“La pintura lleva en sí misma la esencia del movimiento en su superficie y ofrece a quien se preste a observarla una danza, un baile pactado al momento mismo en que se cruzan las pinceladas. De lejos, todo es armonioso y completo; de cerca, se ven los surcos, las correcciones, los choques entre color y forma”, escribe Denis Torres, estudiante de cuarto año de Teoría e Historia del Arte de la U. de Chile.
Por Denis Torres | Foto principal: Una Laurencic/Pexels
Hace bastante tiempo que el cuadro, estático a primera vista, ha caído en detrimento como objeto privilegiado para el arte. La fotografía vino a pelearle esa autoridad a mediados del siglo XIX, y luego la instalación y la performance en el siglo pasado. Hoy en día, con la rapidez con que podemos encargarle imágenes a la inteligencia artificial moviendo los dedos por un teclado o una pantalla, pensar el oficio de la pintura y la labor del pintar resulta primeramente agotador y sin mayor sentido: salir de casa, comprar pigmentos, sentarse ante un bastidor, ¿para qué? Si con algún software podemos crear imágenes que incluso imitan los vaivenes del pincel en la tela de una manera tan idéntica, que asusta.
Pero en el cotidiano —en lo que ocurre en nuestros hogares, en juntas con amistades, roomies, pinches fugaces o con quien convivimos—, se valora más el cuadro por sobre otras expresiones artísticas. Historia y tradición tiene de sobra para no perder su estatus por unos cuantos tecleos. ¿Por qué es relevante hablar de esto hoy? Porque lo que conocemos coloquialmente como cuadro encierra en sí una de las tantas conquistas de la especie humana: retener el instante para una eternidad incalculable.
El instante, mínima medida de tiempo, queda aferrado en la coreografía que crean los pinceles al acariciar el soporte en que caigan. Puede ser una imagen sencilla a primera vista, como un paisaje o un retrato o la mayor abstracción imaginable que podemos contemplar días y días para la eternidad. La fotografía también lo hace y de manera más rápida —he ahí por qué escandalizó a los varones encopetados del siglo XIX—, pero la pintura lleva en sí misma la esencia del movimiento en su superficie y ofrece a quien se preste a observarla una danza, un baile pactado al momento mismo en que se cruzan las pinceladas. De lejos, todo es armonioso y completo; de cerca, se ven los surcos, las correcciones, los choques entre color y forma. ¿Cuánto hay que moverse para que la imagen pictórica mute tanto? Solo pocos metros, con uno basta.
En algunos museos, las pinturas se exhiben por ambos lados, y los visitantes pueden rodearla y no solo quedarse con la imagen en la retina, sino con la desnudez trasera del soporte, aquella que esconde rayados de inventario, timbres de aduanas o incluso otro movimiento estático: el de los entramados de las fibras de la tela, de las vetas de la madera, las volutas que a veces se crean en el papel o en el cartón. En fin, la materia misma pausada y vivaz en un solo instante.
En una época de hiperconectividad global, en que deslizamos sin cesar imágenes en nuestros teléfonos para seguir el caos que ocurre en todos los confines del mundo, caminar hacia un museo para contemplar pinturas o incluso verlas en las paredes de nuestros hogares puede ser un alivio frente al peso asfixiante de la contemporaneidad.
