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Entre chismes y mesas voladoras 

Más que meras modas, el espiritismo y la teosofía fueron formas de alianza entre mujeres chilenas a fines del siglo XIX y principios del XX. La mayoría eran artistas, poetas y escritoras que se unieron en torno a estas prácticas y crearon una red en la que se articulaban intereses intelectuales, vínculos artísticos y lazos de afecto. Tal vez por lo mismo suscitaron sospechas y chismes, sobre todo desde el poder eclesiástico.  

Por Macarena Urzúa Opazo | Imagen principal: La Morte-Saison à Paris (1913), de Boris Dmitrievich Grigoriev. Óleo sobre tela, 45,5 x 63,6 cm. Crédito: Bridgeman Images vía AFP 

1. Isabel Allende cuenta en varias entrevistas que para escribir La casa de los espíritus (1982) se inspiró en historias relatadas por su abuela Chabela (Isabel Barros) sobre su amistad con las Morla, sus prácticas espiritistas y sus comunicaciones con el mundo astral. Carmen y Ximena Morla son las hermanas Mora en la novela. Cuando le pregunté por correo electrónico a Isabel Allende si tenía más datos sobre Chabela o Lebasi (su nombre místico) y su práctica del espiritismo, me contestó: “Dicen que se juntaba con las hermanas Morla una vez por semana para invocar a las almas errantes en torno a una pesada mesa española de roble, con cuatro patas de león, que hoy está en mi casa. Nunca se ha movido por iniciativa propia. También experimentaban con telepatía (…). Gran parte de lo que escribí en La casa de los espíritus es producto de la imaginación”.  

2. Dicen que esa mesa, la de Isabel, era la que se movía. Pero según Mariana Varela, nieta de la pintora María Tupper—figura clave del círculo de las Morla y conocida allí como Cirineo—, la mesa de su abuela también lo hacía. Me lo contó mientras revisábamos el archivo de María. Ahí estaban las cartas que confirmaban el círculo de alianza y amistad mística entre ella, Isabel Barros, Luisa Lynch, las hermanas Morla y otras mujeres. En ellas aparecían también sus nombres secretos: Asiul, Vera, Nadinko.  

3. Conocido es el caso de Arturo Prat espiritista.  El héroe de Iquique era sobrino del profesor Jacinto Chacón, en cuyo honor se fundó en 1904 el Centro Jacinto Chacón en Valparaíso, donde se estudió el espiritismo “como doctrina filosófica y ciencia experimental”. La escritora e intelectual Rosario Orrego, casada en segundas nupcias con Chacón, fue la fundadora y directora de la Revista de Valparaíso (1873), donde publicó sobre espiritismo, magnetismo animal y otros temas en boga en Europa. Arturo fue asiduo a estas prácticas, también su esposa, probablemente tras la muerte de su hija. No es de extrañar que el punto de partida sea en muchos casos la pérdida de un ser querido, de ahí que el afecto sea el motor de estas experiencias. A esto se suman la democratización del saber religioso y un cuestionamiento de corrientes establecidas como el positivismo.  

4. La escritora Inés Echeverría Bello, conocida como Iris, asistió a varias sesiones espiritistas con sus amigas, las hermanas Morla, una experiencia que relató en su serie de novelas Alborada, donde también abordó los viajes “en astral” y los alcances de la teosofía. En su novela Cuando mi tierra fue moza (1944), el personaje Juan (inspirado en Juan Gandulfo, presidente de la FECh) sostiene: “El término ‘salir en astral’ era nuevo y hasta ridículo para Juan. Los ocultistas lo retraían, pues eran pretenciosos y un tantito chiflados. Iris intervino, con destreza de adaptación a las mentes”. 

5. En la transcripción de la sesión mediúmnica escrita por Victoria Subercaseaux, fechada el 3 de julio de 1920, se lee: “Con Vitalia [médium]. Vino su espíritu (Celeste) que dijo que no podía venir Benjamín Vicuña Mackenna… Dice que es falso aquello de que reencarnaría pronto”. Además de conversar con sus difuntos, Victoria les pregunta por sus predicciones sobre la llegada de Arturo Alessandri a la presidencia ese mismo año. Sabida es la amistad de Alessandri con las hermanas Morla. Pilar Subercaseaux, hija de Ximena Morla, recuerda que su madre hablaba a diario con el presidente y que por las tardes recibía al Grupo Siete (el círculo esotérico que ellas integraban). También cuenta que las hermanas fueron reprendidas por el párroco de Zapallar: “El domingo, al final de la misa, el cura (…) anunció a los feligreses que en adelante no iba a dar la absolución por practicar espiritismo”, escribe en Las Morla. Huellas sobre la arena (1999). Y relata que pronto empezaron a circular rumores: que la casa de la Puntilla estaba embrujada y que incluso se hacían allí pactos satánicos.  

6. En el diario de sesiones espiritistas de Victoria Subercaseaux —escrito entre 1913 y 1927— una entrada del 14 de marzo de 1914, titulada «Sesión con la señora Vitalia en trance», lleva una nota al margen: “Publicada en la Revista de Estudios Psíquicos”. Encontré el texto bajo el título “Importantísimas sesiones mediumnímicas en la capital”, donde se relata una comunicación con espíritus “en casa de una distinguida señora de Santiago”. Según la revista, la sesión, celebrada en 1913, fue dirigida por una mujer médium para ayudar a una amiga que sufría por la muerte de su hijo. Según se lee, la comunicación entre esta madre y su hijo confirmaba “la seguridad de que el Misterio se desvanece y que los resplandores del Más Allá han de orientar nuestra vida”. Gracias a este diario pude comprobar que asistieron las hermanas Morla, Luisa Lynch, Iris, entre otras, y la médium Vitalia: Vitalia Heen.  

7. En 1907, la publicación La Voz de los Muertos afirmó que entre las mujeres se encontraban “los mejores médiums” debido a la «delicadeza de su sistema nervioso» y a su mayor facilidad para cultivar virtudes como la paciencia y la bondad. Asimismo, se decía que los espíritus preferían encarnarse en mujeres, ya que de ese modo se acercaban más rápidamente a la perfección.  

8. En el cuaderno de María Tupper se lee que el espíritu del pintor ruso Boris Grigoriev, profesor de la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Chile fallecido en 1939, le dictaba lecciones “póstumas” o “desde el astral” a través de Ximena Morla “en trance”. El maestro les ordena: “Buscad 7 discípulos” y les aconseja que tomen clases de pintura con el artista mexicano David Alfaro Siqueiros, quien llegaría a Chile por esas fechas. Tupper le cede su taller de la calle Rosas y él, en agradecimiento, pinta un retrato de María. Grigoriev también predice el futuro artístico de la hija de María, la futura dramaturga Isidora Aguirre: “Esa hija vuestra, doña María, es poesía viva…”. Años más tarde, la autora evocaría esas mesas, presencias y amistades espiritistas en su novela Doy por vivido todo lo soñado (1987). 

9. Quienes practicaron el espiritismo formaron una comunidad afectiva en torno a círculos como el de las hermanas Morla y, más tarde, el Grupo Siete. Desde allí otras creadoras como Inés Echeverría, Laura Rodig, Gabriela Mistral, Sara Malvar y Rebeca Matte forjaron alianzas y amistades en la intersección entre espiritualidad, arte y derechos de las mujeres. Se dibuja así una tradición subterránea que invita a releer sus obras como fuentes de un acervo poco conocido: el archivo de una comunidad y la historia de sus propios cuerpos.  

10. Investigar estos asuntos es deslizarse entre pistas e intuiciones que van del chisme al registro privado, la prensa, y los decires que circulaban sobre las mesas voladoras que alguien vio o escuchó. Permite situar a estas mujeres de otra manera en la historia del arte y la literatura chilena; no en una historia lineal, sino en un archivo espectral que sobrevive en ciertos documentos donde lo efímero (e irreal para algunos) quedó fijado y que, quizás avanza en espiral, al margen de las cronologías y genealogías con que suelen escribirse las historias literarias y culturales.