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 El ruido de lo que se rompe

“Si desde fuera Crac, parece otra narración sobre los hijos de las víctimas de las dictaduras latinoamericanas, otra crónica autobiográfica más, una vez dentro se descubre que las posibilidades de la narración son infinitas, sorpresivas y a veces, como en este caso, también conmovedoras”, escribe Ignacio Álvarez sobre el último libro de Josefina Licitra.

Por Ignacio Álvarez

De vez en cuando aparecen artefactos breves y sensibles como la hermosa crónica que Josefina Licitra (La Plata, 1975) quiso titular Crac, como el sonido que hacen las cosas duras cuando se quiebran. Lo que se quiebra en este caso, la sustancia fundamental del relato, es una relación que se supone de las más resistentes, de las más indiscutibles (aunque sepamos que la dureza muchas veces esconde una buena cuota de fragilidad): la de un padre con su hija. Sin suspenso, poniendo el foco mucho más en los porqués y los cómo que en cualquier clase de misterio, se nos revela desde el comienzo el daño que este libro quiere elaborar: el padre de la narradora, herido por la publicación de un texto en el que ella relata las complejidades de su vínculo, ha decidido romper de manera definitiva: “Se trató de un misil bajo la línea de flotación en toda regla”, escribe él, “que dinamitó lo que quedaba de nuestra relación”. 

¿Existe una ofensa que pueda legítimamente anular ese lazo? ¿Se puede renunciar a la paternidad así? ¿Acaso no estamos obligados, por una fuerza anterior a nosotros mismos, a soportar cualquier golpe que la amenace sin importar su intensidad? ¿Cómo se vive cuando un contrato tan primordial no solo es ignorado en los hechos, como ocurre todos los días, sino que es objeto de un repudio consciente, deliberado y argumentado? No se trata de un melodrama ni de una ficción, sino de un nudo dificilísimo que enreda a personas perfectamente razonables y bienintencionadas, personas que quieren quererse pero que se descubren, casi sin darse cuenta, incapaces de hacerlo. 

El contexto es fundamental para entender cómo es que llegaron hasta allí: el padre de la autora, un militante perseguido por la última dictadura argentina, decide exiliarse en España con su familia, pero su familia —la autora y su madre— decide no acompañarlo. Todo dolor, entonces, se bifurca: la vida difícil de quienes se quedaron en condiciones precarias, cargando la culpa de la traición; la vida difícil de quien se fue y retiene el ideal, pero ha perdido el contenido que le daba sustancia. 

Es un marco inusual, y probablemente uno de los mayores logros del libro radica en la soltura con que lo describe y sobre todo lo recorre. La crónica logra moverse con cuidado tocando innumerables zonas inflamadas de la vida propia y ajena sin dividir las simpatías en términos morales, y hace un esfuerzo enorme por comprender a quienes han tomado decisiones en el fondo incomprensibles, reconociendo hidalgamente cuándo ese esfuerzo es insuficiente y estamos ante lo que, simplemente, no tiene explicación. Como el silencio absoluto de un padre, por ejemplo. 

Al lado de esta enorme herida se van desplegando algunos temas que me parecen fundamentales. El primero tiene una formulación muy general, que va cambiando de manera sorpresiva cuando lo llevamos a un caso particular: ¿tienen los escritores el derecho de escribir sobre los demás? Lo han hecho desde siempre, lo sabemos, protegidos por el fuero de la ficción o por la idea relativamente aceptada de que cualquier relato que cuente una historia real, habiendo sido escrito, deja de ser real por el hecho mismo de contarse. Pero a veces hay un límite. Es el caso de Emmanuel Carrère y su novela Yoga: su exesposa defendió en los tribunales franceses, me parece que con razón, su derecho a no seguir siendo el objeto de las fantasías que él publicaba como novelas. Ahora el caso particular: ¿tienen los hijos el derecho de escribir sobre sus padres? No se me ocurre una situación en la que pueda prohibirse, y más bien creo que, publicado o no, el relato a veces inclemente que nos hacemos de la vida de nuestros padres es un dato necesario para poder vivir con alguna paz. En su estupenda entrevista a Josefina Licitra, la periodista argentina Hinde Pomeraniec lo observa desde un iluminado sentido común: “Yo creo que uno sobre todo tiene que respetar a los hijos. No sé si se tiene que respetar tanto a los padres”. Se me viene a la cabeza, inevitablemente, otra relación dolorosa entre un padre y una hija, la de José y Pilar Donoso: mientras lee los diarios del padre, sospecho, la hija no es herida tanto por lo que él pueda pensar sobre ella sino por el hecho de que lo deje por escrito. El respeto elemental al que se refiere Pomeraniec se pierde, tal vez, en el momento en que el padre decide que esos juicios duros o injustos permanezcan.  

Crac 
Josefina Licitra 
Seix Barral, 2025 
168 páginas 

Hay también un denso fondo político, que aparece en Crac sobre todo cuando se cruzan las hebras de lo público y lo privado. Dos párrafos muy importantes lo exploran este fondo como una relación entre el amor y la responsabilidad social, dos bienes indiscutibles. La primera forma de plantearlo “está hecha de preguntas y resentimiento”, dice Licitra, “¿Por qué mis padres guardaban armas bajo mi cama? ¿Por qué me expusieron a ser robada y criada por una pareja de monstruos? ¿Un millón de niños del mundo vale más que un niño del mundo?”. La otra ocurre cuando ella mira a su propio hijo, “y consiste en preguntar por qué se le pide a la militancia un pergamino moral que nadie tiene (…) ¿La vida ‘normal’ que le doy a mi hijo lo libera del pánico y el estremecimiento que habrá de sentir cada vez que tenga la certeza orgánica, estomacal, de que la vida es finita y que él va —como todos— a morir?”. Es uno de los cuestionamientos más honestos e incisivos, uno de los reconocimientos más escarpados que los hijos pueden hacerle a la generación que les legó al mismo tiempo un ideal imposible de llenar y un terrible fracaso histórico. 

Por último, Crac realiza un ejercicio en el que el alivio del dolor, siempre parcial, por cierto, se confía en parte a la literatura y al arte. Como el Philippe Lançon de El colgajo, que lee a Proust y escucha a Bach sin pausa mientras se recupera de las heridas que recibió del incomprensible atentado a Charlie Hebdo en 2015, Josefina Licitra se entrega a las prosas de Fabio Morábito, de Betina González, de Tomás Abraham, de Theodor Kallifatides, de Luis Gruss, del propio Emmanuel Carrère. No los nombra porque quiera presumir de su cultura, como tampoco Lançon lo hacía en su momento; los menciona porque la literatura y el arte pueden ser, y a veces son, llaves para comprendernos, llaves para comprender.  

Si desde fuera Crac parece otra narración sobre los hijos de las víctimas de las dictaduras latinoamericanas, otra crónica autobiográfica más, una vez dentro se descubre que las posibilidades de la narración son infinitas, sorpresivas y a veces, como en este caso, también conmovedoras.