El culto a la acción y el prestigio del zangoloteo tienen múltiples orígenes, desde la invención del turismo a la ansiedad posmoderna y el temor a la muerte —la quietud definitiva—. Pero hay cientos de ejemplos de una belleza posible en la detención. La inacción es buen combustible para la imaginación, el arte y la inteligencia discursiva.
Por Andrea Palet | Foto principal: Breitner, George Hendrik. Gato en una silla del estudio de Breitner en Ámsterdam (c. 1890 – c. 1910). Crédito: Rijksmuseum
La inmovilidad tiene mala fama. Hay que salir, dicen, desempolvarse, espabilarse, despiojarse, supermineralizarse, elongar. Siendo este mundo tan ancho y colorido, dice un amigo de esos que compran pasajes solo de ida, no hay excusa para no salir a darse una vuelta. ¿Quién va a contradecir una verdad tan evidente?
La religión del siglo —el bienestar individual— insta a despercudirse haciendo cosas distintas, cosas interesantísimas pero que siguen siendo aquello de lo que yo al menos huyo: más cosas que hay que hacer. “Dinamizar”, o sea no dejar tranquilo algo, un negocio, una pareja o una programación cultural, expresa el deseo de mejorar incesantemente al pobre algo, expandirlo, chasconearlo, capitalizarlo. En la narración popular —una necesidad biológica que hoy satisfacemos con series, microvideos y cahuines por guatsap—, el movimiento y el cambio son consustanciales al formato: sería inviable un canal cuyo influencer residente dijera “hoy hice lo mismo que ayer, no tengo nada que decir”. El Sleep de Warhol ya no se lo banca nadie.
Si te descuidas, para las vacaciones te enchufan un plan de actividades que se asegura de bloquear tu mayor anhelo, el más peligroso, pornográfico y culposo: no hacer nada. Y qué decir del deporte, cuyas proezas son tan valiosas como lo era memorizar poesía en la corte del período Heian, de donde provengo (yo creo). La gente incluso paga por el privilegio de correr sobre una cinta que imita el mecanismo de las ruedas de un tanque, ¿lo pueden creer? Si hasta la mejor de todas, mi Rosita Luxemburgo, dejó aquel tan conocido meme: “Quien no se mueve no siente las cadenas”.
El culto a la acción, el prestigio del zangoloteo y del desplazamiento tienen múltiples orígenes, desde la invención del turismo a la ansiedad posmoderna, el temor a la muerte —la quietud definitiva— y la nueva nostalgia por las rodillas con costras de cuando nos subíamos a los árboles, al parecer. El capitalismo no se entiende sin la expansión permanente y su poderoso brazo sicológico, la pulsión por la novedad, que es inestable por definición. La inmovilidad se asocia a la enfermedad y al fin de la vida (claro), al estupor, a la cobardía, a la conformidad (no tan claro).
Desde Braudel para acá los historiadores hablan de la longue durée, la larga duración que no es un disco, sino aquel tiempo en que el cambio social era tan lento que las personas por varias generaciones podían no notarlo: hasta donde daba la memoria, el guion casi no tenía sobresaltos. Como en general la vida era como el forro, nos alegramos de que las cosas se hayan sacudido y movido hacia la democratización de la comodidad y la dignidad, hacia la ciencia, la igualdad de género y la autonomía personal, hacia el helado de palito y las laparotomías, pero siempre se pierde algo en el camino, en este caso la estabilidad de los referentes. A veces, la calidez de una comunidad cerrada y protectora a la que siempre podías volver para encontrar un paisaje previsible.1
En cambio en nuestra época la idea de la aceleración de la historia, que era entre un imposible y una exageración, parece de pronto una mera descripción realista. Nos parece que nada dura y la vida es un soplo, y quizás nuestras neurosis se deban a que la evolución de la especie va más lento que el recambio de ansiedades y preocupaciones a las que prestar atención antes de que se desvanezcan en la bruma de la desmemoria. Como no sabemos mucho qué hacer, corremos en círculos.2
¿Todo se mueve, y demasiado rápido? No realmente, no todo, no el presente en lo más cotidiano. Lo que se desdibuja es el futuro, y eso sí que es desestabilizador. La frustración política de los últimos años, por ejemplo, tiene que ver con esta dicotomía. Por un lado, las personas sienten que nada cambia, que la movilidad social tarda demasiado, que persisten la injusticia y la desigualdad. En Chile la gente sigue queriendo cambios radicales, solo que no confía en quienes están llamados a conducirlos, porque percibe que no logran ponerse de acuerdo. El drama es que es muy difícil ponerse de acuerdo sobre algo que no se está quieto, que es el futuro que queremos o podemos soñar. La pesadilla del cazador es un blanco móvil: un horizonte que se desplaza justo cuando vas llegando.
Pero me desvío de este desvío. Quería decir que salvo prescripción médica está bien cultivar el sosiego y no andar dando saltitos. No apurarse, no innovar porque sí. Qué cansancio todo lo que estamos obligados a hacer cada día. Qué animal precioso es el oso perezoso de tres dedos, que se mueve tan lentamente que te tienes que sentar para observarlo avanzar un metro. Envidiar una reclusión forzada o una enfermedad que supone reposo (las tuberculosis de los cuentos de sanatorios) es insensible y banal, pero sí se puede admirar lo que somos capaces de hacer ante la inmovilidad involuntaria, que con ser jodida ha producido grandes obras. Los diarios de enfermos. La literatura carcelaria. Los Cuadernos de la cárcel gramscianos, o el diario del noruego Petter Moen: apresado por la Gestapo, escribía en un rincón de su celda con un chonguito de lápiz o un clavo sobre papel higiénico. El Viaje alrededor de mi habitación, de Xavier de Maistre, castigado por haberse batido a duelo, que curiosamente es muy alegre: “Desde mi sillón, si caminas hacia el norte, se descubre mi cama, situada al fondo de mi habitación, y forma la perspectiva más agradable…” (era cuico). Otro librito hermoso es Breve manual del perfecto aventurero, de Pierre Mac Orlan, que se ríe del prestigio expedicionario y propugna no levantarse del sillón, nunca, por ningún motivo.
Hay cientos de ejemplos de una belleza posible en la detención y la quietud. La lasitud podría ser languidez sensual y la inacción definitivamente es buen combustible para la imaginación, el arte y la inteligencia discursiva. Y hay un modo de moverse lo menos posible y aun así sentir las cadenas; se llama leer muchas horas seguidas y lo recomiendo. Hago trampa, por supuesto, porque también en ese estado, allá arriba, la ruedita del hámster nunca se detiene.
- Quizás a ese anhelo responde una de las tendencias curiosas de la ficción literaria europea, la de la vuelta al campo, por la que escritoras y escritores se vuelven neorrurales con posgrado y publican novelas sobre esquilar ovejas y vivir al ritmo de las estaciones (spoiler: se vuelven locos, o bien instalan wifi). ↩︎
- No pregunto si en el pasado había más aguante para el silencio y la quietud porque es una obviedad, pero sí, solo por curiosidad, si serían tan comunes como hoy las personas que incluso recluidas o sentadas no pueden dejar de agitarse y producir ruiditos repetitivos, golpecitos de bastón, de nudillos, esos silbidos interminables. ↩︎
