Cuando se habla de nuevos medios digitales, solemos imaginar mundos abstractos que se desvanecen en el aire con un clic. Pero el teórico finlandés Jussi Parikka propone pensar la tecnología desde su reverso material: extractivismo, derroche energético, desechos y desigualdad. Desde una mirada crítica, su obra vincula estética, ecología y política para entender estas plataformas como infraestructuras geológicas y como laboratorios de futuros posibles.
Por Gabriel Godoi
Al ver nuestro celular, nos olvidamos de que no solo estamos mirando mensajes, imágenes y símbolos, sino también minerales y sustancias químicas. Detrás de la apariencia limpia y minimalista de los dispositivos digitales —y de la aparente inmaterialidad de la nube digital—, hay un trasfondo concreto y sucio: explotación laboral, desplazamiento de comunidades y destrucción ambiental. Desde la extracción de minerales, compuestos químicos y metales necesarios para su fabricación, hasta su lenta desintegración una vez obsoletos en vertederos electrónicos de países como Ghana o Nigeria, el costo de su cadena de producción recae, casi siempre, en los países del llamado Tercer Mundo. En palabras del cineasta Alan Brain: todos llevamos un pedacito del Congo en nuestros bolsillos. Pero tampoco es necesario ir tan lejos: en la última Bienal de Arquitectura de Venecia, Chile participó con un stand donde se proyectaban sobre los planos de los centros de datos que existen en el país —33 operativos— testimonios de su impacto en el territorio y las comunidades, poniendo en discusión su alto consumo energético e hídrico y la falta de regulación estatal.


Jussi Parikka (Finlandia, 1976) es, probablemente, uno de los pensadores más influyentes en este ámbito. Profesor de Cultura Tecnológica y Estética en la Universidad de Southampton, Inglaterra, y teórico de los nuevos medios —un concepto que designa las tecnologías de comunicación e intercambio de información de la era digital—, Parikka se caracteriza por articular en su obra teoría cultural, estética digital y ecología con un enfoque materialista. Sus trabajos lo han consolidado como una figura central del pensamiento sobre el Antropoceno, una época geológica en que los cambios ambientales provocados por la actividad humana ponen en riesgo nuestra existencia como especie.
En su libro Digital Contagions (2007), por ejemplo, abordó los virus informáticos más allá de la perspectiva de la seguridad y los antivirus, para proponer que son parte endémica de la ecología digital, habitantes, al mismo tiempo, de la ficción, el net art y las políticas de software. En Insect Media (2010) combinó cultura popular, cibernética, teoría de juegos y arte para explorar cómo los nuevos medios replican formas de organización de los insectos, como enjambres, colmenas o redes. Su enfoque metodológico converge en la arqueología de los medios, desarrollada en el libro What is Media Archaeology (2012), un campo de estudios que busca comprender las nuevas tecnologías a partir de su pasado, fascinándose por los “medios muertos” y sus imaginarios.
Su publicación más influyente es Una geología de los medios (2021), donde se consolida un giro geológico en su pensamiento sobre los nuevos medios. Parikka asegura que estas no son meros hitos de vanguardia tecnológica limitadas al presente, sino un eslabón más de una cadena histórica iniciada hace millones de años con las formaciones geológicas que permitieron la condensación de los minerales. A lo largo del libro, insiste en desconfiar de los discursos idealistas que glorifican la innovación y la inmaterialidad de la nube digital, y subraya su dimensión material y conexión constante con el suelo, el aire y la naturaleza, en una permanente retroalimentación entre lo tangible e intangible.
Más recientemente, la editorial Caja Negra publicó Imágenes operacionales (2025), un conjunto de ensayos donde profundiza en las imágenes hechas por y para máquinas, concebidas sin la intención de representar o ser vistas por los humanos. En diálogo con artistas y teóricos como Harun Farocki, Hito Steyerl y Trevor Paglen, Parikka analiza la manera en que estas imágenes —que habitan fábricas, sistemas de vigilancia, plataformas de IA y laboratorios científicos— constituyen una estética no humana que configura nuestras instituciones sociales, políticas y económicas.
En los últimos años, la irrupción de la inteligencia artificial en la cultura de masas ha levantado debates sobre su impacto ambiental y cuestiones como la originalidad, la creatividad y lo humano/no humano. ¿Cómo crees que ha cambiado la relación de los nuevos medios con su dimensión material desde que publicaste Una geología de los medios?
—Las necesidades energéticas y materiales solo se han intensificado debido a las distintas aplicaciones e infraestructuras de la IA y los centros de datos. El lugar donde nací, en el sureste de Finlandia, por ejemplo, ahora está siendo ocupado por nuevos centros de datos en lugar de las antiguas fábricas de papel, que también contaminaban. Creo que el público en general es bastante consciente del vínculo entre los datos y las necesidades energéticas, aunque quizás menos del consumo hídrico. Pero la conexión entre los datos y las políticas energéticas ocupa un lugar destacado en diversas agendas, especialmente ahora que se supone que estamos llevando a cabo una transición ecológica. En la década de 1990 se creía que las tecnologías digitales eran de algún modo más “verdes”, pero creo que ya nadie piensa así. En esa parte de Finlandia, los centros de datos se consideran parte de la creación de empleo para una zona económicamente empobrecida. Comprender estas “localidades” de los datos es tan importante como entender los discursos generales sobre el hype de la inteligencia artificial.
Hay una relación muy interesante entre abstracción y materialismo en los nuevos medios. Podríamos decir que emergen desde un plano geológico —con un fuerte impacto ambiental—, para luego transformarse en sistemas operativos invisibles a la mirada humana, y finalmente influir, a través de modelos predefinidos, en la cultura y en las subjetividades. ¿Qué implica el paso de una cultura visual a una cultura de datos invisibles para nuestra forma de relacionarnos con el mundo?
—Aquí está la paradoja: creo que lo material también es abstracto. Todo comienza como una abstracción de los recursos y de sus potenciales de extracción calculados en valor financiero. Por eso quiero evitar el binarismo entre números abstractos y materiales concretos. La computación es, al mismo tiempo, abstracta y material: los dispositivos hacen posible que la abstracción ocurra. Y, para ser claro, no creo que la abstracción sea algo negativo. La historia de las matemáticas es la historia de la abstracción; lo mismo puede decirse de la historia del lenguaje y la cultura. Lo que me interesa es qué tipo de abstracciones están presentes en los datos: algunas son negativas, como las que operan como mecanismos coloniales de exclusión; otras son necesarias, como las que nos permiten pensar en múltiples escalas temporales o materiales. Creo que hay una función ética y política necesaria en la abstracción. Apropiarse de los medios de abstracción es clave para la sostenibilidad planetaria y la justicia climática, también para crear lazos éticos entre diferentes localidades y comunidades heterogéneas.
Chile es un país atravesado por el extractivismo minero. Por ejemplo, la extracción del litio en el Salar de Atacama es cuestionada por su impacto ambiental. ¿De qué forma el régimen extractivista histórico de las grandes potencias se sigue profundizando en los países del llamado Tercer Mundo?
—La dependencia de recursos provenientes de otros lugares del planeta y la externalización de los daños que perpetúa el neocolonialismo son el lado oscuro de la transición verde. [El expresidente de Ghana] Kwame Nkrumah advirtió en la década de 1960 sobre el poder del capital extranjero para mantener su dominio incluso después de la descolonización nominal del poder estatal. El nuevo libro de [la académica iraní-estadounidense] Laleh Khalili, Extractive Capitalism (2025), aborda muy bien estos temas. Curiosamente, varios lugares en Europa también se están convirtiendo en zonas intensivas de minería. Parte de la extracción del litio, por ejemplo, se superpone con tierras indígenas del pueblo sami en las regiones árticas, en una suerte de espejo de los conflictos extractivos del Sur Global. Y en muchos territorios no indígenas, son las comunidades empobrecidas las que están cargando con ese peso. Es evidente que necesitamos esos minerales y recursos, pero debe existir una manera radicalmente más sostenible y justa de extraerlos, y de que esas soluciones se construyan junto con las comunidades afectadas.

En tu libro Imágenes operacionales trabajas con la idea de que la cultura visual tiene una dimensión no visual, en la que se vuelve mucho más determinante su modelo operacional que aquello que vemos como imagen. ¿Qué relación tiene la invisibilidad de las imágenes operacionales con el poder?
—Incluso voy más allá de la invisibilidad para hablar de “invisualidad”, un término extraño. Solemos entender lo invisible como algo que podría ser visible, pero que en un momento dado no lo es. Lo “invisual”, en cambio, es más radical: es aquello que ontológicamente nunca puede ser “visible” como tal. En los espectros de teledetección que operan más allá de la luz visible, o en los numerosos eventos “imaginarios” automatizados por la visión maquínica, el poder no es simplemente invisible, sino que actúa en longitudes de onda que no se corresponden con nuestras coordenadas previas de lo que entendemos por poder. Soy más foucaultiano en ese sentido: no creo que el poder se oculte. Está constantemente a la vista, aunque no siempre de manera directa. Opera en la superficie de las cosas, los eventos y los procesos. No es una cualidad oculta ni un grupo que lo ejerce, sino una realidad programada, por así decirlo. De ahí que necesitemos comprender los procesos de programación.
Los nuevos medios contemporáneos se caracterizan por una marcada concentración de poder en manos privadas; Silicon Valley, por ejemplo. Esto ha significado que su desarrollo y modo de presentarse al mundo han estado guiados principalmente por intereses corporativos y, por tanto, capitalistas. ¿Qué condiciones son necesarias para pensar en una perspectiva democratizadora y responsable?
—Hay que desarrollar infraestructuras alternativas que no dependan de esos fines corporativos ni de los poderes geopolíticos hegemónicos. Lo interesante es que el poder y el conocimiento de al menos algunas de esas corporaciones es inmenso. Me encantaría ver cómo podrían ponerse al servicio de fines de verdad progresistas, pero esa es una cuestión política. Lo que han demostrado los últimos seis meses es más bien lo contrario: se pliegan al poder autoritario en Estados Unidos. Comenzar por un almacenamiento de datos alternativo sería un paso, así como utilizar la legislación en esa misma dirección: no solo para proteger los derechos individuales, sino también para reorientar colectivamente los datos y los servicios hacia usos más amplios en pos del bien común y con una base material más sostenible. Es importante recordar que Silicon Valley ya no es el único gran actor. Las empresas chinas son igual de significativas.
Al hablar del futuro parecieran asomarse visiones catastróficas debido a la crisis climática o imágenes de un mundo hiperdigitalizado capaz de alterar lo que entendemos por humano. ¿Qué puede anticiparnos el estudio de los nuevos medios frente a estos escenarios? ¿Y cómo podríamos prepararnos para lo que viene?
—Creo que la computación es una forma de preparación. Los mecanismos computacionales de predicción son una parte importante para reflexionar sobre el momento presente. Pienso que es necesario alterar lo humano, no en el sentido corporativo de los cyborgs o de las fantasías de Silicon Valley, sino en el de la teoría cultural crítica: desarrollar sensibilidades capaces de sentir empatía con lo abstracto, de construir comunidades complejas con lo no humano y de elaborar políticas viables para los futuros planetarios. Ya tenemos demasiado diseño “centrado en el ser humano”; necesitamos diseños más-que-humanos que comprendan también la colonialidad implícita en la noción misma de “lo humano”. Entender la cultura computacional es una forma de comprender cómo construimos la infraestructura para que emerjan futuros posibles o para impedir que otros lo hagan.
