Los terremotos nos dejan mudos y luego desatan unas ganas locas de hablar para exorcizar el miedo. Porque un pueblo con cultura sísmica no ignora que un remezón, por fuerte que sea, puede ser el prolegómeno de otro más fuerte. Dicho sea de paso: que los sacudones más movidos se produzcan un plácido domingo puede querer decir que hay que irse con cuidado con el humor de la naturaleza.
Por Antonio de la Fuente. Crédito imagen principal: Aldo Solumano/AFP
El primero que me sacude la memoria es el de la tarde del plácido domingo 22 de mayo de 1960, conocido como el terremoto de Valdivia o el maremoto de Corral. Un cataclismo, un 9,5, el mayor sacudón que ha dado el mundo. El mar se salió de madre, remontó el curso de los ríos, saló lagos de agua dulce y se tragó pueblos enteros. Uno de mis tíos estaba subido a una escalera pintando la casa, una posición incómoda para afrontar el sacudón. Se cayó de la escalera y encima le cayó el tarro de pintura.
Él se decía afortunado porque solo se rompió la clavícula, una nadería comparada con lo que vivió tanta gente. Era joven y se recompuso enseguida para afrontar los sacudones que en su vida iban a ser frecuentes. Yo estaba en primera de preparatoria y vivía en un valle transversal del centro de Chile, donde en las semanas siguientes veríamos llegar a varias familias de damnificados que huían del sur. Años después conocí a una comunidad de lafquenches originarios de Toltén que, habiendo perdido todo, fueron reubicados en unas tierras áridas del interior. No solo cambiaron de domicilio, también cambió radicalmente su relación con el mar: “El mar es cosa mala, revoltura”, les escuché decir.
A todo esto, que el mar de Chile se llame Pacífico ¿es una broma o es idea mía?
Cinco años más adelante, estaba escuchando misa al mediodía de un domingo de marzo de 1965 cuando se desató un 7,4, conocido como el terremoto de La Ligua. Bajé a la carrera desde donde estaba por una escalera de caracol estrecha y sin ventanas y de más está decir que el trayecto se me hizo larguísimo escuchando los gritos de “misericordia” que daban los fieles. El cura que oficiaba trató de calmar los ánimos, pero en cuanto se vino abajo el tabernáculo y los Cristos crucificados se precipitaron de sus cruces, desapareció del escenario. Echamos a correr hacia la puerta y, en el tumulto, mi hermano recogió a una niñita que estaba a punto de ser pisoteada y la sacó en volandas a la calle, donde la recuperó su madre. Esa madre nunca supo que su hija estuvo a un paso de morir aplastada ni la niña tampoco. Tal vez sea mejor así.
El último que viví, y espero que de veras sea el último, también fue un domingo de marzo. Corría 1985, la dictadura se negaba a irse, y tras el potente remezón, 8,0 en este caso, nos reunimos con los vecinos a las afueras del edificio y hablamos hasta por los codos de qué hacíamos en el momento de los quiubos y, ya puestos a contar, contamos con lujo de detalles los terremotos anteriores que también habían caído un día domingo.
Porque los terremotos tienen esto de particular y es que en un primer momento nos dejan mudos y para dentro, y luego desatan una locuacidad de sobrevivientes, unas ganas locas de hablarlo todo para exorcizar el miedo. También porque un pueblo con cultura sísmica no ignora que un terremoto, por fuerte que sea, puede ser el prolegómeno de otro más fuerte aun y en cualquier caso que detrás del terremoto vendrán las consabidas réplicas.
En ese corrillo estábamos cuando apareció un vecino muy pero muy discreto. ¿Dónde estabas?, le preguntamos, nos preocupábamos por ti. En el cine, nos dijo. ¿Ah, y en qué cine?, preguntó el infaltable curioso. En el Roxy, respondió. Ahí nos sonreímos todos para adentro porque era bien sabido que en el programa del Roxy las películas eran de grado siete para arriba. Esa tarde creo que daban La profesora de lenguas y Labios de sangre.
Poco después, El chacotero sentimental daría carta de ciudadanía a la tradición popular de valerse de la escala de Richter para calificar los encuentros amorosos. De grado siete para arriba, ya se sabe, la cosa se pone interesante. Será porque el siete es una cifra cabalística y la nota máxima, y va asociada al domingo, el séptimo día, el de la fiesta y el descanso. Y por lo visto, también el de los terremotos.
Coincidencia o no, poco después de ese sacudón que nos dejó sin luz ni agua durante días y nos impuso dormir vestidos y con las llaves en la mano, me fui de Chile. Diría que los países en los que he vivido desde entonces carecen de cultura sísmica. En España, por ejemplo, llaman terremoto a cualquier remezón de dos o tres grados, que en Chile pasaría desapercibido. No se equivocan al hacerlo, sin embargo, porque como su nombre lo indica, un terremoto es cualquier movimiento de la tierra, independientemente de su intensidad.
Pero en Chile el uso ha hecho que se reserve la denominación de terremoto para los temblores subidos de tono, los que botan panderetas y nos obligan a pasar la noche en el auto escuchando una radio a pilas y tomando café de un termo. En Bélgica ha temblado dos veces desde que pisé su suelo. Han sido unos temblorcillos escasos, pero tras ellos la gente hace lo mismo que hacen los chilenos después de un terremoto, esto es, contar lo que hacían y dejaron de hacer en el momento del remezón. Una cosa por otra: cuando hay un rayito de sol en Bélgica, aunque la temperatura ronde los 0°, la muchachada sale de paseo en short y camiseta, mientras que en Chile, en cuanto la temperatura ronda los 17°, los peatones se cubren de abundantes bufandas.
Así las cosas, para el terremoto de Cauquenes, en febrero de 2010, que no cayó un día domingo pero casi, yo estaba lejos. Cuento por lo tanto lo que me han contado, como esta escena que ocurrió en la caleta donde paso a veces los veranos: a pesar del estrépito del terremoto, todos salen lentamente de la casa. Cuando acaba por fin el remezón —qué largo, qué violento—, las mujeres vuelven a entrar y los hombres se quedan fuera fumando, escrutando el movimiento del mar. Están acabando el pitillo cuando escuchan la voz que sale del altoparlante del furgón policial y los intima a evacuar la caleta hacia las zonas altas. ¡Alerta, tsunami! El furgón se detiene frente a ellos y los carabineros apoyan la orden con gestos. Hay que evacuar cuánto antes. Sí, pero cómo, se preguntan. No lo podemos dejar solo… Intercambian un par de miradas y deciden, sin palabras, abrir la puerta trasera del único vehículo disponible, la furgoneta de la pescadería. Los deudos cargan el féretro con solemnidad y lo depositan en la furgoneta. Y se echan a andar detrás de ella en procesión hasta las casas altas del pueblo, donde se detienen, bajan el ataúd y prosiguen el velorio. Mientras tanto, abajo, la ola barre la playa y se abre paso río arriba.
