“Mientras la alteridad nombra la diferencia en los sentidos más múltiples y simbólicos, la otredad es siempre clasificatoria: es un menos, da cuenta de una asimetría social construida por la dominación cultural. Es esa certeza la que moviliza una parte de Las otras, de Alia Trabucco: la forma clasificatoria de los nombres, el presente de los nombres, los riesgos de nombrar, de nombrarse. Hablarse y decir. Recorre la historia de la diversidad en cuerpos literarios para pensar cómo opera la diferencia desde el lenguaje”, escribe Diamela Eltit, Premio Nacional de Literatura, quien presentó el libro en marzo.
Por Diamela Eltit
El conjunto de ensayos Las otras es poderoso, poblado porque porta dilemas ineludibles que son necesarios para pensar, repensar y discutir las fuerzas que ahora mismo, hoy, controlan e impulsan el asedio ultraopresivo y bélico del mundo. Los textos se detienen en lo que es y será nuestro tiempo próximo, atravesado por represiones y la instalación de lenguajes, muchos de ellos, grotescos, colmados de aseveraciones falsas, que contienen la voluntad explícita de extender y ejercer sin reparos la “dominación masculina”, citando un título de Pierre Bourdieu. Porque, como lo señala Alia Trabucco, circula de manera rizomática la escalada de una “utopía neofascista”. Desde este escenario, la autora aborda signos, símbolos, sentidos, códigos con los que la hegemonía refuerza y reordena sus poderes. Una hegemonía que funda sus macropolíticas mediante obediencias absortas que se hacen visibles en la consolidación de micropolíticas.
En su ensayo “Tentativas de abordar el silencio”, Alia Trabucco narra la ceremonia que se realizó después de obtener el prestigioso premio Femina otorgado en Francia por la traducción de su novela Limpia, lo que significó un hito cultural ineludible. De acuerdo al protocolo que porta cada entrega de premios, la autora, al recibirlo en París, leyó un discurso, solo que cuando mencionó al pueblo palestino, se generó una notoria disrupción en la audiencia, se extendió el silencio como una forma explícita de malestar. Un no. Entonces, esa palabra, el nombre “Palestina”, detonó una asombrosa ecuación premio-castigo ante esa audiencia. Se desencadenó una situación hostil, difícil de entender en un espacio de reconocimiento literario, pero que, cuando se comprende, resulta amenazante para el conjunto del “campo cultural”, como diría Pierre Bourdieu. En París se cursó, mediante el silencio, una forma elocuente de antipalestinidad refugiada en la falsa premisa de que aludir, describir y denunciar se convierte, de manera automática, en un acto de antisemitismo, como si Gaza, territorio palestino, no fuese hoy un vasto campo de concentración y un suelo de exterminio.
En su libro, Alia Trabucco, desde diversas perspectivas, se interna en el poder del lenguaje o de los lenguajes para interrogarlos, rebatirlos o incorporarlos; viaja entre geografías, traduce, se traduce, nombra, desnombra y se detiene en lo innombrable. La autora examina el ámbito jurídico y su complejidad, pues la aplicación de la ley no necesariamente conduce a la justicia, pero también considera, como lo señala en su reflexión en torno a literatura y derecho, que “no hay pura rebelión en la literatura ni pura opresión en el derecho”. Se detiene en la política chilena, el plebiscito perdido, la enfermedad, la migración, los derechos humanos.
Mientras leía Las otras, en diversos momentos pensé vívidamente en el texto teatral Kaspar,de Peter Handke, basado en el famoso caso del adolescente alemán Kaspar Hauser, que permaneció encerrado, sin ingreso al lenguaje, solo, hasta que lo encontraron a sus 16 años. Recordé a Handke, pues su obra se funda y se despliega en la potencia del lenguaje: el no saber, la organización, su falta, su des-orden, especialmente en el intenso disciplinamiento social que organizan los apuntadores en la obra:
“Solo con una frase, no con una palabra, podrás tomar la palabra”.
“Puedes esconderte tras la frase: ocultarla, renegarla. La frase puede significar todo”.
Las otras inicia su viaje-libro en el yo. Un yo que transita por los diversos textos de manera compleja, en la medida que abre escenarios discursivos en los cuales ese “yo”, por su posición ética o cultural o literaria, nos contiene a nosotras, las otras. Se pregunta, duda. Recuerdo una vez más la obra literaria Kaspar y su difícil inmersión en el lenguaje: “cuando aprendí a decir la palabra ‘yo’ tuvieron que dirigirse a mí mucho tiempo con la palabra ‘yo’ porque no sabía que la palabra ‘tú’ quería decir ‘yo’”. O como diría teóricamente Lacan en sus Escritos, “el yo es una instancia imaginaria… y por ello el lugar del desconocimiento”.
Así, el texto ingresa en la mirada, mirarse en las otras, mirando a las otras, o más bien, preguntándose qué ve el ojo pájaro chincol parado en su ventana. El ojo es un órgano, pero la mirada es lo que constituye al sujeto, según Lacan, en el entendido de que el psicoanalista establece una diferencia entre el yo (moi) y el sujeto (je). Gluck [artista británica, de nacimiento Hannah Gluckstein] fotógrafiado-fotógrafiada-fotografiade, es el que mira la mirada o, dicho con mayor exactitud, Gluck la mira desde la mirada, y entonces Gluck, mirándola desde el interior de un centro de arte, o Gluck desde el arte de mirar, la interroga y la impulsa a establecer las preguntas necesarias que le permiten iniciar su inmersión poética, personal y deliberativa en la alteridad y en la otredad.
Mientras la alteridad nombra la diferencia en los sentidos más múltiples y simbólicos, la otredad, en cambio, es siempre clasificatoria, es un menos, da cuenta de una asimetría social construida por la dominación cultural. Es esa certeza la que moviliza una parte del discurso de la autora, la forma clasificatoria de los nombres, el presente de los nombres, los riesgos de nombrar, de nombrarse. Hablarse y decir. Recorre la historia de la diversidad en cuerpos literarios para pensar cómo opera la diferencia desde el lenguaje.
La autora repasa los nombres y repiensa su rostro, un rostro que quedó atrás en el tumulto hospitalario; busca una definición identitaria de sí, pero cuál, cuando el género y sus discriminaciones que asolan al cuerpo mujer son insuficientes. Nombrarse como disidencia-mujer produce un doblez, una recategorización todavía más excluyente, pues allí se formula la otra de la otra, que es doblemente otra.
Me parece importante la reflexión de Alia Trabucco en torno al lenguaje inclusivo, porque las expresiones que lo generan rompen el binarismo gramatical que define identidades, las acosa y las asedia, pero a su vez ya sabemos que estas crean resistencias que podrían considerarse paradójicas ahora que la digitalización del mundo ha reformulado escrituras y expresiones de manera multitudinaria. Como utopía, el lenguaje inclusivo puede ser pensado como una de las propuestas gramaticales más interesantes. Lo es, en la medida que, en su quiebre, contiene no solo a las disidencias, sino que bajo su forma es posible considerar todos los cuerpos para democratizarlos al horadar en parte, solo en parte, la poderosa geografía convencional del poder masculino que porta el lenguaje.
El ensayo “Advertencia: Solo palabras” se detiene en agrupaciones que establecen una relación lineal, por decirlo de alguna manera, entre las vidas de las lectoras y las obras literarias. Agrupaciones que atraviesan la ficción de las ficciones para “advertir” que las obras podrían afectar emotivamente a las lectoras y así se genera la necesidad de incluir advertencias previas a la lectura de un libro. Ellas buscan explicitar las zonas que consideran conflictivas en producciones artísticas y literarias, que podrían generar sufrimiento en novelas que aborden abusos sexuales, racismo, sexismo, cuya lectura podría revictimizar a mujeres (básicamente, se detienen en obras narrativas). Este es un tema crucial, pues Alia Trabucco se debate entre incluir estas advertencias o discutirlas porque la literatura misma se enfrenta, como lo señala la autora, a una disyuntiva.
Las “Advertencias” provocan, sin duda, amplios debates porque portan un pre-juicio: advertir. Me atrevo a señalar que más allá de la validez de estas agrupaciones y sus propuestas, reducen la novela solo a su argumento o a parte de su argumento, desechando así las estéticas y las poéticas que simbólica y conceptualmente generan pliegues y repliegues de sentido.
Alia Trabucco se interna en las diversas disyuntivas que porta la política abierta por los colectivos “Advertencias”. Entiende la fragilidad y el dolor que la lectura de un libro puede ocasionar, pues “el lenguaje siempre afecta el cuerpo. Lo atraviesa. Lo toca. Lo roza”.
Y en ese sentido, relaciona las posiciones antagónicas a las advertencias con la denominación “corrección política” con las que se ataca a las emancipaciones discursivas. Frente a esta mención irónica o ridiculizante o lesiva, la autora plantea que lo que se busca restaurar en el lenguaje es la “incorrección política”, lo que significa re-poner el clasismo y cada uno de sus derivados que envuelven de manera primordial a las mujeres y a las disidencias. Una “incorrección” avalada, promovida y ejercida por las ultraderechas que hoy rigen el mundo.
El texto no toma “partido” ante las “Advertencias”, más bien detalla la validez de aquellas posiciones que piensan en la autonomía de la letra y aquellas que reivindican la “advertencia” para evitar sufrimiento. Transita por los bordes de este dilema y se propone “divagar, explorar, dudar, imaginar, interrogar, escuchar, afirmar, negar”.
En el interior de la escalada política-social que experimentamos, y a pesar de la impactante e ineludible captura masiva de los imaginarios ciudadanos, Las otras, de Alia Trabucco, nos recuerda “el torrente de la literatura” y nos convoca al futuro y a la esperanza.
