La última década del siglo XX suele recordarse como una era dorada de consumo, cultura pop y crecimiento económico, pero José Donoso y Raúl Ruiz vieron un país distinto: superficial, ansioso de modernidad y dispuesto a borrar su memoria cultural. Para ellos, detrás del espejismo del “Chile jaguar” había una pérdida más profunda, una fractura que aún resuena. Hoy, cuando algunos parecen añorar ese supuesto pasado esplendoroso, volver a sus advertencias es una forma de recordar que esos años también fueron pérdida y olvido.
Por Julio Tapia Olmos | Foto principal: El precio del dólar en el Chile de 1998. Ginnette Riquelme / AFP
Éramos todos felices // ¿Qué pasó? Yo me acuerdo, yo me acuerdo.
—Teleradio Donoso, “Bailar y llorar” (2008)
A veces cuesta asimilar la inevitable parcialidad de nuestras miradas. La confianza en la descripción de las cosas desde la calidez de los recuerdos más agradables o bajo el influjo de la pretendida objetividad de las cifras —el mantra de que Chile crecía en los años noventa sobre los cinco puntos porcentuales— puede obnubilarnos, hacernos creer que antes estábamos mucho mejor y, como corolario, provocar nostalgia.
Sin embargo, cual espejo de nuestros anhelos, la publicidad y la moda han dado forma en años recientes a cierta remembranza colectiva. Los referentes noventeros —celebridades, dibujos animados, los viejos artefactos del mundo análogo, fragmentos de programas de TV— fluyen bajo los formatos del espacio en línea y relevan una engañosa añoranza por el pasado. A nivel internacional, el New York Times ha documentado recientemente cómo se está usando la inteligencia artificial para vivificar fotografías, productos de consumo extintos o la vida preinternet, recreando refugios imaginarios para varias generaciones.
En nuestro país, cada cierto tiempo algún columnista anhela el tiempo donde no había teléfonos móviles, algún escritor extraña la diversión y la abundancia de esa época o algún expresidente de la República refiere el sencillo y descollante ritmo que llevaba la economía por esos años. En el ámbito empresarial, algunos admiten su nostalgia por la década en que “cada uno tenía la posibilidad de trabajar por su casa propia, ahorrar y soñar con un futuro mejor que el de sus padres” y advierten que hoy “esos ideales se desmoronan”, como lo plantea este informe de la Confederación de la Producción y del Comercio. Una mirada regresiva, condescendiente y selectiva en los recuerdos lleva un tiempo asentándose, cimentada en lamentos generacionales.
Por fortuna, antes —desde luego, en los noventa— también se escribió, y bastante. Un pequeño vistazo a esos testimonios podría ayudar a vislumbrar lo que ocurría y levantar dudas atendibles sobre lo que realmente extrañamos de esa época. Con razón o no, dos gigantes de la producción cultural chilena del siglo XX, José Donoso y Raúl Ruiz, advertían que algo muy valioso se estaba perdiendo —si es que no se había perdido ya— en la dichosa década de “mayor crecimiento económico”.
Podría acusarse cierto sesgo al tratar con dos artistas en esta empresa. Un lugar común es que las artes en nuestro país son desplegadas por partisanos, adherentes enérgicos de ciertos sectores políticos. En este caso, sin embargo, esa sospecha puede matizarse. Si bien ambos, Donoso y Ruiz, abominaban la dictadura militar y vivieron fuera del país un buen tiempo, ninguno de los dos era militante ni suscribía a proyecto político alguno después del retorno de la democracia.
Aunque Ruiz siempre fue de izquierda y militó en el Partido Socialista en su juventud, rehuyó desde temprano y hasta el cansancio de todo dogmatismo (“a veces puedo cambiar en una semana, entre estos dos límites, la izquierda extrema y la socialdemocracia”, dirá en el documental británico Exiles: Raúl Ruiz, de 1988) y había marcado distancia tajante con su país natal (“Gracias a que quemé las naves con Chile y decidí no volver ni tener nada que ver con Chile, pude volver libremente a Chile”, afirmaba en una entrevista a Canal 13, en 1999).
Donoso, por su parte, individualista y ensimismado —“un escritor para quien la política significaba menos que la jardinería”, describió acertadamente Héctor Soto— menos podría ser rotulado de escritor ideologizado o con un compromiso social muy elaborado (ante la pregunta, explícitamente declaraba en una entrevista en 1989: “Me interesan mucho más mis enfermedades que las enfermedades de la sociedad”).
Se trata en definitiva de dos artistas consagrados a su oficio, ampliamente reconocidos por su contribución a sus respectivos reinos de creación y que tenían ya poco y nada que perder ni demostrar en esos años.
En 1996, unos meses antes de la muerte de Donoso, se publicaron sus Conjeturas sobre la memoria de mi tribu. Como el título anuncia, el novelista santiaguino se propuso reconstruir su memoria familiar colectiva. Un ejercicio guiado por fotografías viejas, recuerdos de infancia, narraciones extraordinarias de ancianos, cuentos y mitos compartidos por la parentela y documentos de archivo. Y aunque intentaba disimular su alcurnia (“cuando al hablar de la historia de Chile me veo obligado a revelar mi origen de chileno puro de quince generaciones, creen que estoy presumiendo de aristócrata. Pero no lo soy, como tampoco soy plebeyo”), el libro devela el parentesco del escritor con varios personajes notables de la aristocracia chilena, como Alberto Blest Gana, Juan Emar, Juan Martínez o Eliodoro Yañez.
En sus Conjeturas…, un libro sobre el pasado, Donoso aparece siempre ácido para referirse al presente. El “Chile jaguar”, el de los centros comerciales y la apertura al capital financiero internacional, no le era seductor en absoluto:
“Ni los jaguares latinoamericanos ni los tigres de papel asiático tienen memoria; esta es una facultad que solo confiere la civilización […]. Las cosas, hoy, parecen ser todo lo contrario de como la historia querría que fueran, porque ahora todo en este cursi país es falsamente moderno —top, peak, super, fast-track—; desde su economía, que los ingenuos creen que bastará para encumbrarlo a potencia intercontinental, y no conciben que para eso haría falta generar una cultura, hasta las discothèques, los aviones y los atracos de los delincuentes aprendidos al pie de la letra en el cine de mala calidad y en una televisión auspiciada por piadosos plutócratas”.
El autor de El obsceno pájaro de la noche no estaba solo en sus lamentos. El prolífico director de cine Raúl Ruiz vivió durante los noventa en parte en Europa y en parte en Chile, padeciendo la ajenidad en el terruño que le había obsesionado toda su vida. Buena parte de sus entrevistas circulan hoy por internet, entre círculos de fans, como material de culto, y Ediciones UDP ha llevado a cuestas la encomiable tarea de compendiar parte de su archivo escrito. Bruno Cuneo, poeta y amigo íntimo de Ruiz, editor de Ruiz: Entrevistas escogidas – filmografía comentada (2013), narra la melancolía del director en los noventa por un Chile ya desaparecido y con el cual buscaba reencontrarse: “se empezó a dar cuenta de que ya le costaba un mundo identificar al país, que parecía haber sufrido una reinvención y que incluso lo detestaba”.
Para Cuneo, Cofralandes (2002), filme compuesto por una serie de imágenes documentales sobre el país, representaba como ninguna otra producción esta melancolía, la desazón de Ruiz frente al, entonces, nuevo Chile:
“constituye un gigantesco esfuerzo por retratar, desde una perspectiva eminentemente personal, pero también desplazada (tres viajeros europeos y un narrador chileno anónimo), la extrañeza de Ruiz frente a los profundos cambios experimentados por el Chile de la post-dictadura y la aceleración capitalista, pero también por recuperar ciertos signos identitarios inalienables, o al menos nostálgicamente más deseables que la visión de los negros signos del presente”.
Sobre este documental, que arranca con una escena de viejos pascueros en formación militar, en el patio interior de una casona de campo, el propio Ruiz explicaba en 2002:
“Cofralandes significa ‘tierra de fantasía’. Yo parto con las imágenes. Lo primero fue ver a una persona de rodillas en la calle comiéndose un hot-dog y mirando un pozo negro. Me pareció una imagen de Chile. Después, una niña que regaba la calle y la gente miraba el chorro, mientras ella miraba el horizonte. Después, un niño botado en el suelo mientras la gente le preguntaba qué le pasaba y él decía que no sabía. Ahí, dije, hay una película sobre Chile, el anodino, el que se ve hoy”.
Para Ruiz y Donoso, más allá de lo puramente económico, los años noventa no representaban crecimiento alguno. Al contrario, terminaron por sepultar, luego de la dictadura militar, lo que quedó del acontecido pero prolífico siglo XX chileno, para dar paso a un país no solo irreconciliable, sino también irreconocible. Ambos atestiguaban la pérdida cultural de esos años, que se arrastra hasta hoy, pero que ahora parecemos querer olvidar.
¿Qué quiere reivindicar entonces el motejo incesante de nuestro presente desde el supuesto esplendor noventero? ¿Cómo es tan fácil pasar por alto las rispideces de una época hasta tal punto de añorarla? ¿O acaso somos hoy presa de lo mismo que Donoso y Ruiz eran en los noventa, acentuando la pérdida de un pasado supuestamente mejor? Estas líneas son una invitación a repensar estas preguntas ya no al calor exclusivo de la nostalgia o la comparación simplona sino también de la memoria bien documentada.
Podremos recordar, retrotraernos —incluso amar— ese pasado que nos enseñó y nos cobijó desde el apogeo televisivo, las caricaturas, las golosinas sin restricciones, los videoclips o los pantalones anchos. Cosa distinta es soslayar la oscuridad que tantos advirtieron en esa década —la “tormenta de mierda”, le llamó Bolaño en su Nocturno de Chile—, que nos sumergió en el ruido informe que atraviesa nuestra incomunicación. En definitiva, podría retrucarse con el mismo Donoso, que “solamente una revolución en la educación (…), y un interés real por el pasado que se proyecte en un humanismo tolerante, no monetizado ni competitivo e hipocritón, podrá romper nuestro círculo de provincianismo, que subsiste pese a los supuestos adelantos (a nuestros avances, como dice la televisión) con que nos tientan los paraísos de los malls”.
