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Chisme, goce y narración

El rumor no solo mantiene viva la conversación: también puede estar en el origen de la literatura. A partir de Lastarria, Onetti, Cozarinsky y Dolar, esta columna explora su potencia como máquina narrativa, sostenida por las ganas de contar y escuchar historias. 

Por Diego Zúñiga | Imagen principal: Crispin et Scapin, de Honoré Daumier (1808-1879). París, Museo del Louvre. Crédito: © Collection Roger-Viollet/Roger-Viollet vía AFP

Hace más de 170 años, para ser exactos en 1849, José Victorino Lastarria escribía lo siguiente: “En Chile todos chismean. Unos por oficio, otros por beneficio: éstos de buena fe, aquellos por malignidad; tales por costumbre, esos otros porque no tienen qué hacer. Un amigo le cuenta a usted, sin ánimo de ofender, lo que ha dicho contra la conducta de usted; y si falta un amigo, se lo repite a usted una señorita con todo su candor en los labios, y si usted no tiene amigos ni amigas, encuentra usted a cada paso chismosos que gastan la oficiosidad de decírselo, o cándidos que se lo dicen sin saber cómo. El chisme está allí en el carácter nacional, o mejor dicho, en la naturaleza orgánica del chileno”. 

El texto se llama “El manuscrito del diablo” y es un retrato feroz y certero acerca de Chile y la chilenidad, una suerte de cuadro de costumbres en que Lastarria disecciona a la sociedad de su época, pero también a los que vinieron y a los que vinimos y nacimos y crecimos en esta franja de tierra: “El chisme es un elemento que mantiene el fuego sagrado en el corazón. Sin el chisme la vida del chileno sería tan insípida como la de una monja; tan fastidiosa, tan llena de tedio como la de un encarcelado en prisión solitaria: no hallarían qué hacerse, no tendrían qué conversar, no sabrían emplear sus horas. Lo más curioso es que ellos no saben que son chismosos, y cada cual afecta horror a las rencillas, pero en eso tienen razón, porque la mayor parte chismea sin saberlo”. 

Lastarria no se aventura a lanzar todas estas observaciones de manera directa, sino que se inventa un relato en el que encuentra un misterioso documento escrito por el diablo y es él —el diablo, sí— quien realiza todas estas observaciones sobre Chile y los chilenos, y quien se detiene en este amor por el chisme, que podría ser también, en otras palabras, un amor por las historias, por que nos cuenten una historia que nos involucre de alguna forma o que al menos sea capaz de llamar nuestra atención. Quiero ir hacia allá, a la relación entre chisme y narración, entre chisme y escritura, entre chisme y deseo de que nos cuenten una historia, pero antes quisiera decir que ese pasaje de Lastarria lo descubrí en un libro que se acaba de traducir y que viene muy al caso: Rumores, del filósofo esloveno Mladen Dolar, quien menciona en el prólogo a Lastarria pues los traductores del libro —los chilenos Ignacio Veraguas y David Parra— le soplaron ese pasaje y la relación del chisme y los rumores con nuestro país. El libro de Dolar es tan estimulante como sorprendente en su indagación filosófica del rumor, y en cómo este le sirve para leer el presente —la comunicación en tiempos de redes sociales, las fake news, las teorías de la conspiración, los malos entendidos que terminan por resquebrajar el espacio común.  

Dolar se detiene en el chisme para tratar de diferenciarlo de los simples “rumores”, pero más que quedarnos con su definición, quizá sea necesario irnos a otro texto clave para entender la relación del chisme con la narración: “El relato indefendible”, de Edgardo Cozarinsky, un ensayo que publicó originalmente en 1973 —y que luego lo sumó a sus libros Museo del chisme (2005) y Nuevo museo del chisme (2013)—, en que define este artilugio como una suerte de origen secreto de la novela moderna y se aventura a lanzar una definición que nos puede servir para aclarar ciertas dudas: “El chisme es, ante todo, relato transmitido. Se cuenta algo de alguien, y ese relato se transmite porque es excepcional el alguien o el algo: puede concebirse que se cuente una trivialidad de un alguien prestigioso, o un algo insólito de un sujeto oscuro; difícilmente, una trivialidad de un desconocido, y no es frecuente que coincidan personaje y proeza”.  

Un relato, información, algo que nos involucra —a veces de manera directa o con cierta lejanía, como sea—, algo insólito o trivial, algo que llama nuestra atención por sobre todas las cosas, y el goce, siempre, tras todo esto. De eso no habla ahí Cozarinsky, pero habita en las entrelíneas de todo el ensayo, un ensayo en que recurre a Henry James, Marcel Proust y Borges —cómo no— para explicar la relación entre chisme y narración, para develar sus conexiones, para recordarnos el vértigo que sostiene a los relatos, el deseo de que nos cuenten algo que no sabemos pero que queremos saber, que queremos conocer —aunque no sea verdad, aunque no sea cierto.  

Alguien que sabía perfectamente esto —y que lo usó con absoluta maestría— fue Juan Carlos Onetti, quien hizo del chisme, de los rumores, una máquina narrativa que le permitió escribir algunos de los libros más impresionantes de nuestro idioma. Quizá solo sea necesario detenerse en esa novela breve y excepcional que es Los adioses (1954) para entender el funcionamiento de esa máquina: un hombre llega a un pueblo, está al parecer enfermo, no se sabe mucho más. Tampoco importa, porque el asunto está en quién cuenta la historia: el almacenero del pueblo. Es él quien se aventura a reconstruir una historia que no conoce —que no protagoniza—, pero de la que sabe de oídas, a través de chismes, de rumores que le van llegando. Es decir, el que cuenta la historia no es el que mejor la conoce, sino simplemente quien se decide a reunir todos esos rumores, darles una forma y resolver un misterio o varios misterios: quién es este hombre que llega al pueblo, de qué está enfermo, a quién le envía cartas todas las semanas, quiénes son las mujeres que lo van a visitar… 

En un momento, como lectores, entendemos que no vamos a resolver todas esas dudas y que, en realidad, da lo mismo, pues estamos entregados al simple goce de la narración, a los vaivenes de ese almacenero que cuenta la historia con una intensidad que es más importante que cualquier otra cosa. 

De Los adioses escribieron algunos de los lectores más extraordinarios de este lado del mundo —Josefina Ludmer, Sylvia Molloy, Ricardo Piglia, entre muchos otros—, y cada uno fue desentrañando la novela para resolver esos misterios o para indagar en ese narrador perfecto a pesar de sus imprecisiones, porque no hay nada como un buen chisme. Eso lo sabe cualquiera que tenga ganas de vivir, o al menos un poco de curiosidad. En el fondo: nada como una buena historia. ¿Y qué sería una buena historia? Pues lo que dijo Piglia alguna vez: “Una historia que le interesa no solo a quien la cuenta, sino también a quien la recibe”. Y subrayaría yo: sobre todo a quien la recibe.  

Hay algo en el goce de los chismes que extraño en las escrituras más contemporáneas: el simple deseo de que las narraciones abandonen cualquier aire programático, cualquier atisbo de solemnidad y cálculo, y se entreguen a la posibilidad de perderse, de zigzaguear, de irse por las ramas y volver y recogijarse en no llegar nunca a un centro, sino simplemente mantener vivo aquel deseo originario de querer narrar algo por narrar, por mantener viva la atención de un grupo de lectores que quieren eso, seguir esa voz, entregarse al lenguaje, descubrir una historia aunque quien la cuente no sea quien mejor la conozca, sino simplemente el que tiene más ganas de contarla.