La directora japonesa, conocida por la serie Planet—compuesta por cuatro cortometrajes—, acaba de estar en varios lugares de Chile presentando El gran viaje, una película que se aleja de los filmes didácticos sobre la naturaleza y de las fábulas infantiles épicas de animación digital para acercarse, con asombro y curiosidad, al mundo de los seres vivos. “Hoy nos falta empatía hacia otras formas de existencia. Somos una sociedad muy centrada en nosotros mismos. El cine puede ayudarnos a salir de esa perspectiva y abrir nuevas posibilidades narrativas”, sostiene.
Por Iván Pinto
El estreno de El gran viaje (2025) en las salas de cine chilenas es un evento poco habitual en una cartelera dominada por producciones de los grandes estudios y por un reducido circuito de cine de autor europeo, generalmente dirigido al público adulto. Sin dejar de ser un estreno para todo tipo de audiencia, El gran viaje es una película sobre todo enfocada en las infancias, que toma distancia de los filmes didácticos y de las historias épicas de animación digital, para acercarse al mundo los seres vivos y sus hábitats a través de una fábula de tres semillas que recorren un planeta y sus climas para asentarse y crecer. Mediante técnicas diversas como el time-lapse, el uso de lentes macro, la creación de maquetas y modelación 3D, el filme integra géneros como la ciencia ficción y la fantasía con conocimientos de la biología, la geología o la climatología, acercándose al mundo mínimo de plantas y bichitos. Una suerte de “película laboratorio” que invita a pensar un cine capaz de vincularse, a través de sus procesos y métodos, con el mundo de la ciencia sin renunciar a una vocación universal. La japonesa Momoko Seto (Tokio, 1980), su directora, estuvo en Chile presentando funciones y dando charlas en diversos lugares, entre ellos, el Centro de Arte Alameda en Santiago y la Residencia de ALGA en Valdivia, un programa de formación y desarrollo de proyectos audiovisuales en Valdivia.

¿Cuál fue el origen de la película y cómo comenzó esta exploración?
—Desde hace muchos años vengo explorando la naturaleza microscópica, modificando la velocidad y la escala para situar al espectador dentro de ese mundo normalmente invisible. Ya estaba trabajando en una ciencia ficción ecológica sin presencia humana. Antes de este largometraje realicé cuatro cortometrajes, todos pertenecientes a la serie Planet. El primero fue Planet A (2008), mi película de graduación. Allí exploré la formación de cristales de sal e hice una especie de película de ciencia ficción utilizando sal y agua. Después realicé Planet Z (2011), donde filmé hongos, plantas y mohos. Mi tercer cortometraje fue Planet Sigma (2014). En él introduje insectos filmados en macro y en cámara lenta con una [cámara de alta velocidad] Phantom. Comencé a combinar distintas técnicas para filmar la naturaleza a pequeña escala y hacer que ese mundo diminuto pareciera inmenso, como si fuera un nuevo planeta. En 2017 realicé una película en realidad virtual, Planet Infinite. Allí los hongos crecen frente al espectador hasta obligarlo a levantar la cabeza para contemplarlos. Era otra manera de trabajar la escala. Este largometraje es, en realidad, la continuación natural de todo ese recorrido. Nada de esto apareció de repente. Desde hacía tiempo quería realizar un largometraje cuyo personaje principal fuera una planta. Mi idea inicial era hacer una película de aventuras, incluso una de acción, pero protagonizada por plantas. Entonces pensé que las semillas eran el mejor punto de partida, porque viajan constantemente y poseen múltiples estrategias para encontrar el lugar donde echar raíces, su propio suelo. Esa fue la idea inicial del proyecto.
Me parece muy interesante que utilices la ficción para construir un relato que incorpora principios e ideas de la ecología. Una de las cosas que más me llamó la atención es la importancia del entorno. No se trata solo del suelo, sino de la atmósfera y del ambiente que rodea cada espacio. Cada contexto produce una reacción distinta y modifica las relaciones entre los seres que aparecen. Me dio la impresión de que se trata de una película coral. Las semillas son protagonistas, pero siempre existen en relación con otros organismos y con el medio que habitan. No hay un personaje aislado, sino una pluralidad de relaciones.
—Me alegra que lo señales porque era una idea muy importante para mí. No quería construir una historia con un héroe o un grupo de héroes. Lo importante era esa pluralidad de relaciones. Las semillas están siempre interactuando con el suelo, con otros animales y con otras plantas. No llegan como si fueran seres ajenos al lugar; forman parte del ecosistema desde el comienzo. Para mí era fundamental mostrar una visión de la naturaleza entendida como un ecosistema, como un conjunto de elementos simbióticos estrechamente conectados, y no como entidades separadas, tal como se representaba con frecuencia durante el siglo XIX y comienzos del XX, cuando la naturaleza tendía a fragmentarse en elementos aislados. Hoy, gracias a lo que sabemos desde la biología y la ecología, entendemos el ambiente como una red de relaciones. Por eso la historia debía construirse a partir de esa conexión permanente. Las semillas necesitan el agua, el suelo y el viento. Sin esos elementos no pueden existir. Siempre dependen de otros. Esa idea de interdependencia fue uno de los principios centrales al momento de escribir y realizar la película.
Cobra mucha importancia la manera en que vinculas ciencia y ficción. No se trata de la ciencia ficción tal como solemos entenderla, sino de una forma distinta de relacionar ambas dimensiones. También me parece que propones una renovación de la forma en que la ciencia puede representarse en el cine, alejándose tanto del documental científico tradicional como de la ciencia ficción convencional.
—Yo diría que se trata más bien de una fiction science. Ante todo es una ficción. No pretende enseñar conocimientos científicos ni funcionar como un documental. Es cine de ficción. La ciencia está presente de otra manera. Está detrás de la cámara y también frente a ella. Está en las herramientas y en la tecnología que utilizamos: la óptica, los lentes, las cámaras, todos ellos desarrollos provenientes de la investigación científica. También está presente en el conocimiento que sostiene la película: esta mirada simbiótica, la perspectiva ecológica y las conversaciones que mantuve con numerosos científicos durante el proceso de realización. La ciencia no aparece explicada mediante palabras. Se manifiesta a través de las imágenes, los sonidos y todo el conocimiento acumulado que hizo posible escribir esta historia. En ese sentido, la ciencia forma parte tanto de las herramientas cinematográficas como de la propia construcción narrativa.
En ese sentido, podría decirse que es una película de investigación, una obra sustentada en un largo proceso de exploración. Me llamó mucho la atención la materialidad de las imágenes, el trabajo con procedimientos analógicos, el uso de lentes y la relación física con plantas, insectos y entornos. Fui a verla con mis hijos y me pareció muy valioso que pudieran experimentar esa materialidad de la naturaleza. Las imágenes transmiten una sensación de realidad muy fuerte, lejos de una estética puramente digital.
—Para mí eso era muy importante, en un momento como el actual, en el que estamos rodeados de imágenes generadas por inteligencia artificial, gráficos por computador y todo tipo de imágenes sintéticas. Vivimos en una época en que incluso la noción de imagen real parece haber perdido estabilidad. Es cierto que mi película también utiliza composición digital, de modo que tampoco existe una imagen completamente “pura”. Sin embargo, lo importante era mostrarles a las nuevas generaciones algo que realmente existe, algo que sucede a nuestro alrededor, en nuestros jardines y bajo nuestros pies.
Quería filmar seres auténticos. Evidentemente, no existen calamares en el espacio ni esos hongos creciendo sobre una babosa exactamente de esa manera. Pero la babosa es real. No está generada por computador ni es una animación digital. Cuando observamos estos organismos en macrofotografía descubrimos que ya son extraordinarios. Parecen extraños, familiares, casi alienígenas. Lo mismo ocurre con las mantis, los calamares o incluso con los icebergs. También existía un sentido de urgencia. Los glaciares, por ejemplo, desaparecerán en el futuro. Era importante registrarlos con nuestras herramientas antes de perderlos. Creo que la realidad es mucho más fascinante que las imágenes creadas artificialmente. Esa convicción fue fundamental durante todo el proceso de realización de la película. Es difícil resumir el proceso porque cada escena requirió herramientas distintas. Utilizamos time-lapse, cámaras de alta velocidad para registrar cámara lenta, robots desarrollados especialmente para el proyecto, programación, aprendizaje automático (machine learning), drones y lentes tipo probe, entre otras técnicas. Cada secuencia implicó un dispositivo diferente. El rodaje se extendió durante dos años y se realizó en distintos lugares, entre ellos Islandia, Francia y Japón.
Pensando en el cine contemporáneo y en su futuro, muchas veces seguimos dominados por un imaginario industrial: grandes producciones, personajes tradicionales, modelos narrativos muy establecidos y una idea de espectáculo que, en ocasiones, parece desconectada de la experiencia del mundo. Al ver tu película, tuve la sensación de que todavía es posible imaginar otras formas de hacer cine. Quisiera preguntarte por eso: ¿cómo imaginas el futuro del cine? ¿Qué tipo de películas crees que necesitamos hoy?
—Creo que la pregunta apunta, en el fondo, a una perspectiva ecológica. El cine es uno de los campos artísticos donde todavía existe muy poca conciencia ecológica. Esa conciencia está mucho más presente en la arquitectura, en la pintura, en la instalación y, en general, en el arte contemporáneo. En cambio, la industria cinematográfica aún tiene un largo camino por recorrer. Pero tener una conciencia ecológica no significa hacer películas de terror sobre una naturaleza que amenaza o destruye a los seres humanos. Muchas películas que se presentan como ecológicas siguen construyendo ese mismo imaginario: el calor extremo, los insectos que invaden a la humanidad, la arena que cubre las ciudades. En definitiva, representan a la naturaleza como una amenaza. Creo que ese miedo a la naturaleza, esa forma de separar a los seres humanos del resto del mundo vivo, es precisamente una de las primeras cosas que el cine debería revisar. Ya no podemos seguir pensando desde esa oposición binaria entre humanidad y naturaleza. Me parece que sería importante que el cine incorporara una conciencia más profunda de esa interdependencia. Lo que hoy nos falta es empatía hacia otras formas de existencia. Somos una sociedad muy centrada en nosotros mismos. El cine puede ayudarnos a salir de esa perspectiva y abrir nuevas posibilidades narrativas, donde los seres humanos dejen de ser el único centro de interés de las historias.
