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Apuntes desde La Habana

El periodista argentino describe el deteriorado estado de la isla afectada por el intervencionismo de EE.UU. en Venezuela que la tiene sin acceso a combustible. “En Cuba, la única rutina visible es la que impone la urgencia”, anota en esta crónica publicada originalmente en Substack.

Por Juan Elman | Imagen principal:  YAMIL LAGE / AFP
1.

Cuando los primeros misiles caen sobre Teherán, yo me despierto en La Habana. Desde hace unos días recorro la isla con la pulsión de documentar, quizás solo testificar, este tiempo donde parece que está por pasar algo importante. No es la calma que antecede a la tormenta, aunque la ciudad esté detenida a propósito. Tampoco el famoso punto de inflexión, que llegó hace rato. Es el final de un estadío. ¿Cuánto va a durar? ¿Qué viene después? Nadie sabe. Yo tomo apuntes.

Como en todos lados pasan cosas importantes, la atención se fragmenta y se desplaza hacia un nuevo tema de urgencia. Es desquiciante. Publicar estos apuntes al inicio de una guerra global parece no tener sentido. Pero esta manera de pensar está mal. ¿Para qué escribir si todo dura tan poco? Por lo mismo que uno viaja y conoce gente: para marcar el paso del tiempo. 

En cualquier caso, el tema vuelve. El viernes pasado, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, confirmó que el gobierno está negociando con Estados Unidos para encontrar una salida a la asfixia petrolera impuesta por Trump.

Ya fuera de la isla, le escribo a algunas personas. Todo sigue igual, aunque hace varios días crecen protestas.

“Vamos a morir en masa si no entra combustible”, me dice la única persona cercana al gobierno con la que hablé durante mi estancia. “No nos queda otra que ceder al imperio”.

2.

Por momentos, La Habana parece una ciudad en guerra. Sin camiones de recolección, la basura se apila en las esquinas. A veces la prenden fuego. También se ven escombros de edificios y casas que se derrumbaron en algún huracán. Los vecinos ya se llevaron ventanas, puertas y todos los materiales que pudieran servir para algo. La desidia estatal se mide en años.

Son pocos los autos que circulan. Abundan las bicis y motos eléctricas, muchas de origen chino, que se instalaron en el paisaje urbano hace un tiempo. Sin buses o camiones, el transporte público se concentra en las mototaxis colectivas, con una cajuela en la que pueden caber hasta ocho personas como en una coreografía de circo, o en las sufridas bicitaxis, conducidas por jóvenes que acechan a los pocos turistas que quedan.

En los barrios pobres del centro, muchos cubanos salen temprano a recorrer las calles para “ganarse” o “inventarse” la vida. Deambulan. Hacen largas colas en bancos y panaderías. El tiempo no parece estar estructurado por el trabajo. La única rutina visible es la que impone la urgencia.

Las jornadas terminan temprano, porque a la noche la ciudad se apaga y se termina de vaciar. Las calles quedan completamente a oscuras.

3.

¿Hay luz?

A veces sí. Llega en forma de música.

En el Festival de Salsa, que se realiza a pesar de la crisis —a diferencia de la Feria del Libro, que tuvo que cancelarse—, la mayoría del público es local. Se baila de noche y mucha gente vuelve caminando a su casa.

Suenan pedazos de reguetón en todas las calles. Los deambuladores llevan parlantes inalámbricos o los incrustan en las bicis.

En las canchitas de fútbol y básquet solo se puede jugar de día, pero siguen llenas de adolescentes corriendo detrás de la pelota. Todos los partidos están musicalizados.

“El cubano se adapta a todo”, me dice Elías, mi vecino. “Vamos a ser la sociedad más fuerte del mundo: ¡todos caminando!”.

Con el correr de los días yo también me acostumbro al nuevo régimen de movilidad, lo que me parecía imposible al comienzo.

Pero son pequeños boquetes. Las caras están hinchadas de tristeza. Los deambuladores de la mañana caminan mirando al piso. El vacío que dejó el éxodo cubano de los últimos años —cifrado en más de un millón por algunas estimaciones— es palpable. Todo el mundo perdió amigos o familiares.

“El cubano se ríe, pero por dentro está llorando”, me dice una chica a la que vamos a llamar La Flaca, que persigue a turistas para venderles tours y habanos que fabrica su marido (uno de los últimos bienes que se producen en la isla).

Otro chico en el centro, otra mañana: “Si te cuento la realidad, llorás un mes”.

4.

La crisis energética se solapa y potencia con la debacle económica.

El principal efecto de la falta de combustible se ve en los precios de alimentos. La inflación está desbocada: el costo de una docena de huevos —alrededor de 6 dólares— ahora puede representar la mitad del salario de una maestra. A los problemas de la falta de producción —Cuba importa la mayoría de los alimentos— se les agregan los costos para transportarlos.

Por eso el interior de Cuba se encuentra peor. Aislado de los pocos dólares que reparten los turistas de la capital, enfrenta costos cada vez más altos para recibir productos que entran por el mar y son los que más sufren los apagones de electricidad, que en algunas zonas pueden durar más de un día.

El gobierno puede recurrir a una parte del petróleo que produce para el sistema eléctrico, además de apostar a energías renovables, pero es insuficiente para abastecer a toda la isla y no resuelve el problema del combustible.

Hay otros factores. En Cuba ahora es invierno, con temperaturas tolerables. ¿Pero qué va a pasar en verano, cuando los cortes sean más prolongados, los alimentos duren menos y la gente duerma peor?

La gente celebra una fiesta con luces portátiles durante un apagón en La Habana el 4 de marzo de 2026. (Foto de Adalberto ROQUE / AFP)
5.

Falta comida. La primera palabra que suelo escuchar cuando pregunto por la crisis es “hambre”. Costillas marcadas, dietas con un solo plato fuerte al día. Lo mismo con los medicamentos, que solo aparecen en puestos callejeros, a precios altos. Las farmacias están vacías.

En las mismas calles llenas de deambuladores se pasean autos de alta gama. Hoy en La Habana hay demanda de un montón de cosas, desde alimentos a productos básicos, pero es posible encontrar jamón crudo de España, quesos de Francia o golosinas de Miami. Aparecen en tiendas en dólares, que el gobierno fomentó durante la pandemia, o en las célebres mipymes, los emprendimientos privados que florecieron un poco después. Minimercados, cafés, restaurantes y otros emprendimientos aparecen como una novedad en el paisaje urbano.

“Cuba era una sociedad que tenía un tejido social homogéneo. Cuando yo estudiaba en la universidad, en los años setenta, sólo teníamos un par de zapatos, dos pantalones y dos camisas, pero todos teníamos un par de zapatos, dos pantalones y dos camisas”, me dice el escritor Leonardo Padura, sentado en el comedor de su casa. “Esa situación mejoró un poquito en los ochenta y en los noventa viene un empobrecimiento y unas carencias que nos afectaron a casi todos. La carencia era generalizada. Hoy la carencia es más selectiva”.

Esta brecha comenzó con la llegada del turismo y el acceso a divisas, pero explotó en los últimos años, con el aumento récord de la migración y las remesas. La diferencia entre las familias que reciben ayuda del exterior y las que no se está haciendo insalvable. Y es esa la plata que financia emprendimientos privados.

“La gran mayoría de esta sociedad se ha ido empobreciendo y un pequeño sector se ha hecho más rico. Son grandes manchas de pobreza y algunos puntos de riqueza en el medio”, dice Padura.

El escritor sigue viviendo en la casa donde creció, en Mantilla, un barrio de trabajadores ubicado a media hora del centro. Hablamos sobre uno de sus últimos libros, “Ir a La Habana”, donde Padura registra los cambios que alteran la ciudad desde la Revolución. Las descripciones ganan crudeza después de la crisis de los noventa, el grado cero de un declive irreversible en el paisaje urbano. A Padura, La Habana se le vuelve ajena.

¿Para qué escribir si todo dura tan poco? Padura sigue escribiendo para no volverse loco, dice. Lo mismo le pasó con los noventa. Ahora está trabajando en un libro sobre el arte de la novela. Y quiere escribir una nota en El País que se titule “Estoy hasta los cojones de Donald Trump”.

Yo también.

6.

Las especulaciones son provisorias, varían según el día y el interlocutor. Hay quienes pronostican el fin del régimen (“esto no da para más”) y los que aseguran que conocen lo suficiente para saber que el poder no va a cambiar de manos. “Cuba es de ellos y no se la saca nadie. Ni Trump, ni nadie”.

El problema político no tiene resolución clara a la vista; la apertura económica, en cambio, se invoca como una certeza. Y esta vez es el sector privado —las mipymes—, y no el Estado, el que tiene la iniciativa.

Muchos de los jóvenes con los que converso me hablan de la oportunidad (y necesidad) de hacer plata. De aprovechar los cambios de viento y acomodarse al nuevo sistema. El imaginario social de la isla está cambiando.

La migración sigue fija, como horizonte tranquilizador. Con la ruta hacia Nicaragua cerrada en el último tiempo, otros países que no exigen visa la reemplazan: Brasil, Guyana, Uruguay. 

“Podría venir la gringa más fea, sin un brazo, sin piernas, pero con tal de que me lleve, haría cualquier cosa. La haría feliz. En donde sea. En cualquier lado menos Cuba”, me dice un chico de 28 años llamado Raúl.

7.

Hay luz.

El jueves a la noche voy a la proyección de una película en el barrio de El Vedado, donde todas las semanas un grupo de jóvenes organiza eventos. Además del cineclub hay fiestas y recitales a los que pueden llegar trescientas personas, la mayoría en sus veintes. 

Se llama El Proyecto, tiene unos meses de vida. Su fundador, un chico de 29 años llamado David, volvió a Cuba en 2024, luego de una estancia en el exterior, para ocupar la casa familiar, que estaba deshabitada. Toda su familia vive afuera, entre Estados Unidos y España, pero él quería estar en Cuba.

Así que volvió, comenzó a dar clases de Comunicación en la Universidad, hizo un poco de periodismo y, los fines de semana, invitaba amigos a ver películas en la galería de la casa. Una noche alguien sugiere que abra un Instagram para hacerlo público. Y así empieza a llegar gente. Hoy el lugar ofrece una barra de alcohol a precios accesibles, comida y plazas de juegos, desde dominó a ping-pong. 

Hay noches fijadas para películas extranjeras y otras de cine cubano, además de los shows de música con artistas locales.

“Este lugar es un refugio. La gente entra con una energía y sale con otra”, me cuenta sentado en uno de los bancos del patio.

En una hora van a empezar a llegar jóvenes de distintos lugares de la ciudad, que colmarán la casa. Distintos grupos fuman, ríen a los gritos, coquetean, conversan.

“Hay una parte de la juventud que se quedó en la isla porque quiere ser parte de un cambio, atestiguarlo”, dice.

Muchos de sus amigos se fueron. Su mamá y sus hermanos le dicen que está chiflado. Él se quiere quedar.

“Porque si todos se van, ¿quién queda para armar lo que viene?”.