La habladuría es humana: puede ser un acto dañino, un elemento de cohesión y hasta una crítica a las verdades oficiales. Sin embargo, hoy, con la desinformación y los deepfakes, el asunto adquiere una magnitud que, como dice la antropóloga Sonia Montecino, amenaza con convertir a la mentira en lenguaje general, o, en palabras del filósofo Sergio Rojas, ya ha desplazado a la verdad hacia “el mercado de la opinión”.
Por Juan Rodríguez Medina | Imagen principal: Marc Charuel / Photo12 vía AFP
Horas después del terremoto del 27 de febrero de 2010, en la población Valle del Sol de Chiguayante, en Concepción, los vecinos temían que vinieran a saquear sus casas desde otras poblaciones cercanas. Los rumores corrían. No había celular, radio ni televisión. Los pasajes fueron cerrados con palos, alambres y lo que hubiera a mano; se armaron cuadrillas de vigilancia nocturna, había contraseñas que se cambiaban todas las noches. En el día, mientras la gente iba a buscar agua a las vertientes, o cuando se reunían en una olla común, llegaban las informaciones en voz de alguna persona: que habían pasado los bomberos avisando que en unos días más vendría otro terremoto; que en la parte de atrás de la población habían violado a tres niñas; que todo el país estaba en el suelo.
Ningún bombero pasó avisando ningún terremoto, tampoco hubo violaciones, ninguna población fue a saquear a otra y Chile, a pesar de la destrucción y los muertos, seguía en pie. Eran rumores en medio de una emergencia, con poca o ninguna comunicación oficial y con ausencia de autoridad.
Cuatro décadas antes, en 1969, en Orleans, Francia, también corría un rumor: se hablaba de mujeres desaparecidas; se decía —y así lo creyeron miles de personas— que eran secuestradas en los probadores de tiendas de ropa pertenecientes a judíosy que luego eran prostituidas. “[Fue] una especie de pánico medieval que durante varios días mantuvo a una ciudad moderna bajo su control, en la era de los medios de comunicación de masas; una fantástica amenaza sexual que de repente evocó el sombrío espectro del antisemitismo”, cuenta el sociólogo francés Edgar Morin en su libro El rumor de Orleans (1971).
Todo era mentira, pero el murmullo cundió y se volvió creíble. ¿Cómo? ¿Por qué? Eso se preguntó Morin, quien partió al lugar de los (supuestos) hechos a intentar entender el fenómeno junto a un grupo de investigadores. “Este rumor (que nuestras tardías averiguaciones encontraron aún muy vivo y ya transformado) sacudió cada hoja y rama del árbol social de Orleans”, anota Morin. El sociólogo y su equipo descubrieron que también podían explorar la condición humana o “la infraestructura mental de un mito, las profundidades inexploradas del subconsciente colectivo”, dicho en sus palabras. “Nos hemos esforzado por descubrir qué puede revelar este rumor arcaico sobre el mundo moderno que lo engendró y, a un nivel más profundo, por esclarecer el problema perenne y crucial de la creencia”.
Hoy, con internet, las redes sociales y la inteligencia artificial, el rumor se ha vuelto viral y ya no se circunscribe a un barrio o una ciudad. Se esparce por el globo y, a punta de desinformación y deepfakes, puede llegar a poner en riesgo cuestiones tan fundamentales como la salud (“las vacunas producen autismo”, dicen algunos) o la democracia (“los de más allá te van a quitar la casa”, se ha escuchado por ahí).
La antropóloga Sonia Montecino, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Humanidades, explica que, desde perspectivas históricas y antropológicas, al rumor “hay que entenderlo como una forma de comunicación informal, sobre todo en sociedades donde hay estructuras que administran una ‘verdad’ oficial. Es una manera ‘extraoficial’ de comunicar algo. Se liga a la legitimidad y al prestigio de personas, grupos, linajes; los que dependen de la opinión de los demás para mantener su posición social o simbólica”, precisa Montecino. Y agrega: “En el pasado, los rumores y chismes eran básicamente orales; hoy se crean y reproducen en diversos medios con lenguajes también visuales. Por ello, el rumor no tiene ahora la misma función que en el pasado, toda vez que el chisme operaba como medida de una ‘moralidad’, de la salvaguardia de las normas, de lo que una comunidad consideraba correcto. El rumor ‘denunciaba’ lo que se desviaba”.
Quizás como contracara de esa función moral, Montecino recuerda que “el rumor estuvo muy ligado a los conflictos y a las guerras o rivalidades entre comunidades y personas. En la Colonia, en algunos países latinoamericanos (y en la España colonial, por ejemplo con los judíos conversos) podía destruir la honra y aniquilar a una familia; los rumores sobre las mujeres sospechosas de brujería las llevaron a la hoguera y a la inquisición, y las convirtieron en chivos expiatorios solo propagando falsedades sobre ellas. Así, chismes y rumores se vinculan desde tiempos muy antiguos con la oposición verdadero/falso, poniendo en duda la veracidad de saberes y relatos considerados por una comunidad como ciertos”.
Una cuestión anímica
Según el filósofo Sergio Rojas, académico de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, el fenómeno del rumor implica preguntarse por la cuestión de la verdad, pues, tal como ocurre con el “murmullo”, no se refiere solo a lo que se dice, sino “al modo en que se transmite una versión de los hechos”. “La revolución digital ha aumentado la circulación de verdades en la forma del rumor, lo que viene a confirmar un aspecto inherente a él: un interés por ‘hablar acerca de lo que se dice’ antes que por dar con la verdad misma de lo que se dice”, explica Rojas. “El rumor es aquello que Heidegger denomina ‘habladurías’ en su obra Ser y tiempo. No se habla acerca de una realidad propiamente tal, sino acerca de lo que se dice. Por lo tanto, en sentido estricto, no existe un interés por la verdad misma. El fenómeno de la posverdad, desde mi perspectiva, da cuenta de un tiempo en que la verdad ha dejado de ser relevante, desplazada por lo que podríamos llamar el mercado de la opinión”.
Y añade Rojas: “Es cierto que la posverdad remite muchas veces a la manipulación intencionada de la información para incidir en la opinión pública, pero esto sucede con fuerza allí donde ya se ha instalado previamente un estado de crispación anímica, relaciones de antagonismos de base, una polarización ‘ideológica’, donde lo que está en juego no son concepciones diferentes de sociedad, sino la necesidad de identificar un ‘otro’ al que atribuyo la causa de mi malestar”.
El poder viral y desestabilizador del rumor no es nuevo. Sin la prensa, tal vez no hubiese habido una revolución en Francia en 1789. No es que haya sido la causa, pero permitió difundir libelos que difamaban a personalidades y destruían reputaciones, como le pasó, por ejemplo, a María Antonieta, de quien se dijo que habría mandado al hambriento pueblo a comer brioche a falta de pan. Los chismes sobre la vida privada fueron best-sellers en las dos décadas anteriores a la revolución, y ayudaron a dañar la imagen de la monarquía y a desacralizarla, afirma el historiador Robert Darnton en El diablo en el agua bendita. O el arte de la calumnia de Luis XIV a Napoleón (2014). No es que esas élites gozaran de admiración y respeto; había una pérdida de legitimidad previa, pero se potenció con esa literatura que muchas veces se presentaba como biográfica.
“De la selva de las relaciones entre ficción y realidad hemos visto despuntar un tercer término”, dice Carlo Ginzburg en El hilo y las huellas (2010): “lo falso, lo no auténtico. Lo ficticio que se hace pasar por verdadero”. El historiador da como ejemplolos Protocolos de los sabios de Sion, el panfleto antisemita que, se decía —o se dice, porque todavía se imprime—, revelaba un complot judío para gobernar el mundo. “El libro fue publicado por primera vez en Rusia en 1903. Sin embargo, la difusión mundial de los Protocolos empezó después de la Revolución de Octubre, acontecimiento que una parte de la prensa reaccionaria presentó como el resultado de una conspiración hebraica. La traducción alemana, publicada en 1919, fue saludada por el Times un año después como un documento importante y, por ende, implícitamente, digno de fe”, cuenta Ginzburg.
Esto advierte, también hoy, sobre el rol que juega la prensa en la difusión de rumores, medias verdades y mentiras (en Chile lo vimos hace poco con la supuesta desaparición de cientos de niños haitianos, difundida y luego desmentida por los medios). En el caso de los Protocolos, en 1921, en el mismo Times, el periodista Philip Graves demostró la falsedad del documento, cuestión que no afectó en nada la difusión del libro. “Poco importa si los Protocolos son auténticos; basta con que sean verdaderos”, dijo su traductor al francés.
Racionalizar prejuicios
En 1947, los psicólogos Gordon W. Allport y Leo Postman, de la Universidad de Harvard, publicaron Psicología del rumor. Su interés surgió en el contexto de la Segunda Guerra Mundial frente a los rumores que se esparcieron en Estados Unidos contra judíos, afrodescendientes, británicos y contra el gobierno , que habían afectado la opinión y la moral públicas. Los autores describen el rumor ocioso, la “chismografía cotidiana” que sirve para llenar conversaciones con amigos y cercanos. Pero también distinguen otro más dañino: “Hay sobrados rumores y chismes que distan de ser ociosos: son profundamente intencionales, apuntan a un fin determinado y sirven a importantes objetivos emocionales. La exacta naturaleza de estos fines no sabría decirla ni el portador ni el receptor. Saben solamente que el chisme, o lo que sea, les resulta interesante”. Lo que hace el rumor, según los expertos, es “racionalizar” los sentimientos y prejuicios propios, los despersonaliza y así nos libera de culpa. “Admitido que la circulación de rumores es siempre un problema social y psicológico de gran magnitud, lo es en especial en momentos críticos”, advierten Allport y Postman.
En Chile no estamos en guerra, pero constantemente se dice que estamos en una crisis, que a veces es económica, de seguridad o moral. Que sea cierto o no importa menos que la tensión que genera en el ambiente ese tipo de “informaciones”. Si seguimos a Allport y Postman, estos contextos son suelo fértil para el rumor pernicioso.

“Hoy, el carácter del rumor de alertar sobre el ‘desvío’ de una norma o crear desprestigio para hacer triunfar los intereses de un grupo ha sido sobrepasado. El desprestigio del otro se ha convertido en parte de la escena pública y privada, banalizando al rumor entendido como una fuente de ‘crítica’ a las ‘verdades’ oficiales y convirtiéndolo, en cambio, en una herramienta digital a gran escala que construye la oposición confianza/desconfianza”, cree Sonia Montecino. “Ya no se trata solo de distinguir entre lo verdadero y lo falso, sino de instalar una mentira en la base de la sociabilidad, sobre todo de la política, al punto de amenazar con convertirse en un lenguaje general”. En esa misma línea, Sergio Rojas advierte que hoy la información ya no funciona solo como un medio, sino que ocupa el lugar de lo real: vivimos en una “realidad informatizada”, donde “el rumor puede agotarse en ser una intrascendente entretención; pero cuando opera en la ausencia de un genuino interés por la verdad, puede ser algo amenazante”.
La mentira es más atractiva
Cuando en 1971 The New York Times comenzó a publicar los “Papeles del Pentágono”, una serie de documentos que dieron cuenta de la intervención estadounidense en Vietnam y de las mentiras del gobierno sobre dicha intervención, la filósofaHannah Arendt escribió: “Las mentiras resultan a menudo mucho más verosímiles, más atractivas para la razón que la realidad, porque quien miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia espera o desea oír”. En el caso de Orleans, Morin descubrió que estamos predispuestos a creer “verdades” que coinciden con nuestros prejuicios, y en el caso de la ciudad francesa, ese prejuicio no era otro que el antisemitismo arraigado por siglos en la población.
¿Qué ocurre, entonces, en el gran territorio digital? En este escenario, dice Sergio Rojas, hay que preguntarse por el valor del rumor, del murmullo en un tiempo de sobreabundancia de información. “A partir del momento en que lo digital comienza a ser el prepotente soporte de nuestra existencia cotidiana, cada individuo tiene de alguna manera conciencia de habitar digitalmente en medio de circuitos de información, de discusiones que le salen al encuentro en función de sus propios y particulares intereses, opciones, curiosidades”, dice. “En el individualismo que hoy caracteriza el clima subjetivo de nuestro tiempo, la verdad, las certezas tienen que ver cada vez más con convicciones personales”.
Y entonces se abre frente a nosotros otra interrogante: “¿En qué medida una ‘verdad’ que no necesito realmente confirmar más allá de mis opciones individuales (políticas, por ejemplo) puede trascender el estatuto del rumor, de la opinión,construida a partir de las opiniones de otros circulando en el espacio digital?”, se pregunta Sergio Rojas. ¿Qué opina usted?
