“Cercas intenta (y parece lograrlo, aunque sabemos que es imposible) estar dentro de la certeza cristiana y fuera de ella, identificado y distanciado de Francisco, de su madre, de los misioneros que consumen su vida en Mongolia. Aspira, creo, a una posición intermedia que es justamente lo que la novela rechaza”, escribe Ignacio Álvarez sobre El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas.
Por Ignacio Álvarez | Crédito: Agencia Balcells
El loco de Dios en el fin del mundo, el último libro del español Javier Cercas, apareció en una coyuntura muy improbable, justo cuando la Iglesia Católica estaba enterrando a su protagonista, el papa Francisco. Recibió, por lo mismo, una cobertura casi universal, y pudimos escuchar en muchas partes al propio Cercas explicando, entre otras cosas, que el libro es lo que ha llamado una novela sin ficción, es decir, el relato de hechos reales contados con las armas de la literatura. Como en sus trabajos anteriores, en este también hay un personaje enorme y una hebra argumental que mantiene el interés de la lectura. El personaje es el propio y controvertido papa Bergoglio, y la hebra argumental es doble: el curioso viaje pastoral que emprende hacia Mongolia, un país de mayoría budista en donde hay poco más de mil católicos, y la pregunta que el narrador espera que le responda: ¿volverá su madre a encontrarse con su padre después de la muerte, como ella espera? O, dicho de otro modo: ¿existe de verdad la vida eterna?
Cercas ha terminado por convertirse en un experto de la contradicción, una cornisa que no está, para nada, exenta de riesgos. En Soldados de Salamina (2001) volvió a pensar la guerra civil española desde una perspectiva que en ese entonces parecía completamente excluida, la del franquismo; y en Anatomía de un instante (2009) se preguntaba obsesivamente si valía destruirlo todo en nombre de la justicia, si las transiciones políticas no se tratan justamente de transar lo que en principio parece intransable. El loco de Dios en el fin del mundo, en esa misma estela, habla de la Iglesia Católica en uno de sus momentos históricos más bajos, cuando trata de lidiar con una cultura que por siglos ha permitido y autorizado abusos de la más variada índole, desde los sexuales a los abusos de conciencia, y cuando la experiencia religiosa misma parece estar completamente en retirada. Diestro en la doma de paradojas y antinomias, el Cercas narrador se define como un ateo recalcitrante, y ese escepticismo suyo pareciera protegernos de cualquier exceso ideológico. Con esa garantía, trata entonces de encontrar lo que hay de rescatable en el desastre católico actual, y lo encuentra en el mismo Bergoglio, en los misioneros que conoce en Ulán Bator, en algunos funcionarios heterodoxos como Lorenzo Fazzini, el alegre director de la editorial del Vaticano; o el cardenal José Tolentino de Mendonça, prefecto del Dicasterio para la Cultura y la Educación pero, más importante, un poeta fundamental de la lengua portuguesa.
Por supuesto, Cercas o su narrador es bastante consciente de los riesgos que tiene habitar esas contradicciones. Muy al comienzo los plantea abiertamente: ¿no terminará blanqueando a la Iglesia Católica? ¿No justificará, a fuerza de explicarlos, sus horrores? Su defensa es lo que me parece, lejos, lo más interesante de las cuatrocientos ochenta y cinco páginas del volumen: “La literatura es un instrumento de conocimiento”, dice, “sirve para comprender”. Y luego: “A eso nos dedicamos los novelistas”.
Tiene razón, creo yo: es un rasgo central de la narración moderna, la que se escribe desde el siglo dieciséis en adelante, que su narrador o narradora tenga una mirada propia sobre el mundo que describe, una mirada curiosa y crítica, muchas veces contradictoria; una mirada que no está obligada a pertenecer a ninguna clase o bando (es algo que teóricos como Ian Watt o Wolfgang Kayser han descrito largamente). Estoy pensando en el narrador de Rojo y negro, de Stendhal, que es capaz de amar y despreciar, al mismo tiempo, a ese sujeto admirable y abyecto que es Julien Sorel; pienso también en Jane Austen, que describe en Elizabeth Bennet a una mujer más desprejuiciada que cualquiera de sus prójimos, pero que, sin embargo, es víctima también de sus propios prejuicios cuando trata, sin éxito, de comprender al orgulloso Mr. Darcy.

Javier Cercas
Random House, 2025
488 páginas
En algún sentido, todos los narradores y narradoras de la novela moderna son unos traidores, precisamente porque comprenden, porque habitan la contradicción en nombre de su personalísimo juicio sobre la realidad, porque están poseídos por el tropo retórico fundamental del género, que es la ironía, la distancia con respecto al mundo narrado. Y en algún sentido el Cercas que narra El loco de Dios en el fin del mundo pertenece a esa estirpe ilustre.
En otro sentido, sin embargo, se aleja de esa tradición, o bien intenta alejarse de ella. Todos esos narradores comprenden el mundo del que hablan, claro, pero al mismo tiempo saben menos de él y tienen una aguda conciencia de esa falta. Aunque detesta a la aristocracia francesa de la restauración borbónica, Stendhal admira desmedidamente a Napoleón, que fue nada menos que emperador de Francia. La Jane Austen de Orgullo y prejuicio, pese a todas las lecturas románticas que pueden hacerse del libro, está bastante a favor de las uniones razonables, para nada inspiradas por la pasión. Con esto quiero decir que la novela, como género, tiene una visión y una ceguera, y ha aprendido a convivir con ambas.
Me parece que El loco de Dios en el fin del mundo propone un trato desigual, uno que ni Jane Austen ni Stendhal aceptaron nunca: toda la visión del narrador moderno, pero nada de su ceguera. El narrador que es y no es Cercas busca saberlo todo, estar al tanto de todo, aprobar lo bueno y reprobar lo malo, creer y no creer, pero sin mancharse con la mugre que necesariamente implica saberlo todo, aprobar o rechazar, creer o descreer en el reino de este mundo. En ningún otro dominio ese trato es tan evidente como en el de la desnuda fe religiosa. Cercas intenta (y parece lograrlo, aunque sabemos que es imposible) estar dentro de la certeza cristiana y fuera de ella, identificado y distanciado de Francisco, de su madre, de los misioneros que consumen su vida en Mongolia. Aspira, creo, a una posición intermedia que es justamente lo que la novela rechaza. La narración moderna no es objetiva, como han querido decirnos tantas veces con el pretexto débil de alguna declaración de Flaubert. Si algo cierto puede decirse de ella, es lo contrario: intenta ver, sí, pero engastada en el mundo material y en sus servidumbres. ¿Cómo entenderíamos, entonces, la admiración que el muy marxista György Lukács sentía por Balzac, monarquista a ultranza y al mismo tiempo pintor sin igual de la cultura burguesa?
Demasiado lastrada por una imposible objetividad, El loco de Dios en el fin del mundo solo puede cumplir a medias su promesa. Es cierto, es un texto sin ficción, pero creo que no es completamente una novela, demasiado pendiente de mantener a raya su punto ciego, sus adhesiones inconscientes.
