La poeta y artista iraní Ghazal Ghazi, nacida en Teherán en 1990 y hoy radicada en Estados Unidos, ha sido testigo de las guerras que asolan su país a la distancia, a través de las imágenes de prensa que muestran el horror cotidiano, las víctimas y las huellas que los ataques han dejado en las calles, los árboles y los canales que cruzan la ciudad. “El agua y el aire sirven para pensar en la historia. Frente al fascismo, el ecocidio, la guerra y el colapso climático, ambos son a la vez víctimas, testigos y archivos. En ellos se puede leer el daño; en ellos siguen vivas las heridas”, escribe.
Por Ghazal Ghazi | Imagen principal: Una columna de humo negro se eleva hacía el cielo después del ataque israelí al depósito petrolero Shahran, uno de los cuatro depósitos bombardeados en Teherán, Irán el 8 de marzo de 2026 / Hassan Ghaedi/Anadolu vía AFP
La ciudad despierta
La ciudad se levanta
Se abren llaves
El agua corre
—Gonzalo Millán, La ciudad (1979)
La guerra representa una pérdida incalculable de vidas. También de archivos; no me refiero solo a libros y documentos, sino también a los árboles, el aire, los animales y el agua que albergan una historia colectiva de la vida. La ciudad es testigo, archivo, víctima y sobreviviente. La ciudad sobrevivirá a la borradura. La ciudad también nos prestará su testimonio.
El aire como archivo
Teherán ha sufrido por décadas una contaminación del aire que ha alcanzado uno de los niveles más peligrosos del mundo, debido a la quema de combustibles sucios y la densa circulación vehicular. La cordillera de Alborz, que rodea la ciudad, crea el efecto de una barrera que atrapa el aire contaminado. Por esta razón, la lluvia no solo es un alivio ante la sequía, sino también ante la contaminación que queda estancada sobre la ciudad.
En noviembre de 2025, unos meses después de la Guerra de los Doce Días, el presidente iraní Masoud Pezeshkian anunció que si no llovía en Teherán, tendrían que pensar en una futura evacuación de la capital, debido a las condiciones extremas de la sequía. Irán está al borde de la “bancarrota hídrica” causada por una mezcla del cambio climático y la mala gestión del gobierno durante décadas. La falta de lluvia estaba condenando a mi país natal a un futuro inhabitable.
Tras el bombardeo israelí de cuatro depósitos petroleros en Teherán durante las noches del 7 y 8 de marzo, la ciudad amaneció, al día siguiente, con un cielo ennegrecido, un aire carcinogénico y una sensación ineludible sobre la piel. Empezó a llover, pero ya no era una lluvia que aliviaba. En mi pantalla —de televisión, de celular—, vi caer gotas negras contaminadas con petróleo, un amanecer oscuro y pesado. Esa agua negra cargada de hidrocarburos y óxidos de azufre cubrió la ciudad entera y se sumó al costo ambiental de la guerra. Así fue como el aire dio una segunda piel a Teherán, habitada por diez millones de personas. El archivo vivo del cielo, herido brutalmente por la noche, nos enfrentó por la mañana: nos van a seguir matando por el petróleo; quienes sobrevivan sufrirán problemas respiratorios o incluso cáncer en unas décadas más, sin que nadie tire el hilo hasta llegar a la raíz.

¿Y qué decir sobre la entrada de esas toxinas al archivo de los pulmones humanos, un petróleo que ahora es cargado por el pelaje de los gatos, las palomas, las hojas del sicómoro oriental que se arquean sobre la calle Vali Asr, la más larga de Asia occidental? Estos árboles, que fueron algunos de mis primeros recuerdos cuando era niña en Teherán, han sido víctimas de la sequía y sobrevivientes de la mala administración del gobierno. Testigos del golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6 en 1953 que expulsó al primer ministro Mohammad Mossadegh del poder después de haber nacionalizado el petróleo. Estos mismos árboles me protegieron a mí y a otros manifestantes durante la represión del movimiento verde en 2009.
¿Cuál es la capacidad de sostener de una hoja, de un ser, de un edificio, de un árbol? Calcular la resiliencia no solo implica considerar el humo, el petróleo, la metralla o la velocidad de un Tomahawk, sino la suma de todos esos factores más el paso del tiempo y la torsión de las células bajo el trauma generacional. ¿Qué diría Mossadegh al ver la ciudad de Teherán cubierta por esta nueva piel, hecha de una mezcla de petróleo —lo que nos sobra—, agua —lo que nos falta— y de un aire y una lluvia que deberían traer vida, pero que ahora matan?
Sangre, agua y fuego
Soy quien ha sido marginalizado y desaparecido al menos dos veces. Soy la presa de la presa.
—Sinan Antoon, The Book of Collateral Damage, 2019

Los joobs son un método de irrigación en zonas urbanas y se parecen a canales largos y angostos que corren entre la calle y la acera peatonal. En México, se conocen como apantles. Antiguamente, se usaban los joobs también para el agua potable, cuestión que resaltó uno de los agentes del MI6 que formaba parte del golpe de Estado de 1953. Christopher Montague Woodhouse escribe en su autobiografía Something Ventured (1982):
“Un agua excelente fluía desde las montañas al norte de Teherán y atravesaba la ciudad por canales abiertos conocidos como joobs (del persa jooi-ab o “recorrido de agua”). Así, la gente rica de la zona norte de la ciudad disfrutaba de agua potable de buena calidad y utilizaban los joobs como desagües. Las clases medias de la zona centro compraban el agua potable a carros ambulantes y, del mismo modo, usaban los joobs como desagües. Los habitantes de los barrios marginales del extremo sur, en cambio, no tenían más remedio que utilizar los joobs para ambos fines”.
Desde la instalación de las tuberías modernas, los joobs ya no se usan para agua potable sino solo para la irrigación urbana y, por ende, muchas veces se plantan árboles junto a ellos, lo que da como resultado arterias verdes que atraviesan la ciudad. Forman una parte fundamental del tejido arquitectónico de Irán.
Uno de los depósitos bombardeados por Israel la noche del 7 de marzo fue el depósito petrolero Shahran en la zona oeste de la ciudad. Al parecer, el ataque provocó un derrame de petróleo que descendió por el cerro y alcanzó los canales de agua. En algún momento, el combustible se encendió y creó una pared de fuego que avanzó en línea recta a lo largo del bulevar Koohsar.
Tan solo dos meses antes, corría sangre por las calles de las ciudades y los pueblos de todo el país, cuando el gobierno reprimió brutalmente a manifestantes que se levantaron tras el colapso de la moneda iraní, en el contexto de una crisis económica agravada durante años por las sanciones estadounidenses, especialmente por la política de máxima presión del gobierno de Donald Trump. Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, lo ha afirmado: la crisis económica de Irán fue orquestada por Estados Unidos. Las sanciones han hecho sufrir al mismo pueblo que hace mucho tiempo fue abandonado por su propio gobierno y por la élite, marcados por una corrupción sistemática.
La cooptación y apropiación discursiva de las protestas sociales en Irán por parte de Estados Unidos e Israel ha sido evidente en los últimos años. Sin embargo, esto no las invalida como una expresión de la capacidad colectiva del pueblo para manifestarse contra el gobierno a lo largo de muchas décadas, en lo que ha sido una lucha histórica.
Se desconocen las cifras exactas que dejaron las masacres de enero. El gobierno iraní reconoce más de 3 mil muertos, mientras que HRANA (Human Rights Activists News Agency), una organización de derechos humanos basada en los Estados Unidos, publicó un informe que afirma más de 7 mil muertos confirmados y otras 11 mil muertes que aún están siendo investigados, además de 50 mil arrestos. Según PBS y The Guardian, las investigaciones de HRANA han sido rigurosas y confiables en ocasiones previas de represión en Irán, pues identifican y verifican individualmente a cada muerto por su nombre. Time Magazine citó 30 mil muertos según dos datos de oficiales iraníes y medios pro-pahlavistas, como Iran International, financiado por Arabia Saudita, inflaron la cifra a más de 36.500 muertos. Aunque es cierto que esta discrepancia entre los números puede señalar un posible juego para fines políticos — sobre todo como una justificación para la intervención militar— lo cierto es que revela una incertidumbre al respecto. Lo más probable es que nunca haya certeza sobre las cifras exactas y las circunstancias de cada muerte, algo fomentado por la obstrucción de información causada por el corte de internet y la desaparición de los cuerpos. Además, los testimonios de familiares de las victimas han sido silenciados por el gobierno y algunos fueron obligados a pagar un rescate para la devolución de los cuerpos.
En los videos difundidos de la morgue de Kahrizak, en Teherán, aparecía repetidamente la imagen de cuerpos todavía conectados a dispositivos médicos. Es decir, esos manifestantes sobrevivieron a las balas y llegaron heridos a los hospitales, donde empezaron a recibir tratamiento médico cuando las fuerzas estatales habrían entrado disparando a quemarropa, matándolos aún recostados en las camas hospitalarias, según reportes de medios como The Guardian. Además, se ha citado la obstaculización de atención médica a manifestantes heridos, como también la detención de médicos solo por el hecho de haberlos atendido.
La mayoría de los manifestantes fueron asesinados durante el 8 y 9 de enero, las dos noches más brutales de la represión. En ese entonces, se escuchaba decir que por los joobs no corría agua, sino sangre. Exactamente dos meses después de las masacres del 8 y 9 de enero, el petróleo derramado tras el ataque israelí entró a los canales y produjo un incendio. Esa sangre, seca en las paredes rocosas, adherida a las raíces de los árboles; esta sangre derramada del pueblo se encendió dos meses después en una línea recta de fuego que fragmentó en espirales la velocidad lineal del tiempo.

Un invierno largo
No responderán a tu saludo, tienen la barbilla metida en el cuello de la camisa. Nadie quiere alzar la cabeza.
—Mehdi Akhavan-Sales, Zemestan (1956)
El golpe de Estado de 1953 que sacó del poder al primer ministro iraní Mohammad Mossadegh fue la primera intervención orquestada por la CIA durante la Guerra Fría. Como muestra de agradecimiento a Kermit Roosevelt Jr., uno de los principales agentes del golpe, la CIA le ofreció de regalo los planes para derrocar al presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, una oferta que Kermit rechazó en favor de otras oportunidades más lucrativas. Tras el golpe de Estado en Guatemala en 1954, llegó el turno de Patrice Lumumba en el Congo, en 1960, y de Salvador Allende en Chile, en 1973, entre muchos otros más.
El poeta iraní Mehdi Akhavan-Sales fue encarcelado en dos ocasiones después del golpe de 1953 por haber sido partidario del partido comunista Tudeh y por apoyar a Mossadegh. El segundo encarcelamiento duró un año, y al salir escribió uno de sus poemas más reconocidos, Zemestan (Invierno, 1956), en el que habla, metafóricamente, de un invierno emocional, social y político tras el golpe.
El golpe de Estado, entendido como una violación de la soberanía del país que además lo desvió de su trayectoria, muestra como para Irán, el invierno ha sido largo desde 1953: la brutalidad de la SAVAK, la policía secreta del sha, formada por la CIA y entrenada en técnicas de tortura por el Mossad; la esperanza y luego la decepción de la revolución de 1979; la guerra de ocho años entre Irán e Irak; la ejecución de miles de presos políticos en los años 80 y los asesinatos de intelectuales en los años 90 por el gobierno de la República Islámica. La represión de varias olas de resistencia: las protestas estudiantiles de 1999, el movimiento verde de 2009, la masacre de manifestantes en 2019 y el movimiento Mujer, Vida y Libertad en 2022. En los últimos diez meses, ese invierno se ha intensificado: la Guerra de los Doce Días en junio de 2025, la masacre de enero de 2026 y la guerra de 2026.

El invierno en el que nos encontramos actualmente tiene una sensación de irrealidad distópica. La inteligencia artificial que fue y sigue siendo utilizada en el genocidio en Gaza fue usada en Irán para acelerar la “cadena de muerte”, un término militar que se refiere al proceso de identificar, atacar y eliminar objetivos militares. El programa de IA de Maven Systems de la empresa Palantir —fundada por Peter Thiel y dirigida por Alexander Karp— fue empleado en el bombardeo de la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en Minab el primer día de la guerra, un ataque de doble impacto que resultó en más de 156 muertos, la mayoría de ellos niñas en edad escolar.
El bombardeo de escuelas y sitios de patrimonio cultural no molestó a los sectores iraníes proguerra, incluidos grupos pahlavistas —partidarios del retorno de la monarquía— y otros alineados con posiciones proisraelíes, que apoyan la deshumanización del pueblo palestino. Inmediatamente después del bombardeo en Minab, muchos de ellos culparon al gobierno, pero cuando quedó claro que se trataba de un misil Tomahawk lanzado por Estados Unidos, lo normalizaron: “Todos cometen errores… son cosas que pasan en la guerra”.
En esta misma irrealidad, he visto algunos sectores de la izquierda antiimperialista en Occidente prender velas por el Ayatollah Khamenei tras su muerte, colocando su foto al lado de las de Malcolm X y Patrice Lumumba. Tanto la izquierda dogmática como la derecha romantiza a los fascistas (la izquierda campista a Khamenei y el sionismo-pahlavista a Netanyahu y Trump). Tienen mucho en común: comparten un mundo hecho de binarismos.
A una década del escándalo de Cambridge Analytica que dejó expuesta la manipulación de las redes sociales para polarizar la opinión pública, la total atomización política se vuelve cada vez más evidente. Rechazar los binarismos es fundamental para comprender las complejidades del momento actual. Siendo iraní de izquierda, antisionista y propalestina, sumo mi voz a la de otros iraníes de izquierda. Muchos tenemos familiares que han sido presos políticos.
Me pregunto, ¿por qué quienes se oponen al imperialismo y a la intervención militar de Estados Unidos e Israel romantizan y homenajean a Khamenei en vez de tejer redes de solidaridad con los presos políticos en las prisiones de Irán cuyas luchas atraviesan todas las clases sociales, géneros y pueblos que habitan el territorio? Me refiero a miles de activistas, artistas, intelectuales, estudiantes, ambientalistas y trabajadores, cuyas voces encarnan una pluralidad, una brújula de visiones y estrategias para enfrentar las luchas y pensar la liberación colectiva. Vale la pena recordar que en los últimos días de la Guerra de los Doce Días, las bombas israelíes cayeron sobre la prisión de Evin, conocida por albergar a presos políticos, periodistas, activistas, académicos y personas detenidas por razones de seguridad del Estado. Irán tiene una historia de luchas sociales que se extiende por más de 120 años. El poder y la potencia de sus movimientos sociales se truncan frente a una guerra que amenaza la integridad territorial del país y que vulnera su soberanía.
Existe una realidad emocional de muchos iraníes de distintos campos políticos: un agotamiento profundo con la situación política impulsada por un gobierno que hoy goza de solo entre un 15% y un 20% de apoyo de su pueblo; la vulnerabilidad de una población civil atrapada entre sangre y fuego, entre las bombas de Israel y Estados Unidos por un lado, y un Estado fascista por otro, que cortó internet durante ambas guerras y que ha aumentado el número de ejecuciones de presos. Ambas guerras volvieron al gobierno iraní más implacable y brutal: después de la Guerra de los Doce Días, más de un millón de afganos fueron expulsados del país, una población doblemente vulnerada entre la situación política de Afganistán y el racismo que enfrentan en Irán.
La guerra ha sido envuelta en un discurso que capitaliza el agotamiento colectivo del pueblo para impulsar una intervención militar que terminó beneficiando únicamente a las potencias mundiales, las empresas petroleras y los contratistas de defensa. Aunque Estados Unidos e Israel habían prometido “liberar” a Irán y atacar estratégicamente a su gobierno, las decisiones militares evidencian una política de destrucción orientada a provocar el colapso total del pueblo iraní. La guerra ha dejado al menos 3.636 personas muertas en Irán, de las que se cree 1.701 corresponden a civiles, según los datos de HRANA.

La impunidad de Israel frente al genocidio en Gaza ha facilitado que se perpetren crímenes de guerra en el Líbano e Irán, incluyendo operaciones que vulneran la soberanía de ambos países. Junto con Estados Unidos, han contribuido a normalizar una retórica genocida: el presidente Donald Trump amenazó con aniquilar a la civilización iraní, mientras que, tras un alto el fuego, bombardeos israelíes en el Líbano dejaron más de 300 muertos en 10 minutos, en una de las ofensivas más devastadoras.
¿Podría Akhavan haber imaginado el invierno en que se encuentra el Irán de hoy? Hay un conjunto de tormentas que se agrandan entre sí y empujan los límites de un territorio que ya está al borde del colapso ecológico. Hay tantas imágenes angustiantes que muestran las consecuencias de la guerra: cuerpos cubiertos de polvo y metralla recostados al lado de los joobs tras un ataque; el cuerpo encorvado y ensangrentado de un hombre que cayó en un joob por el impacto de una bomba. La ciudad y el agua también tienen memoria y nos darán sus testimonios.
La memoria

La guerra, entendida como proyecto de aniquilación, utiliza estrategias discursivas, directas e indirectas, que reescriben la memoria colectiva. Frente a ello, el trabajo sobre el archivo vivo y documental busca visibilizar y cuidar la memoria, así como también resistir su borramiento y su uso selectivo. Enraizar el movimiento antiguerra en la memoria, con todos sus matices y complejidades, podría darle una mayor fuerza frente a tantos fascismos y autoritarismos que nos acorralan, cada uno aferrado a sus propios binarismos.
El agua y el aire sirven para pensar en la historia. Frente al fascismo, el ecocidio, la guerra y el colapso climático, el aire y el agua son a la vez víctimas, testigos y archivos. En ellos se puede leer el daño; en ellos siguen vivas las heridas. Los joobs de Teherán han sido testigos de más de un siglo de historia. Esta historia está entretejida con la delicada banalidad de la vida cotidiana, con las redes de la amistad, la familia y el amor que se trenzan, a su vez, con la ciudad y la naturaleza.
Desde los joobs de Teherán hasta el río Mapocho, ese testigo y archivo vivo de la historia de Chile, que porta tanto la historia del pueblo Mapuche como la sangre de aquellos que fueron desaparecidos durante la dictadura. En esta conversación sagrada entre Mossadegh, Allende, Árbenz y Lumumba, donde las calles testigos del mundo se conversan y reviven debajo de los escombros:
El río invierte el curso de su corriente.
Los detenidos salen de espalda de los estadios…
Regresan aviones con refugiados.
—Gonzalo Millán, La ciudad (1979)
Agradezco a Violeta Arvin Casoni, Ángeles Donoso Macaya y Abou Farman por su lectura y comentarios en el desarrollo del ensayo.
