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Pliegue. Filosofía en comunidad

Entre talleres virtuales, documentales y publicaciones hechas en grupo, el colectivo chileno ha construido desde 2017 una forma singular de pensar y producir conocimiento. Su último proyecto —la primera traducción al español de Encontrarse con el universo a medio camino, texto fundamental de la física y filósofa estadounidense Karen Barad— es también una declaración política y afectiva sobre cómo leer, estudiar y crear en comunidad.

Por Denisse Espinoza | Foto principal: Gentileza Pliegue

En algún momento de la conversación, mientras intentan explicar cómo nació Pliegue, la psicóloga y máster en arte contemporáneo Daniela Céspedes dice que hay “como siete versiones” de la historia. Tomás Flores, doctor en filosofía y también psicólogo, la interrumpe. Se ríen. Se corrigen. Hablan encima. La escena parece mínima, pero resume bien la lógica de este colectivo chileno que desde hace nueve años insiste en hacer filosofía fuera de los formatos tradicionales: pensar juntos, corregirse entre varios, dejar que las ideas aparezcan en medio de la conversación. No hay un relato único sobre el origen porque Pliegue, en cierto sentido, nunca ha dejado de formarse.

Todo comenzó entre pasillos universitarios. Daniela y Tomás —los fundadores— eran compañeros en la carrera de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, aunque se conocieron más bien orbitando cursos de filosofía y estética. La pregunta que nació de esos encuentros y que los obsesionaba era aparentemente simple: ¿por qué el pensamiento filosófico debía expresarse solo en papers académicos?

“Estábamos escribiendo sobre Nietzsche y sentimos que había algo que no alcanzaba a pasar en ese formato”, recuerda Flores. “Y apareció esta pregunta medio absurda: si Nietzsche estuviera vivo, ¿escribiría papers?”.

La respuesta derivó en un proyecto documental, aun cuando ninguno había hecho cine. Aprendieron sobre la marcha. Reunieron dinero propio, convocaron a personas que supieran de producción audiovisual y comenzaron a experimentar con imágenes, guiones y formatos híbridos. Finalmente ganaron un Fondart que les ayudó a financiar la producción. Así nació la webserie de seis episodios Paradojas del nihilismo. La Academia —estrenada en 2020 a través de YouTube—, en el que se cuestiona el sentido actual de la universidad y su lógica de mercado: por un lado, el endeudamiento estudiantil con la promesa del ascenso social, y por otro, los académicos que están atrapados en la exigencia constante de publicar artículos especializados que rara vez encuentran lectores.

Al mismo tiempo, el colectivo comenzó a pensar en distintas fórmulas para sacar la filosofía de sus espacios habituales. Durante la pandemia crearon cursos virtuales donde analizaban con una mirada contemporánea trabajos filosóficos como el El Anti Edipo (1972), de Gilles Deleuze y Félix Guattari —que plantea cómo el capitalismo ha capturado el deseo organizando nuestras vidas en torno a la producción, el consumo y la competencia—; u otras obras más recientes como las de la brasileña Suely Rolnik (1948) —quien propone recuperar una sensibilidad más abierta al cuerpo—; y desarrollaban clases abiertas sobre feminismos, poshumanismo y estética del cine. “Siempre hubo una necesidad de inventar productos”, cuenta Céspedes. “No queríamos repetir el formato clásico de una clase o conferencia. Empezamos a pensar cursos como si fueran guiones de cine: con capítulos, escenas, nombres, atmósferas. Siempre nos interesó pensar en imágenes”.

Así, mucho antes de que proliferaran cuentas dedicadas a divulgar pensamiento y filosofía en redes sociales, en Instagram —donde ya llegan a los 33 mil seguidores— Pliegue se dedicó a crear contenido que mezcla filosofía con cultura pop, reality shows, cine y teoría crítica. En paralelo, también desarrollaron traducciones colectivas, donde la filosofía se cruzaba con otras disciplinas como la sociología, la ciencia, la economía o el arte, a través de autores y autoras como Rosalind Gill, Carolyn Dean, Yves Citton, Trevor Paglen, Yuk Hui, Keith Ansell Person, Iris van der Tuin, entre otros. A la fecha, llevan 65 traducciones, todas de descarga gratuita, al igual que el acceso a sus charlas.

Hoy el colectivo funciona desde varios frentes: es un espacio de investigación filosófica, traducción colectiva, divulgación, producción audiovisual y exploración científica. Y aunque con los años han formado una comunidad de personas que deambulan como voluntarios por los diferentes proyectos —muchas veces financiados por sus propios seguidores—, hay otros integrantes estables que mueven el colectivo desde su base: el doctor en Fisiología Nicolás Martínez, el diseñador y director de fotografía Jorge Valenzuela, el investigador en biología teórica y licenciado en Ciencias Exactas Joaquín Morales, y la traductora Carolina Moreira.

Así, dentro de los nuevos grupos de estudio se encuentra el de poshumanismo y biología; y en paralelo están desarrollando dos películas: una de ciencia ficción llamada Beato y un documental filmado en Chiloé —junto a la productora Chiloé Films— titulado La lluvia sueña con tejuelas. También acaban de abrir una línea de investigación vinculada a la pornografía y perversión. Sus proyectos suelen estar atravesados por una mirada crítica al neoliberalismo académico, a la producción individual de conocimiento y a ciertas formas de autoridad intelectual, pero ellos mismos esquivan la idea de una identidad rígida o una ideología explícita. En lugar de eso, prefieren hablar de una “manera de hacer”: “Lo político aparece más en el modo de trabajar que en una doctrina”, dice Tomás Flores. “Hay un gesto de cuestionar cómo se hacen las cosas habitualmente e intentar producirlas de otra forma. Y eso genera efectos transformadores”.

La palabra “comunidad” aparece varias veces durante la conversación, pero rápidamente la matizan. No la usan como consigna vacía ni como estrategia de “branding cultural”, sino que hablan de una práctica concreta: estudiar juntos durante años, sostener proyectos sin financiamiento estable, compartir traducciones de manera gratuita, construir confianza antes que productividad. “Lo más importante cuando comenzamos a colaborar es mezclarnos mucho”, dice Céspedes. “Afectarnos entre nosotros. Y después de eso aparece el proyecto”, agrega. Una lógica afectiva y colectiva que atraviesa todos los proyectos y que ha sido crucial en uno de los más ambiciosos del último tiempo: la traducción de Encontrarse con el universo a medio camino, libro fundamental de la física y filósofa feminista Karen Barad (1956), editado originalmente en 2007 y que publicaron ahora en español junto a la editorial argentina Cactus.

Encontrarse con el universo a medio camino, de Karen Barad
Editorial Cactus, co-edición colectivo Pliegue, 2026
640 páginas

Durante años, Barad circuló en América Latina casi exclusivamente en inglés y de manera fragmentaria. Su pensamiento —complejo, híbrido y profundamente interdisciplinario— se había vuelto una referencia central para debates contemporáneos sobre poshumanismo, física cuántica, feminismos, teoría de la materia y epistemología, pero seguía siendo poco accesible para lectores hispanohablantes.

Pliegue decidió pensar en grande y traducir toda su obra.

La idea nació, en parte, de una necesidad práctica. Habían formado un grupo de estudio sobre epistemologías contemporáneas y querían leer a Barad colectivamente. Pero no todos manejaban el inglés. Traducir se volvió entonces una forma de estudiar, y lo que comenzó como una solución terminó convirtiéndose en un proyecto de cuatro años.

Primero tradujeron artículos sueltos. Después textos críticos sobre Barad y luego autores cercanos a su pensamiento. Finalmente, llegó el libro.

“Para traducir a Barad tuvimos que traducir también el mundo que rodeaba su obra”, explica Céspedes. El proceso involucró discusiones filosóficas, físicas, lingüísticas y políticas. Invitaron a científicos a debatir conceptos de mecánica cuántica; estudiaron interpretaciones enfrentadas sobre física contemporánea; revisaron de forma colectiva cada decisión terminológica. No fue una traducción realizada por un especialista aislado frente a su escritorio, sino un trabajo coral.

Cada capítulo era leído, corregido y discutido entre varias personas. Algunas tenían formación en traducción; otras provenían de la filosofía, la biología o las artes. Lo importante no era solo encontrar equivalencias lingüísticas, sino entender qué estaba haciendo Barad con el lenguaje.

Porque Barad no escribe desde una disciplina fija. Física de formación, feminista, filósofa y teórica queer, la autora construye un pensamiento donde la materia no es algo estático ni pasivo, sino un proceso relacional en permanente transformación. Su concepto central —el “realismo agencial”— cuestiona la idea de individuos separados y propone que toda existencia emerge a partir de relaciones dinámicas entre cuerpos, tecnologías, discursos y materia. Esto implica entender al ser humano no como un observador externo y autónomo, sino como parte activa de los procesos que producen realidad. Nuestras acciones, formas de conocer, tecnologías, lenguajes y decisiones afectan materialmente el mundo y, al mismo tiempo, nos transforman. Desde esta perspectiva, la existencia humana conlleva una responsabilidad ética profunda, porque cada relación participa en la configuración de aquello que puede aparecer, importar o incluso llegar a existir. “Mientras filósofos contemporáneos plantean desertar del mundo, Barad hace una invitación política a no separarnos de él y a pensar cómo lo intervenimos”, dice Daniela Céspedes. En otras palabras, nada existe de manera completamente independiente; todo está “enredado”, como escribe Barad. Traducir esa idea al español implicó enfrentarse también a problemas casi imposibles. Palabras como matter, que en inglés pueden significar simultáneamente “materia”, “importar” y “asunto”, obligaban a inventar soluciones nuevas.

“Los términos difíciles nunca los resolvía una sola persona”, cuenta Flores. “Siempre eran decisiones colectivas”.

El resultado final conserva algo de ese procedimiento: una traducción rigurosa, pero también consciente de que el lenguaje nunca es completamente estable.

¿Qué les interesó inicialmente de Karen Barad?

—T. Flores: Nos interesaba mucho cómo ella repiensa la producción de conocimiento desde una perspectiva no centrada en el ser humano. Barad mezcla física cuántica, feminismo, filosofía y teoría de la materia de una manera muy original. Sentíamos que reunía muchas preguntas que nosotros ya veníamos trabajando.

¿Qué fue lo más complejo del proceso?

—T. Flores: Los conceptos que no tienen equivalencia directa en español. Y también la física. Había capítulos en los que tuvimos que estudiar muchísimo para entender realmente lo que decía. Invitamos a físicos, discutimos artículos críticos, revisamos cada decisión entre varias personas.

¿Qué creen que aporta Barad hoy?

—D. Céspedes: Es una autora que permite pensar la potencia, lo indeterminado, aquello que todavía no existe pero podría existir. Hay una dimensión muy creativa y muy imaginativa en su pensamiento.

—T. Flores: Y además plantea que la realidad misma está hecha relacionalmente. No solo las relaciones humanas: la materia, el universo; todo está constantemente produciéndose a partir de interacciones. Creo que esa idea tiene consecuencias enormes para pensar la política, la ciencia, la ecología y la tecnología hoy.