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Roedor del aire

El principio fue el rumor, rumor de dioses o de humanos, rumor de especies. Hermano del murmullo y el susurro, avanza de boca en boca, de pantalla en pantalla. Esparcirlos no cuesta nada, se esparcen solos, en un soplido de diente de león. Se rumorea que pasó esto y esto otro, incluso aquello. “Lo que se ve, no se pregunta”, contestó con elegancia Juan Gabriel. 

Por Milagros Abalo | Imagen principal: Rodrigo Varela/Getty Images vía AFP

El rumor está hecho de aire. Información imprecisa de presencia fugaz e inmaterial. No tiene contornos, no le pertenece a nadie y puede llegar a estar en todos y todas; se alimenta de asociaciones libres, inunda el espacio en un tiempo específico, por lo general breve antes de dejar de ser rumor y convertirse en un hecho, o en nada. Es de corta vida y de largo alcance. Está en el afuera, y como fantasma circula por las calles del mundo dejando huellas, que son a su vez infinitas versiones de sí.  

Hermanos sonoros del rumor son el murmullo, el susurro, el zumbido; decibeles parecidos, a ras porque nada se sabe en realidad, nada está confirmado, no hay última palabra. Cuando se constata deja de ser rumor y vuelve al aire de donde ha venido, o bien, se convierte en certeza de voz alta. Pero antes en el oído se congrega un eco de voces, masa informe de palabras que corren, y corroen a veces, confusas en sus construcciones imaginarias. Se nutren en cada uno de sus paraderos. El día es un rumor constante a diferencia de la noche, que en su silencio es secreto. Miles de voces se esparcen como esporas, y quizás sea esto, su modo de esparcimiento, lo más significativo del rumor: cómo avanza, lo rápido que se propaga y lo llena todo. Según la época se difunde de manera diferente, imagino un rumor en el paleolítico o uno en la modernidad. Según el mapa también es distinto, quizás con más o menos énfasis, con más o menos volumen se propaga un rumor en Suiza o uno en Brasil. En el mapa se le ve andar y arder en todos sus colores, nacer y morir tantas veces; quién habrá elegido los colores de los mapas.  

Difícil rastrear los orígenes de un rumor, aunque quizás ahora menos. En la actualidad los rumores van de la mano de las redes, del hashtag, del algoritmo, y así la cadena del ruido efímero y siempre encendido en sus alarmas, a menudo falsa alarma. La inteligencia artificial, con su posibilidad infinita de crear imágenes, crea rumores y, de paso, pone en duda lo real. Una imagen da pie a un rumor, peligro: es el arma cargada de los tiempos. Tiempos que no se detienen a comprobar nada, solo avanzan voraces en su aceleración. ¿Hacia dónde? La sociedad de consumo se hace del rumor para consumar el consumo, inventa necesidades, convence a la manada que se suba al carro, nadie quiere quedar afuera. Hay un término popular entre los jóvenes —FOMO, del inglés fear of missing out— que significa miedo a perderse algo, a no ser parte: del concierto, del restorán, del viaje, de las zapatillas de moda, como si todo lo que rodeara a dicho término estuviera compuesto de rumor: motor activo y fundamental en las interacciones económicas.  

Hay quienes contribuyen a la aceleración del rumor, hay otros más indiferentes, aunque todos aportan en alguna medida al collage que crece en el aire de algo por venir. En ese tránsito se generan adhesiones o rechazos: relaciones humanas. Se puede terminar cruzado con alguien que no conocemos por una seguidilla de rumores. A nadie le interesa saber de dónde vino, solo se sabe que llegó y hay que seguir empujando. “Si el río suena es porque piedras trae”, dicen. Quién se hace cargo. Anonymous opera como el rumor: colectivo, descentralizado, sin registro ni estructura fija. A nadie le pertenece, el rumor llega, no lo andamos buscando. Esparcir rumores no cuesta nada, se esparcen solos, en un soplido de diente de león. Más difícil es revertirlo en su mentira. Se rumorea que pasó esto y esto otro, incluso aquello. “Lo que se ve, no se pregunta”, contestó con elegancia Juan Gabriel. A los amantes les resbalan los rumores, Mauro Icardi y la China Suárez son el rumor constante. Se han corrido rumores de ti, de mí, de todos. No es rumor que la nueva misa dominical son los domingos de deporte. No es rumor que los perros y los gatos son la nueva natalidad. No es rumor que en distintas partes del mundo se están perdiendo derechos. ¿Qué tenemos hoy en la cocina del rumor? En cada boca crece, se fricciona en los dientes, se ficciona en su onda expansiva; dicen que dijo. Se alimenta de ignorancia, incluso de desdén.  

Esto es una rumia del rumor, la cabeza no se detiene. El mar es un rumor constante en su quietud, zumbido de aguas hasta que se revuelven y la violencia de las olas golpea como chisme contra la orilla de alguien. Cuando el rumor se alimenta de subjetividad se convierte en chisme, que escala como bola de nieve. En ocasiones está relacionado con la venganza, alguien que quiere deslegitimar a otro por un antiguo o nuevo rencor. Tengo una tía doctorada en hacer del rumor un chisme, así como que no quiere la cosa le clava un comentario al corazón del rumor del hijo de una hermana o el marido de una amiga, su lengua chasquea bífida al contacto del aire. El chisme es doméstico, se sienta en la mesa a tomar once, a comer. Al desayuno es poco atinado, mejor comenzar el día en silencio.  

El chisme implica una opinión, un juicio sobre la vida de alguien, aunque no se explicite sino en la manera de recibir esa información y luego de propagarse en un tono que transmite en su expresión sonora, en su acento, en su conjunción rítmica, una posición de afirmación o negación. No hay neutralidad en el chisme. Tiene algo infeccioso, se transmite. El rumor es más general, anterior al chisme, puede tratar de muchas cosas, no solo de individuos. No tiene jerarquías, no tiene edad, en todas las edades se difunden rumores. La infancia termina en parte cuando comenzamos a participar del rumor roedor; ruido del mundo, el que quizás también partió como un rumor, temblor de tierra, algo de Babel. En el principio fue el rumor, de dioses o de humanos, rumor de especies menos por lo que dice que por su manera de moverse, de ser fuerza, potencia que, para bien o para mal, mueve los hilos del aire, runrún del mundo.