años. Nos pudimos vincular con sus equipos y generar nuevos lazos de cooperación, lo que ha sido muy beneficioso. En este momento, las relaciones con el Departamento de Danza se han restablecido y ha sido un bonito reencuentro también gracias a que ahora hemos podido llegar a este maravilloso edificio [la nueva sede del CEAC inaugurada en Vicuña Mackenna 20]. Finalmente, lo más importante para mí es tener un grupo de 20 bailarines con los que pueda trabajar en óptimas condiciones. Tratar de llevar a puerto todos los proyectos a pesar de los obstáculos. Trabajar con seres humanos, sus humores y fragilidades tampoco es fácil, pero es muy gratificante cuando se hace y se logran los objetivos. Hay que aprender sobre todo a construir confianza con el equipo y adaptarse a distintos escenarios.
Esa visión también te ha permitido impulsar colaboraciones con otras instituciones, incluyendo el Ballet de Santiago.
—Sí, porque creo que la lógica de competencia no tiene sentido, sobre todo en un contexto complejo para la cultura a nivel local y también en el mundo. Lo sabemos: hay cada vez más recortes presupuestarios en nuestros países, en Francia también, pero al menos allá hay una estructura más sólida. En cambio, en Chile, donde todo es mucho más frágil, es supercomplejo sobrevivir. Entonces la única manera de mantenerse y salvarse es cooperar entre distintas instituciones culturales. Por eso han sido tan importantes los lazos que he podido desarrollar en estos años con Matucana 100, con el GAM o con el Teatro Municipal de Las Condes. Cuando llegué, uno de los primeros pasos que di fue reunirme con la dirección del Ballet de Santiago, porque me sorprendió que no hubiese una colaboración con este otro elenco estable, a pesar de que estamos separados por solo 500 metros. “¿Por qué no están trabajando juntos, en lo que sea?”, me pregunté. Me acerqué entonces a Marcia Haydée, la directora en esos años, y me dijo que nunca antes había existido la voluntad, pero que estaba feliz de comenzar. En el fondo, había instalada una lógica de competencia, de productividad, que tiene que ver con una visión muy liberal de funcionar. Pero yo creo que a estas alturas no tenemos que defender nuestro territorio solos, porque eso es sabotearnos. Necesitamos apoyarnos, colaborar. Y eso no significa que vamos a perder nuestra identidad o nuestro público, sino todo lo contrario.
