El proyecto intelectual del poeta peruano —que acaba de recibir el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso— tiene “una fuerza y arraigo de otro tiempo, cuya seriedad pasa por no denostar el carácter de lo coloquial, el habla del día a día como base consustancial de la serie de preguntas que articula las posibilidades de un decir”, escribe en este texto el exprofesor y librero Carlos Acevedo Fiore, quien analiza la circulación dispersa de sus libros, el vínculo entre su trabajo como lingüista y su escritura poética, y una práctica que encuentra en el conflicto, la literalidad, el humor y la dificultad de decir algo las condiciones para imaginar un lenguaje mejor.
Por Carlos Acevedo Fiore | Imagen principal: Festival Puerto de Ideas
Como durante tres cursos quise explicar por qué tenía sentido articular desde la obra de Mario Montalbetti un marco para incentivar la lectura de poesía, me siento en grado de celebrar su reciente Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, aunque considere que es más bien al revés: es la Universidad de Talca la que se premia al poner a un autor cuya obra tiende al conflicto entendido como productividad, pero no tanto por lo que dice sino por cómo asume su práctica: más a la intemperie que en la formalidad académica, aunque él mismo venga del ámbito universitario. Es importante que se haya premiado a un poeta, porque, si seguimos a Roland Barthes, es la posibilidad de asistir a la sutileza en un mundo bárbaro. No sé si Montalbetti es siempre sutil, pero sí sé que vivimos en un mundo bárbaro (y que a Barthes suele asistirlo la razón). Lo que sí me gustaría es empezar con una pregunta que preferiría tuviese una lectura inocente: ¿ha cambiado tanto la palabra libertario que ahora los anarquistas consiguen el dinero de los bancos con libros llenos de ensayos y poemas en lugar de con asaltos?
Como diría Parra: el respetable público dirá.
Pero más allá del exabrupto, quería decir otras cuatro cosas, sobre todo respecto de por qué el comportamiento de la obra de Montalbetti debería, digamos, atenderse. Me gustaría empezar diciendo que compré un libro suyo que ya tenía, convencido de que contenía un poema más, uno que desconocía. Acerté y lo celebro. Menciono esto no porque quiera hablar de mis hábitos de consumo cultural, sino porque me parece que esta anécdota ilustra la manera en que la política editorial de Montalbetti se engarza con la de, por ejemplo, César Aira. Es decir: hay algo en la circulación de sus libros, la mayoría de ellos publicados por editoriales así llamadas independientes, que se puede entender como un gesto muy concreto, que por lo general abre un espacio o genera una pregunta: ¿cómo saber si estoy leyendo lo que se me ha confirmado, en la cubierta, que es lo que estoy leyendo? Esta pequeña predisposición al caos, a dificultar la construcción de una poesía reunida que, a pesar de eso, no para de circular ni de publicarse en países y editoriales distintas, nos habla también de una voluntad de impedir que el mercado opere sobre los textos. Su circulación es tan compleja —no hablo aquí de cuestiones del orden industrial, sino de cómo rastrear el destino de un libro— que pone en juego un tipo muy concreto de tráfico. Pero también consigno esto porque me permite decir una cosa y al mismo tiempo parecer que la sostengo en la vida: hay que leer a Montalbetti, hay que leerlo entero, quizás no todo el rato, pero, eso sí, sin desatenderlo. Creo que he llegado a una conclusión para defender esta voluntad, pero la dejaré para dentro de un rato. Ahora mismo me interesa seguir por otro lado, con una pregunta que necesita un preámbulo: por mucho que tengamos todos sus libros, por más que atesoremos todas sus entrevistas, por demasiados apuntes aquí y allá sobre aquello que hace importante a su escritura, lo que está en juego es lo siguiente: ¿es posible agotar a un autor así solo desde la lectura? ¿Y a un autor que, como Borges, insiste en la productividad de las malas lecturas, de las lecturas torcidas o quebradas a plena conciencia? Pido perdón por reunir en tan pocos caracteres tantos supuestos, pero lo hago desde un lugar que busca recorrer una falta (además de trajinar con la negatividad y desde la dificultad). Dicho esto, me gustaría hacer otra pregunta: ¿cómo indagar en las resoluciones de un lingüista que escribe poemas sin atender a que ese horizonte es una puesta en marcha de todos los problemas que conlleva la idea misma de decir algo?
Aquí me gustaría subrayar una cosa (y al mismo tiempo posponer respuestas): el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso ha premiado a un poeta por “la calidad, originalidad y consistencia de su obra literaria”, pero su poema sin duda más conocido se suele citar sin su segunda mitad, que, para más inri, desmonta la primera. Lo pondré entero para que no parezca que me invento cosas. Una rápida búsqueda en Google o en redes da cuenta de lo que intento subrayar.
Disculpe, ¿es aquí la tabaquería?
Nadie dice todo. Nadie dice nada.
Lo deseable es decir poquísimo.
Callar no es más radical.
Callar es como raparse la cabeza:
el pelo vuelve a crecer.
Pero decir poquísimo, decir lo mínimo
que uno puede decir,
eso es lo que nos permite decir algo.
Revisión (dos días después)
Somos lo que sabemos.
Sabemos que somos mortales.
Se dicen cosas.
Luego de volver a leerlo (entero) con atención puedo decir algo más: ¿quién podría soportar ante cada acto de habla hacer una revisión (dos días después)?
Parece que solo he venido a traer preguntas, sí, y en lugar de disculparme prefiero insistir, porque no se me ocurre una manera mejor para evidenciar la lectura atenta de Montalbetti. Aunque podría dar mi excusa favorita para explicar por qué valía la pena pensar en él para abrir las posibilidades ante la forma poema: Montalbetti escribía en futuro. No para el futuro, ojo, sino que en futuro. Puedo explicarlo. Creo que algo de su práctica literaria tiene que ver exclusivamente con el intento de nombrar cómo es afectada la inmanencia de la experiencia humana, con el modo en que la pregunta acerca de si se puede decir algo bascula entre la materialidad y el hecho mismo de decir, de tener una lengua y un lenguaje y poder o intentar decir algo. No escribe en futuro porque se dirija a un lector del futuro, sino porque sus estrategias insisten en la posibilidad de que el presente sea algo más que una mera dimensión repetitiva, como el déjà vu del que hablaba Paolo Virno —también cercano a la lingüística, también del lado de las formas de vida—; no lo hace tampoco dirigiéndose a un horizonte posible cada vez más esquivo —¡hoy más que nunca!—, sino porque la pregunta acerca de la posibilidad de decir la contestó de la manera más generosa que yo haya podido ver: ante la imposibilidad de dejar un mundo mejor, subir la apuesta hasta dejar un lenguaje mejor.
“Un lenguaje mejor es un lenguaje / que no se somete a las leyes / de aquello a lo que da lugar”, dice, y hacerlo mejor implica, necesariamente, tensionar, preguntarse por sus múltiples dimensiones, insistir en que sea distinto a la lengua y a lalangue (de sus amigos lacanianos). Como Héctor Libertella, Mario Montalbetti atiende aquello que articula la lengua como un acceso abierto a su más ingenua inscripción: defiende la literalidad como método porque entiende que lo que admite la inscripción en el lenguaje puede ser (también) presemántico, como los escritores que graban al fondo de las cuevas (o se refugian en las bodegas de los barcos, en las barras de los bares desde donde se divisa el árbol de Saussure).
En el trasiego de los libros de Montalbetti, aunque se revisen salteados y sin demasiada atención, es posible ver cómo la manera en que traba o corta sus versos opera en una dimensión que se corresponde con la experimentación. No intento aquí darle la razón, apenas expongo que en él, en su obra, es posible leer una inteligencia abigarrada que trabaja en y con la lengua revisando, midiendo y corrigiendo el alcance y la proyección de varios versos juntos. Quizás por eso es posible darle la razón respecto de la existencia de una íntima correlación entre su trabajo como lingüista y su escritura de poemas, porque complejiza la sola posibilidad, insisto, de decir algo, y desde allí, desde esa inestabilidad y con la misma actitud científica, nos consigna periódicamente poemas, artículos, conferencias, ensayos y hasta interesantes lecturas públicas que muchas veces se regodean en un ejercicio de incertidumbre: aleación de sus gestos y del saber que manejan y expresan. Importante: no deja de lado nunca el humor.
Miembro de una tradición indestructible —la vanguardia del hombre solo—, Montalbetti ha sabido dar cuenta de una serie de estrategias que no le absuelven de un gesto desmedido: el poeta comprometido con su práctica sin hacer aspavientos acerca del horizonte de construir un lugar habitable, de darle una condición de posibilidad al saber que trafica desde una ética que resuelve en lances complejísimos y agudos, solo concebibles a partir de la problematización radical de su quehacer. Por eso escribe con la agudeza de quien se reconoce en incontables horas de lectura y estudio, porque nos ha dicho que lo que acontece en la calle también le interpela, porque cuando pasa o pasea por ahí va acumulando preguntas posibles.
Como pasa con Elvira Hernández y Carlos Cociña, en los poemas de Montalbetti la ansiedad de la articulación no cabe en la descripción de su práctica. En estos tres poetas la escansión y la prosodia obedecen más a la desconfianza respecto de la comunicación que a una exhibición de dones, tonos o registros. Operan en un sistema donde el valor se concibe así cuando ya es puro derroche, medio inasible por pecar de exceso (se va de lengua, sí). Me gusta decir que asiste a la posibilidad de decir lo que va diciendo, que apunta a que aquello dicho se corresponda con una configuración muy concreta de personalizaciones y despersonalizaciones, alentada por aquello que allí y entonces entendíamos como hablante e incluso como hablante lírico. Pero, esto también lo hemos aprendido de él, no se trata de hablar correctamente.
Me gusta pensar a Montalbetti junto a Sergio Raimondi y Juana Bignozzi, porque más allá de la ascendencia italiana aparece un proyecto intelectual de una fuerza y arraigo de otro tiempo, cuya seriedad pasa por no denostar el carácter de lo coloquial, el habla del día a día como base consustancial de la serie de preguntas que articula las posibilidades de un decir. Que luego escriban por fuera del rango que admite el habla cotidiana es lo de menos, porque es el pensamiento lo que está en juego: la posibilidad de traficar en y con una ideología, sin (poder) mentir. Creo que leyendo a cualquiera de los tres es posible ver una subjetividad en acto, en pleno ejercicio. Parece lo normal, pero ¿de cuántos autores y autoras puede decirse que escriben lo que no podría haber escrito ningún otro, ninguna otra? Esa dimensión única, que no se condice tanto con la institución literatura —qué sintagma horrible— como con una forma de insistir sobre cómo acercarse a algo, da cuenta de una experiencia de vida que rima con la experiencia de escritura. En ese sentido, se trata de una poesía ideologizada, porque tiene una posición fuerte sobre lo que cabe en un verso, en un poema, en una intervención, en la escritura que se reconoce como realización de una serie de condiciones para un decir que no se contenta con consignar algo, sino que precisa trabajar desde una ética cuyas posibilidades expresivas reconoce y articula. Y lo hace trabajando un saber que no deja de ponerse en crisis constantemente, que aparece como resto. En las manos de Montalbetti, el poema exige ser pensado como un espacio donde es posible inscribir algo del orden de lo vivo, aunque luego necesite reducirse a una dimensión lógica: lo ha demostrado en sus propias y atentísimas lecturas de César Vallejo y Blanca Varela. Pensar que es posible decir por fuera de una coyuntura implica, al mismo tiempo, pensar que escribir tiene algo de gesto ingenuo, de sucumbir a un temperamento, como si fuese algo cercano a la neurosis. Del cerco felizmente inacabado en el que ubica su centro, leo en Montalbetti una voluntad de reconocer en el objeto poema una práctica valiosa, una forma de estar en el mundo que nos recuerda que la productividad del conflicto tiene que ver con su exposición y que se conjuga con la construcción de sentidos posibles. Una zona donde se hace posible la articulación de un pensamiento, donde organizar los afectos, donde desfigurar protocolos de inteligibilidad para poder escuchar qué dicen todos y cada uno de los objetos que llevamos en, por ejemplo, nuestras bolsas o bolsillos. No es que tenga intención de ser deliberadamente vago en las observaciones que consigno, apenas pretendo decir que todo premio llega tarde cuando lo que está en juego es una cuestión crucial: todo aquello que vuelve incompatible la vida. Mario —después de tanto leerlo y recomendarlo, cómo no permitirme la confianza— lo dice de otra manera, habla directamente de “encontrarle el sinsentido al sentido”. Ahora mismo, no se me ocurre labor más urgente ni premiable.
