Obesidad: La curva que Chile no ha logrado bajar

A Chile le ha ido mal en la prevención del sobrepeso. De eso saben quienes han estudiado y seguido de cerca el proceso acelerado de lo que ha sido denominado como epidemia a nivel mundial y que tiene como población más vulnerable a la infancia. Ad portas de cumplirse un año de la implementación de la Ley de Etiquetado, la misma que ha puesto en jaque el potencial de innovación de la industria de alimentos, el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos de la U. de Chile amplía el concepto de seguridad alimentaria para exigir frente a este escenario ya no derecho a la alimentación, sino derecho a una de calidad en términos de nutrientes y educación para acceder a ella.

Por María Jesús Ibáñez | Fotografías: Fotos INTA/Photodune.net y Alejandra Fuenzalida

Niños cada vez más grandes, así podría describirse la actual postal de la infancia en Chile, donde uno de cada cuatro niños entre cinco y siete años sufre de obesidad y un 26,4% tiene sobrepeso. Se trata del escenario del segundo país en la región que más alimentos ultraprocesados consume -con un promedio anual per cápita de 201,9 kilos-; o del país que de líder en la superación de la desnutrición infantil pasó al primer escaño en sobrepeso de América Latina. La franja larga y angosta al extremo sur de la región hoy tiene 11 millones de personas, el 63% de la población, con malnutrición por exceso de alimentos.

De acuerdo a la última Encuesta de Consumo Alimentario, sólo el 5% de los chilenos come de manera saludable; la dieta del 95% restante se caracteriza por exceso de energía, de grasas saturadas, azúcares y sodio. Visto desde la nueva Ley de Etiquetado que rige en Chile desde junio del 2016, la canasta familiar nacional se compondría principalmente por alimentos marcados con octágonos negros y la palabra “Alto en”.

Son diversos los factores socioeconómicos asociados al estilo de vida de los chilenos que dificultan la adherencia a las pautas nutricionales recomendadas para mantener una vida saludable, explican desde el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos Doctor Fernando Monckeberg Barros (INTA). “Se han mecanizado los trabajos, ya casi no nos transportamos a pie y pasamos la mayor parte del día sentados. Hemos cambiado drásticamente el consumo de alimentos naturales por la comida procesada y ultraprocesada alta en energía”, explica Camila Corvalán, doctora en Nutrición e investigadora en el Centro de Prevención de Obesidad y Enfermedades Crónicas del INTA.

A esto se suma el actual vacío de educación alimentaria en los colegios, la inferior disponibilidad de alimentos naturales en el diario vivir de la población, principalmente urbana, y el costo muchas veces más elevado de la comida saludable. “Frente a estos escenarios hemos de reinstalar el concepto de ‘seguridad alimentaria’. Es decir, no es solo derecho a la alimentación, es derecho a una de calidad. No es superar el hambre, porque hoy día casi no tenemos el hambre en Chile, lo que tenemos es un problema de acceso a alimentación de calidad en términos de nutrientes”, dice Corvalán.

Las actuales guías alimentarias indican que la mayor parte de lo que debe comer una persona son alimentos naturales (frutas, verduras, semillas, legumbres, etc.) y no más de un 10% de alimentos elaborados. Un número lejano a la realidad nacional, donde ya para el año 2000 los chilenos gastaban un 60% del presupuesto familiar mensual en alimentos procesados.

Si ya esa cifra es preocupante, atender a la composición nutricional de estos productos líderes en las cocinas chilenas lo es más. “Aproximadamente el 80% de éstos no habría pasado la prueba de la nueva ley de Etiquetado de no ser porque parte de la industria optó por reformular su producción”, cuenta la investigadora.

Todo alimento alto en azúcares, sodio, grasas saturadas y/o calorías hoy exhibe un octágono negro con la palabra “Alto en…” que a la fecha se ha hecho reconocible para la mayoría de los chilenos, dada su aparición en gran parte de los alimentos envasados. Éste es uno de los tres grandes ejes en los que trabaja la Ley 20.606, que comenzó a regir a partir del 27 de junio del 2016. Los otros dos apuntan a la restricción de marketing de estos productos en menores de 14 años y a la prohibición de su venta y publicidad en los establecimientos educacionales.

A nueve meses de su implementación, los ojos están sobre esta legislación tanto nacional como internacionalmente, puesto que Chile es el primer país en implementar la estrategia de desincentivar el consumo de alimentos a través de logos. “Lograr que se instalen acciones que regulan lo que ocurre sobre las industrias es súper difícil, y más aún en una estructura como la nuestra, donde existe una economía de libre mercado. La gran pelea de la implementación de la ley era entre economía y salud”, explica la investigadora.

La industria es un terreno y un factor que está presente en el ambiente alimentario de la población y lo seguirá estando a raíz del estilo de vida de país desarrollado hacia donde avanza Chile. Ante ese escenario, la apuesta es a que la oferta de alimentos saludables no quede fuera de este sector que, desde la mirada interdisciplinaria de expertos, debe comprometerse con la innovación de sus productos. Y ahí una de las aristas claves del primer Centro Tecnológico para la Innovación en Alimentos (CeTA) en Chile, en el que trabaja la Casa de Bello.

Plantas piloto para la innovación alimentaria

De acuerdo a un estudio encargado en 2007 por el Consejo Nacional de Innovación para la Competitividad, Chile carece de plantas piloto especializadas en el desarrollo de nuevos productos. Es decir, existe una falta de infraestructura y equipamiento tecnológico para la reformulación de alimentos que no se ajusta con las necesidades del país. Esto hasta el 2015, cuando la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) entregó 9.700 millones de pesos para crear el primer Centro Tecnológico para la Innovación en Alimentos (CeTA): un proyecto de alcance nacional que permitirá aumentar la disponibilidad de alimentos saludables junto con potenciar las exportaciones del sector agroindustrial.

Ejecutado por la Universidad de Chile con la participación del INTA, las Facultades de Ciencias Agronómicas, Ciencias Veterinarias y Pecuarias, Ciencias Químicas y Farmacéuticas con la coordinación de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo (VID), en conjunto con las universidades Católica de Chile, Andrés Bello, de Talca y de la Frontera; y las fundaciones Chile y Fraunhofer, CeTA forma parte del Programa “Fortalecimiento y Creación de Capacidades Tecnológicas Habilitantes para la Innovación” de Corfo.

El Centro Tecnológico busca trabajar en tres grandes ejes: mejorar los procesos industriales, los ingredientes de los alimentos y los empaques de estos, todo con el fin de garantizar el sello saludable. Esto a través de la implementación de plantas pilotos que permitirán que el sector productivo, principalmente Pequeñas y Medianas Empresas que no suelen contar con plantas, puedan acceder a la innovación y a la materialización de estas reformulaciones mediante el desarrollo y escalamiento comercial de nuevos ingredientes y alimentos saludables.

Edgardo Santibáñez, director de Innovación de la VID, destaca los beneficios en cuanto al desarrollo económico de Chile en el sector alimentario, que representa el 25% del PIB y es el segundo más importante en exportación después del cobre. “Nosotros exportamos materia prima con poca agregación de tecnología de mayor valor o mayor sofisticación, entonces la idea es avanzar en eso. Esto no es renunciar a exportar recursos naturales, ya que estos son una buena base para sostener el desarrollo económico. Sino que es desarrollar estas otras tecnologías con el fin de llegar a otros mercados, satisfacer otras necesidades y aumentar el valor generado por nuestra fuerza de trabajo y nuestros recursos”.

La necesidad de una política estatal

De acuerdo a la OMS, la obesidad ya es una epidemia. Una que trae consigo una serie de enfermedades crónicas no transmisibles y de origen nutricional que hoy generan particular preocupación dada la aparición temprana en la población. Enfermedades que surgían después de los 50 años hoy lo hacen en menores de 10: la diabetes mellitus tipo 2, asociada a la obesidad, y los factores de riesgos cardiovasculares como el colesterol alto y la hipertensión, entre otras. “No es exagerado decir que vamos a tener una población adulta joven enferma”, señala Verónica Cornejo, directora del INTA.

“Hoy día los niños conocen los alimentos en los supermercados y no tienen idea de que existen plantaciones, cómo son, en qué regiones se producen, en qué condiciones, quiénes son los que trabajan para producirlos, en fin, todo un tema de educación que llega, por supuesto, a la salud humana, y que hoy no existe. Entonces pienso que es un asunto complejo, integral y continuo que hoy debe plantearse así. Y en esto el Campus Sur de la U. de Chile tiene las herramientas y estamos de acuerdo en ese enfoque transversal”, afirma el Decano de la Facultad de Ciencias Agronómicas, Roberto Neira.

Desde ahí el INTA también pone una mirada crítica sobre la ley 20.606 que radica en entender que ésta es sólo un primer paso al que le faltan asuntos claves como la educación alimentaria. “Es una muy buena iniciativa. Nosotros consideramos que había que hacerlo y había que apoyar. Sin embargo, también creemos que detrás de esto tiene que haber una implementación que permita conocer el porqué de estas acciones a la gente, por qué no elegir algo que dice ‘Alto en sodio’ y por qué comer saludable. Y eso es educación. Si no hay educación detrás no te sirve de nada”, afirma Cornejo.

Nelly Bustos, nutricionista e investigadora del INTA, explica los alcances de la educación alimentaria, especialmente cuando la población más vulnerable está en la infancia. “Estamos generando políticas públicas, programas y normativas, pero seguimos sin tener una educación alimentaria obligatoria en los colegios que permita que niños y niñas generen estilos de vida saludables”.

En ese sentido, la directora del Instituto explica que para lograr ocuparse de los distintos factores del ambiente alimentario de la población se requiere de una política de Estado capaz de desarrollar un trabajo articulado y colaborativo de los distintos ministerios que se necesitan: Agricultura, Salud, Educación, Desarrollo, Deporte, Hacienda y Relaciones Exteriores, entre otros. “El asunto se ve de forma bastante distinta a como se veía antes, de que cada quien trabajaba en su especialidad. Hoy estamos en un proceso en que la necesidad y la consciencia pública nos está empujando a un cambio de paradigma”, advierte Neira.

Hospital Clínico José Joaquín Aguirre: El «hospital escuela» de Chile

20 mil cirugías y más de un millón de exámenes se realizan anualmente en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile (HCUCH). El “Jota Aguirre”, como se le conoce popularmente, guarda en su historia buena parte de las hazañas de la salud pública de Chile –incluidos el primer trasplante realizado en el país con donante cadáver (1966) y la primera cirugía intrauterina de Iberoamérica (1995) – y continúa, hasta hoy, imponiéndose en la vanguardia de la medicina de alta complejidad y siendo por lejos el centro de salud líder en la formación de especialistas médicos en Chile.

Por Francisca Siebert | Fotografías: Alejandra Fuenzalida

Miércoles 15 de octubre de 1952. El entonces Presidente de la República, Gabriel González Videla, junto al Rector de la Universidad de Chile, Juvenal Hernández, el presidente del Senado, Fernando Alessandri, el presidente de la Corte Suprema, Gregorio Schpeler, y el decano de la Facultad de Medicina, Alejandro Garretón, inauguraban el Hospital Clínico José Joaquín Aguirre de la Universidad de Chile –antiguamente San Vicente de Paul–, al tiempo en que celebraban el inicio de los trabajos de la nueva Escuela de Medicina, la misma que hoy se ubica en la comuna de Independencia.

“Estos dos actos son la expresión misma de lo que es la noblísima tarea de los profesionales que en este pedazo de Santiago, consagran su existencia al servicio público”, dijo en la oportunidad González Videla, a quien correspondió dar inicio a esta nueva etapa en la historia de la salud pública del país y de la Universidad de Chile.

Más de seis décadas han transcurrido desde entonces, y hoy el HCUCH se levanta como el centro de salud líder en medicina de alta complejidad y principal formador de capital humano avanzado en el área de la salud del país, siendo un referente nacional y latinoamericano con énfasis en el sector público. Esto, pese al difícil escenario que desde principios de los años ‘90 ha enfrentado, debido a la falta de apoyo de recursos públicos y al cese de un histórico convenio de prestaciones con el Ministerio de Salud, Minsal.

Con una infraestructura de 65 mil metros cuadrados construidos, el HCUCH cuenta con un personal conformado por 600 académicos y más de 3.700 funcionarios. Anualmente se realizan en el recinto más de 420 mil consultas, 20 mil cirugías y 1 millón de exámenes.

En los pabellones, salas y laboratorios del también llamado Hospital Escuela se han realizado intervenciones y procedimientos pioneros en Chile, como las primeras intervenciones quirúrgicas de laparoscopía diagnóstica, cirugía de corazón extracorpórea y reflujo gastroesofágico, entre muchas otras. Para los anales de la historia de la salud en Chile, el HCUCH tiene hitos de sobra, entre los que se cuentan el primer trasplante realizado en el país (1966), la primera Unidad de Cuidados Intensivos (1968), la primera cirugía intrauterina de Iberoamérica (1995), y el primer trasplante hepático (2002).

“Sin el Hospital Clínico, la salud pública en Chile sería otra y no tendríamos los altos estándares de calidad en salud que tenemos hoy”, asegura Rafael Epstein, Prorrector de nuestra Universidad.

Nuevas relaciones Minsal-U. de Chile

“Hemos venido al Hospital Clínico de la Universidad de Chile a compartir con todos ustedes una muy buena noticia para el Hospital, para la Universidad de Chile, para el Ministerio de Salud y, por tanto, para todos nuestros compatriotas. Y me refiero al traspaso desde el Ministerio de Salud a este Hospital Clínico de un poco más de 10 mil millones de pesos, para adquirir equipamiento y apoyar así el ‘Plan de formación de especialistas médicos’”, aseguró la Presidenta Michelle Bachelet el pasado 17 de octubre, oficializando la decisión del Gobierno de aceptar el Plan de Inversión propuesto en junio de este año por el Rector Ennio Vivaldi para el Hospital, e incluir en la partida presupuestaria 2017, una glosa para su financiamiento.

El anuncio de la Mandataria saldaba una de las preocupaciones del Rector Vivaldi durante su campaña para convertirse en la máxima autoridad universitaria, momento en que recogió esta sentida demanda de la comunidad de la U. de Chile.

“El apoyo que ahora tenemos de parte del Estado de Chile cumple 100% con el plan que presentamos. Nosotros propusimos proyectos de inversión en varios ámbitos de equipamiento para el Hospital que eran importantes, el Estado los evaluó todos como altamente rentables”, detalla Epstein, quien estima que hoy en Chile se está teniendo conciencia de que “hay una labor educativa, formativa y curativa, en organizaciones que son públicas y estatales, que se deben apoyar por el bien del país”. Sin ir más lejos, la propuesta de una inyección de recursos desde el Estado al “Jota Aguirre” tuvo una adhesión transversal dentro de la clase política, sumándose, entre otros, las voces de parlamentarios como Guido Girardi, Carlos Montes, Manuel José Ossandón, Karol Cariola, Juan Luis Castro y Francisco Chahuán.

Convencido de que esta inversión estatal de casi 11 mil millones de pesos viene a marcar un nuevo trato en la fracturada relación del HCUCH con el Minsal, el director del Hospital, Jorge Hasbun, destaca los esfuerzos de nuestro plantel que posibilitaron dar este giro. “La nueva política de la Universidad ha permitido reposicionar al Hospital frente a todos los entes de nuestra sociedad, frente al Ministerio de Salud, al Ministerio de Hacienda y a la comunidad en su totalidad, recuperando su rol como agente público de la salud de los chilenos, y con esta inversión que se hace para equipamiento, le permite mantener su alto estándar de enseñanza, docencia y formación de posgrado, al mismo tiempo que optimiza la calidad de su atención médica”.

Si existe alguna evidencia a nivel internacional, explica el Prorrector de nuestro plantel, es que los hospitales universitarios son entre 10% y 30% más caros que sus pares, y la explicación es muy clara: al cumplir una labor docente, la productividad de los doctores en labores curativas es más baja. Además, los hospitales clínicos, por su labor de investigación, toman casos más complejos y tienen especialidades más complejas, que no son del todo rentables. Por lo mismo, advierte Epstein, “estos hospitales universitarios son los que permiten que gente se salve después todos los días, por los avances en la ciencia y en la técnica”.

En línea con todos estos requerimientos, en la mayoría de los países de la OCDE los hospitales docentes son subsidiados por el Estado para cumplir con el rol formador de especialistas.

Capital avanzado en salud

En la actualidad, la Universidad de Chile, a través de sus cinco campus clínicos ubicados en la Región Metropolitana, forma un 54% de los especialistas médicos del país, de los cuales un 34% son formados en el Hospital Clínico.

El HCUCH contribuye además con el 40% de la oferta para la formación de subespecialidades complejas y es el único formador de especialidades como Oncología, Fisiatría e Inmunología.

Equipar y habilitar, entre otros, los centros de Imagenología, de Endoscopía Digestiva, de Simulación y Docencia, además de las unidades de Medicina Nuclear, Oftalmología, UCI Coronaria, UCI Pediátrica y Psiquiatría Infanto-juvenil, Telemedicina y Anestesiología, son parte del plan trazado por el HCUCH tras la obtención de los fondos estatales, en gran medida, para poder continuar su labor docente.

“Uno va a formarse al lugar donde esté el mejor equipo, porque esa es la exigencia de la medicina actual, y en ese sentido se requieren recursos técnicos que sean de última generación y que se deben estar renovando en el tiempo. Nuestros equipos, que están ya con un sobreuso y un desgaste, hacían imposible mantener los procesos docentes y de enseñanza en el nivel en que estamos acostumbrados”, afirma Hasbun, enfatizando la urgencia de esta inyección de recursos.

Gisela Alarcón, Subsecretaria de Redes Asistenciales del Minsal, es categórica: “Uno de nuestros pilares en la relación con la Universidad de Chile y en particular con el Hospital Clínico, es la formación de especialistas. El HCUCH es un hospital escuela, que hoy día forma especialistas necesarios para nuestro país”. Con esta inversión el Ministerio espera que aumenten en 830 los nuevos especialistas formados en el HCUCH en diez años, y se abran 50 nuevos cupos para la formación de especialistas para la atención primaria. Lo anterior ayudaría a disminuir la brecha de 3.800 especialistas que tiene el país en diversas áreas, permitiendo además al Estado reducir la compra de prestaciones AUGE al sector privado, lo que implicará un ahorro estimado del orden de 9 mil millones por año para el sector público.

Por otro lado, la institución también tiene entre sus planes avanzar en la capacitación de otros actores del mundo de la salud que juegan un rol relevante en el cuidado de los pacientes. “Los auxiliares de enfermería o los técnicos paramédicos, los cuidadores de adultos mayores, que están en miles de casas del país, requieren también una formación, y nosotros estamos pensando en crear una nueva estructura para ofrecer capacitación, tanto presencial como a distancia, a todos estos estamentos que tienen gran relevancia en ser un operador de salud”, enfatiza Domingo Castillo, director médico del HCUCH.

Además de la formación de especialistas, el trabajo de colaboración entre el HCUCH y el Minsal ha tenido un pronunciado énfasis en la telemedicina, herramienta que apunta a ofrecer servicios de salud mitigando las barreras impuestas por la distancia geográfica, el aislamiento y/o la incapacidad de desplazamiento de algunas personas, además de permitir un intercambio permanente de opiniones e información entre académicos de nuestra Universidad y otros especialistas internacionales de alto nivel.

Los esfuerzos que se han hecho para avanzar en este sentido no han sido pocos. A partir de septiembre de 2015 se inició el desarrollo del Proyecto Telemedicina, impulsado y auspiciado por la actual Rectoría, que implica una alianza entre el Centro de Informática Médica y Telemedicina de la Facultad de Medicina y el Hospital Clínico. En este contexto se han sucedido diversos hitos: la implementación del equipo de Telemedicina del HCUCH, dependiente de su Dirección Académica; la creación oficial del Centro de Informática Médica y Telemedicina, dirigido por el académico Dr. Steffen Hartel; la firma de un convenio específico de colaboración con el Minsal; y la adjudicación de proyectos de bien público Corfo, entre otros. “El desarrollo en este ámbito requiere una mirada de formación y vocación de excelencia de una institución, que combina la mirada publica con la agilidad del sistema privado enfocado en el bienestar de la salud de toda la población”, advierte Steffen Hartel.

Atención compleja

Desde que nace hasta su muerte, una persona en Chile podría tener toda la atención médica que requiere sólo en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile. “Atendemos a una mujer embarazada, luego asistimos su parto y al neonato –menor de 30 días–, tenemos un servicio de pediatría, atendemos a adolescentes, adultos y ancianos a través de la unidad de geriatría, que es lejos la más importante a nivel nacional, y hace un año que incorporamos al Hospital la Unidad de Cuidados Paliativos, enfocada en las personas que están muriendo”, detalla Castillo.

“El concepto básico acá es que la medicina está en constante evolución, en constante mejoría, y en aumento progresivo de la complejidad de sus procedimientos”, indica Hasbun.

Para el Decano de la Facultad de Medicina, Manuel Kukuljan, no hay medias tintas a la hora de calificar la labor “Jota Aguirre”, y lo sabe desde la experiencia de haber dejado en sus manos a miembros de su propia familia. “En general el Hospital es de una calidad extraordinaria, si bien tiene muchos déficit en torno a hotelería, comparado con el mundo privado. Yo confío en éste como el mejor hospital de Chile”, afirma el académico, quien advierte que esta fortaleza del HCUCH no se reduce a equipamiento y gestión, sino “a una cultura académica y profesional que se ha desarrollado en el Hospital, transmitida por generaciones, la cual se ha desarrollado muy poco en otros hospitales públicos”.

Una mirada similar tiene el Prorrector Epstein, quien afirma: “El Hospital Clínico está a la vanguardia de la medicina, forma a los profesionales más complejos, y ya cuando el asunto se complica, uno quiere estar ahí o quiere que lo atienda un profesional de ahí. Eso es valiosísimo, y nos une a todos los chilenos”.

Todas estas características del HCUCH son claves en el vínculo que el Minsal planea llevar adelante con la institución, dado el apoyo que requiere la red pública en la atención de pacientes complejos. “La colaboración entre ambos hospitales, y entre el Hospital Clínico y el resto de la red pública, es parte de lo que hoy nos convoca. Nosotros tenemos hospitales de nuestra red que están partiendo con prestaciones de alta complejidad, y de ahí nuestro interés, que el HCUCH genere un apoyo a nuestros centros, haga transferencia de conocimiento, de tecnología, nos apoye con telemedicina avanzada, y esas también son prestaciones que nosotros consideramos relevantes para esta integración funcional del HCUCH a la red pública”, releva la Subsecretaria de Redes Asistenciales.

Mujeres contra la desigualdad: la lucha que irrumpe en las ciencias y tecnología

En enero de este año se anunció la creación de un Ministerio de Ciencia y Tecnología para Chile, promesa que se reafirmó en mayo en la cuenta pública de la Presidenta y que de cumplirse los plazos comprometidos por el Gobierno, llegaría en menos de dos meses al Congreso. Entre los temas que se han discutido en torno a la futura cartera está la desigualdad de género en las ciencias y tecnologías, una problemática que afecta a las mujeres desde la infancia hasta la vida profesional.

Por Sofía Brinck y María Jesús Ibáñez | Fotos: Alejandra Fuenzalida y Felipe Poga

Si emprender en ciencia y tecnología en Chile ya es difícil debido a los pocos recursos disponibles para investigación y escasas plazas laborales, sumar a ello el ser mujer lo vuelve un desafío aún más duro, uno con menos oportunidades y reconocimientos. Por lo general es un camino antecedido por una base educacional desigual y prejuiciosa, con la que sólo inicia la realidad de la discriminación de género en este ámbito, que hoy se ha reposicionado como un espacio de demanda y lucha de muchas mujeres en Chile.

Según cifras de la Unesco, sólo un 28 por ciento de los investigadores en el mundo son mujeres. El porcentaje varía según cada región, pero los números son claros: las mujeres son minoría en casi todos los países del globo, y en su mayoría por un amplio margen. En el caso nacional, pese a que América Latina es uno de los puntos altos a nivel mundial (44 por ciento), Chile se encuentra en la parte baja de la tabla con sólo un 31 por ciento de representación, lejos de casos como Bolivia (63 por ciento) o Venezuela (56 por ciento).

El debate en torno a la participación femenina en las llamadas disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas por su sigla en inglés) ha ido tomando fuerza durante las últimas dos décadas a nivel mundial y durante los últimos años en nuestro país. Sin embargo, la discusión se ha vuelto aún más urgente desde que el pasado 18 de enero la Presidenta Michelle Bachelet anunció la creación del futuro Ministerio de Ciencia y Tecnología. Científicas, activistas y académicas observan este paso como un momento clave para alzar la voz y llamar la atención sobre la importancia de incluir políticas de género en la planificación de la nueva institucionalidad.

“El Ministerio de Ciencia y Tecnología debiera coordinar esfuerzos con otras instituciones públicas y privadas para establecer políticas que ayuden a derribar las barreras que enfrentan las mujeres en la carrera científica y tecnológica”, afirma Alejandra Mizala, Doctora en Economía, miembro del Consejo de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica (Conicyt) y directora del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile.

Validación, mitos y desigualdades

Según datos de Conicyt, en 2015 el porcentaje de mujeres matriculadas en primer año de carreras científicas en Chile fue de 21,6 por ciento y en Ingeniería, 17,1 por ciento. Es decir, se trata de áreas todavía altamente masculinizadas donde la brecha de género no sólo queda en el registro numérico, sino también en la posibilidad de desarrollarse en estos espacios, que científicas y mujeres de las TICs han descrito como “esferas todavía inherentemente sexistas”.

Para Patricia Peña, académica del Instituto de la Comunicación e Imagen (ICEI) de la Universidad de Chile y fundadora de Girls in Tech Chile (organización que busca visibilizar a las creadoras de tecnología en el país), nada de esto sucede porque sí, sino que “ocurre sencillamente porque sociedades como las nuestras siguen alejando a mujeres y niñas de estos mundos”.

Que las mujeres no tienen las habilidades necesarias, que su baja representación se resolverá con el tiempo, que cambiar las reglas de selección significa bajar los estándares de calidad y excelencia, que no son competitivas o que les interesa más la familia; mitos en torno a la participación femenina hay cientos. En 2014, un estudio del Banco Interamericano para el Desarrollo (BID) enumeró los más comunes y los desarmó a base de evidencias internacionales. A partir de ello, se sabe que las mujeres sí se interesan en las ciencias y que son los estereotipos, prejuicios y barreras impuestas por sus propios pares lo que les impide avanzar en la igualdad en sus campos laborales.

“Cuando una mujer ingresa a áreas tradicionalmente de hombres, como lo son las ciencias y las tecnologías, debe validarse a sí misma”, dice María Teresa Ruiz, astrónoma y Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997. Ruiz sabe por experiencia propia cómo es ingresar a estos espacios masculinizados, donde ser mujer implica demostrar constantemente el merecimiento del puesto que se ocupa. “A las mujeres que ingresaban a la Escuela de Ingeniería en mi época, y que éramos poquitas, se nos acusaba o se asumía que íbamos a buscar marido. Por lo tanto, tenías la sensación de que había que mostrar más y ser mejor para que te tomaran en cuenta. Y eso aún ocurre”, relata quien fue la primera mujer en recibir el galardón de ciencias en su área.

La validación ante los pares académicos y profesionales es uno de los desafíos que enfrentan las científicas sólo por ser mujeres. Otra de las desigualdades que más les afecta tiene que ver con la maternidad y la crianza, que en el mundo de las ciencias y las tecnologías suele entenderse como algo incompatible con la exigencia de la profesión y con la mencionada validación frente a sus colegas.

Quienes se dedican a las ciencias saben que para ejercer su profesión y ser reconocidas deben alcanzar doctorados y posdoctorados, que por lo bajo demandan cinco años de dedicación exclusiva. A partir de estas exigencias, la decisión de ser madre en un país donde aún la crianza tiende a ser una responsabilidad de las mujeres, acaba transformándose en una barrera y un filtro en los trayectos de formación de muchas. “Ya en el doctorado hay menos mujeres, pero cuando llegas al post doctorado descubres que son aún menos”, cuenta Nélida Pohl, Doctora en Ecología y Biología Evolutiva y académica de la Facultad de Ciencias. Y enseguida explica: “en ese momento sueles tener treinta y algo, período en que tal vez estás pensando en tener familia, y te das cuenta de que para ser académica exitosa tienes que postergar mucho”.

La lista de desigualdades en el mundo de las ciencias y tecnologías es larga y abarca varios aspectos de la vida personal y profesional. Sin embargo, son parte de un camino que comienza en la infancia y que se potencia aún más en la Enseñanza Básica, donde los mismos profesores establecen diferencias de género entre sus estudiantes.

Un estudio realizado en Chile por el BID descubrió que los docentes de Enseñanza Básica les prestan menor atención y menos tiempo a las niñas que a los niños. También les formulan preguntas que requieren de procesos cognitivos menos complejos y les dan menos retroalimentación.

“Nosotras no creemos en nosotras mismas, no creemos que podemos tener los mismos objetivos que ellos, entonces niñas y mujeres se limitan a partir de esas ideas”, señala Nélida Pohl, quien conoce de cerca estas realidades. Pohl es parte del equipo detrás de “Julieta en la tierra de las niñas”, un proyecto que busca incentivar el interés de las más pequeñas por la ciencia, y de paso aportar con juguetes que no reproduzcan los roles de género tradicionales. “Fue súper interesante responder las preguntas que tenían las niñas para las científicas. Había muchas que tenían que ver con cambio climático, lo que significa que las niñas entre siete y ocho años, que era nuestro público, están súper enteradas y están preocupadas”, cuenta.

Una institucionalidad con mirada de género

“Llevo seis meses sin recibir una remuneración, trabajando todos los días dedicado sólo a esta actividad”. “El Estado no comprende la importancia de las ciencias”. Con declaraciones como éstas renunció a la presidencia del Consejo de Conicyt el Doctor Francisco Brieva en octubre pasado, después de poco más de un año en el cargo.

Su dimisión fue la gota que rebalsó el vaso. La comunidad científica, indignada por el constante ninguneo a sus disciplinas, decidió dejar sus laboratorios y salir a las calles a manifestarse por una nueva institucionalidad que reemplace a Conicyt, que fue creado en 1967.

El Gobierno reaccionó con mesas de trabajo multidisciplinarias con el objetivo de trabajar en el diseño de un futuro ministerio. Sin embargo, en ellas se evidenció una pugna por el carácter que debería tener la nueva institucionalidad. Mientras algunos abogan por ligar las ciencias a la economía y a los sectores productivos, otros defienden la idea de tener un ministerio autónomo que englobe ciencia, tecnología e innovación. Aún se desconoce cuál de ellos se va a adoptar.

Tanto Pablo Astudillo, ingeniero en Biotecnología Molecular y uno de los fundadores del movimiento “Más Ciencia para Chile”, como María Teresa Ruiz, presidenta de la Academia Chilena de Ciencias, advierten que se les aseguró por parte del Gobierno un período de socialización de la propuesta. Sin embargo, a dos meses de que se cumpla el plazo de envío al Congreso, nada se les ha informado. “El proceso ha sido un poco hermético y los científicos aún no hemos tenido el espacio para contribuir con nuestra opinión”, afirma Astudillo.

Este secretismo tampoco ha permitido tener claridad respecto a si el comité a cargo, coordinado por el actual presidente de Conicyt, Mario Hamuy, está contemplando los asuntos de género y menos aún si éstos estarán al centro de las políticas públicas a implementarse. Para Cecilia Hidalgo, Doctora en Ciencias y Premio Nacional de Ciencias Naturales 2006, es vital que el ministerio se preocupe por estimular la participación de las mujeres. No obstante, cree que el tema “debe ser abordado de forma cruzada, con otros ministerios. Y también desde fuera, porque el esfuerzo debe ser transversal”.

Cecilia Hidalgo, Doctora en Ciencias y Premio Nacional de Ciencias Naturales 2006, y María Teresa Ruiz, astrónoma y Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997.

Algunas medidas ya han sido aplicadas desde Conicyt, como la prórroga de proyectos durante el período pre y post natal y la medición ajustada de la productividad científica de mujeres que han sido madres. No obstante, no es suficiente. Katia Soto, Doctora en Ciencias Biológicas y miembro de “Más Ciencia para Chile”, lo ha vivido al intentar compatibilizar la maternidad y sus investigaciones. “Necesito una beca que me permita vivir y criar a la vez”, reclama. “Desde que tuve a mi hijo dejé de participar en congresos internacionales porque no tengo cómo financiarlos. ¿Y qué pasa cuando un niño está lactando? ¿Vas a estar cinco o seis días lejos de él?”.

Por eso las miradas están puestas en una nueva mesa de trabajo que está desarrollando Conicyt en torno a las oportunidades de género. Esto, a pesar de que no se tiene certeza de cuál va a ser su incidencia en el futuro ministerio. “Creo que vamos a poder identificar las debilidades y los “al debe” de los distintos sectores, de manera que uno pide que alguien luego recoja el guante y efectivamente se defina una agenda de trabajo para los próximos años a partir de esto”, señala Peña, quien integra la mesa como representante de Girls in Tech Chile.

Un largo camino por recorrer

En diciembre de 2015, la ONU decidió instaurar al 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en Ciencias, medida que se enmarca en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 del organismo. La decisión tiene como objetivo lograr el acceso y la participación plena y equitativa en la ciencia para las mujeres y las niñas, y evidencia que a pesar de todos los esfuerzos realizados durante los últimos años, la brecha de género en las STEM sigue siendo un problema a nivel mundial.

Entre los diferentes programas que existen, la mayoría coincide en la importancia de incentivar el acercamiento de niñas a las ciencias y las tecnologías y romper los estereotipos que marcan estos temas. “Yo hago muchas charlas en colegios de todo nivel y de todas partes de Chile. Y lo que me impresiona es que hasta quinto básico, niños y niñas son igualmente curiosos por la ciencia, y en el caso de la astronomía, les fascina”, dice María Teresa Ruiz. “La diferencia en su actitud frente a aprender y a investigar las cosas ocurre después”, advierte la astrónoma.

Cecilia Hidalgo es de la misma opinión. La primera mujer presidenta del Consejo de Evaluación de la Universidad de Chile ha hecho del asunto una cruzada personal y enfatiza en la importancia de no coartar a las futuras generaciones ante estereotipos. “Deberían hacerse programas nacionales para llevar a las niñas a hacer experimentos a laboratorios; hay que darles confianza”, propone. “También ampliar los talleres que ya existen, donde científicas mujeres trabajan con niñas y les muestran la maravilla que es investigar el mundo en que vivimos”, opina la científica, remarcando la necesidad de proveer a las niñas de ejemplos de científicas como referentes.

La mayoría de quienes trabajan en estos temas comparten que el cambio que debe darse es profundo y será resultado de un proceso de largo plazo. Si bien hay esperanzas encontradas en torno al papel que podrá cumplir el futuro ministerio, entre las científicas y activistas hay acuerdo en que hay que entrar en acción y no dejar pasar más tiempo para que niñas y mujeres puedan desarrollarse en el ámbito que deseen y elijan para sus vidas.