Skip to content

Geografías de un futuro cercano

Pensar los paisajes del mañana es imaginar lo que aún no existe, e imaginar ha sido la pieza maestra del acto de planificar el territorio. Pero hoy la velocidad de los cambios desborda la imaginación: lo venidero será rápido, fugaz y transitorio; y lo que logre perdurar se leerá como resistencia, patrimonio o herencia. 

Por Enrique Aliste | Foto principal: Fotografía de 1967 de la Población Exequiel González Cortés, conocida como Villa Olímpica. Crédito: Víctor Rebuffol Luengo / Colección de Fotografía Museo Histórico Nacional

La historia de la geografía ha estado, de una u otra forma, anclada en la idea de imaginar un presente pensando en el futuro. En los esfuerzos de delimitación fronteriza, durante los siglos XIX e inicios del XX, la noción que primaba era la de explorar, conocer, basarse en cartografías, registros y documentos para definir una realidad que permitiera potenciar el futuro de las nacientes repúblicas de la América recientemente emancipada. Fue lo que hicieron personajes claves de la historia americana como el Barão do Rio Branco en Brasil, el perito Francisco P. Moreno en Argentina, o Diego Barros Arana y Hans Steffen en Chile. 

Mucho de lo diagnosticado, de lo descrito y procesado ha sido con el propósito de hacer posible un mañana que alguien ha pensado en función de algo: un dato, un registro, un sueño, un ideal, un propósito. La idea de la fidelidad a la realidad, de la descripción pormenorizada, de la planificación de un espacio deseado y de la propia elaboración cartográfica ha tomado su inspiración de aquello que es posible representar; y eso, como es de esperar, siempre va más allá de lo que llamamos la realidad. En el acto de producir mapas también hay una voluntad de poder, de instalar verdades que le darán vida y dinamismo a la aparente visión estática que los sustenta, como nos enseña el geógrafo Brian Harley. 

Lo posible, lo soñado, lo deseado, lo viable, lo imaginable. Futuro e imaginación se articulan y establecen una coreografía que toma forma en un propósito: una política, un acto de planificación, de gestión, de ordenamiento. Pero ¿qué hace que este impulso logre impregnar nuestros deseos, ideas y energías hasta transformar el espacio? 

La pregunta que subyace en todo lo anterior busca ser concreta en los días que corren: ¿cómo será entonces el paisaje del futuro? ¿Qué formas tomarán nuestras ciudades? ¿Cómo se articulará el conjunto del territorio? Y para responder, no queda otra opción que la imaginación. ¿Serán ciudades más secas? ¿Un Santiago sin césped y más vegetación semiárida en los jardines y parques públicos? ¿Un Concepción vallado con cortafuegos para evitar los incendios forestales que prometen ser más frecuentes en el tiempo? ¿Escampados enormes con cultivos xerófitos? Vicente Huidobro algo imaginaba en su poema Altazor (1931): 

“Después de mi muerte un día / El mundo será pequeño a las gentes / Plantarán continentes sobre los mares / Se harán islas en el cielo / Habrá un gran puente de metal en torno de la tierra / Como los anillos construidos en Saturno / Habrá ciudades grandes como un país / Gigantescas ciudades del porvenir / En donde el hombre-hormiga será una cifra. Un número que se mueve y sufre y baila / (Un poco de amor a veces como un arpa que hace olvidar la vida) / Jardines de tomates y repollos / Los parques públicos plantados de árboles frutales / No hay carne que comer el planeta es estrecho / Y las máquinas mataron el último animal / Árboles frutales en todos los caminos / Lo aprovechable sólo lo aprovechable / Ah la hermosa vida que preparan las fábricas”. 

Hoy el mundo se hizo pequeño a las gentes, especialmente para quienes habitan en lugares de los que se ven forzados a migrar por guerras, hambrunas o un clima que se ha vuelto inhóspito, o porque allí no se vislumbra un futuro inmediato. Las islas en el cielo tomaron la forma de estaciones espaciales, y el gran puente de metal como los anillos de Saturno se llama internet. São Paulo, Ciudad de México, Lagos, Jakarta, Beijing, Mumbai y muchas otras ciudades acogen más población que muchos países completos. El hombre-hormiga ya es una cifra que está contenida en bases de datos, en registros de deudores, en las estadísticas que mueven el sistema financiero.  

La velocidad de los cambios supera hoy a la imaginación. Y esa velocidad es parte de lo que será ese nuevo paisaje: rápido, fugaz, transitorio. Lo que sea capaz de permanecer será visto como resistencia, patrimonio o herencia; quizá necesite mecanismos de protección que ayuden a evitar lo que denominamos inevitable. El solo uso de la palabra “inevitable” empuja una idea fuerza, devela una dinámica intuida, un curso de las cosas. 

Frente a esto, imagino espacios tensionados por las nuevas tendencias que trae el capitalismo. Ya no se trata solo de la dimensión neoliberal que privatiza, segrega, clasifica y crea diferencias a toda escala —sobre esto hemos leído bastante—, sino de la irrupción de otras variables, como el exceso de control, que hoy es deseado y demandado por la propia población. Las cámaras todo lo inundan, y los dispositivos de reconocimiento biométrico a distancia abren un paisaje que no conocíamos: el del no anonimato y de la circulación ya no de personas, sino de datos, de información viva capaz de registrar de quién, cuándo y dónde. El hombre-hormiga que imaginaba Huidobro, ese número que se mueve y sufre y baila, ya es parte del paisaje del futuro, de esa geografía viva de lo vivo, de la articulación dinámica de un espacio vivido que será representable a través del dato específico, preciso, y del movimiento, que será seguido no solo por las cámaras, sino también por nuestros propios dispositivos, a los que voluntariamente les hemos entregado todo a cambio de esa seducción —imposible de evitar— de lo inmediato. 

Estos nuevos paisajes crearán los mapas que aún no conocemos, y se moverán con nosotros en tantas dimensiones como podamos imaginar. Mapas en tiempo real capaces no solo de mostrarnos por dónde y cómo llegar, sino también de indicarnos con quiénes nos vamos a cruzar y cómo lo haremos en un lugar exacto que estará, además, cargado de múltiples contenidos, esta vez, en el plano sensible: ¿tendrá hambre? ¿Me está evitando? ¿Estará fingiendo? Estas preguntas ya no serán necesarias, pues pasarán a formar parte del nuevo paisaje de la información.  

Si el emperador mongol Kublai Kan fue inquieto y le pidió a Marco Polo que le hablara de ciudades como Zaira, Fedora o Ersilia —esperando encontrar en ellas lo que apenas podía imaginar—, quizás hoy exigiría respuestas visibles, representadas en simulaciones donde la realidad es apenas un detalle. Lo posible ha pasado a ocupar el lugar de lo imaginable, desplazando a la propia realidad: avanza con la rapidez de nuestras emociones, que apenas se inmutan cuando esas posibilidades se materializan mientras las pensamos. Tal vez este relato parezca ridículo para quienes hoy habitan ese espacio de datos sensibles, no por lo que contienen, sino porque en ellos se dibuja una geografía radicalmente más-que-humana, ajena al anonimato y cargada de detalles que nos sumergirán en esa extraña pero tangible realidad del dato profundo. 

Los paisajes del futuro estarán contenidos en nosotros mismos, pero podremos externalizarlos mediante algún dispositivo que los pondrá de manifiesto en una versión posible de alguna realidad a la carta. Si será virtual o no, será solo un detalle, quizás un adjetivo, con suerte. Porque una de las cosas que estos días nos han enseñado es que las verdades posibles y la dimensión “real” de aquello que llamamos la realidad quedan contenidas en la voluntad y en las emociones que nos mueven. Para bien y, sobre todo, al menos en mi opinión, para mal.