Fue una de las figuras más importantes en la renovación de la enseñanza y la creación de la música en Chile, labores por las que recibió el Premio Nacional de Artes Musicales en 1971. En el centenario de su nacimiento, el músico, docente e investigador Carlos Fernández revalora su obra, marcada por las virtudes más importantes de un maestro: estudiar la historia, leer el presente y anticipar el futuro.
Por Carlos Fernández Aliaga
Hace un par de meses me llamó un amigo pastuso, residente desde hace casi una vida en la ciudad de Cali, en Colombia. Me invitó a participar en su grupo musical que lleva por nombre Juanambú. Para mí era un desafío, ya que hacía varios años no me presentaba en un escenario. Además, me pedía estudiar un extenso portafolio, que incluía varias canciones de su autoría y algunos covers latinoamericanos.
De estas obras, una llamó particularmente mi atención. No me esperaba un grupo de la Nueva Canción Chilena en una ciudad tan caliente y, mucho menos, que la obra coral Memento hubiera sido compuesta por el gran Gustavo Becerra-Schmidt (1925-2010) a partir de los versos testamentales de Federico García Lorca.
Becerra-Schmidt nació bajo el abrigo del Llaima en Temuco, y el 26 de agosto pasado habría cumplido cien años. Estudió composición musical y musicología en la Universidad de Chile con maestros de la talla de Pedro Humberto Allende y Domingo Santa Cruz. Escribió obras notables, con estilos vanguardistas para la escena nacional e internacional. Con cuarenta y seis años, en 1971, ganó el Premio Nacional de Artes Musicales, siendo uno de los compositores más jóvenes en recibir el galardón. Su carrera artística en el país cambió de golpe cuando en 1973 fue exonerado de la Universidad de Chile y debió someterse al rigor del exilio.
A pesar del destierro, a fines de los años 70 orientó su obra a remecer las alicaídas conciencias de lo que quedó de la Unidad Popular y de quienes aún intentaban infructuosamente resistir los embates de la dictadura.
Franco, mi querido amigo colombiano, de seguro no sabía del lío en el que nos estábamos metiendo: Memento, la canción que traigo al ruedo, fue estrenada por el grupo Quilapayún en 1980. Está compuesta de tres partes, pero tiene una forma unitaria —veremos más adelante que el número tres será determinante— y comienza con una voz solista: ¡una letanía! Era que no, si prima el modo mixolidio, un tipo de escala musical proveniente de la Grecia clásica que luego fue adoptada en el canto medieval; un guiño al canto a lo poeta de nuestra más pura tradición campesina. De esta melodía inicial, interpretada a capella, surge un rústico canon a tres voces cuya secuencia se repetirá tres veces. Esta elaboración musical motivará al oyente a percibir el movimiento y la pregnancia de los versos previos a una muerte majestuosa e inevitable.
La construcción simbólica de Memento se comprende desde la profunda convicción humanista de su autor: Gustavo Becerra-Schmidt no habría dejado nada al azar. Creó un coral primitivo, de aquella época en que la música salió de la iglesia para fundirse en las calles y nutrirse de la vitalidad profana o, diría mejor, humana. En tanto, el uso de la reiteración de la frase musical en un patrón ternario orienta la trama a un horizonte divino o sacramental: la santísima trinidad —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo—, lo que deriva en un argumento silogístico cuya proposición final es abandonar la doctrina y abrir cancha al debate de las ideas. ¡Un mensaje revolucionario!
Así también, la inteligente utilización de los versos de García Lorca se enmarca en la propia vida del poeta español, en su destino, en la doble suerte del fusilado: la muerte poética y la muerte política. Señal de la transcendencia del arte, de cambio y renacimiento.
Si me apresuran, concluiría que la obra Memento responde a un estilo sincrético: una creación hecha a partir del estudio de diversos estilos y tradiciones musicales. Becerra-Schmidt desarrolló ampliamente esta técnica compositiva junto a varios estilos más (neoclasicismo, serialismo dodecafónico, procedimientos aleatorios y electroacústica) que abordó con maestría. Gracias a este oficio se transformó en una figura fundamental en la escena nacional, razón por la que su influencia se esparció como el polen en primavera a sus innumerables discípulos y colegas: Fernando García, Cirilo Vila y Luis Advis, solo por nombrar a algunos.
El legado del maestro es, sin lugar a duda, una combinación de música y pedagogía que regaló a Latinoamérica y a la ciudad de Oldemburgo, donde se refugió desde 1973 hasta enero del 2010, año en que partió para siempre de este plano sonoro. Fue uno de los tantos que no retornó y, quizás, esa es la razón de que su natalicio no haya sido ocasión de una efeméride nacional. No es ninguna novedad: ya a mediados de siglo advertía a sus colegas compositores que la cercanía entre el público y la academia dependía, en esencia, de la capacidad del creador de atender a las problemáticas del hombre contemporáneo.
Sería muy conveniente recordar a Gustavo Becerra-Schmidt por su prolífica trayectoria, en la que destacó por las virtudes más importantes de un maestro: estudiar la historia, leer el presente y predecir el futuro. Mientras espero a que alguien más se anime a recordarlo en este centenario, yo seguiré ensayando su canción junto a mi amigo, convencido de que en cada nota persiste su eterno y magistral legado.
