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La narrativa alucinada de Pablo Katchadjian

Este ha sido un año de reencuentros para el escritor argentino Pablo Katchadjian. Hace unos meses se publicó en Chile Tres cuentos espirituales, por la editorial Kindberg, y  acaban de reeditarse sus novelas La libertad total (Blatt & Ríos) y Gracias (Sexto Piso). En esta entrevista cuenta por qué sus personajes dialogan sobre la libertad, y por qué es importante confiar en la intuición a la hora de escribir.

Por Victoria Ramírez | Foto principal: Ciro Katchadjian

Para Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) la literatura muchas veces comienza como una recolección. “Veo algo que me gusta y digo: ¡Ah, esto me gustaría usarlo en algún lado!”. Explica que, como fue a un colegio industrial, sabe armar cosas. “Se rompe el electrodoméstico, lo desarmo todo y guardo las partes que me gustan. Y después armo una lámpara, unas mesas, qué sé yo, un estuche, cualquier cosa con porquerías que voy guardando”. El placer ocurre cuando algo que se guarda durante mucho tiempo encuentra su lugar. “Alguien dice una frase, la anotás, escuchás una conversación, te llama la atención o te causa un giro”. Y es que, al igual que en la vida real, adentrarse en la obra de Katchadjian es entregarse a ese juego de arme y desarme. Como dice Cynthia Rimsky, para leerlo hay que sacar el pie del freno y volar por los aires. Si nos dejamos llevar, el premio es doble: no solo hay disfrute y una voz personalísima en su escritura, sino que también nos adentramos en un universo que colinda con lo onírico, donde la imaginación se dispara.

Si resumiéramos su trayectoria, podríamos decir que comenzó haciendo música, que luego escribió poemas y libros experimentales, y más tarde entró de lleno en la narrativa. Hoy vuelve, de a ratos, a distintos géneros. Comenzó en la adolescencia tocando junto a su banda de punk, luego asistió a un taller de letras de canciones con la poeta Diana Bellessi, y, más tarde, publicó tres libros de poesía: D.P. Canta el alma (2004), El cam del alch (2005) y Los albañiles (2005), este último en colaboración con Marcelo Galindo y Santiago Pintabona. Luego fue el turno de los libros experimentales, como El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007) y El Aleph engordado (2009), además de las novelas Qué hacer (2010), Gracias (2011), La libertad total (2013), En cualquier lado (2017), Amado señor (2020) y Una oportunidad (2022), entre otras publicaciones.

En la escritura de Katchadjian suelen convivir la filosofía con diálogos intensos, donde se contraponen ideas fundamentales sobre la libertad, el bien y el mal, el misticismo y la literatura. En Amado señor (2020), quien escribe está cansado de narrar, y decide comenzar un intercambio epistolar y espiritual con lo que creemos que es un dios, pero que termina siendo una serie de objetos y sucesos. Le escribe a los escarabajos, a las nubes de bacterias, a los cuervos, a los puntos, a todo lo existente en el universo, que es una parte de ese mismo dios. En Tres cuentos espirituales (2019), un grupo de matones persigue a un poeta, un gigante envía a su sirviente a conseguirle un traje para su funeral en medio de una guerra y un santo logra escapar de un pozo y se convierte en un librero para no ser apresado. En su última novela, Una oportunidad (2022), el protagonista tiene un embrujo que le impide tomar decisiones, por lo que decide hacerse cargo y acudir a distintos brujos para liberarse, en una aventura a ratos descabellada e hilarante. Todo esto, por supuesto, contado con mucho humor e intercalado con momentos filosóficos, lo que da como resultado libros raros, híbridos, donde todo puede suceder.

Tres cuentos espirituales, de Pablo Katchadjian. Editorial Kindberg, 2025. 150 páginas

¿Sientes que se cuela algo de tu poesía en la narrativa, entendiendo que en tus libros está todo mezclado, que son híbridos?

—Es difícil esa pregunta, porque así como pasé de la música a la poesía y seguí tocando, nunca seguí haciendo las dos cosas a la vez. Después pasé a la narrativa, que siempre me había gustado. Es una cabeza totalmente distinta, dos formas de sentir el mundo. ¿Qué hay de poesía en la narrativa? Eso es interesante, porque no está poetizada la prosa, no es bella. Hay algo ahí, con cierta cosa de que las palabras de repente se pueden dar vuelta, tener un peso distinto, una coloración, un ritmo. Cuando escribo narrativa me gusta pensar en la trama, no en la escritura. Es como si la poesía estuviera en los movimientos de la trama, con sus dislocaciones. Después hay algo que me gusta mucho y que me parece central: la responsabilidad en el sentido más alegre, que no haya cosas de más. Ponés un personaje y decís “tiene muchos anillos”, podés no hacer nada con eso, pero si vos decís “vamos a hacer algo” por ahí pasa algo que es totalmente inesperado. Estás tratando de resolver un problema en el que vos mismo te metiste, y eso te libera, porque estás pensando solamente en eso, no en quién sos o en qué te gustaría ser, sino en cómo resolver eso que pusiste, que lo podrías borrar. Pero no lo voy a borrar, lo voy a dejar puesto porque algo me interesó. Vamos a confiar, ¿no? Esto creo que es muy de la poesía también.

Hay algo que me llama mucho la atención de tus textos respecto a la idea de fortuna, porque a los personajes puede pasarles cualquier cosa, están arrojados a su suerte y son muy vitales, para nada predecibles. ¿Cómo sientes que trabajas este aspecto en tus personajes?

—Habría que pensar caso por caso. Es verdad que a mí me gusta escribir sintiendo que puede pasar cualquier cosa, porque es una situación muy estresante. No hago un plan de lo que voy a escribir, nunca, entonces tenés dos posibilidades ahí. Una es andar chiquito, cortito, y la otra es: no tengo idea, puede pasar cualquier cosa. Y eso te obliga a estar muy atento, porque cada cosa cambia totalmente lo que estás escribiendo. Eso me permite estar más conectado con lo que me pasa a mí mientras voy escribiendo, que tiene que ver con esto de la intuición. Confiar en que uno intuye cosas que pueden ser interesantes, más interesantes que uno, y que la escritura es una forma de que esas intuiciones se materialicen de una manera, a veces confusa, pero que se materialicen para que alguien también pueda acercarse a esas intuiciones. La literatura te marca un camino. Pueden ser mensajes que te tirás a vos mismo.

Sí, es algo muy oracular de la escritura. A veces, diez años antes, ya está la semilla de lo que vas a escribir en el futuro.  En Amado Señor, que es un libro epistolar, hay un diálogo con un otro, que es a la vez el narrador. Esto sucede en varios de tus libros, también en La libertad total. ¿Por qué te interesa darle un espacio importante a los diálogos?

—A mí me gusta mucho Platón y me parece divertidísimo, y me interesa pensar la forma del diálogo, que está un poco abandonada. La libertad total no es una obra de teatro, es una novela en diálogo, sin narrador. Hasta hace poco la forma de diálogo era una forma del ensayo también, muy habitual, que eso está totalmente fuera de época. En Secreto mío, de Petrarca, hay una conversación entre él y San Agustín. Es dialogar con uno mismo, pero construyendo una figura que no es uno mismo, creada específicamente para resolver o pensar algunas cosas. Pueden ser figuras más morales, más ingenuas, más racionales, más intuitivas o más abiertas al mundo.

Y pensando en los conceptos filosóficos que aparecen en tus libros, una inquietud que está recurrentemente es el tema de la libertad. ¿De dónde viene y por qué te ha interesado desarrollarlo?

—Es rarísimo, no lo sé. Es bastante fundamental en un punto. Me parece que es un tema que se discutió en todos los ámbitos, filosófico, religioso… El libre albedrío, la libertad, la posibilidad de la igualdad, la posibilidad de la igualdad relacionada con la libertad, qué significa, si tiene sentido, si puede existir. Todas las discusiones sobre el origen de las sociedades. Justo estoy leyendo un libro muy bueno, The Dawn of Everything, de David Graeber y David Wengrow, es un antropólogo y un arqueólogo. Empiezan preguntándose cuál es el origen de la desigualdad, y lo que empiezan a discutir es esta idea de Rousseau, o de Hobbes, para el caso, de que había un origen que era uno u otro. O todos contra todos o una armonía preciosa al principio del mundo. Y lo van desarmando, es muy interesante porque lo que empiezan a ver es que, en realidad, no hay datos muy concretos, pero lo que más se puede especular sobre cómo fueron las sociedades más primitivas es que eran de mil maneras. Y que algunas sociedades incluso variaban su sistema político y productivo en distintos momentos del año. Podían tener momentos del año sin jefes y momentos del año con jefes, por ejemplo. Pueden tener jefes autoritarios, pero a los que no se les obedece, salvo que estén de acuerdo. Pensar la libertad tiene que ver también con pensar el momento actual, ¿no?, que es interesante, porque si lo pensás, la derecha todo el tiempo dice: esto que tenemos es la libertad.

En Tres cuentos espirituales hay un hombre, considerado santo, que logra liberarse de un pozo. Para que no lo encuentren se convierte en librero y me parece un buen ejemplo, muy divertido, de cómo tratas la literatura dentro de tus libros. Muchas veces te ríes de la figura del escritor, sin que sea algo rígido o académico. ¿Sueles pensar en lo metaliterario antes de escribir o es algo que aparece orgánicamente en el texto?

—No, no me interesa particularmente. Hay una idea que a mí me gusta mucho de crítico ruso Shklovski, que dice «los escritores mediante la literatura aprenden a salir de la literatura». Que es interesante la idea, porque solo saliendo de la literatura podés abrir nuevos espacios de libertad, porque son espacios que no existían. La literatura ya está, entonces en un punto vos tenés que salir de ahí para que pase algo que tenga que ver con la vida. Como vos salís, después la literatura vuelve a ponerse ahí, que está perfecto, porque es un sistema que funciona así, pero la literatura tiende a ser, como cualquier espacio, muy institucional. Tiene formas de decir, formas de decir sobre lo dicho, formas de aceptar y rechazar lo que se produce.

En tus libros hay tiempos y lugares indeterminados, y me parece muy interesante que también utilices personajes de los que muchas veces no sabemos sus características ni cómo se ven. Estoy pensando en Gracias, donde se produce un efecto onírico en el relato. ¿Sientes que te dan más libertades las indeterminaciones?

—Sí, y a la vez viste cómo es, como lo que te da libertad, de repente te la saca, porque se convierte en un estilo. Por ejemplo, en Una oportunidad decidí hacer lo contrario, está ubicado todo, está Mar del Plata, Cancún y Colonia. Sentí mucha libertad al poner lugares tan concretos, que no lo hacía nunca. O sea, realmente lo que escribo no es realista en términos de representación, sí es realista en otros sentidos, en términos de sensibilidades, problemas, humanidad, lo que quieras, pero no en términos de representación. Eso es lo que te da bastante libertad. No tenés por qué crear una imagen del personaje en la cabeza de nadie. La única forma de trabajar mucho sin sentir que estás trabajando es hacer lo que se te da la gana, ¿no? Cuando escribo trato de no hacer nada que no me den ganas de hacer. Salvo que diga “el texto me lo exige”, pero es raro que pase eso, siempre hay un atajo. Entonces, si estoy escribiendo y no me dan ganas de describir al personaje, no lo describo, y si no me dan ganas de poner donde está, no lo pongo. Y si no tengo ganas de contar lo que pasó antes, no lo cuento. Yo quiero que se entienda, pero se puede entender de mil maneras algo, no es que hay una forma. Entonces, eso es, evitar lo que no te dan ganas de hacer. Nadie está esperando nada de vos. Y hay más chances de que sea interesante lo que hacés si no hacés cosas por obligación.

En tu literatura además hay mucho sentido del humor, que me parece también muy propio de la narrativa argentina. Es un contrapunto interesante a cierta oscuridad en tus libros. ¿Tienes referentes importantes para ti en este aspecto? ¿De dónde viene el sentido del humor en tu escritura?

—Para mí no es humor, es otra cosa que no sé qué es. Al principio fue el punk, los Ramones, It’s Alive, y después Artaud. Creo que lo siguiente fue Kafka, quedé fascinadísimo y me reí como un loco. Tiene algo del cine mudo, es delirante, absurdo; es todo sorpresivo. Es oscuro, pero al mismo tiempo contrapesa todo el tiempo con lo cómico. Leí eso y pensé “ah, yo puedo escribir con este tipo de sensibilidad, con este tipo de relación con el mundo”. No digo que tenga la misma relación con el mundo que Kafka, es muy distinta. Pero algo de la forma de imaginar y proyectar fantasmas, de resolver la incomodidad que te produce ponerte muy oscuro haciendo un gag. Ahora, ¿por qué los argentinos a veces tienen eso? No tengo idea, pero es verdad que hay algo de eso. Yo creo que por ahí hay algo medio antisolemne en cierta literatura argentina, como avergonzada de ponerse solemne, porque al mismo tiempo la literatura toca temas que parecen importantes. Entonces, bueno, te reís un poco, o decís una tontería y seguís. Y eso aligera un poco y lo baja, y te permite incluso ir más allá, porque no necesitás impostar la voz para hablar y que te escuchen.