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El tenis como experiencia literaria

Con los libros de tenis pasa lo mismo que con los partidos: uno nunca sabe dónde se está metiendo, si la curiosidad tendrá premio o se convertirá en masoquismo. Hay novelas, memorias y ensayos en los que se nota el oficio para jugar y escribir, el amor por el tenis y las palabras, mientras que otros libros carecen de la agilidad y las acrobacias que exige el juego. Porque, como dice el escritor sueco Lars Gustafsson, así como un saque puede resultar catastrófico o satisfactorio, con la literatura sobre tenis ocurre exactamente lo mismo.

Por Miguel Ángel Gutiérrez | Foto principal: Anne-Christine Poujoulat/AFP 

Hace años que intento leer todo libro que de alguna forma incluya el tenis. Como toda obsesión, el tenis te da y te quita, y así como a veces hay que conformarse con mirar un partido horrible de tres horas entre dos tipos que podrían estar jugando eternamente sin quebrarse el saque, hay otras en que la primera ronda de un ignoto challenger puede ofrecer el más divertido y dramático partido del día. Con los libros de tenis pasa algo parecido: uno nunca sabe dónde se está metiendo, si la curiosidad tendrá premio o terminará convertida en masoquismo.

“Cada partido es una vida en miniatura”, reza el epígrafe de Andre Agassi que abre El tenista (2020), del argentino Ian Fligler, novela publicada por Qeja Ediciones. La elección de esa frase augura cierto desequilibrio, porque Open (2009), las memorias de Agassi, es el último gran libro sobre tenis. Resulta muy difícil encontrar una obra que haya retratado mejor lo que el tenista estadounidense describió como “odiar el tenis”: seguir jugando, seguir ganando incluso y, sin embargo, empezar a odiarlo. La novela de Fligler, autoficcional, retoma un montón de tópicos que el libro de Agassi abordó mucho mejor. La relación entre la figura paterna y el tenis, por ejemplo, aunque menos imperativa en su caso, también se presenta como una alianza simbiótica basada en expectativas y puntos de vista sobre el éxito, el control de cada segundo del día y el manejo de la plata. Pero cada vez que El tenista toma un poco de vuelo, parece quedarse sin ganas. Fligler se estanca todo el tiempo en lo anecdótico y afectivo: podría ser un podcast o un documental común y corriente, porque no hay nada que pueda identificarse como una apuesta o una propuesta literaria. Estamos, más bien, frente a un testimonio que, comparado nuevamente con Open —que en realidad fue escrito por J. R. Moehringer—, queda demasiado atrás en las descripciones, en las anécdotas y, sobre todo, en la capacidad narrativa para contarlas. Entonces El tenista termina —es cortísimo, se puede leer en media hora—, y si ya leíste Open o La broma infinita de David Foster Wallace y sus maravillosas páginas ambientadas en una academia de tenis, quedas con gusto a repetición insípida.

Alguna vez escuché decir de un periodista que poseía un mar de conocimiento, aunque de profundidad milimétrica. En El profeta (2020, Azul Francia), la segunda novela del argentino Mauro Yakimiuk, pasa eso: de tenis apenas se sabe lo anecdótico. Se deslizan por aquí y por allá algunas píldoras de realidad que intentan volver verosímil una historia donde el protagonista le ha ganado a Nadal y a Federer, es figura del circuito, promesa mundial y merecedor de varios otros motes elegiacos. Todo esto busca robustecer una historia floja, en la que el tenista decide revelar una oscura trama (nunca bien tejida, nunca atractiva) de estafas en el tenis. El relato oscila entre el set de televisión donde el protagonista decide hablar y su carrera deportiva. Es en esa primera parte donde se advierte que Yakimiuk es periodista deportivo y conoce los entretelones de su oficio, y eso es quizás lo más interesante del libro: la manera en que el panel de periodistas presiona al tenista para lograr una entrevista con buen rating.

Podríamos cambiar algunas partes de El tenista, de Fligler, poniendo extractos de El profeta, de Yakimiuk, y nadie se daría cuenta, porque ninguno de estos libros tiene alguna particularidad que lo haga resaltar. Estamos en presencia de dos autores sin oficio en los terrenos de la ficción que terminan chapoteando en el largo tormento del lugar común.

El tenista, de Nicolás González
Provincianos, 2025
164 páginas

Dos curiosidades y una obviedad me llevan al tercero —y más reciente— libro de esta revisión: se titula también El tenista, fue escrito por el chileno Nicolás González, y trata lateralmente el tema de las apuestas en el tenis tal como El profeta. La obviedad es que es un libro sobre tenis y la novedad es que fue publicado en Chile. A diferencia de los dos anteriores, este sí es un gran libro, porque González entiende algo que ni Figler ni Yakimiuk lograron comprender: tiene que haber algo más que tenis, y ese más allá debe tener sentido y, sobre todo, profundidad. Ya decía Humphrey Bogart que “una escena de amor tiene que tratar de algo más que el amor”. En el caso de esta novela de Provincianos —que, dicho sea de paso, tiene la mejor propuesta editorial-deportiva del país—, González acierta al no quedarse en su propia historia ni la del tenista joven,sino que va más lejos y logra meterse de lleno en otro personaje, uno de esos que raramente aparecen en los libros deportivos: el perdedor silencioso, el que no fue lo bastante bueno, pero estuvo a muy poco de serlo.

Se trata de un tenista que no existe, pero que pudo existir: una mezcla entre Belus Prajoux, Patricio Cornejo y Ricardo Acuña, jugadores que fueron satélites de Gildemeister y Fillol, que no lograron mucho éxito ni reconocimiento. El perfil apócrifo del tenista Ernesto Birchmeier se sostiene en el acierto documental de González, que logra enlazar bien las tres capas de la historia: la del tenista joven, la del periodista y la del exjugador que fue su entrenador y que se enreda en el tejemaneje de las apuestas. Inventar a un jugador de segunda línea como Birchmeier, olvidado por la historia, es también un acierto, a diferencia de la elección de personaje en El profeta, donde el protagonista es un ganador, y eso, salvo valiosas excepciones, termina recordando aquella frase de Teillier: “los triunfadores son aburridos”. Por otro lado, se nota que González no solo sabe jugar al tenis, sino que también sabe escribir, y logra una cadencia que a ratos se asemeja a un peloteo agresivo, a un intercambio frenético. Llevar el ritmo del tenis a la literatura suena fácil, pero estamos en condiciones de decir que, además de ser difícil, también es raro, sobre todo en la ficción.

El argumento del libro de González da pie para hablar sobre una gran novela del siglo pasado: Los tenistas, del sueco Lars Gustafsson, publicada originalmente en 1977 y reeditada en 2020 por la editorial colombiana Caballito de Acero. Allí se nota lo mismo: oficio para jugar y escribir; amor por el tenis y por las palabras. La genialidad de Gustafsson queda plasmada en este párrafo: “Nadie sabe en realidad cómo se realiza un saque de tenis. Uno sabe, naturalmente, la teoría, pero nadie que esté a punto de sacar puede estar seguro de que vaya a salir bien. En realidad, solo hay una manera y es confiar el asunto al lado oscuro e inefable de la propia personalidad, fiarse de él y no inmiscuirse en él. Solo así se está en disposición de ejecutar ese vertiginoso acto de coordinación muscular, cálculos balísticos y colocación milimétrica de muñecas, tobillos y músculos dorsales que constituye un saque de tenis”. Solo alguien que jugó toda su vida conoce tan bien la problemática relación entre un tenista y su saque, donde lo mental y lo físico se unen en un solo movimiento que incluye a todo el cuerpo, después de haber decidido más o menos hacia dónde dirigir la pelota y con alguna idea, por vaga que sea, de qué hacer cuando vuelva: ¿forzar el final del punto?, ¿preparar el terreno para un error del contrario?

Lo cierto es que del saque depende todo, y Gustafsson lo sabe. Dice que es al tenis lo que la reina al ajedrez y, en cierto sentido, lo toma como la medida misma del placer del juego: “Ningún movimiento ofrece tan alto grado de libertad, nada resulta tan catastrófico como un mal saque y nada tan satisfactorio como un buen saque”. Porque es muy difícil sacar bien y perder, tanto como sacar mal y ganar.

En uno de sus últimos libros, Los últimos días de Roger Federer (2025, Random House), el escritor inglés Geoff Dyer se encarga de hablar de un montón de cosas antes de llegar al suizo: el estilo tardío, la vejez, la belleza, la falta de autoestima, la amistad literaria y varios tópicos que en apariencia nada tienen que ver con el tenis. Pero están ahí porque para Dyer, Federer es tan importante como la relación entre Kingsley y Martin Amis o las reflexiones de Rachel Cusk y Louise Glück sobre los finales. “Persiste en el momento. ¿El remache en set point que, en contravención de múltiples leyes de la física y la biomecánica, de alguna forma lograste fallar? Ya fue. Nunca pensar más allá del partido actual, del juego presente, del punto desenvolviéndose. Jugar la pelota, no el punto. Y —por consiguiente— dejar de preocuparse sobre el punto de aquel punto porque desde ahí hay un paso muy corto a comenzar a pensar en el punto de la existencia, perder el juego y la trama decidiendo que, finalmente, el tenis tanto como la vida es un concurso de poleras mojadas bajo la lluvia que no significa nada”. La genialidad de Dyer al describir el estado mental del tenista es notable, porque mientras piensa en cómo se escribe, también piensa en cómo se juega. Eso es el estilo: lograr que alguien te vea jugar y diga “juega como escribe”, o que te lea y diga “escribe como juega”, sin que ese “como” venga seguido de un “tan mal”.

La gran diferencia del libro de Dyer con los anteriores es que es un libro de ensayos. Podría decirse que la comparación es injusta, o incluso creer que es menos difícil escribir sobre tenis desde el ensayo o el periodismo, pero lo bueno es que, sobre este deporte, hay de todo. Está esa crónica increíble de John McPhee sobre un partido mítico llamada Los niveles del juego; están obviamente los famosos ensayos de David Foster Wallace y las coberturas del crítico francés Serge Daney de Roland Garros. También hay —ya vimos— algunos libros no tan buenos, como Tenis en la luna (2017, Melusina), una recopilación de textos de Lluís Vergés, que se regodea y embarra entre dos o tres ideas aburridísimas y que cae en la pereza intelectual y formal. En su escritura no hay agilidad ni acrobacias, sino patrones predecibles que lo convierten enun libro completamente olvidable; un anecdotario que incluso se permite incluir horribles viñetas parecidas a las de los textos escolares. A pesar de todo, Vergés, periodista veterano, es capaz de advertir la belleza con la que Nabokov habla sobre el saque en Lolita: “el cénit del cosmos poderoso y lleno de gracia que había creado con el expreso fin de caer sobre él con un límpido zumbido de su látigo dorado”. O esos versos del poeta Joan Vinyoli en su poema “passing-shot”: “nunca bastante flexible, nunca bastante fuerte, / nunca a tiempo / de devolver los passing-shots que me lanzan / a cada instante”. Algo es algo.