Quizás un pensamiento sin cuerpo sea el último síntoma de nuestra época: uno que ya no tropieza, que no se ensucia, que no lagrimea ni siente vergüenza. Un pensamiento higiénico, blindado de experiencia, donde el error y la herida han sido reemplazados por la previsión del algoritmo. La inteligencia artificial lo encarna con precisión: su saber no se forma, se actualiza; no recuerda, archiva; no duda, calcula; no desea, predice.
Por Paz López| Foto principal: Desnudo femenino recostado en un diván Récamier (ca. 1856), de Gustave Le Gray. Colección Gilman, adquirida con el apoyo de The Horace W. Goldsmith Foundation, por medio de Joyce y Robert Menschel, 2005. Crédito: The Met Museum.
No había oído el nombre de Pippa Bacca hasta que leí El vestido blanco, de Nathalie Legér. Como en sus otros libros dedicados a Barbara Loden o a la condesa de Castiglione, Léger hace que esas vidas que podrían haberse quedado pálidas, vegetandoen la historia del arte, de pronto adquieran la belleza de lo singular. Digo de lo singular y no de lo excepcional, porque Léger no usa el trabajo literario para convertir a sus mujeres en heroínas trágicas ni para hacer una arqueología de lo silenciado o magnificar a personajes abocados al fracaso, o no exclusivamente para eso, sino más bien para dejarse seducir en la narración por el amasijo de sensaciones que se experimentan cuando entramos en proximidad con los otros, con la unicidad de cada vida: contradicción, extrañeza, incomprensión, alegría, rechazo, sufrimiento, dudas, ternura. Y si es cierto que muchas veces el deseo de narrar nace del desastre y el desamparo, la historia de Bacca bien podría haber integrado esa listita de nombres que Susan Sontag dejó esbozada en su diario íntimo para un proyecto de libro que llevaría por título Sobre mujeres muriendo, Muerte de mujeres o Cómo mueren las mujeres.
¿Morimos distinto las mujeres?, me quedé pensando.

Las fotografías muestran a Bacca vestida con un traje de novia, un ramo de flores, un velo o un cintillo blanco tejido a crochet, casi siempre sonriendo. Su idea era pueril hasta la exasperación si no hubiera sido porque en esa ocurrencia se dieron la mano el arte y la vida, esa pócima que, nos guste o no, tiene la fuerza de mover las cosas de su lugar, convertir por ejemplo una idea ingenua en un ardid. Para comprobar que el mundo era un lugar amable, una “fuente original de bondad”, Bacca decide viajar a dedo partiendo desde Milán, su tierra natal, para recorrer parte de Europa y Oriente Medio. Al final del viaje exhibiría en una galería de arte italiana su vestido, fotos y recuerdos del viaje. “Hacer autostop es elegir tener fe en otros seres humanos, y el hombre, como un pequeño dios, recompensa a quienes tienen fe en él”, dijo alguna vez. No es difícil imaginar el final, que en el libro de Léger aparece casi al comienzo: Bacca fue violada y estrangulada en Turquía. Su asesino, Murat Karatas, un hombre de 38 años, padre de dos hijos, fue quien manejaba el último auto al que se subió la novia, que encontró para sí la más desoladora y macabra de las muertes.
Sí, le hubiera respondido a Sontag, a veces las mujeres morimos distinto.
Inquieta por la historia de Bacca, intentando corroborar que su performance, quizás la historia misma de cierto tipo de performance, muestra que somos vulnerables porque dependemos de otros para vivir y que la violencia es una borradura de esa dependencia, un ultraje a esa condición de animales indefensos que somos, quise revisar con prisa otras performances. ¿Qué nos dice la performance de la violencia, qué anticipan esas actuaciones de vida, qué nos quieren decir? Comencé así mis primeras incursiones con ChatGPT. Con la ansiedad que estos dispositivos necesitan para funcionar —no hay dispositivos contemporáneos que no requieran de nosotros cierto grado de impaciencia y nerviosismo—, comencé a pedirle información, tecleando los nombres de algunas artistas que recordé y esta fue la respuesta:
En Interior Scroll (1975), Carolee Schneemann se coloca desnuda sobre una mesa y extrae lentamente un rollo de papel de su vagina, leyendo en voz alta su contenido. El gesto convierte el cuerpo femenino en fuente de palabra y de saber, desafiando la violencia simbólica que lo había reducido al silencio. La vulnerabilidad se vuelve aquí afirmación y poder.
En The Conditioning (1973), Gina Pane se acuesta sobre una estructura de metal con velas encendidas debajo, dejando que el calor queme lentamente su piel. La acción muestra la violencia como experiencia íntima y controlada: el cuerpo, sometido al dolor, se convierte en lugar de conciencia y vulnerabilidad, una forma de mirar el sufrimiento sin mediaciones.
En Rape Scene (1973), Ana Mendieta aparece tendida en el suelo, semidesnuda y ensangrentada, recreando el cuerpo de una mujer violada. La escena, silenciosa y real, transforma su vulnerabilidad en denuncia: el cuerpo expuesto se vuelve testimonio del horror y del poder de mirar.
En ¿Quién puede borrar las huellas? (2003), Regina José Galindo camina descalza desde el Congreso de Guatemala hasta el Palacio Nacional, dejando un rastro de huellas ensangrentadas. La acción convierte el cuerpo en archivo vivo del terror estatal: la sangre como escritura, la marcha como duelo y denuncia. Vulnerabilidad y resistencia se confunden en un mismo paso.
De pronto, un mensaje interrumpe ese estado de trance, de búsqueda frenética, casi maniática:
Parece que estás pasando por mucho en este momento, pero no tienes que enfrentarlo solo/a. Puedes encontrar apoyo aquí.
Apreté el botón con la vergüenza de quien es sorprendido en un goce escondido, luego también con rabia, porque para que haya vergüenza, pensé, es preciso que exista un soberano, real o imaginario, al que temamos defraudar. Y nada me parecía más ridículo que temerle a un chat, aproximarme a él con disimulo o absurdamente decidida a reventar el absceso de pudor que de pronto había experimentado. Find a helpline. El chat consideraba que esa búsqueda desprolija de artistas escondía en mí oscuros planes suicidas. Hace poco había terminado de leer Regreso a Reims, un libro conmovedor, un libro precisamente sobre la vergüenza. “Cuando el 31 de diciembre (…) llamé a mi madre poco después de medianoche para desearle un buen año, me dijo: acaban de llamar de la clínica. Tu padre murió hace una hora. Yo no lo quería. Nunca lo había querido”. Así, con esa confesión despiadada, comienza el periplo hacia sí mismo después de años de haberle dado la espalda al pasado y a quienes lo habían habitado. Didier Eribon, su autor, conocido por la biografía de Foucault y por sus libros sobre la homosexualidad y sus mecanismos de dominación, enfrentaba ahora la trama de otra vergüenza: la de la miseria obrera en la que había crecido, la de los cuerpos de clase que esta producía, la del rechazo —incluso el odio— que sintió por ese mundo que le dolía en el propio cuerpo. “Me fue más fácil escribir sobre la vergüenza sexual que sobre la vergüenza social”, escribe con la congoja de saberse un tránsfuga, y entonces decide enfrentarla, retornar a Reims, a los barrios de su infancia. Tironeado por esas dos identidades sociales, la del intelectual parisino y la de la clase obrera provinciana, construye esta preciosa autobiografía que no sería tal si no estuviera a la vez repleta de un delicado análisis histórico y político sobre la violencia de los veredictos sociales. Cada vez estoy más de acuerdo con esto que decía Virginia Woolf: que uno debe extraer todo cuanto fue personal y circunstancial de las impresiones para ir con ellas a tantear lo inconmensurable, quiero decir, la vida.
De cualquier forma, me abrumó pensar que ese nuevo soberano ya no era por ejemplo la clase —una palabra que suena casi de otra época—, sino eso que llamamos inteligencia artificial y que ahora imponía sus propios juicios, sus propios recaudos, su propio horizonte moral. ¿Qué lo llevó a formarse esa opinión, quiero decir, qué llevó a esa IA a creer que mi búsqueda provenía de una aflicción, un grito de ayuda, la búsqueda de una salida desesperada? ¿Consideraba el suicidio un crimen, una enfermedad o una estadística reseca? Encerrada como estaba en mi escritorio, en mi paraíso privado de imágenes y textos, creyendo que allí estaba a resguardo, libre de todo contacto con la aspereza de la realidad, de pronto me vi pensando estas cosas. ¿Qué es lo artificial de esta inteligencia que ahora me incita a pedir ayuda? Si pensar es inseparable del lenguaje, ¿no es el pensamiento siempre un artificio? ¿No hemos necesitado siempre de instrumentos, artefactos, herramientas para pensar? Quizás el problema no sea el artificio, seguí rumiando, sino que el pensamiento ya no esté encarnado en la experiencia del que piensa; no que no sea natural, sino que se sitúe en otra parte que en el cuerpo. ¿Qué es un pensamiento sin cuerpo? Volví a pensar en Pippa Bacca, miré otra vez sus fotografías, su sonrisa delgada que se abre entre el candor y la ironía, su pose de santa itinerante, de figura votiva que no desconoce sin embargo el artificio, la puesta en escena, su propia performance, quiero decir, su cuerpo.

Días después de ese evento, sentada en la mesa de un café, leía El libro de las lágrimas, de Heather Christle, un mosaico de apuntes, citas y escenas que ensayan una teoría mínima del llanto —los propios, los ajenos, los que vio en la calle, en el cine, los que leyó en poemas—. Llorar, para Christle, es una tecnología arcaica, una prótesis afectiva que nos vuelve legibles para los otros y, a veces, para nosotros mismos. Lloramos para pedir auxilio, para recordar, para desarmar el orgullo; lloramos también para escribir. Distraída, mientras tomaba un sorbo de café y aspiraba el humo del cigarro, volví a tomar el libro y lo abrí esta vez por el final. Otra vez un anuncio:
Si tienes ideas o pensamientos suicidas, recuerda que hay personas con las que puedes hablar. Llama al 7170037 17 y te ayudarán.
No fue vergüenza ni rabia lo que sentí esta vez, sino sorpresa. ¿Será que sí, que necesito ayuda, que mi inclinación a bordear las zonas de vulnerabilidad me deja a mí misma en una zona de indefensión? No, pensé decidida, esta vez estaba convencida de que no tenía ninguna intención de morir. Un libro, ¿puede llevarnos a la muerte un libro? Imaginé una lista de hombres y mujeres que después de leer decidieron quitarse la vida, y enseguida espanté esa idea como se espanta una mosca, porqueaunque ese gesto —como recordaba Al Álvarez— “se prepara en el silencio del corazón” y por eso mismo no admite estandarizaciones ni recetas, se fragua, creo, en otro territorio, no en los libros.
Por mi parte, antes de encontrarme con el aviso, antes del sorbo de café y del cigarrillo, leía el poema de Robert Desnos que Christle había anotado mientras, tocándose la panza, imaginaba al hijo que esperaba, y todo eso había despertado en mí un deseo extraño de estar viva, de querer vivir.
Tanto he soñado contigo que mis brazos,
acostumbrados a cruzarse sobre mi pecho como si abrazaran tu sombra,
tal vez ya nunca más se ajusten a la forma de tu cuerpo (…)
Duermo de pie, con el cuerpo expuesto a todas las formas de vida y amor
Que no me haya irritado no quiere decir que me gusten esas advertencias, sobre todo si aparecen en un libro, como si el libro fuera ahora una cajetilla de cigarros, un paquete de comida o algo cuyos efectos dañinos exigen su protocolización. Al chat, pensé, se lo perdono, pero no a un libro, porque esa alerta, esa precaución supone que los efectos de la lectura están ahí, frente a nosotros, disponibles, codificados, medidos; y los libros, creo, no existen antes de ser leídos, antes de ser deglutidos por un cuerpo que, vacilante, diverso, mutable, inquieto, incidental, impide toda instancia indesmentible y consumada de la experiencia. Y remarco experiencia, y remarco cuerpo, porque son ellos los que cuidan que la fábrica de la singularidad no se vea deformada por la fábrica del sentido y del juicio anticipado.
Quizás un pensamiento sin cuerpo sea el último síntoma de nuestra época: un pensamiento que ya no tropieza, que no se ensucia, que no lagrimea ni siente vergüenza. Un pensamiento higiénico, blindado de experiencia, donde el error y la herida han sido reemplazados por la previsión del algoritmo. La inteligencia artificial lo encarna con precisión: su saber no se forma, se actualiza; no recuerda, archiva; no duda, calcula; no desea, predice. Allí donde la máquina anticipa, el cuerpo demora; donde la máquina corrige, el cuerpo se equivoca; donde la máquina optimiza, el cuerpo insiste. Y si he hablado de Léger, de algunas performances, de Eribon, de Christle, de esos libros a los que he ido a parar como pidiendo socorro, tal vez sea porque lasnegociaciones entre el yo y la experiencia son en ellos un asunto álgido, escrituras apegadas a lo vivo, que no ocultan la fragilidad del pensamiento, sino que la exponen, la convierten en su condición, intentando recapitular modestamente lo poco que nos es dado conocer. Y si todo eso nos pone en riesgo, es porque está más cerca de la vida que de la muerte.
