Pese a que la tasa de motorización en Chile ha tenido un aumento sostenido durante las últimas décadas, hoy existen cada vez más personas que eligen no tener vehículo propio. ¿Estarán renunciando a algo esencial? ¿O habrán comprendido que moverse en transporte público puede ser más práctico y más coherente con el mundo que queremos construir?
Por Marcela Munizaga | Crédito de foto: Rodrigo Arangua / AFP
Hay quienes plantean que hay un cambio de mirada frente a la decisión de utilizar transporte público o conducir un automóvil para movilizarse diariamente. Para nuestros padres y abuelos, usar automóvil era un signo de estatus y un símbolo de independencia económica. Los jóvenes de hoy, en cambio, no comparten ese tipo de prejuicios. Cada vez escuchamos con mayor frecuencia a algunos de ellos que, rompiendo la tendencia, optan por no tener un vehículo propio y utilizar el sistema de transporte público como medio principal para sus desplazamientos cotidianos. ¿Por qué lo hacen? ¿Estarán, quizás, equivocados?
Exploremos las razones que podrían llevarles a tomar esa decisión. Si analizamos este fenómeno desde la perspectiva económica, utilizar transporte público es más barato que circular en un automóvil particular, ya que esto último implica gastos asociados al uso de estacionamientos, a la necesidad de combustible y al mantenimiento, además del costo del vehículo. Pero existe un segundo factor muy relevante, que es el tiempo. Se podría decir que es un costo oculto, porque lo consideramos un elemento muy valioso y las personas están dispuestas a pagar para ahorrar minutos. Generalmente, el tiempo de viaje en automóvil es menor que el del transporte público, pero hay diferencias sutiles que es importante considerar.
Al movilizarse detrás de un volante, hay que asumir el tiempo que se utiliza ejerciendo de chofer y que impide realizar otra actividad en ese lapso. La valoración de este costo dependerá del contexto en que se realice el traslado y las condiciones del tráfico, porque ciertamente no es lo mismo hacerlo en una ciudad pequeña, donde se puede disfrutar del paisaje, que en una ciudad grande, congestionada y contaminada. Como contrapartida, en transporte público también hay un costo asociado al tiempo, que en este caso se utiliza como pasajero y que, del mismo modo, depende de las condiciones: no es lo mismo viajar sentada, leyendo y en un vehículo cómodo, que hacerlo de pie, en condiciones de hacinamiento o en un vehículo en malas condiciones.
La tendencia de nuestras ciudades es mejorar las condiciones del transporte público, mientras empeora la experiencia del conductor producto de la congestión, que se produce naturalmente al aumentar la tasa de motorización. Un factor relevante en el mejoramiento del transporte público ha sido la profesionalización del sector, la masiva incorporación de la electromovilidad y la construcción de mayor infraestructura de metro y de corredores de buses. Es decir, desde la perspectiva del costo y del tiempo, no parece tan poco razonable que se considere al transporte público como primera opción. De hecho, según la Encuesta de Movilidad de Santiago 2024, del Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS), el bus y el metro —que, por cierto, este 2025 cumple 50 años desde su inauguración en Santiago— son los medios preferidos en los segmentos más jóvenes de la población.
Otra variable relevante puede ser la libertad que ofrece cada modo de desplazarse. Viajar en transporte público implica ajustarse a recorridos, frecuencias y horarios de viaje; mientras que el automóvil propio da mayor flexibilidad para decidir cuándo y por dónde moverse. Por otra parte, el transporte público facilita la combinación con otros modos de desplazamiento, como caminar, tomar un taxi o viajar como pasajero en el auto de otra persona. Eso permite planificar los trayectos del día eligiendo la mejor opción para cada tramo. En cambio, quien parte la jornada en auto probablemente deba utilizarlo para todos sus desplazamientos a lo largo del día.
En cuanto a la calidad de vida, el uso de transporte público nos hace caminar más, lo que beneficia nuestra salud física, y nos incita a interactuar con una mayor cantidad de personas, lo que favorece nuestra salud mental. Y si pensamos en el bienestar social y del planeta, el uso de transporte público es significativamente menos contaminante que viajar en automóvil, por lo que podemos decir, sin ninguna duda, que es una mejor alternativa para el medio ambiente.
A modo de resumen: moverse en transporte público es más económico, permite aprovechar mejor el tiempo, ofrece mayor libertad, favorece nuestra salud física y mental, y además es más amigable con el planeta. Entonces, ¿serán los jóvenes que optan por no tener vehículo los que realmente están viendo el futuro con mayor claridad? ¿O acaso están equivocados quienes insisten en depender diariamente del auto? Vale la pena darle una oportunidad al transporte público: probarlo, integrarlo a nuestra rutina y preguntarnos si, en realidad, somos más libres y más felices viajando en colectivo que detrás de un volante.
A las autoridades, en cambio, les corresponde el desafío de seguir mejorando la seguridad, cobertura y confiabilidad del sistema, para que cada vez más personas puedan elegirlo no solo por necesidad, sino también por convicción. Lograr que esos jóvenes que hoy utilizan mayoritariamente transporte público para sus traslados, continúen haciéndolo cuando pasen a ser parte del tramo siguiente de edad.
