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¿Más educación, menos educación? 

En un mundo donde estudiar ya no garantiza un futuro próspero y no estudiar tampoco impide el éxito, los jóvenes deben tomar decisiones fundamentales para su vida. En ese escenario confuso, elegir no es solo calcular y asumir riesgos, sino también decidir en qué​ versión del​ futuro creer. 

Por Cristián Bellei   | Foto principal: Felipe PoGa​ 

Uno de los fenómenos más significativos del debate educativo contemporáneo es la coexistencia de dos narrativas opuestas sobre el valor de la educación formal y su relación con las trayectorias vitales. Siempre ha habido visiones distintas sobre este tema, pero una de ellas ha sido hegemónica en la sociedad, la política y la cultura modernas: más educación es mejor, como inversión social y como apuesta individual. Las voces críticas de este credo, si bien son relevantes en la academia, no han permeado significativamente en la sociedad. Pero pienso que la situación actual es distinta. 

Vamos por parte. La primera narrativa, aún hegemónica en los discursos institucionales, sostiene que la educación extendida constituye la condición necesaria —aunque no siempre suficiente— para acceder a posiciones superiores y estables en el mercado laboral y, por extensión, para construir una vida relativamente segura. En este marco, el acortamiento de las trayectorias educativas se interpreta como un factor de vulnerabilidad estructural, asociado a empleos precarios, ingresos bajos y movilidad social estancada. Esta visión encuentra respaldo en abundante literatura sobre retornos económicos de la educación y sobre los múltiples efectos positivos que esta tiene, un discurso reproducido sistemáticamente por las familias, las instituciones escolares y las políticas públicas. En Chile, la universalización de la educación secundaria y la masificación de la educación inicial y superior son muestras de esto, como lo son también la existencia de la jornada escolar extendida, una infinidad de programas educativos complementarios a la educación formal —desde preuniversitarios para jóvenes hasta afterschool para infantes—, y el masivo endeudamiento estudiantil y el financiamiento familiar de la educación, cuyo costo, además, es de los más altos del mundo en términos comparativos. Es decir, fe inequívoca en la apuesta educativa. 

La segunda narrativa, crecientemente visible en los espacios digitales y en ciertos discursos de innovación y emprendimiento, subvierte la lógica anterior. Postula que la educación formal ha perdido relevancia como mecanismo de distinción y habilitación, y ha sido desplazada por formas de aprendizaje informal, autónomo y situado, que las plataformas digitales han hecho accesibles a escala masiva. A ello se suma la transformación del mercado laboral, que habría abierto nichos de generación de ingresos —creación de contenido digital, economía de plataformas, emprendimiento informal—, en los que las credenciales académicas resultan irrelevantes, como se ve, por ejemplo, entre quienes aprenden programación sin haber estudiado en la universidad o entre los influencers que convierten sus cuentas de TikTok o Instagram en fuentes de ingresos. En su versión más radical, esta narrativa incorpora también trayectorias al margen de la legalidad —el tráfico de sustancias, las apuestas en línea— como evidencia empírica de que el éxito material es alcanzable por vías desvinculadas del sistema educativo. El argumento del credencialismo y la inflación de diplomas refuerza esta posición: si todos tienen un título, el título deja de distinguir, su valor cae y la inversión de tiempo y dinero ya no renta. Si cada uno tiene su propio coach de inteligencia artificial, ¿quién necesita profesores y escuelas?  de inteligencia artificial, ¿quién necesita profesores y escuelas? 

Ambas narrativas poseen verosimilitud empírica, ambas pueden ilustrarse con casos reales, datos estadísticos y trayectorias biográficas reconocibles. Y ambas circulan con igual vigor en los entornos donde un joven de dieciséis años construye su comprensión del mundo social. 

El problema medular no es de información insuficiente. Es de disonancia normativa: el joven en formación recibe señales estructuralmente incompatibles desde fuentes igualmente creíbles, y en ese contexto debe tomar decisiones de altas consecuencias. La teoría de la elección racional supone un agente con preferencias ordenadas y un entorno de señales relativamente coherente; la teoría clásica de la socialización asume que las transiciones biográficas ocurren en marcos institucionales —familia y escuela— que ofrecen cierta orientación normativa consistente. Esas condiciones no se cumplen en el escenario actual. Lo que emerge es una figura inquietante: el joven debe construir un proyecto de vida en ausencia de un consenso social básico sobre las reglas del juego y las perspectivas de futuro individual y colectivo. 

La incertidumbre ha sido desplazada desde las instituciones hacia el individuo. Visto desde fuera, este panorama puede leerse como una ampliación de opciones. Visto desde dentro —desde la experiencia cotidiana de un estudiante de 15 o 16 años—, adquiere otra tonalidad. Se trata de un espacio saturado de mensajes contradictorios: “sin educación no hay futuro”, pero también “no necesitas estudiar para tener éxito”; “elige bien tu carrera”, pero asimismo “las carreras del futuro aún no existen”; “esfuérzate en el sistema”, pero al mismo tiempo, “el sistema está obsoleto”. 

En ese contexto, la decisión educativa deja de ser una elección informada entre alternativas estables y se transforma en una apuesta bajo condiciones de ambigüedad radical. Optar por una educación institucional extendida implica confiar en la persistencia de un orden que muchos declaran en crisis; elegir trayectorias alternativas implica asumir riesgos elevados en mercados volátiles, desregulados y profundamente desiguales. En los dos casos, el costo del error es potencialmente alto, y no es claro cuán reversible resulta. 

La pregunta para la investigación educativa, la política pública y la educación institucional es ineludible: ¿en qué medida los sistemas educativos contemporáneos están equipando a sus estudiantes con las herramientas cognitivas, personales y deliberativas necesarias para tomar decisiones razonadas en contextos de disonancia normativa estructural? Una educación que forme para la incertidumbre contemporánea no es la que entrega certezas ilusorias, sino la que desarrolla la capacidad de actuar con criterio cuando las respuestas no están disponibles. 

Así, el problema no radica únicamente en la capacidad de los sistemas educativos para orientar decisiones, sino en su dificultad para reconocer y entender el escenario en que esas decisiones ocurren. Cuando las reglas del juego son objeto de disputa y las promesas de futuro divergen radicalmente, decidir deja de ser un acto de mero cálculo y se convierte en una toma de posición frente a la incertidumbre. El joven no solo debe decidir si estudiar y qué estudiar, sino también en qué versión del mundo creer.