El libro Palabra escondida (Simbiótika), del ensayista y académico Ricardo Loebell, es un recorrido por las artes visuales chilenas de los últimos 22 años y es, a la vez, un paseo por los lugares donde estas se han exhibido: salas que ya no existen, espacios institucionales que sobreviven a medio morir saltando, galerías instaladas en los barrios altos de la ciudad. A través de ensayos sobre la obra de diversos artistas, el autor retoma una tradición de interpretación que va buscando, capa a capa, “el misterio que se reserva a quienes dudan de la literalidad”, escribe Cynthia Rimsky en este texto, leído en la presentación del libro.
Por Cynthia Rimsky
Tengo el recuerdo de ir caminando de noche por José Miguel de la Barra un día de semana, a mediados de los 90. Seguro veníamos de alguna actividad cultural y nos dirigíamos a un bar o al revés. En un momento Rita Ferrer se quedó atrás del grupito de vanguardia y me presentó a Ricardo Loebell. Era escandalosamente delgado, y hablaba un montón. Le entendí menos de un cuarto de lo que decía. Había vuelto de Alemania, había ido a clases con Alfred Schmidt, cercano a Jürgen Habermas, cercano a Horkheimer y Adorno. Yo ni siquiera había terminado Periodismo en la Chile, y dudaba de los intelectuales.
Eran tiempos poco amables. Casi no había espacios ni financiamiento, tampoco fuentes de trabajo para el margen en la nueva institucionalidad; si no contabas con una red, era difícil que reconocieran tu trabajo artístico o intelectual. Recuerdo que, a diferencia de los grupitos, Ricardo siempre saludaba.
Una noche nos volvimos a encontrar y me volvió a hablar. Es curioso: a las dos personas que colaboraron en mi educación sentimental—Rita es la otra— les entendía poco. Palabras, sensaciones, una imagen, la curiosidad; me quedaban rebotando. Sobre todo, la forma extrañísima de asociar elementos tan disímiles, de irse por las ramas, me hacían pensar/imaginar fracturas que antes de mi encuentro con ellos no había visto.
Ricardo era distinto; su ropa, su delgadez, sus modos. Hoy usaría la palabra refinamiento. Tanto él como su cabeza loebelliana se movían con independencia, sin pedir permiso, fuera de las redes y de los respaldos institucionales; era imposible ubicarlo en un grupo y eso, en vez de curiosidad, en este país generaba desconfianza. En todos esos años, Ricardo persistió con su saludo, otra de sus cualidades, y en el 2003 comenzaron a circular sus primeros textos.
Años después comenzó a hablarme de este libro que hoy llega como La palabra escondida y que tuvo varias versiones, o quizás solo una que fue amasando en su cabeza desde el 2003.

Fui testigo del año en que más cerca estuvo de publicarlo. Tenía 300 páginas o más y contenía casi todo lo que había escrito de literatura, cine y artes visuales. Recuerdo que con Andrea Goic, que lo diseñó y diagramó, nos costaba entender que no entregara las correcciones; pasaban los meses y eso que faltaba postergó indefinidamente la publicación.
Cuando tuve ante mí Palabra escondida con sus 186 páginas, me pregunté qué habría ocurrido entre esa versión no publicada y esta. En una primera mirada advertí que faltaban los textos sobre literatura y cine. Pero nada es así de fácil con Ricardo, y al avanzar en la lectura, descubrí que la literatura y el cine estaban presentes, no como materialidades, sino como procedimientos para pensar las artes visuales.
Los textos de este volumen, publicados en revistas, catálogos, festivales, inauguraciones, libros, textos curatoriales o conmemoraciones son y no son los mismos que se leyeron en el espacio y lugar para el que fueron creados. Ricardo los tomó como un escultor que va a buscar piedras al río; las llevó a su escritorio, y, en un trabajo paciente de pulido, hizo emerger formas nuevas. Bajaron los nombres de las exposiciones, de autores y autoras; y a la superficie subieron las gotas de tiempo, el recogimiento, la fiebre, el suspenso, el horizonte, el eclipse, la mancha, la sombra, la desmesura, la incertidumbre, la percepción, el desacuerdo, la silueta.
Ricardo prolonga y actualiza una tradición de interpretación que va leyendo capa a capa, buscando el misterio que se reserva a quienes dudan de la literalidad. A esos, las palabras no le permiten ir recto, asaltarlas o conminarlas; hay que ser paciente, vadear, alejarse, mirarlas de medio lado, hablar de otra cosa, recurrir a conocimientos que aparentemente no tienen relación con el tema, saltar de una cosa a la otra, escuchar el silencio. Mientras leía este libro, no pude dejar de pensar en quien es para Loebell un modelo: Walter Benjamin.
Los espacios, las fechas, inscritos a pie de página en cada texto, constituyen un mapa de los movimientos de Ricardo por los espacios en los que se movieron las artes visuales en Chile en los últimos 22 años; salas que ya no existen, espacios institucionales que sobreviven a medio morir saltando, como los museos públicos, la apertura de otros relacionados con universidades privadas, el desplazamiento hacia los barrios altos de la ciudad. Las obras de las cuales Ricardo escribe también se mueven por zonas contaminadas con otras disciplinas que, a la vez, desplazan su significación debido a los movimientos de la cabeza loebelliana. Este libro es puro movimiento, de las obras, de sus autores y autoras, de los espacios y del pensamiento.
¿Por qué entonces ese retardo o retraso en aparecer? ¿Perfección, inseguridad, duda? Cuando leí Palabra escondida descubrí el misterio. Ricardo Loebell ha estado todos estos años buscando una forma de leer, entreverando lecturas, viajes, experiencias, recuerdos, observaciones y su propia imaginación. Lo extraordinario es que sus movimientos no tienen por destino construir una teoría, llegar a conclusiones o a un centro. Lo que Loebell hace es desbocarse, abriendo en sus textos oportunidades para plantar, en las pocas certezas, nuevas digresiones de las que huye por cualquier huequito para saltar a otra rama y a otra y a otra, constituyendo una red hipnótica que nos cobija y, al mismo tiempo, nos obliga a saltar con él. A diferencia de intentos anteriores, tengo la sensación de que aquí logró construir una segunda red de protección que nos da la confianza para soltarnos de la rama segura y seguirlo. Porque Loebell saluda y es refinado.
Mientras leía me acordé de Corrección (1975), de Thomas Bernhard. Igual que en ese libro, nos encontramos dentro de la cabeza del narrador, vamos siguiendo sus asociaciones inauditas entre la caligrafía, la esencia del papel, una nube en Oriente, el crecimiento del arbusto con el que posteriormente se elabora el papiro, el nacimiento de la hifología, los rasguños sobre la húmeda piel vegetal desollada, Roland Barthes y el texto que concibe su arquitectura como un tejido, Cy Twombly, la corteza de su origen, Iannis Xenakis, la musicalidad, la lucha rítmica con el tiempo, el desafío del contratiempo y el deslinde del horizonte infinito del papel, las relaciones de semejanza entre escribir, cifrar, tatuar y pintar, la reconstrucción del silencio y, por qué no, el infinito.
Leer Palabra escondida, línea de un poema de Stella Díaz Varín, otra rebelde, me provoca alegría y esperanza: Ricardo se demoró el tiempo que necesitaba para dar forma a una manera de pensar desde su diferencia.
Este texto fue leído en la presentación del libro, la que tuvo lugar el 16 de mayo de 2026 en el Museo Nacional de Bellas Artes.
