Una lectura sensible de El mínimo animal (Metales Pesados), el último libro del filósofo Federico Galende, que aborda la figura del caballo desde la política, la literatura, el arte y la autobiografía, es lo que hace Paula Arrieta en este texto, donde esboza un mito ecuestre personal. “La frase ‘el mínimo animal’ tiene algo de lo que en el colegio nos enseñaron como ‘mínimo común múltiplo’”, dice la académica y artista visual. “El caballo como mínimo común de la historia, de las historias, esa unidad básica e indivisible que nos permite, a pesar de todo, un estar juntos”.
Paula Arrieta Gutiérrez
Voy a partir con una hipótesis: El mínimo animal no utiliza al caballo como excusa o figura retórica para hablar sobre literatura, historia, autobiografía, arte o cine. Se habla de todo eso, es cierto. Algunos caballos en particular —la yegua del narrador, el caballo de Turín, el caballo de Baquedano— tejen hilos con otros tantos caballos anónimos, heroicos, invisibles o mártires. Remiten a un pasado, reciente pero pasado al fin, cuando todavía la historia se elaboraba colectivamente. Todo eso está aquí, pero no son los caballos los sacrificados para enunciar ideas. Propongo que este libro es sobre los caballos. Y con sobre no me refiero a acerca de, sino a encima. Sobre los caballos, como galopando. Sobre los caballos y la forma en que movilizan la historia; las maneras en que han modelado y sobrevivido a nuestro ingenio. Animal versus animal, el poder y la dominación, la ilusión de aprehender a otro sin nunca lograrlo. Cabalgando las heridas de un relato personal y extrañamente universal. Lo que haré ahora, entonces, es dibujar una serie de líneas de ida y vuelta entre el libro y otras ideas que podrían proyectarse de él.
El mínimo animal comienza con una historia autobiográfica del narrador (en la contratapa se dice, explícitamente, que ese narrador es Federico Galende. Supongamos, por el momento, que eso es cierto). Se trata de un recuerdo de la infancia, en el campo, donde transcurrían los veranos familiares, y algunos inviernos, en una casa olvidada que el abuelo había ganado en una partida de cartas, según el relato familiar. El niño Federico (llamémoslo por ese nombre) tiene (no tiene en realidad) un caballo (que en verdad es una yegua). En esa relación tan íntima como pasajera, se entrelazan la libertad salvaje del animal y la impostura de la domesticación, la construcción de la figura varonil del vaquero que domina toda situación desde la altura de su noble y aparentemente sometido compañero. Este comienzo podría ser, perfectamente, el relato de un mito de origen.
El caballo —nos sugiere Federico— es también el origen de otra percepción del tiempo y las distancias. El uso de ellos como transporte abrió el mundo para exploradores y civilizaciones completas, permitiendo viajes que sin un caballo no hubiesen sido posibles jamás; el caballo cambió la forma de la guerra y del ritmo. Es protagonista de muchos relatos fundacionales, como el del cine, motivando la curiosidad de determinar a ciencia cierta si un caballo galopando tiene o no en algún momento las cuatro patas en el aire.
Tal vez todos podemos encontrar en nuestra memoria un caballo. Mi niñez, muy lejos del campo, la naturaleza y los animales, se limitó a los caballos de la pantalla. Por ejemplo, el caballo de She-Ra se llamaba Swift Wind. Es inolvidable porque nos remontamos a una época en que las heroínas en la tele son poquísimas. Creo haber visto todos los capítulos de la serie. Al comenzar cada episodio, She-Ra vestida de civil, es decir, con su identidad de Adora, explica que viene de Eternia y que es la hermana gemela de He-Man. Cada vez que She-Ra invocaba el poder de Greyskull, su caballo Swift Wind se transformaba en un unicornio alado, con sus alas de múltiples colores desplegadas como un arcoíris.
(Un detalle: She-Ra y He-Man no pueden ser gemelos. En el mejor de los casos podrían ser mellizos. Pero supongo que en un universo donde un caballo se convierte en un unicornio alado multicolor todo es posible).
Otro caballo de mi infancia fue uno montado por un trabajador del campo de un familiar lejano que visitamos un fin de semana, cuando tenía algo así como 11 años. Al acercarse a nosotros lentamente, con un galope tímido pero firme en medio de un pequeño bosque en el que estábamos reunidos, me di cuenta de que era el hombre con las manos más grandes, gruesas y hermosas que había visto. Contó la historia de otro caballo del fundo que había sufrido no me acuerdo cómo una herida en el cuello. Dijo: “y estaba ahí todo coloreando el caballo”. Coloreando. Quería decir “sangrando”, pero de una forma muchísimo más alucinante. Pictórica o cinematográfica, tal vez.
Por último, puedo ubicar en mi memoria la escena ecuestre más triste y angustiante que pudimos haber visto los y las niñas de mi generación: Ártax, el caballo de Atreyu, hundiéndose en el Pantano de la Tristeza en La historia sin fin. (He vuelto a ver esa escena para la escritura de este texto y me ha parecido igualmente terrible e insoportable que la primera vez que la vi).
Estas figuras esbozan un mito caballeresco personal, mediado en mi caso por la televisión, pero siempre hay un problema con los mitos que inauguran una identidad. Al igual que la historia del abuelo de Federico, que ganó una casa en el campo en una partida de naipes, los relatos fundacionales van llenándose de detalles más o menos fantasiosos que, sin embargo, encuentran su total verdad en la explicación del presente. Sin ese relato, la actualidad de nuestras vidas podría volverse ilógica, incoherente, aun cuando muchas de estas historias estén llenas de cosas extraordinarias y muy difíciles de creer.
Tal es el caso del caballo del general Baquedano, llamado Diamante. Federico nos trae a la memoria, a través de una escritura atrapante y precisa en cada uno de los detalles tanto emocionales como técnicos, los terribles devenires que sufrió la estatua del general durante los imprevisibles, agitados y eufóricos días de la revuelta social de octubre de 2019. Una amiga (que podría o no ser Nelly Richard) le comenta a propósito de un texto de Carlos Altamirano, que el pobre caballo Diamante no tiene culpa alguna de las fechorías de su dueño, y que se podría resolver este importante problema ético, histórico y político cortando al jinete y dejando en el pedestal solo al noble animal. Demás está decir que las estatuas ecuestres, y esta en particular, son parte fundamental del mito de origen, esta vez del de una nación. Un caballo sin jinete podría ser, pensé, el símbolo perfecto de la libertad, concepto que perdimos progresivamente a través de los años hasta que llegó a no significar más que la triste —además de falsa– promesa de elegir en qué colegio estudiarán los hijos o qué marca de zapatillas darán una imagen más elevada de uno mismo. Esta es la herida de nuestra derrota.
Hace algunos meses me aboqué a una labor que consideré fundamental como la que más: escribir sobre Palestina. Como no quería hablar de lo obvio (ruina, sufrimiento, destrucción, muertos, crueldad, etc.) busqué un camino que me permitiera imaginar la imagen que no nos llega: la de la belleza, la resistencia, la vida. Se trataba de una tarea tan urgente como extraordinariamente difícil. Entonces decidí partir desde un libro de Ítalo Calvino, uno de mis escritores más queridos: Las ciudades invisibles me ayudaron a imaginar otras instantáneas de Palestina, ciudades donde la vida brotaba en cada rincón. Y así pude escribir Nazareth, Jerusalén y Gaza. Cuento esto porque, a propósito de El mínimo animal y lo que acabo de mencionar del general Baquedano, es nuevamente Calvino quien permite fijar la mirada sobre estos jinetes y sus caballos: por una parte, El vizconde demediado, que ha sido separado en dos, al medio, por un cañonazo. Una parte es la de un ser vengativo y maligno mientras la otra despliega valentía y nobleza. Ambas mitades se trasladan sobre un caballo que, pese a todo, sigue íntegro y no ha sido partido por la mitad. Por otra parte, El caballero inexistente cuenta de un jinete sobre su caballo, pero lo único que existe es el caballo. El jinete no es más que un espacio vacío contenido dentro de una armadura. Mitades éticas, partes incompletas, la imposibilidad de armar el total.
La frase “el mínimo animal” tiene algo de lo que en el colegio nos enseñaron como “mínimo común múltiple”: aquella unidad, la más pequeña posible, indivisible, que dos números comparten al ser multiplicados. Si pensamos en esto, podremos notar que cada historia de caballos tiene un común inevitable con otra: el caballo de Nietzsche en Turín con el unicornio alado; el caballo de Muybridge con un vizconde partido en dos y este, a su vez, con el caballo Diamante, el del general Baquedano, que podría o no morir absorbido en un pantano, víctima irremediable de su jinete inexistente y vacío. La yegua libre y semi salvaje del campo que algún verano fue parte de la imagen fantasiosa de un niño que se pensaba como un cowboy recio que ha domesticado la naturaleza. El caballo como mínimo común de la historia, de las historias, esa unidad básica e indivisible que nos permite, a pesar de todo, un estar juntos.
Hace algunos días perdí a una amiga extraordinariamente importante para mí. Ya que hablamos de mitos de origen, ella estaba repleta de historias fundacionales: las comidas y devenires de la abuela rusa; el padre checo-judío-comunista que huyó de las cámaras de gas a Chile para huir después de la dictadura; su propio exilio, París, desilusiones sentimentales, matrimonio con un árabe; la universidad después de mayo del 68; la militancia, la amistad, el amor. Mi amiga se convirtió, en lo cotidiano, en la historia constitutiva de mi presente. En torno a ella articulamos una familia que tenía su propio ritmo, su propio tiempo y espacio, su propio léxico —valga la mención a Natalia Ginzburg—, sus propios códigos y principios. Un cómplice y oscuro sentido del humor. Y, como no, su propio lugar: su casa, sus comidas, su amistad generosa y sin límites.
Gracias a ella conocí una de las frases que considero fundamental para quien busca escribir y que, según pude averiguar, está en uno de los escritos de Giordano Bruno: se non è vero, è ben trovato. Si no es verdad está tan bien contado que debería serlo. O su análoga “no dejes que la verdad arruine una buena historia”.
Paréntesis.
Dicho sea de paso, y espero no caer en alguna indiscreción, una de las historias más memorables de mi amiga trataba de un encuentro fogoso y fugaz con un cuidador de caballos con el que se retiró a un lugar apartado durante un paseo familiar al campo. Esto es muy probablemente cierto. Y si no lo es, estaba increíblemente bien contado.
Cierra paréntesis.
Mientras escribo esto no puedo dejar de pensar en ella a cada segundo, porque hasta ahora escribir, al menos para mí, tiene mucho que ver con aquello que está por ahí, alborotando la memoria en medio del pecho. Pienso en ella y estas historias sin final de seres amados que llegamos a conocer solo a medias. Fede me dijo hace un tiempo que él y yo compartíamos algo: nos emocionaban las mismas historias boludas. Es verdad. Es justamente emoción lo que encuentro en muchas de las escenas de este libro: la emoción de la ternura, de pensar no solo desde las ideas sino también desde las tristezas, la emoción de abrirle espacio al deseo. La emoción de leer y de la enorme pulsión de escribir. Después de todo, si un mínimo animal desaparece entre nosotros, vamos a tener que inventarlo. Una y otra vez, hasta que logremos que las historias nos permitan reconocer, en el presente, las hermosas heridas de nuestro origen.
