Skip to content

Una década de reflexión crítica

«Preguntarse por el mundo que viene implica imaginar escenarios posibles, pero también cuestionar las fuerzas que los hacen viables y las memorias que los sostienen», escribe en el editorial del número 37 Pilar Barba, vicerrectora de Extensión y Comunicaciones y directora de Palabra Pública, revista que este año cumple una década.

Por Pilar Barba

Hace diez años, cuando se imprimió el primer número de esta revista, era imposible anticipar cuánto cambiaría Chile en la siguiente década. Por delante estaban el mayo feminista de 2018, el estallido social de 2019, la pandemia, los procesos constitucionales y la llegada al poder de nuevas fuerzas políticas, entre otros hitos. Todos han pasado por estas páginas porque una de las misiones de Palabra Pública, desde su creación, ha sido mirar la realidad de frente. El futuro, en ese sentido, siempre nos ha acompañado: ha estado en la elección de temas, en la atención a las señales de época y en la aspiración de ser, para los investigadores del mañana, un testimonio escrito de las inquietudes, los deseos y las mutaciones de estos tiempos. 

La idea de pensar literalmente en el futuro apareció de forma espontánea cuando nos preguntamos por este aniversario. No es un ejercicio fácil, menos cuando la crisis climática, la precarización del trabajo, los cambios geopolíticos y la aceleración tecnológica han convertido la incertidumbre en un síntoma de esta década. Preguntarse por el mundo que viene implica imaginar escenarios posibles, pero también cuestionar las fuerzas que los hacen viables y las memorias que los sostienen. De ahí la elección como imagen de portada de la obra Rúbrica (2003), de Gonzalo Díaz: un homenaje a un artista fundamental que interrogó con lucidez el dolor y la violencia de la historia chilena reciente, y, a la vez, una forma de poner en escena el extrañamiento que acompaña todo intento por imaginar el mañana. 

Hace unos años, Díaz —fallecido en diciembre de 2025— afirmó que nuestra memoria colectiva “crece más lento que el odio solapado”, una frase que resuena como diagnóstico histórico, pero también como advertencia sobre el porvenir: no hay futuro sin recuerdo. Sobre ello pone atención en estas páginas el filósofo y académico Federico Galende, quien plantea que uno de los rasgos de esta época es “el olvido de los muertos”; mientras que la ensayista Constanza Michelson propone entender el futuro como una posición ética frente al tiempo, capaz de sostener a la vez memoria y apertura. 

Un asunto ineludible en este número es la inteligencia artificial, esa novedad que nos apasiona y aterroriza, y que dos entrevistados invitan a mirar con ojos críticos: “No creo que la tecnología sea mala en sí misma, pero sí que la idea dominante hoy es la de una tecnología agresiva a gran escala”, advierte la artista Hito Steyerl, a la vez que Ricardo Baeza-Yates, Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas, desmonta la fantasía de una máquina que piensa, e imagina un horizonte en que la tecnología nos libere del trabajo. Este número, a su vez, propone formas de navegar la nebulosa del presente que describe Federico Rojas al hablar del desorden geopolítico. “Siempre hay futuro”, dice Hito Steyerl, y es por eso que hay que estar atentos: en las crisis suelen abrirse posibilidades inesperadas.  

Varios textos de esta edición avanzan en esa dirección. El reportaje sobre el invierno demográfico en Chile y el mundo muestra que el envejecimiento de la población y la baja natalidad pueden leerse, ante todo, como una oportunidad para repensar la vejez y los cuidados. Desde otro registro, la escritora Cynthia Rimsky devuelve la atención a lo común, a los vínculos humanos y a un presente compartido que el caos tecnológico todavía no consigue absorber. La arquitecta Isabel Serra, por su parte, recuerda que las ciudades son archivos de futuros imaginados, y que volver sobre esas huellas puede ayudarnos a abrir formas más democráticas de proyectar lo común. 

Así, este número propone una idea fundamental: solo es posible pensar el futuro si conservamos la capacidad humana de imaginar, no para evadirse ni especular, sino para abrir horizontes de cambio. En esa tarea, las universidades públicas cumplen un papel decisivo, ya que siguen siendo uno de los pocos espacios donde aún puede articularse memoria, pensamiento crítico e imaginación al servicio del bien común. 

En el editorial inaugural de 2016, el exrector Ennio Vivaldi escribió que esta revista nacía para “invitar a una conversación” y para “reinstaurar una primacía de las palabras”. A diez años de su aparición, Palabra Pública vuelve sobre ese impulso, que también ha sido uno de los ejes de la rectoría de Rosa Devés, cuyo período llega ahora a su fin. Cumplir una década no es solo una ocasión para conmemorar, es también una oportunidad para profundizar nuestro propósito de ser uno de los espacios donde la Universidad de Chile realiza una parte esencial de su misión: abrir la reflexión y contribuir a una conversación pública, en un tiempo marcado por la simplificación del debate y la erosión de los consensos básicos en torno a la verdad.