La inspiración chilena de Paul B. Preciado

En esta entrevista, el filósofo y curador español —uno de los más influyentes de hoy— cuenta cómo rescató el trabajo de Lorenza Böttner, una artista trans nacida en Punta Arenas que además de aparecer en libros de Bolaño y Lemebel, y de posar para Robert Mapplethorpe, fue la creadora de una obra que se alzó como una crítica a la normalización del cuerpo y del género.

Por Evelyn Erlij

En 1996, Roberto Bolaño y Pedro Lemebel mencionaron en sus libros Estrella distante y Loco afán —respectivamente— a un personaje inverosímil, una suerte de fantasma, tan bolañesco como lemebeliano, que parecía condenado a desaparecer en sus páginas. Según el primero, su nombre era Lorenzo; para el segundo, era Lorenza. Cada uno le escribió una biografía distinta: Bolaño decía que era parte del alud de exiliados que dejó la dictadura; Lemebel contaba que era hijo de una alemana y de un carabinero chileno que, tras un accidente que lo dejó sin brazos, partió junto a su madre a Alemania para curarse. Su nombre, escribe, era Ernst Böttner, nació en Punta Arenas, y una vez en Europa, se habría convertido en una artista visual llamada Lorenza. 

Lorenza Böttner. Colección privada (gentileza del Württembergischer Kunstverein Stuttgart, en el contexto de la exposición Réquiem por la norma)

“Érase una vez un niño pobre de Chile… El niño se llamaba Lorenzo, creo, no estoy seguro, y he olvidado su apellido, pero más de uno lo recordará, y le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión. Un día se subió a uno de estos postes y recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos”, cuenta el autor de 2666. En la crónica “Lorenza (Las alas de la manca)”, Lemebel agrega: “Ernst reemplazó las manos perdidas por sus pies, que desarrollaron todo tipo de habilidades, en especial la pintura y el dibujo. Pero luego fue derivando la plástica hacia una cosmética travesti que hizo crecer las alas calcinadas de su pequeño corazón homosexual. Estudió arte clásico, posó como modelo e hizo de su propia corporalidad una escultura en movimiento (…). Entonces nació Lorenza Böttner. El nombre femenino fue la última pluma que completó su ajuar travestí”.

En la época en que se publicaron estos libros, todavía faltaban unos años para que Paul B. Preciado (1970) se convirtiera en uno de los teóricos del género más importantes y radicales de las últimas décadas gracias a ensayos como Manifiesto contrasexual (2002), Testo yonqui (2008) o Pornotopía (2010). “Aunque soy un lector asiduo de Bolaño y Lemebel, no me había llamado la atención la figura de Lorenza en sus obras. Creía que era un personaje casi de ficción”, cuenta Preciado desde París, a días de haber lanzado Un apartamento en Urano, un libro de crónicas para cuya portada eligió un dibujo de Lorenza Böttner: un cuerpo, mitad masculino, mitad femenino, que de alguna forma los representa a los dos. Para más señas: el nombre de nacimiento de la artista chilena era Ernst y el del filósofo español era Beatriz.

Cuenta que llegó a Lorenza por azar en 2014, mientras hacía un curso dedicado a explorar las políticas del cuerpo en las prácticas artísticas y literarias de los años posteriores a la dictadura española. Quería cartografiar las prácticas artísticas, dice, dando especial relevancia a la disidencia corporal y la diversidad funcional. Así llegó a los Juegos Paralímpicos de Barcelona de 1992, cuya mascota oficial, Petra, era una figura sin brazos. En el diario español ABC de ese período, anunciaban la noticia así: “Un actor chileno disminuido físico, llamado Lorenza Böttner, dará vida a la mascota Petra”.

“Desde el primer momento quise saber quién estaba detrás del personaje”, explica Preciado, que desde hace varios años se dedica a la curatoría y fue elegido en 2018 como una de las figuras más influyentes del mundo del arte según la revista Art Review. Entre lo poco que se sabía de su vida —gracias, en parte a una investigación que hizo en 2016 Carl Fischer, académico de la Fordham University, en Estados Unidos, en el contexto de sus estudios doctorales sobre literatura chilena queer— estaba que Lorenza había muerto en Múnich en 1994 a los 33 años por complicaciones relacionadas al sida. Había estudiado en la Escuela de Arte y Diseño de Kassel, hizo performances en Nueva York y vivió en Barcelona y Múnich. Pero además de reconstruir su biografía, lo esencial para Preciado era descubrir dónde estaba su obra.

“Es así como llegué hasta la madre de Lorenza, que había guardado todo el trabajo de su hijo/hija en su casa —cuenta el filósofo, que en noviembre inauguró Réquiem por la norma en La Virreina Centre de la Imatge, en Barcelona, una exposición en torno al trabajo de Böttner que hoy se exhibe en Stuttgart—. El primer encuentro con su obra fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida como curador. Creo que fue Lorenza quien me encontró a mí y no yo quien encontré a Lorenza. Su trabajo daba materialidad a todo un conjunto de prácticas de disidencia sexual y corporal sobre las que yo había estado trabajando de forma teórica durante años”.

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Visibilizar la obra de Lorenza Böttner significó para Preciado un trabajo largo de clasificación, fotografiado, restauración y estudio —el material estuvo guardado durante mucho tiempo en Múnich sin condiciones de conservación—, para lo que necesitaba un equipo y, sobre todo, un presupuesto. En ese momento, cuenta, se topó con una segunda dificultad: combatir la visión exotizante y patalógica con que se suelen mirar los cuerpos trans y con diversidad funcional, en vistas a lograr que la obra de Lorenza fuera reconocida como “arte”. “Me enfrenté entonces a los prejuicios según los cuales el trabajo artístico de una persona con diversidad funcional es considerado como handicap art —explica—. Se me llegó a decir que Lorenza era una artista de Unicef”.

Lorenza Böttner. Colección privada (gentileza del Württembergischer Kunstverein Stuttgart, en el contexto de la exposición Réquiem por la norma)

Tanto los problemas de financiamiento como los de validación entre los entendidos se solucionaron cuando Paul B. Preciado fue nombrado curador de documenta 14, el prestigioso encuentro alemán de arte que tiene lugar en Kassel, y que por primera vez en 2017 se realizó también en Atenas. “El proyecto fue acogido con entusiasmo por su director, Adam Szymczyk, y después por todo el equipo de asistentes que colaboraron conmigo para preparar la exposición —cuenta—. Mi reto, entonces, fue articular una narración, un relato curatorial que restaurara la posibilidad de que el trabajo de Lorenza fuera entendido como arte, arte performativo, pintura, fotografía; no como terapia ocupacional de una persona supuestamente discapacitada”.

En paralelo, Preciado fue reconstruyendo la vida de Böttner, y así encontró un número de la revista Mampato de noviembre de 1973 —editada entonces por Isabel Allende—, en el que se publicó una nota sobre ella titulada “Un muchacho ejemplar”. “(Ernst) apareció un día en la oficina a entregar sus dibujos como colaboración a la revista. Estaba de paso en Santiago con su mamá, ya que en pocos días más tomaría un avión que lo llevaría a Alemania”, se lee en el texto, donde se apunta que por entonces cursaba octavo básico en el Colegio Alemán de Punta Arenas. Ese viaje, con el que pretendía acceder a terapias especializadas, fue un trayecto sin retorno: Lorenza Böttner volvió a Chile apenas un par de veces, de manera muy breve, antes de morir.

En su crónica, Lemebel cuenta que a pesar de haber hecho una performance en Santiago, pasó casi desapercibida en el ambiente cultural local: “La acción de Lorenza en Chile se realizó una calurosa tarde de domingo en la galería Bucci, ante un escaso público y la mirada ociosa de las parejas que salen a vitrinear los días festivos. Alguien preguntó si era parte de la Teletón, y lo hicieron callar mientras la bella manca proyectaba su sombra etrusca en los muros de la galería (…). Al pasar por un regimiento, los milicos de guardia le tiraron besos y algo le gritaron. Y ella, sin incomodarse, abrió de par en par su capa y les contestó que bueno, pero de a uno”.

Entre los chilenos que la conocieron, según la crónica de Loco afán, estaba el artista Mario Soro, quien entabló una amistad con ella cuando fue a Alemania en 1989 (ver recuadro). Pero más allá de anécdotas de este tipo, se sabe poco de su relación con Chile. De la lectura de Estrella distante se podría deducir que su nombre era conocido entre los escritores y artistas chilenos en Europa como el propio Bolaño, quien en la voz de su alter-ego, Arturo Belano, habla sobre los días en que Lorenza fue Petra: “Por aquel entonces yo estaba internado en el Hospital Valle Hebrón de Barcelona con el hígado do hecho polvo y me enteraba de sus triunfos, de sus chistes, de sus anécdotas, leyendo dos o tres periódicos diariamente. A veces, leyendo sus entrevistas, me daban ataques de risa. Otras veces me ponía a llorar. También lo vi en la televisión. Hacía muy bien su papel”.

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La exposición Réquiem por la norma —que luego de Stuttgart se presentará en Bergen, Toronto y París, y que todavía no tiene invitaciones formales desde Chile— reúne un centenar de trabajos que muestran la diversidad de registros y estilos de Böttner, quien exploró la fotografía, el dibujo, la performance, la instalación, la pintura y la danza, disciplinas que, según la narrativa hegemónica del arte, tienen en el centro de sus prácticas los brazos y las manos. Lorenza creaba con la boca y los pies —“aprendí a usar el lápiz con la boca y estaba todavía en el hospital cuando hice los primeros intentos de dibujar”, explicó en Mampato—, y a esa disidencia funcional se suma la de género: Lorenza se autorretrataba en fotos y pinturas ni como mujer ni como hombre. Su cuerpo, dice Preciado, no es identidad, sino tránsito.

“Más que de travestismo, convendría hablar de prácticas de transición como técnicas de contra-aprendizaje mediante las cuales el cuerpo y la subjetividad considerados como ‘discapacitados’ o ‘enfermos’ reclaman su derecho a representarse y a inventar sus propias prácticas de vida. Por ello no sería adecuado decir que Lorenza traviste los pies y la boca en manos, o que se traviste simplemente en mujer, sino que inventa otro cuerpo, otra práctica artística y de género: ni discapacitada ni normal, ni femenina ni masculina, ni pintura ni danza”, escribe el curador en el dossier de la exposición, en la que se incluyen, además, entrevistas grabadas y extractos de películas en las que participó Böttner. En una de ellas, dice: “Soy una performance en movimiento”.

Lorenza funde y confunde vida y obra —una práctica común en el arte de la segunda mitad del siglo XX—, pero lo absolutamente nuevo, dice Preciado, “es su intención de escapar al encierro institucional y a la invisibilización que pesa sobre los cuerpos con diversidad funcional; es la afirmación de su cuerpo vivo, de su cuerpo vulnerable pero deseante frente a la representación normativa de la discapacidad y de la transexualidad como patologías —explica—. Lorenza utiliza la performance, la pintura, la fotografía, eso que ella llama la ‘pintura-bailada’ para fabricarse un cuerpo que resiste a la norma. Eso es lo que la hace absolutamente contemporánea: su rechazo de una identidad fija y de una asignación patológica”.

“El primer encuentro con la obra de Lorenza fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida como curador. Su trabajo daba materialidad a todo un conjunto de prácticas de disidencia sexual y corporal sobre las que había estado trabajando durante años”, dice Preciado.

En Europa y Estados Unidos, Lorenza hizo cientos de performances y pinturas-danza: algo así como intervenciones callejeras en las que pintaba el suelo con los pies mientras bailaba. En Nueva York, gracias a una beca de la Universidad de Nueva York Steinhardt, profundizó sus estudios en arte, se integró en el mundo artístico local e incluso posó para fotógrafos como Robert Mapplethorpe y Joel Peter Witkin. Böttner se rebeló contra lo que Bolaño llamó “el zoológico de las miradas” —es decir, la imagen de freak— haciendo visible su cuerpo, instalándolo en la calle y en el centro de su obra: “soy una exhibicionista”, dice en una entrevista grabada, lo que se hace evidente en su afán constante por autorretratarse.

En tiempos en que tanto los discursos de las disidencias sexuales como los de los feminismos apuntan hacia un mismo tipo de cuerpo, hacer que el nombre de Lorenza Böttner circule hoy es un gesto político: “La obra de Lorenza es un manifiesto que permite imaginar otra política del cuerpo, más allá de las políticas de identidad y de las distinciones entre lo normal y lo patológico —dice Preciado—. Para mí, es una figura del cruce, una figura de la transición que apunta hacia la posibilidad de imaginar un sujeto político transversal no definido por las taxonomías jerárquicas de la modernidad (“hombre, “mujer”, “homosexual” o “discapacitado”), sino un sujeto que se define por ser un cuerpo vivo vulnerable”.

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Mario Soro: recuerdos de Lorenza

Lemebel escribió la crónica de Loco afán después de entrevistar a Mario Soro, quien era familiar lejano de Böttner. “Lorenza era prima de unos primos míos”, cuenta el artista visual y grabador, que fue parte de la exposición Los dominios perdidos, del Museo de Artes Visuales (MAVI), una muestra sobre arte chileno de la posdictadura donde se exhibió, hasta el 5 de mayo, un cuaderno de viaje en el que dedica un capítulo al momento en que conoció a Lorenza en Múnich, en 1989. “Fui para participar en Cirugía plástica, una muestra de arte chileno en Berlín, pero llegué primero a Frankfurt donde una prima, que me habló de Lorenza”, recuerda. “Cuando la vi, me encontré con un personaje de dos metros que me extendió el pie con tal gracia, que no me di cuenta de que no era su mano. Conocerla me desarmó y me rearmó entero, y determinó toda mi obra posterior”.

Soro, que desde entonces trabajó en torno a la amputación y el desmembramiento del cuerpo humano en exposiciones como Enfermedades del cuerpo político (2010 -2017) y en obras como La mesa de trabajo de los héroes (2000), forjó una relación de amistad con Lorenza que duró hasta su muerte. “Lorenza vino a Chile en varias oportunidades y se quedaba en mi casa, que era su lugar de confianza. En su primer viaje, en 1989, yo trabajaba con la galería Bucci y planteamos la idea de hacer una performance con ella, que consistió en dibujar con el pie una figura masculina heroica, casi filofascista, y una figura de mujer. No tenía nada de tremebundo, como las performances que se hacían acá y que tenían desnudos, sangre, sudor, semen”, cuenta. “Los que la vieron se cagaron de la risa, de ella y de su ingenuidad, de su interés por lo representativo. Lo más importante en su trabajo era el cuerpo: toda su obra era una prótesis. Quise darla a conocer, porque capté el factor disruptivo. Por eso fue una sorpresa maravillosa cuando Pedro (Lemebel) se me acercó. Me puse a llorar con él”, confiesa. Y agrega: “A Lorenza le interesaba lo que pasaba en Chile, pero no hacía referencias a temas políticos. Era una alemana con una infancia chilena en Punta Arenas, y tenía ese imaginario del viento, del frío, del paisaje local. La recuerdo muy sensible, muy generosa, extraordinariamente femenina y masculina a la vez”.

Crédito – Mario Soro
Crédito – Mario Soro
Crédito Colección privada (gentileza del Württembergischer Kunstverein Stuttgart, en el contexto de Réquiem por la norma)
Paul B. Preciado – Crédito Catherine Opie. Gentileza de Anagrama

«Cazar al cazador»: Los detectives salvajes

A inicios de los 90, la Policía de Investigaciones creó una pequeña unidad para rastrear y perseguir a civiles y militares involucrados en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. La periodista Pascale Bonnefoy reconstruye en su último libro, Cazar al cazador, la historia del grupo que capturó a Manuel Contreras y Osvaldo Romo, entre otros. Un relato desconocido y fascinante sobre la transición chilena.

Por Diego Zúñiga | Fotografías: Alejandra Fuenzalida y Alejandro Hoppe

Estaban nerviosos.

Llovía torrencialmente cuando llegaron a Puerto Montt ese 17 de septiembre de 1991. Tenían una misión: detener al entonces general en retiro Manuel Contreras, el Mamo, el exdirector de la DINA que en ese momento —cuando recién empezaba la transición— aún tenía mucho poder. Por eso estaban nerviosos.

Eran un grupo de detectives de la Brigada de Homicidios a quienes esa misma mañana les habían informado del operativo: debían viajar a Puerto Montt y ahí tomar un auto hasta llegar al fundo de Contreras, en Fresia, a unos 70 kilómetros. La Justicia lo buscaba por el asesinato del excanciller Orlando Letelier.

Llegar allá no iba a ser fácil. El camino estaba lleno de informantes, por lo que esa noche tuvieron que maniobrar con sumo cuidado para sólo confirmar que Contreras estaba ahí, en su casa.

La detención sería al día siguiente.

Pero de eso —de los detalles de aquella operación—, la prensa de la época no informaría mayormente. Iba a ocurrir todo en silencio, un silencio incómodo que se produjo desde el momento en que esa mañana del 18 de septiembre de 1991 los detectives entraron al fundo escoltados por militares con fusiles AKA —hombres en cargados de proteger al exdirector de la DINA.

La conversación con Contreras fue tensa. Estaba a la defensiva y su tono de voz se volvía cada vez más desafiante: “Yo no me voy a ir con ustedes —les dijo—. Me voy en la forma que yo quiera (…). Ya le informé a mi general Pinochet que salgo de aquí mañana a las ocho horas”.

Los detectives cedieron a la exigencia de Contreras, quien viajó por tierra a Santiago junto a uno de los miembros de la Brigada de Homicidios.

La misión estaba cumplida.

Iba a ser el comienzo de una historia protagonizada por un grupo de detectives que iría tras los pasos de civiles y militares vinculados a crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura. Una historia que se iría armando en voz baja, alejada de la atención de los medios, protagonizada por un grupo de hombres anónimos que capturaría, entre otros, a Miguel Estay Reyno (el “Fanta”) y a Osvaldo Romo. Una historia desconocida —ocurrida durante la transición— que es el centro de Cazar al cazador, una investigación rigurosa y alucinante de la periodista y profesora del Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile (ICEI) Pascale Bonnefoy (1964), publicada hace unos meses por Debate. Un libro que aporta una mirada nueva sobre la historia reciente de Chile.

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—Estaba buscando temas para un libro y quería alejarme un poco de los derechos humanos. Ya había escrito e investigado sobre eso. Pero le di hartas vueltas. Me gusta la historia, los temas propiamente históricos, pero de pronto surgió esto: yo hace muchos años que estoy yendo a declarar a la Brigada de Derechos Humanos por distintas causas, a propósito de investigaciones que he hecho, entonces estaba familiarizada con este grupo de detectives y con el trabajo que hacen —cuenta Pascale Bonnefoy sentada en su oficina, en el ICEI, donde es jefa de la carrera de Periodismo.

Le estaba dando vueltas, buscando tema para un libro, y el tema estaba ahí, frente a ella.

—Mi idea original era hacer un retrato de la actual brigada y de lo que hacen. Pero en mi rigurosidad fui a los inicios y no sólo descubrí el origen de la actual brigada sino que terminé releyendo la transición política en clave Policía de Investigaciones, y eso me fascinó. Fue interesante ver este “lado B” de la transición —explica Bonnefoy, quien lleva investigando la historia del Chile reciente desde hace muchos años. En 2005, publicó Terrorismo de Estadio. Prisioneros de guerra en un campo de deportes, investigación por la que obtuvo el premio Escrituras de la Memoria del CNCA y que en 2016 fue ampliada y reeditada.

“Creo que ahora la cobertura de los derechos humanos se da principalmente a nivel de publicación de libros. Hay una cierta frialdad en cómo los medios tratan este tema, que les parece trillado. Lo ven como un tema más, y no lo es: es un drama”.

Su vida, de alguna forma, está atravesada por lo que fue el golpe de Estado de 1973. En ese entonces, vivía en Estados Unidos, pues su padre fue asesor legal de la embajada de Chile durante el gobierno de Salvador Allende para la nacionalización del cobre.

—Cuando las empresas demandaron al Estado de Chile, a mi padre lo enviaron allá para hacer asesoría legal en defensa del Estado chileno. Allá estábamos cuando fue el golpe y nos quedamos. Otros parientes fueron torturados, otros estuvieron presos, otros exiliados —recuerda Bonnefoy, quien volvió a Chile en 1986 y al poco tiempo se puso a trabajar en la Comisión Chilena de Derechos Humanos. Había estudiado relaciones internacionales, hacía clases de inglés y le interesaba el periodismo. Viviendo en Estados Unidos se suscribió a una revista latinoamericana que siguió recibiendo incluso cuando ya había vuelto al país. Y un día, en un arranque de atrevimiento, pensó: “Ya que estoy en Chile, voy a escribir algo sobre el país y se los voy a enviar”.

Y así, entonces, empezó la vida periodística de Pascale Bonnefoy.

Escribió un artículo, después otro y otro; luego envió textos a otras revistas, y así fue avanzando hasta que decidió estudiar formalmente periodismo.

Ese inicio inesperado en el oficio marcó inevitablemente su devenir profesional: ha trabajado para medios chilenos (La Nación Domingo, El Periodista, El Mostrador, Contacto), pero sobre todo se ha desarrollado como corresponsal de medios internacionales. Empezó a colaborar en The Washington Post, produjo e investigó para documentales y programas televisivos extranjeros, y hoy es asistente corresponsal para la oficina regional de The New York Times, donde escribe regularmente. Su último texto lo publicó a fines de marzo: un artículo sobre los once militares que fueron condenados por el caso de Rodrigo Rojas de Negri.

—Yo creo que ahora la cobertura de los derechos humanos se da principalmente a nivel de publicación de libros, no tanto en prensa, en ningún formato. Hay una cierta frialdad en cómo los medios tratan este tema, que les parece trillado. Lo ven como un tema más, y no lo es: es un drama—explica Bonnefoy—. Salvo que sea un gran golpe noticioso, lo ven como algo que ya pasó. Pero hay millones de historias que no se conocen. Piensa que tenemos a un montón de agentes y torturadores dando vueltas por la ciudad, los campos y las pequeñas localidades impunemente, anónimamente, y eso indica que es un asunto que no está resuelto. De hecho, ni siquiera es un asunto que podamos llamar histórico, porque aún es un tema del presente.

Pascale Bonnefoy comenzó el proceso de investigación del libro a inicios de 2015. Un encuentro clave fue entrevistar a Luis Henríquez Seguel, un detective que estuvo en La Moneda cuando fue bombardeada el 11 de septiembre de 1973. Era uno de los hombres de la PDI que integraban la sección encargada de resguardar Presidencia. Uno de los diecisiete que se quedó escoltando a Allende, pues cumplía órdenes de su superior. Luego lo derivarían a distintos puestos en Policía de Investigaciones hasta que en septiembre de 1990 le pidieron que fuera parte del Departamento V de Asuntos Internos de la PDI: necesitaban que se dedicara al problema de la corrupción y la disciplina interna de Investigaciones, ya que el gobierno sabía que para concretar la transición, la ayuda de la PDI sería fundamental. Pero, primero, debían limpiar el lugar. Ahí estaría, en algún sentido, el origen de lo que luego sería la unidad que investigaría los temas de derechos humanos.

—Fue importante encontrarme con Luis Henríquez y Nelson Jofré (otro de los detectives protagonistas de esta historia), porque ellos me fueron contactando con otros detectives de la época y así pude ir reconstruyendo todo. Y me encontré con un grupo humano superespecial, amable y con ganas de aportar y de que se conociera esta historia, porque están orgullosos de lo que hicieron, pero saben que no han sido reconocidos. Tienen ese pudor de que cumplieron con su deber, pero hicieron cosas importantes en medio de adversidades y arriesgaron su propia integridad física y la de sus familias.

Además de las entrevistas con los detectives y otros protagonistas políticos de aquellos años, Bonnefoy tuvo acceso a mucha documentación de la policía, lo que la ayudó a confirmar los distintos relatos de sus fuentes y a construir de una forma más compleja todo el entramado político y social de aquellos años.

Cazar al cazador no es sólo una cuidada investigación de un grupo de detectives que capturó a algunos de los torturadores y cómplices más brutales de la dictadura —y, al mismo tiempo, un material fascinante que pareciera exigir ser trasladado al mundo audiovisual: una película, una serie de televisión—, sino también una deslumbrante reconstrucción de lo que fue la década del 90 y una mirada desconocida de la transición, pues mientras este pequeño grupo de detectives iba investigando la historia de la PDI en dictadura —investigando a sus compañeros, a sus jefes—, Patricio Aylwin y su gobierno planificaban la estrategia para buscar justicia por las violaciones a los derechos humanos. Y en esa estrategia, los detectives tendrían un papel principal, sobre todo contrarrestando el poder que aún tenía el Ejército —que los hostigaría incansablemente durante las investigaciones.

—Casi todo el mundo piensa, o muchos, que esto de la persecución de violadores de derechos humanos partió después del 2000 o tras la detención de Pinochet en Londres, pero yo cubro justamente lo contrario, es decir, llego hasta el arresto de Pinochet —explica Bonnefoy, y agrega—: Yo en ese tiempo estaba muy activa periodísticamente, pero desconocía que había sucedido todo esto. Me acuerdo, por ejemplo, de Romo, cuando lo detuvieron. Me acuerdo de las cosas que relato en el libro sobre ese caso, pero no había pensado en el trabajo de la policía. Había pensado más en el trabajo de los jueces, de los familiares, de la Vicaría.

El caso de Osvaldo Romo es fundamental en Cazar al cazador. No sólo porque es uno de los mejores capítulos —con una reconstrucción muy detallada de la persecución, el viaje de los detectives a Brasil, donde lo encontraron, y las inéditas maniobras políticas que el gobierno chileno tuvo que hacer para conseguir su captura en noviembre de 1992—, sino porque fue un golpe mediático importante.

—Fue un hito de Investigaciones: por un lado, fue un salto a los operativos más allá del análisis de informes que llevaban haciendo hacía tiempo, y por otro, fue un salto de calidad: fueron a perseguirlo a Brasil y lo trajeron de vuelta con el apoyo del gobierno. Consiguieron que la opinión pública avalara el trabajo que se estaba haciendo en esta materia.

Consiguieron el aval de la opinión pública, pero sobre todo empezaron a ganarse la confianza de algunos grupos de derechos humanos que seguían luchando por encontrar justicia, y que al inicio los habían recibido con recelo. Era inevitable: la transición planteaba la idea de buscar justicia en la medida de lo posible y esto incomodaba a las familias de los detenidos desaparecidos. Sin embargo, tras la lectura de Cazar al cazador queda la impresión de que el gobierno de Aylwin hizo mucho más en esta materia, a pesar de haber tenido a Pinochet ahí, todavía con un poder innegable.

—Yo siempre he sido extremadamente crítica con la transición, y lo sigo siendo. Aylwin podría haber hecho las cosas de manera mucho más radical, cortar de raíz, descabezar todo esto, no apegarse a la legalidad y a la constitución de Pinochet. Pero ellos se comprometieron a hacerlo así porque esa fue la transición pactada. Había mucho miedo. Investigando me di cuenta de que se hizo más de lo que yo pensaba, más de lo que yo sospeché.

—Otra impresión que deja el libro es que en Investigaciones sí hubo una limpieza y una reestructuración interna después de dictadura que no vivieron ni el Ejército ni Carabineros, por ejemplo.

—Sí, hubo mucha pugna interna al comienzo. Tanto de eso no supe, pero sé que sucedió. Hubo harta resistencia dentro de la PDI ante este grupo que investigaba la historia de la institución en dictadura. Igual, fue muy intenso el proceso que vivió Investigaciones en este sentido y que no lo vivió ninguna otra institución armada, y por eso tenemos a Carabineros y al Ejército como los tenemos. Eso es superclaro. Todas esas instituciones debieron reformarse apenas volvió la democracia, ponerlas efectivamente bajo control civil. Pero no lo hicieron. Por eso se nota mucho las trayectorias distintas que han tenido.

Judith Butler: Deshacer y rehacer el género

El enorme interés que generó la visita a Chile de la filósofa estadounidense —que reunió a más de mil asistentes en las tres conferencias que dio en la Casa de Bello— no sólo la confirmó como una de las pensadoras más influyentes de las últimas décadas, también evidenció cómo las redes de afectos político-feministas, saltándose las distancias entre latitudes extremas, han logrado generar proximidad. En este texto, la crítica cultural Nelly Richard —quien dialogó con Butler en el conversatorio Palabras públicas— analiza la importancia de quien es hoy “la teórica de las vidas precarias y de los cuerpos vulnerables, de las existencias sufridas, de las comunidades estigmatizadas”.

Por Nelly Richard

Siguiendo la deriva benjaminiana, Judith Butler es una pensadora de la “traducción cultural”. En varios de sus textos, ella hace alusión al recurso de la traducción para subrayar cómo los enunciados, al trasladarse de contextos, sufren pérdidas (las palabras originales se desfiguran cuando pasan de una lengua a otra) pero, a la vez, experimentan un giro transformador, ya que el traslado de idiomas supone la “mudanza y renovación” del sentido. Esto vale para las palabras que se desplazan de lenguas cuando la traducción es idiomática. Vale también para las teorías que pasan de su formulación original —generalmente validadas por un sello metropolitano de autoridad cultural— a contextos de recepción locales que las reconvierten críticamente según dinámicas propias de significación. La traducción —no sólo como mediación lingüística sino como proceso de resignificación cultural de las teorías— hace que el debate de ideas que estimula la obra de Butler, intersectando el norte con el sur, contemple la disonancia de los enunciados, las asimetrías de contextos y el desfase de los tiempos como resortes creativos de la otredad.

Judith Butler se declara convencida de que la teoría “abre posibilidades” que se vuelven exitosas solamente cuando “sale del contexto en el que fue creada para entrar en otro que la convierte en algo diferente”. Quizás sea por su cuestionamiento a toda verdad superior del Original y su inclinación hacia los desvíos periféricos que pudo ocurrir, en el marco de su última visita a Chile, algo tan extraño como aquello narrado en un mensaje que recibió Faride Zerán, Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, el mismo día en que dicha institución le entregó el Honoris Causa. El mensaje consignaba lo siguiente: “Por la hora, (el evento) coincidió con que yo estaba en la micro entre La Serena y Coquimbo, y me conecté para escuchar a Judith. Un grupo de chiquillos y chiquillas la iban escuchando en manos libres en la micro. Alguien le gritó al chofer: ‘Tío, apague la radio’, y el tipo la apagó. Toda la micro escuchando… Y hubo un tremendo aplauso cuando le entregaron el Honoris. En una micro entre La Serena y Coquimbo. Media micro celebrando el Honoris… Una belleza”.

“Butler proyecta una definición de ‘universidad’ cuyo adentro (ritos de enseñanza, jerarquías del saber) se ve desafiado por un afuera hecho de luchas y revueltas en torno a los significados incompletos de 
la democracia”.

No hay explicación lógica para la extrañeza que consigna el relato. Sólo podemos imaginar que la “belleza” de esta remota y sorprendente “traducción cultural” se debe a cómo las redes de afectos político-feministas, saltándose las distancias entre latitudes extremas, supieron generar proximidades entre cuerpos que se sintieron igualmente motivados por una misma conciencia de lo urgente en materia de derechos e identidades a conquistar.

“Ideología de género” versus “teoría crítica”

Me gusta citar una frase de Judith Butler que dice: “Hay un nuevo territorio para la teoría, necesariamente impuro, donde ésta surge en el acto mismo de la traducción cultural. Se trata del surgimiento de la teoría en el sitio donde se unen los horizontes culturales, donde la exigencia de la traducción es aguda y donde su éxito es incierto”. Hablar de una “teoría impura” es, primero, hablar de una teoría que no se cree auto-suficiente, sino que reconoce depender de un conjunto de exterioridades (otras disciplinas, otras formas de saber y hacer, otros vecindarios, otras corporalidades y materias) para transitar por zonas de contacto y fricciones que ponen a prueba sus límites y condiciones. Butler asume las insuficiencias de la teoría que, lejos de refugiarse en la pureza y certeza del método como lo pretende el academicismo, se roza con las formaciones heterogéneas del presente en curso, que modifican el contenido de los textos de acuerdo a la circunstancialidad de sus usos. Demás está decir que esta visión de la teoría —como impureza e incerteza— repercute en las definiciones mismas de “universidad” que proyecta Judith Butler desde la teoría crítica y su compromiso con un futuro transformador de las humanidades: una universidad cuyo adentro (ritos de enseñanza, jerarquías del saber, organización de las disciplinas, clasificación del conocimiento, etc.) se ve desafiado por un afuera hecho de luchas y revueltas de cuerpos e identidades en torno a los significados incompletos de la democracia.

La teoría se formula entonces, para ella, como un ejercicio situado de análisis y comprensión que lleva al pensamiento a dialogar con la acción para extraer de ella fuerza y energía, en medio de la conflictividad social. Butler ha insistido en que “la teoría feminista nunca está del todo diferenciada del feminismo como movimiento social. La teoría feminista no tendría contenido si no hubiera movimiento social y el movimiento social, en sus varias direcciones y formas, ha estado siempre involucrado en el acto de la teoría. La teoría es una actividad que no está restringida al ámbito académico. Se da cada vez que se imagina una posibilidad, que tiene lugar una reflexión colectiva, que emerge un conflicto sobre los valores, las prioridades o el lenguaje”.

Fuera del refugio academicista de la pura abstracción filosófica, la práctica teórica de Butler le sirve al feminismo para multiplicar los ejes de comprensión en torno a cómo opera —simbólica y materialmente— el sistema dominante sexo-género en la cultura y la sociedad; para rebatir-debatir las visiones de mundo que este sistema impone en las estructuras públicas y los mundos privados; y para estimular nuevos “actos de interpretación” en torno a la sexualidad y la identidad que liberen formas de subjetividad alternativa a las que prescribe el dominio patriarcal, en asociación con otras rebeldías político-sociales.

Para sus detractores (que contribuyeron paradójicamente a que su fama traspasara las estrechas —y a menudo inofensivas— fronteras de la academia, volviendo público su nombre como símbolo internacional del peligro de disolución moral y sexual que encarna hoy el feminismo), Judith Butler sería la autora de una maquiavélica “ideología de género” acusada de pervertir el naturalismo sexual de los cuerpos originarios divididos por la separación fija entre masculino y femenino y, también, de corromper el núcleo sagrado de la familia como entidad procreadora. Pero sus enemigos no saben que Butler es mucho más peligrosa siendo lo que realmente es: no la autora de una “ideología del género” (falsa conciencia, manipulación y adoctrinamiento) sino, al revés, una pensadora cuya “teoría crítica” desnaturaliza los fundamentos —morales, religiosos, culturales— de la ideología sexual dominante llamada “patriarcado”. Una ideología que nunca se nombra a sí misma como tal, sino que disfraza su aparato doctrinal bajo las apariencias de una “agenda valórica” que proyecta en la sociedad entera su creencia metafísica en una esencia universal de lo femenino-materno.

“Sus enemigos no saben que Butler es mucho más peligrosa siendo lo que realmente es: no la autora de una ‘ideología del género’ sino, al revés, una pensadora cuya ‘teoría crítica’ desnaturaliza los fundamentos —morales, religiosos, culturales— de la ideología sexual dominante llamada ‘patriarcado’”.

Siendo una de las exponentes más destacadas de la “teoría crítica” en la filosofía contemporánea, la autora de El género en disputa (1990) practica una crítica de la ideología de género que nos sirve para explicar cómo lo que el conservadurismo disfraza de “naturaleza sexual” está hecho de construcciones de signos que, invisiblemente, anudan cuerpos, poderes y representaciones en tramas de intereses y dominación masculinas.

Los desbordes queer

Las corrientes queer —inspiradas por la obra de Judith Butler— le critican al feminismo su regulación del término “género”, por considerarlo responsable de reafirmar el binarismo masculino-femenino de la matriz heterosexual, dejando fuera de su recorte normalizador a las “disidencias sexuales” (gays, lesbianas, trans, inter, etc.). Estas corrientes queer han sido productivas para el feminismo porque lo han obligado a introducir la multiplicidad de las diferencias en su ordenamiento masculino-femenino del género, desencializando, de paso, el referente “mujeres” como sujeto pleno y homogéneo del programa feminista. Las teorías de la filósofa estadounidense han desestabilizado críticamente la normatividad del discurso de género, invitando al feminismo a incluir a las sexualidades discordantes en su trayecto de reformulación antipatriarcal de las identidades subordinadas.

Judith Butler siempre ha insistido a lo largo de su obra que “no bastará ninguna definición simple del género y que es más importante seguirle la pista al término, que elaborar una definición estricta y aplicable. El término ‘género’ se ha convertido en el emplazamiento para la pugna entre varios intereses”, escribe en Deshacer el género (2012). Siendo alguien que da cuenta de las ambivalencias y contradicciones que fisuran las categorías, realizando incesantes movimientos de ida y vuelta que le hacen revisar su propio pensamiento, esta cita anterior nos sirve para preguntarnos lo siguiente: frente al avance mundial de las ultraderechas que tienen al feminismo como enemigo principal de sus campañas contra la “ideología de género”, ¿no valdrá la pena seguir defendiendo hoy la conquista teórica que representa para el feminismo la conceptualización del término “género” (por mucho que las teorías queer lo coloquen bajo sospecha) y movilizar los usos tácticos de dicho término con más filo que nunca en contra del neoconservadurismo que busca anular su potencial crítico? 

Tal como lo anota Butler, el género se ha convertido en el principal significado en disputa en el enfrentamiento de intereses entre ultraderecha, neoliberalismo, feminismo e izquierdas. Si bien el feminismo no debe omitir la provocación y enseñanza de lo queer, no parece oportuno abandonar hoy dicha categoría (“género”) frente a las ofensivas neoconservadoras que buscan renaturalizar a los cuerpos y la familia en clave antifeminista. Butler sugiere, vigilante, que debemos aplicar toda nuestra inteligencia crítica en luchar enérgicamente contra “toda forma de desactivación política del feminismo”, sin dejar de preguntarnos al mismo tiempo, autocríticamente, “cómo funciona el término feminismo, qué inversiones conlleva, qué objetivos consigue, qué alteraciones soporta”.

Los límites del feminismo identitario

Sus adversarios pretenden encasillar a Judith Butler en el nicho de la extravagancia queer, únicamente interesada en las fantasías transexuales de grupos minoritarios cuyo voluntarismo individualista sueña con cambiar ilimitadamente de identidad, sexo y género. Ella sabe mejor que nadie que el mundo real no se convierte por arte de magia en un teatro de performances. Ha reconocido muchas veces que la materialidad (física, política, económica y social) de los cuerpos someten dichos cuerpos a incesantes limitaciones y restricciones. Butler es la teórica de las vidas precarias y de los cuerpos vulnerables, de las existencias sufridas, de las comunidades estigmatizadas; y por lo mismo, se destaca por la valentía intelectual de su compromiso político con sujetos y grupos maltratados por las guerras, los dispositivos de explotación y opresión económicos y sociales, la falta de derecho de quienes son considerados inferiores por la violencia selectiva y diferencial de un sistema neoliberal que los expulsa como residuos (los pobres, los migrantes). En definitiva, Judith Butler ha ampliado su enfoque feminista a múltiples y complejas estructuras de desigualdad y subordinación que no funcionan exclusivamente en clave genérico-sexual. Ella le pide al feminismo salirse de la autoreferencialidad identitaria del “nosotras las mujeres” como grupo aparte, para entrecruzar el género con las otras dinámicas de identidad y posiciones de sujeto (la clase, la raza, la edad) que intervienen en la configuración de la subjetividad individual y colectiva.

En el libro Judith Butler en disputa (2012), la filósofa dice: “No creo que pueda surgir una política suficiente de una frase que empieza con “soy una feminista” o “soy una feminista queer”… puesto que las coaliciones que se necesitan para luchar contra la injusticia deben atravesar las categorías identitarias… Tampoco creo que las alianzas fuertes sean una mera colección de identidades ni que las identidades por ellas solas puedan orientarnos hacia temas de justicia sexual, igualdad económica, movilizaciones anti-bélicas, luchas contemporáneas en contra de la precarización y la privatización de la educación pública”. Partiendo de la base de que las identidades no son absolutas sino relacionales, transitivas y contingentes, Butler ha insistido en que “ser una feminista” no puede adoptar la forma clausurada de una identidad pura, delimitada. La agencia feminista debe conectar identidades que no se asumen predeterminadas; unas identidades no fijas sino móviles, variables y en construcción. Invitar a grupos y sujetos a sumarse al proyecto feminista implica que el feminismo debe mostrarse capaz de formular proyectos de sociedad que se tornen deseables —y no intimidantes— para quienes (incluyendo a los hombres disconformes) están comprometidos en otros frentes de batalla. Dice Butler en una entrevista: “el camino para derrotar a un movimiento político basado en el odio es, sin duda, no reproducir el odio. Tenemos que seguir encontrando formas de oposición que no reproduzcan la violencia de aquellos a quienes nos oponemos… Deberíamos encontrar una manera de incorporar en nuestra práctica el rechazo a normalizar e intensificar la violencia en este mundo”.

En su inigualable libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas (2010), Judith Butler analiza la función del “marco” que consiste tanto en exhibir una escena dotándola de visibilidad (el adentro que se deja encuadrar) como en invisibilizar el conjunto de normas y criterios que controlan la escena, permaneciendo relegado en el afuera de sus bordes de representación. Podría decirse que la autora ocupa el feminismo para interrumpir, descolocar o fisurar los “marcos” de lenguaje y sentido que arman las visiones de mundo dominantes (patriarcales, coloniales, imperialistas, fascistas), tornando explícitas sus máquinas de poder y sometimiento desde lo que ocultan como subtexto en su “fuera de marco”.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

Inmediatamente después de su visita a Chile, Judith Butler participó del Coloquio Internacional La memoria en la encrucijada del presente. El problema de la justicia, que tuvo lugar en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti, en Buenos Aires. Frente a un público multitudinario y junto con Eduardo Jozami, participaron de la mesa de cierre Butler y Estela de Carlotto, luego de que las Abuelas de la Plaza de Mayo anunciasen la identificación y rescate de la nieta n° 129 robada durante la dictadura. Butler, claramente emocionada por la solemnidad de la circunstancia, puso en reserva el “marco” del feminismo (no habló sobre feminismo aunque sí habló feministamente en contra de la alianza criminal entre el patriarcado y el neoliberalismo) para que el “marco” de los derechos humanos pudiese encuadrar con absoluta gravedad sus reclamos de verdad, justicia y reparación en los tiempos indiferentes y crueles que afectan a Argentina y otros países, es decir, cuando hace falta levantar un resguardo ético frente a la borradura del pasado y la conformación neoliberal de un tiempo sin historicidad ni moral. 

El abrazo entre Estela de Carlotto en representación del NUNCA MÁS y Judith Butler, que hizo valer su solidaridad norte-sur con el NI UNA MENOS (así lo evocó Luis Ignacio García, quien participó del coloquio desde Córdoba), fue el ejemplo más conmovedor de cómo el feminismo levanta “el desafío de nuestro tiempo que consiste en que los distintos marcos de la izquierda se cuestionen y alteren entre sí”. Y, también, de cómo la intelectualidad crítica de Judith Butler —desde la filosofía política, la teoría feminista, las humanidades, el activismo social— se emplea en desplazar, intercalar y rotar sucesivos “marcos de aparición” para que la relación ente el afecto y el juicio se haga visible —citando Marcos de guerra— como “una práctica de índole ética y política”.

Una semana con los latinos que caminan a Estados Unidos

Mientras Donald Trump alertaba sobre la caravana de migrantes que comenzaba a organizarse y desplazarse desde Honduras, Guatemala y El Salvador para cruzar masivamente la frontera estadounidense, la periodista Marianne von Pérez partió hacia la localidad de Huixtla, al sur de México, para unirse a la peregrinación de los casi 5 mil migrantes. La siguiente crónica revela las dificultades cotidianas del grupo, las medidas de resguardo, las formas de sobrevivencia y el incierto destino de un enorme grupo de niños, jóvenes, mujeres y ancianos que actualmente insisten en llegar a Estados Unidos. Un país donde, al cierre de esta edición, el presidente Trump autorizó el uso de fuerza letal contra la caravana.

Texto y fotografías: Marianne von Pérez, desde México

A sus 68 años, no es la primera vez que don Jesús se embarca en la cruzada por llegar a Estados Unidos. La primera fue a finales de los ‘80, cuando “quería conocer y saber si era realidad todo lo que le contaban. Que era el país de los sueños, de las promesas, que había mucho dinero y trabajo”. Y pese a que el sueño americano del cual tanto escuchó se hizo real, la preocupación constante por todo lo que dejó atrás lo hizo regresar a Honduras.

Víctor Manuel escuchó las mismas historias de niño que don Jesús. Con 17 años, se armó de valor y los primeros días de octubre salió, una vez más, en búsqueda de su hermana que vive en Houston desde 2013. Era su segundo intento en un año: en abril había sido detenido por la migra y deportado de vuelta a El Salvador, pero al oír sobre la caravana no lo pensó dos veces y decidió unirse. “Es la única forma que tengo de llegar y así poder ayudar con dinero a mi familia. En mi país, al no tener estudios y ser menor de edad no me contratan, ni siquiera para las chambas (trabajos) matadas que pagan menos que poco”, dice.

Bartolo Fuentes, periodista hondureño que lleva veinte años tratando temas de inmigración, fue el primer acusado por el presidente de ese país, Juan Orlando Hernández, de instigar las caravanas. Para muchos era inimaginable pensar que personas de tres países distintos, cuyos gobernantes no gozan de una gran relación entre ellos, se hubieran unido para huir de la violencia, el hambre y la falta de oportunidades que vivían día a día en sus distintas regiones. Pero sucedió: con el lema “la unión hace la fuerza” comenzó a correrse la voz y de las doscientas personas que eran en un inicio, terminaron siendo más de mil las que el 13 de octubre tuvieron el coraje de abandonar sus hogares en Honduras en busca de un mejor porvenir. En esta ocasión no se expondrían a morir solos en el tren de carga llamado “La Bestia”, ni tendrían que pagar los cerca de 6.500 dólares que cobra por persona un coyote para cruzar a Estados Unidos, casi 4 millones y medio de pesos chilenos por arriesgar la vida; ahora lo harían en grupo, cuidándose unos a otros.

Los gobiernos y las realidades que se viven en Honduras, Guatemala y El Salvador -el llamado Triángulo Norte de Centroamérica- no distan mucho entre sí. Los días giran en torno a la miseria, la corrupción y la impunidad. San Pedro Sula, donde se conformó la primera caravana en Honduras, es una de las ciudades más peligrosas del mundo. Tanto que su tasa de homicidios es de 51,18 por cada 100.000 habitantes y, según las Naciones Unidas, si la tasa supera los diez estamos hablando de una “epidemia de homicidios”. Las cifras de Guatemala se asimilan a la realidad hondureña. En el Índice de Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2018), Guatemala se encuentra en el puesto 127, sólo seis escalones por sobre Honduras.

Por su parte, El Salvador, conforme a la “Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples 2017” (EHPM, 2017), es uno de los países más desiguales de América Latina. “A nivel nacional un 29,2% de los hogares se encuentran en pobreza; de estos el 6,2% se encuentra en pobreza extrema; mientras que el 23,0% están en pobreza relativa.” Además, ”una característica fundamental es que la población es mayoritariamente joven, puesto que el 53,6% de la población es menor de 30 años, mientras que el 12,6% tiene una edad de 60 años o más”. Pero el problema más grave en este país no son las cifras de desigualdad, sino las pandillas que han azotado la región con su brutalidad.

Roberto Valencia, periodista vasco quien ha investigado durante casi ocho años la realidad de las pandillas en El Salvador y su exportación desde Estados Unidos -análisis plasmado en su libro Carta desde Zacatraz (Libros del K.O., 2018)-, señaló hace poco en una entrevista en el medio eldiario.es que “vivir en una zona controlada por una pandilla significa que si el colegio al que tienen que ir tus hijos está en el territorio de la pandilla rival, no puedes llevarles allí. Las pandillas tienen control e imponen su lema, resumido en oír, ver y callar”. Fue por lo mismo que Juan Carlos, de 14 años, al igual que tantos otros de la caravana, huyó de su hogar. “En mi barrio me dijeron que me tenía que unir a los Mara y que si no lo hacía me matarían, a mí y a mi familia. Así que por buscar un lugar mejor y tratar de salvarlos a ellos, partí”, me contó mientras alumbraba, con una pequeña linterna entre la lluvia, los pies de tres personas a quienes la piel herida ya no les daba más.

La frontera

El 18 de octubre, miles de personas que esperan en el puente Rodolfo Robles -que une a Guatemala con México- están expectantes y algo inquietas. Un helicóptero militar sobrevuela sus cabezas y la policía se alista para recibir el contingente.

La madrugada del sábado 13 de octubre centenares de personas desconocidas empezaron a avanzar juntas hacia la carretera, una detrás de la otra. A medida que la caravana pasaba frente a otras casas, muchos más se iban sumando. Familias, hermanos, amigos, ancianos, mujeres embarazadas, adolescentes y niños. Todos y cada uno de ellos había achicado su mundo para que cupiera en una pequeña mochila. Nada ni nadie los iba a detener de su objetivo: llegar a Estados Unidos para tener una vida mejor. No sería un impedimento la pena por dejar a los suyos, ni las llagas que se irían infectando lentamente en sus pies. Ni siquiera la incertidumbre de si lo lograrían o morirían en el intento. Tampoco los más de 5 mil kilómetros que tendrían que recorrer. Algo así como cuatro días seguidos en bus o 10 horas en avión incluyendo una escala.

Ese 18 de octubre, las horas al sol y la angustia de no tener claridad de si podrán cruzar empiezan a calentar los ánimos hasta que todo estalla con violencia. Un grupo logra tirar las rejas que los mantiene dentro de territorio guatemalteco y como una manada corren a traspasar las barreras. – ¡Sí se pudo! ¡Sí se puede! -, gritan a coro hasta que las bombas lacrimógenas empañan sus ojos y ahogan sus pulmones.

Los noticieros esa tarde mostraron las piedras que en su agobio lanzaron los migrantes y el daño causado a las fuerzas especiales, pero la cámara obvió enfocar a los cientos de mujeres y ancianos que saltaron al río Suchiate en su intento desesperado por respirar y llegar a México. Ni siquiera informó sobre los dos niños muertos en pleno puente a causa de los gases.

Luego de la tormenta/enfrentamiento se llamó a la calma, se negoció con los encargados fronterizos, algunos de los integrantes de la caravana se enfilaron y comenzaron a pasar en grupos de cinco personas, tal como lo habían solicitado las autoridades mexicanas. “Avancemos ordenadamente, compañeros”, se escuchaba alto y claro por un megáfono. Pero muchos no lograron atravesar la frontera ese día. Los rezagados deberán esperar en el mismo puente anhelando cruzar, sin asistencia humanitaria, a la intemperie, en condiciones indignas y con la incertidumbre de no saber cuánto tiempo tendrán que soportar para ser atendidos por las autoridades. No tuvieron otras alternativas de recepción, en Ciudad Hidalgo el albergue temporal fue cerrado.

Pese a que horas antes el nuevo presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, dijo que “hay que hablar con los migrantes, ofrecerles opciones y protegerlos, que puedan tener albergues, que si son familias se cuide a los niños y al mismo tiempo buscar soluciones para que tengan posibilidad de trabajo”, el personal del Instituto de Migración (INM) y las policías federal, estatal y municipal se dedicaron a obstaculizar el acceso a territorio mexicano bajo diversos medios, y gestionó únicamente el ingreso con la condición de someterse a una detención migratoria. El miedo por una posible deportación aumentó y se hizo visible en sus caras cansadas.

El diario vivir en la caravana

Las condiciones para migrar no son fáciles. La caravana de centroamericanos sufre la incertidumbre todo el tiempo. Los destinos cambian, los buses prometidos no llegan y los kilómetros que faltan por avanzar se tornan inimaginables. En general, cada jornada hay que moverse a un nuevo lugar. La hora de salida es entre las tres y cuatro de la madrugada porque a medida que avanza el reloj, el sol hace imposible seguir desplazándose a pie. Las sandalias empiezan a quemar la piel, las ampollas proliferan y los síntomas de la insolación no demoran en aparecer. Más aún para los ancianos, mujeres embarazadas y niños pequeños.

Pese a que cada lugar trata de recibirlos de la mejor manera, la infraestructura no da abasto para albergar a los cerca de 5 mil migrantes que hoy componen la caravana, lo que se traduce en condiciones indignas para cualquier ser humano. Los piojos y las pulgas abundan, los baños se rebalsan, el agua potable se agota antes de oscurecer, las personas se agolpan en filas para pedir un plato de comida o un café y al llegar la noche la tos es parte del concierto nocturno, cuando es posible dormir. Casi todos están enfermos.

Tratar de descansar es difícil. El calor ahoga o la lluvia no da lugar para salvar lo poco y nada que les queda. La ropa se va dejando tirada en el camino porque el tiempo es insuficiente para que se seque y “llevarla mojada es un peso más”. Las guaguas no dejan de llorar, las madres desesperadas no saben cómo callarlas, empieza el griterío y los golpes entre tanto estrés. Muchos pequeños ya no quieren bajarse de los coches ni un solo momento luego de estacionarlos: les da pavor volver a caminar. Esto, sumado a la obligación de tener un ojo abierto y otro cerrado a la hora de dormir, lo que se ha vuelto ley, tratando de evitar más abusos sexuales a menores. Ya es común que estos se produzcan amparados por la noche, cuando la mayoría trata de recomponerse tras un día de arduo caminar.

A su vez, ser mujer en la caravana no sólo es vivir con el constante miedo a que le hagan algo a tus hijos o los intenten raptar -como sucedió en más de una parada-, sino que además convives con el terror diario a que te roben, violen o rapten. Y pese a que se trata de resguardar la integridad de todos, hasta ahora la más comprometida y vulnerada es la de mujeres y niños. Su espacio vital ha sido invadido, la infancia truncada y lo que partió siendo casi un juego, se convirtió en un tedio real. Pero ya su mentalidad ha cambiado, la de todos ha cambiado, porque ahora la vida es otra. “Por eso somos migrantes”, me dijo Exiel – de 10 años – en el albergue Hermanos en el Camino, “porque nuestra vida ahora es caminar y caminar”.

Carlos Huneeus: “Carabineros ha llegado a un grado de autonomía incompatible con la democracia”

El académico del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, ex embajador de Chile en Alemania entre 1990 y 1994, y director del Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea, CERC, analiza la sumatoria de escándalos de corrupción en las Fuerzas Armadas, los montajes policiales como la Operación Huracán y el reciente asesinato de Camilo Catrillanca por agentes del GOPE de Carabineros.

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Dora Barrancos: “El feminismo es hoy el movimiento más poblado y más denso”

Visitó la U. de Chile para cerrar el Seminario Permanente: “Universidades Públicas Latinoamericanas: Construyendo la Educación no Sexista”. Dora Barrancos, directora del CONICET en representación de las ciencias sociales y humanidades, conversó con Revista Palabra Pública sobre los feminismos actuales, de su actual investigación sobre éstos en el contexto latinoamericano, de los cambios fundamentales en las universidades y de la inseguridad como clave del despliegue de los neofascismos.

Por Francisca Palma | Fotografías: Felipe Poga

Investigadora, académica y activista. Dora Barrancos, socióloga, Magíster en Educación y Doctora en Historia dice que se aproximó al mundo del feminismo “por mi formación familiar, por toda esa influencia de la casa, desde que me sé como ser humano, me sé una justiciera básica. Ese es un apego entrañable de mi personalidad”, asegura.

Militante política desde joven “para transformar a la sociedad argentina”, explica que su encuentro con el feminismo se gestó en su exilio en Brasil. “Es ahí que yo me torno feminista y advierto que dentro de todo el régimen de posibilidades que me había dado en materia de dónde dar la justicia básica, me faltaba nada menos que la nota de mí misma, y como la experiencia de Brasil me marcó muchísimo, al regresar a la Argentina decidí dedicarme a la investigación histórica porque era como una asignatura pendiente, y cada vez más me fui entonando hacia una historia de las mujeres”.

 ¿El resultado? Más de 25 años dedicada a esa historiografía y diversas publicaciones sobre la materia, cruzadas por la exclusión y la violencia, a las que ahora se sumará un libro sobre la historia del feminismo latinoamericano.

¿Es abarcable esta historia?

– Sí. Estoy en este momento intentando terminar un texto difícil, muy complejo, que me ha obligado a mucha investigación, que es una historia mínima del feminismo en América Latina que me fascina muchísimo y que me pone en una situación de sortilegio especial porque soy la primera modificada. Es muy común que las y los oficiantes de historia te reconozcan que en la medida que están investigando hay una transformación del sujeto que investiga. Entonces a mí me ocurrió lo mismo, porque he aprendido muchísimo de la historia de los movimientos feministas.

¿Desde qué lugar se ha escrito hasta ahora esta historia del feminismo en América Latina? ¿Están presentes las clases populares?

– Bueno, yo diría que en general las oficiantes feministas dedicadas a la historia de las mujeres no han sido negligentes con la condición femenina más subalterna, que es la condición de las mujeres populares, los sectores más oprimidos. Acá en Chile hubo trabajos muy interesantes acerca de las mujeres y el trabajo, lo mismo ha pasado en Argentina. Yo diría que hay más investigación acerca de las mujeres en los sectores populares en América Latina, que de las mujeres en los sectores dominantes. Ahora, es probable que tengamos todavía muchísimo que indagar, investigar y abordar, particularmente acerca de las condiciones de vida, de los sentimientos, de las sensibilidades, de las epopeyas.

Una pregunta frecuente relacionada a esto es la contradicción o dualidad entre el feminismo académico y el feminismo de base. ¿Hay puntos de encuentro? ¿Cómo se complementan? ¿Cómo deben dialogar?

– En América Latina, felizmente, el feminismo emergente de los años 60, ’70 y 80 tiene una nervadura que comunica a la academia con la militancia. En Estados Unidos eso es poco probable ya que las que son académicas, son académicas, y las que hacen política militante son otras, pero nosotras en América Latina tenemos -en general- una cierta yuxtaposición. He tenido la suerte de poder congeniar, articular y conciliar bien -aun actualmente, en este estado de ya señoras muy viejas- el campo de la academia y el de la militancia.

Y justamente hablando desde hoy y desde la calle. ¿Qué precedente nos deja la acalorada discusión y lucha por el aborto en Argentina?

– Nos deja, primero, una lección acerca de los cambios producidos entre las nuevas generaciones de mujeres. Tenemos una experiencia completamente renovada en las muchachas sub 20, una experiencia renovada de una subjetividad que se transmite y que no está dispuesta a admitir el sometimiento al patriarcado, y que está revestida de grandes intuiciones más que de gran conocimiento. En general, la mayoría de las jóvenes no ha leído una página de teoría feminista, pero tienen un arrojo extraordinario acerca del rechazo al sometimiento patriarcal y eso es lo que importa, hay una vibración extraordinaria.

La otra cuestión que nos deja como lección es la masividad de los feminismos en Argentina. La otra, es una lección un poco más de adversidad y es saber que las formulaciones reaccionarias están muy presentes aun en aquellas fracciones que se dicen liberales. O sea, si fueran coherentes con el liberalismo, deberían haber votado la ley, pero son una ficción liberal que en el fondo responden a una gran retaguardia conservadora.

¿Qué provoca tanta reticencia? ¿Qué está en juego?

– Yo diría que está en juego un sistema vertebral de ideología patriarcal que supone que las mujeres inexorablemente deben embarazarse y parir y esta conjura de todo el movimiento feminista obviamente es muy amenazante para ese sistema ideológico. Entonces desde luego ahí hay intersecciones de religiosidad, filosofía, etc., pero lo que está en juego verdaderamente en esas posiciones es la vertebralidad ideológica del patriarcado, que exige que las mujeres sean reproductoras.

Una tragedia

La violencia y el miedo son tópicos presentes cada vez que hablamos de feminismos y de movimientos sociales. ¿Qué pulso nos marca la elección de Bolsonaro? ¿Es una repuesta global? ¿Es una emergencia? ¿Estaban dormidos?

– El movimiento feminista es parte de los movimientos sociales, un movimiento que ha cobrado hoy una estatura extraordinaria y es seguramente el movimiento más poblado, más denso y de mayor manifestación, eso debe ser dicho. La segunda cuestión refiere a cómo pueden inflexionar las voluntades de los electores con relación a esta figuras que aparecen.

En el caso de Brasil debe entenderse por dos razones: el odio que suscitan en general lo que han sido las gobernazas del PT y por el fenómeno de enorme trascendencia que tiene la inseguridad. O sea, la inseguridad es la llave maestra del fascismo, porque en realidad por la inseguridad se consigue el cancelamiento de la libertad de las personas, esto corresponde a una asimilación con la servidumbre.

Sabemos que en Brasil personas que han sido completamente hostigadas, comunidades como las personas gay, lesbianas y etc., esas personas votaron por Bolsonaro, y esa es una abdicación profunda. La idea de que estas son cosas que dicen en la superficie y que en el fondo no las piensan así, son las justificaciones para no ver la profundidad del daño que se auto infligieron, entonces lo de Bolsonaro es una tragedia que tiene impactos en América Latina. Espero que no haya ninguna posibilidad de réplicas, por lo menos, con la agudeza que tiene Bolsonaro, pero me temo que sí.

Respecto a las universidades, usted hablaba de la centralidad, del ojo que hay que poner en las mallas, que ahí está la polea de las bases patriarcales del conocimiento.

– La universidad es una reserva patriarcal, pero la reserva patriarcal no está solamente en los modos relacionales y de la exclusión de las mujeres en los altos cargos de la gobernanza, la limitación de su expresión en términos de salarios. No, el problema es la ciencia y los saberes, que están tallados, están compuestos por configuraciones patriarcales. Entonces, la idea que tenemos es que hay que interponerse en esas mallas, planteando transformaciones, planteando en todas las comunidades científicas los distintos saberes y disciplinas y demás adecuaciones a las nuevas formulaciones revisadas por los feminismos, por lo que es necesaria una reflexión común: todas las disciplinas deben reformatearse.

Estoy segura que no se trata sólo de poner un seminario acá o allá, sino de una completa transformación de la malla curricular. Esta es una tarea en la que se deben empeñar nuestras universidades.

¿Y en cuanto a la investigación?

– La investigación debe ser fortalecida absolutamente en lo que atañe a las relaciones de género, a las disidencias de la sexualidad, etc. Para esto hay que tener políticas de promoción. Yo he señalado que debe haber una estructura posibilitante de becas, para que haya tesis doctorales en todas las disciplinas que tengan estos tópicos, que contengan estas problematizaciones.

Por otro lado, tiene que haber por parte de la universidad convocatorias especiales para investigar tales cuestiones, teniendo en cuenta todas las disciplinas, teniendo en cuenta los problemas relacionales de género en el orden especifico de esas disciplinas.

Los mecanismos de abordaje de las desigualdades de género nos estarían dejando sólo en una dimensión punitiva. ¿Cuál es el riesgo de caer solo en eso?

– Hay altísimos riesgos porque podemos convertir a las feministas en jueces penalistas, ¿no? y no es esa la cuestión. Por eso necesitamos prevención, necesitamos medidas -muchas de ellas políticas- y herramientas. Necesitamos obviamente limitar con mucha prudencia el orden de la jurisdicción, pero por otra parte, una vez que se establece la contrariedad de la conducta, las universidades deben actuar, no puede haber ambigüedad respecto de una respuesta punitiva. Pero lo que quiero decir es que ahí no puede agotarse de ninguna manera la equidad que pretendemos en las universidades, el reconocimiento de la condición femenina y demás. Necesitamos medidas de prevención y las medidas de prevención son también cambiar la curricula universitaria.

Elicura Chihuailaf: “Los pueblos nativos vivimos con la sensación de indefensión colectiva»

A más de veinte años de la publicación de su Recado confidencial a los chilenos, el poeta Elicura Chihuailaf sabe que su mensaje sigue teniendo una lamentable vigencia. Cuando los discursos políticos sobre paz vienen parapetados detrás de armas, explica, se vuelven insustanciales y no hacen más que perpetuar un desentendimiento histórico que sigue cobrando vidas, como la de Camilo Catrillanca. “Nos parece que todos comprenden que al expresar que la solución es política lo decimos en el sentido más profundo de la palabra poética: se trata de la solución de las demandas de nuestros pueblos”, asegura.

Por Ana Rodríguez | Fotografías: Gabriel del Favero

La noche del pasado 14 de noviembre, Elicura Chihuailaf estaba en la soledad de un dormitorio de la Casa de Académicos de la Universidad de Santiago cuando se enteró de la muerte de Camilo Catrillanca. La noticia, cuenta, le llegó por redes sociales.

-Mi primera reacción fue de infinita desazón… Pensé en nuestros jóvenes alevosamente asesinados en operativos policiales ordenados por los patrones del Estado en años de post dictadura, en años de supuesta democracia; pensé en la defensora del medioambiente Macarena Valdés (esposa de nuestro hermano Rubén Collío), asesinada sigilosamente en la comunidad Newen de Tranguil, en la comuna de Panguipulli; en Juan Pablo Jiménez, dirigente sindical en Puente Alto; en Alejandro Castro, pescador y dirigente de Quintero. Y me pregunté: ¿quién será la próxima víctima?

¿Cómo impacta al pueblo mapuche esta nueva tragedia? ¿Con qué sensación te quedas estos días?

– Impacta como evidencia de la persistente discriminación y de la tristeza que ella causa. Como memoria feroz del despojo: la ocupación militar de nuestro territorio por el Estado de Chile, a partir de la denominada “pacificación de La Araucanía” y hasta nuestros días. Pero -en la dualidad- también como energía que revitaliza la lucha por nuestros derechos como cultura, como pueblo; cada uno, cada una, ejerciéndola desde el lugar diverso que le ha tocado. Yo me he quedado con la sensación de indefensión colectiva en la que vivimos los pueblos nativos y el pueblo chileno profundo (que es la mayoría). Con la certeza de que ambos hemos vivido siempre en una dictadura disfrazada de democracia.

¿Cómo viste el eluwün (funeral) de Camilo Catrillanca? ¿Qué te pareció el gesto de que en él confluyeran diversos sectores de la política mapuche?

– Lo vi como expresión de que nuestra espiritualidad, a pesar de la colonización, sigue vigente. Como prueba de que nuestro sentido de comunidad y pueblo sigue siendo nuestro camino. El funeral de Camilo fue un muy sentido homenaje a un weichafe, a un guerrero de la ternura. A un joven cuya bandera fue la defensa de la Mapu Ñuke Madre Tierra, el gran árbol de la identidad. Que confluyeran todos los sectores de la cultura mapuche era -desde luego- esperable.

¿Qué te parece esta aparentemente doble vía del gobierno, donde por un lado implementa el Plan Araucanía y llama al diálogo, mientras por otro presenta a un “Comando Jungla” que termina por desmantelar cualquier posibilidad de entendimiento?

– Es la desvergonzada ideología de la chilenidad superficial y enajenada, la permanente bipolaridad de sus políticas de Estado cargadas de eufemismos. Discursos que se pronuncian parapetados tras las armas de la policía que ellos mismos ordenan. Discursos que resultan entonces poco creíbles, insustanciales. Es un problema conceptual. Un Estado empresarial que impone un modelo económico basado en un desarrollo contra la naturaleza y no con la naturaleza, con todo lo que eso significa: atropello permanente de la legitimidad, manejo sesgado de la historia, información tergiversada, etcétera. Un empresariado que ocupa y ha ocupado siempre todos los poderes del Estado. Y esta situación generada por ellos necesita una salida política… Y, cito a nuestro hermano senador Francisco Huenchumilla, “Los problemas políticos no se entregan a la policía para que los resuelva”. Más aún cuando nos parece que todos comprenden que al expresar que la solución es política lo decimos en el sentido más profundo de la palabra poética: se trata de la solución de las demandas de nuestros pueblos.

¿Cómo te explicas que los partidos políticos, que hace un año eran el oficialismo y no se movilizaron cuando fue el escándalo de la Operación Huracán, hoy se muestren solidarios hacia el pueblo mapuche?

– Lo explica la urdida bipolaridad de la política chilena y que, como se sabe, es cuestión transversal. Con las siempre honrosas excepciones en los partidos. Pienso, por ejemplo, en el diputado René Saffirio, quién fustigó la ausencia de 63 de sus pares en la sesión en que la Cámara de Diputados rechazó la idea de crear una Comisión Investigadora por el asesinato de nuestro peñi Camilo Catrillanca. Por otro lado pienso en la penosa declaración -27 de noviembre- de la ex presidenta Bachelet, ahora alta comisionada para los Derechos Humanos de la ONU.

Respecto al Plan Araucanía: tradicionalmente el movimiento mapuche ha visto en el Estado chileno su enemigo. Sin embargo, este Plan del ministro Alfredo Moreno representa otro reto para el movimiento, como es el avance del capital y de las empresas extractivistas en la zona. ¿Crees que existe una consciencia de esta amenaza dentro del mundo mapuche?

– Sí, desde luego. Está, por ejemplo, el comunicado emitido en octubre de la Coordinadora Arauco Malleco en el que se rechaza dicho plan. El actual gobierno habla de reconocimiento de la “deuda con los pueblos originarios y que no haya discriminación”, pero abre más espacios para la continuidad de la ocupación de nuestro territorio. Habla de diversidad, pero no considera nuestra visión de mundo respecto del denominado desarrollo. Mas, con su Plan Impulso Araucanía remarca el avance del capital y de las empresas extractivistas. Lo que es una necedad considerando que es de más sabido que, de partida, las empresas forestales son uno de los principales problemas -subsidiados por el Estado- en nuestro territorio. Su cada día creciente presencia, con la evidente disminución de las napas del agua de la vida, hace que nuestra gente se pregunte: ¿no cometen ellas el mayor acto terrorista, que es la casi imperceptible desaparición de la vida de todos los seres vivos, entre ellos los seres humanos? Y el agua -sabemos- no tiene nacionalidad, no tiene clase social. En definitiva, lo que parece claro es que la chilenidad superficial y enajenada sigue empeñada en concluir la avanzada nefasta de Cornelio Saavedra, la denominada por el Estado chileno “pacificación de La Araucanía”, la ocupación militar -violenta por lo tanto- de nuestro territorio, de nuestro Wallmapu.

Derribar la muralla

Algunos intelectuales mapuche, como Fernando Pairican o Salvador Millaleo, opinan que actualmente no existe –ni de parte del gobierno, ni de los agricultores, ni tampoco del movimiento mapuche- un programa que abogue por la paz en la Araucanía. ¿Cuál es tu impresión al respecto?

– Es cierto, no existe un programa que abogue por la paz ni de parte del gobierno (muy por el contrario, como se sabe, pues entonces no se habría creado el “Comando Jungla” o ya lo habría disuelto), ni de los agricultores. Me parece que en las condiciones actuales de ocupación de nuestro territorio es difícil que exista un programa semejante por parte del movimiento mapuche. Nuestro pueblo ha resistido la violencia con harta sabiduría, me parece. La violencia no la ha generado nuestra gente, eso está claro. Sus propuestas de paz están contenidas en sus demandas. Por eso digo: Para terminar con la violencia hay que terminar con la violencia. Y hacerlo -¡urgentemente!, en aras de la paz- está en manos de quienes históricamente han impuesto y / o han avalado la violencia, empezando por el Estado de Chile y sus poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Y poner sobre la mesa el papel que han jugado los medios de comunicación.

Desde el sector chileno –los medios, los políticos- se critica al movimiento mapuche por su heterogeneidad; se dice que no hay quien los represente ni los unifique. ¿Es la heterogeneidad del movimiento mapuche un problema?

– Es que desconocen nuestra visión de mundo. Tienen que ponerse al día. Hace siglos atrás el imperio español lo comprendió y respetó los consejos de ancianos en los que participaban representantes de las cuatro diversidades del pueblo mapuche (pewenche, lafkenche, williche, pikunche) y posteriormente parlamentó considerando las autonomías que representaban nuestros líderes, nuestros lonko. La diversidad del movimiento mapuche hoy, lejos de ser un problema, es -me parece- una fortaleza que debiera intentar comprender la etnia chilena.

¿Qué tan vigente está la muralla de blanquidad de las familias chilenas más poderosas? ¿Qué pasa, en cambio, con nuestra morenidad?

– Totalmente vigente. Los ladrillos de esa muralla, que son los conceptos unívocos que ellas han impuesto, siguen casi indemnes: desarrollo contra la naturaleza; legalidad que desconoce la legitimidad; salud que no considera el espíritu; historia única (de la ¿aristocracia? chilena) sin madres de la “patria”, sólo con “padres de la patria”; educación enajenada (centrada antes en Europa y hoy en Estados Unidos); información eminentemente blanquizadora. La excluida morenidad, aunque debo reconocer que esto ha ido cambiando, pero con demasiada lentitud para la urgencia de este tiempo, aún no asume que nadie elige nacer en un lugar, en un color determinado, en una historia, un idioma, una visión de mundo. Mas, la tarea es conocer lo que nos ha tocado porque conocer es la única posibilidad de amarse y de amar lo que nos rodea y luego respetar lo que está más allá de nuestros lugares y miradas, de nuestras familias y comunidades (identidad, almidad). El Chile profundo, nuestro interlocutor, tiene que comprender que es hermosa la blanquidad / rubiedad, que es hermosa la negritud, que es hermosa la amarillentud y que es hermosa la morenidad que nos ha tocado y que les ha tocado. Es el maravilloso jardín del mundo.

Si es este un país tan racista, ¿por qué la gente solidariza con los mapuche? ¿Por qué no con los haitianos? ¿Quién solidariza con los mapuche? ¿Por dónde pasa esa identificación?

– Porque está empezando a mirarse en el espejo de su casa y en el espejo de su interioridad y empieza a ver la presencia mapuche en sí mismo, como lo hicieron los adelantados y adelantadas del pueblo chileno profundo: Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Violeta Parra, Víctor Jara, entre otros y otras. Para explicarse un poco más este país aún llamado Chile hay que recordar parte del texto -vigente todavía- de presentación al mundo que el Estado chileno, la chilenidad superficial y enajenada, divulgó a partir de su centenario: “Los indígenas de Chile eran pues escasos, salvo en la región sur del valle longitudinal, esto es, en lo que después se llamó Araucanía. Por otra parte, las condiciones del clima muy favorables al desarrollo y prosperidad de la raza blanca, hizo innecesaria la importación de negros durante el período colonial… A estas circunstancias debe Chile su admirable homogeneidad bajo el aspecto de la raza. La blanca o caucásica predomina casi en absoluto, y sólo el antropólogo de profesión puede discernir los vestigios de la sangre aborigen, en las más bajas capas del pueblo”. Hoy, cuando las utopías parecen soterradas o desaparecidas, es la hora de ejercer ese arte que es la conversación, que es un acto de subversión en el sentido más profundo de la palabra poética (que no es solamente escritura sino también gestualidad, canto, color, aroma, textura, movimiento, etcétera), pues nos permite mirarnos cara a cara y reconocernos; y nos obliga a escuchar, que es lo más difícil, dicen nuestras ancianas y nuestros ancianos. No somos solos, no estamos solos; necesitamos derribar la muralla que levantó la chilenidad superficial y enajenada y que nos impide conversar también con el pueblo chileno profundo que sentimos resollar en las ciudades.

Sonia Corrêa, feminista brasileña: “Brasil vive la tragedia perfecta”

De visita en Chile para apoyar a la Asociación de Abogadas Feministas, la académica Sonia Corrêa habló con Palabra Pública sobre las elecciones presidenciales que en enero convertirán formalmente en presidente de Brasil a Jair Bolsonaro y sobre la historia latinoamericana, dominada por democracias de corta duración histórica y frecuentemente amenazadas por las “fuerzas profundas” de los poderes conservadores.

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Joan Turner: “Después de 45 años, la justicia no es justicia”

“¿La felicidad tiene alguna imagen?”, se interroga Joan Turner, y los ojos se le llenan de lágrimas. Todo duele más en un septiembre cargado de recuerdos, de iras, de muertes. Duele también cuando responde que no, que la justicia no es justicia después de 45 años, el tiempo que ella y el país tuvieron que esperar para que los asesinos de Víctor Jara fueran condenados.

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Jorge Lobos: “Incluso la arquitectura social en Chile es neoliberal”

Sustentado en sus conceptos de arquitectura cultural y de justicia, Jorge Lobos y su oficina Emergency Architecture and Human Rights trabajan desarrollando proyectos que van en rescate y apoyo a las víctimas de desastres socionaturales, migraciones forzadas, guerras y otros fenómenos que afectan a la humanidad actualmente. Según Lobos, la relación entre identidad, cultura, derechos humanos y arquitectura se torna fundamental para plantear un ejercicio de la disciplina que ponga en cuestión los modelos políticos y sociales imperantes.

Por Ana Rodríguez | Fotografías: Dosteroios Editorial, 2016. Gentileza Jorge Lobos

Cuando egresó de Arquitectura en la Universidad de Chile, a mediados de los ‘80, Jorge Lobos partió de vuelta a su Chiloé natal. Iba a trabajar por unos meses, pero se terminó quedando doce años. Fue ahí, trabajando con antropólogos, entidades como museos y arquitectos como Edward Rojas, que Jorge Lobos concluyó que la enseñanza académica que había recibido le era inútil en un contexto como ese. Entonces surgió el concepto de “arquitectura cultural”.

-Lo que era útil era una cierta manera de pensar que nos había inculcado la universidad, una cierta estructura de análisis de la realidad, sin embargo, los conocimientos concretos y técnicos eran poco útiles en un contexto como Chiloé. Nunca nos enseñaron madera. Entonces, al intentar entender cómo se construía en Chiloé, fuimos descubriendo esta conexión con la cultura. Y cómo podíamos aprender de las culturas locales. En Chiloé nosotros hemos elaborado todos los conceptos teóricos que utilizamos hasta el día de hoy, a partir de la arquitectura cultural.

A fines de los ‘90, Lobos decidió partir fuera de Chile. Sabía que una voz provinciana tendría menos resonancia en este país que la de alguien que había pasado una temporada en el extranjero.

– Para el centro de poder de la arquitectura de Santiago, lo que nosotros estábamos haciendo en Chiloé era algo interesante, pero algo más bien folklórico y distante, algo provinciano- asegura.

En España, Lobos hizo clases de proyectos en ETSAM Madrid, cursó un máster en teoría en ETSAB Barcelona y comenzó su carrera en Europa, que ha estado dedicada fundamentalmente al desarrollo de proyectos arquitectónicos en zonas golpeadas por las catástrofes naturales, los conflictos políticos y las migraciones forzadas. Lobos habla de “nosotros”, en colectivo, refieriéndose a la oficina que formó en Dinamarca: Emergency Architecture and Human Rights, EAHR. Sus obras incluyen viviendas de emergencia para los afectados por el huracán Katrina, para los refugiados por la sequía de Uganda, para los afectados por la erupción del Chaitén en Chile y los desterrados luego del tsunami en Indonesia, además de viviendas para las víctimas de la guerra civil de Sri Lanka, entre otras soluciones, como museos, obras públicas e iglesias. Fue en este camino que Lobos entendió que la utilización de problemáticas relativas a la cultura, las etnias y las identidades podían ser una herramienta política peligrosa.

– Los racismos, la xenofobia, todos ellos se basan en elementos de identidad cultural. Por lo tanto, esta relación entre cultura, identidad y arquitectura, tenía un límite que era muy delicado. Era una línea que se podía pasar muy fácilmente. Por eso salto a los derechos humanos y en ese punto también nos transformamos en las primeras personas que hablamos de arquitectura y derechos humanos, conectando estos dos elementos. En Chile, la referencia que uno tiene en el imaginario colectivo son las violaciones a los derechos humanos, los ataques de la dictadura. Pero en realidad los derechos humanos son mucho más que eso. Son los derechos a vivienda, a un ambiente limpio, a la identidad. Lo que descubrí trabajando y pensando en esto fue que los temas identitarios y culturales son parte de los derechos humanos. Que el paraguas de los derechos humanos es mucho mayor para poder albergar una teoría de arquitectura que pueda ser más universal y que pueda servirnos en otros países, no sólo en Latinoamérica.

¿Cómo ves desde Dinamarca el panorama chileno respecto a las migraciones?

– Desde el exterior uno ve a los políticos chilenos, sobre todo la derecha, repitiendo los códigos atrasados que se usaban aquí en Europa hace diez años y que se empezaron a replicar en Estados Unidos hace más o menos el mismo tiempo. Son frases hechas y que simplemente se empiezan a imitar porque producen rédito de votos al apelar a emociones primarias y fáciles de activar. Pero es un lenguaje peligrosísimo porque comienza a generar enormes fracturas en la sociedad. El lenguaje racista y xenófobo que comienza a aplicar la derecha en muchísimos temas de migración es una escalada sin límites. Cada vez van a ir con un lenguaje más y más salvaje en contra de los inmigrantes, de los pobres, de los indígenas, porque eso es lo que se ha visto en otros países. Chile está repitiendo exactamente los mismos parámetros, lo cual es muy dañino para la convivencia ciudadana. Algo que cuesta muchísimo volver a sanar y volver a reconstruir. Eso, sumado a la desafección de la ciudadanía a la política, hace que sea muy posible que en un futuro no tan lejano, ni deseado, una derecha extrema, xenófoba y religiosa pueda gobernar en Chile.

¿Cuál sería el rol de la arquitectura en ese escenario?

– El rol de la arquitectura es bastante lateral en ese escenario. Chile no decidió construir un Estado de bienestar, decidió construir una sociedad neoliberal, por lo tanto en Chile la arquitectura es neoliberal, incluso la arquitectura social en Chile es neoliberal. En Chile no se forman ciudadanos, se forman propietarios a través de la vivienda social. No se entregan valores humanistas de convivencia en la ciudad; se entregan valores de propiedad bancarios, hipotecas, compromisos legales que tiene la gente que respetar. Y en eso la arquitectura es simplemente una caja de resonancia del poder. No puedo decir que la arquitectura sea la culpable de esto. Pero la arquitectura construye las ideas políticas que ha generado nuestro país y que son totalmente neoliberales y fracasadas desde el punto de vista colectivo y solidario.

Hace algunas semanas, el alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, anunció la construcción de viviendas sociales en la rotonda Atenas. El mismo Lavín que un par de décadas atrás comenzó personalmente la destrucción de la Villa San Luis, viviendas sociales emblemáticas del gobierno de Allende.

– La arquitectura siempre va a estar al servicio del poder. La arquitectura es el bufón del poder, construye los escenarios del poder. Los que nosotros conocemos como los grandes arquitectos son los bufones del poder, a los cuales el poder les paga para que ellos hagan un cierto divertimento estético urbano para los sectores más acomodados y para consolidar el poder de los que lo poseen. Si realmente queremos tener un país más equitativo, cambiemos el sistema político. La arquitectura, luego, va a cambiar por sí misma. Los Estados de bienestar escandinavos, que son el modelo más exitoso que ha tenido el planeta en términos de equidad, no han sido considerados ni de asomo como una opción para repetir su éxito, porque los que están en el poder no están dispuestas a ceder una gota de éste a “los otros” . La arquitectura de los Estados de bienestar escandinavos ha construido el Estado de bienestar, pero después de que la política ha decidido que iba a ser equitativa, ética y solidaria. Y la arquitectura escandinava ha construido viviendas sociales, escuelas, librerías, bibliotecas, espacios públicos, en la lógica de la equidad, la ética y la solidaridad.

Entonces, ¿sería ilusorio esperar que a partir de la creación de una villa de viviendas sociales en un sector donde el paño de terreno es carísimo, estamos creando inclusión?

– Es una ilusión doblemente ficticia porque se genera discusión sobre un proyecto específico y hay miles y quizás millones de personas en Chile que están requiriendo mejores condiciones de vida. Estaba leyendo un reporte económico sobre Chile donde el promedio de ingresos es 550 mil pesos. Pero el 75 por ciento está por debajo de ese promedio. O sea, reciben mucho menos. Ese es el promedio. Esos niveles de inequidad que tiene Chile hacen totalmente imposible pensar que la arquitectura va a construir un cambio social. Es imposible que la arquitectura produzca cambios sociales con los niveles políticos que tenemos.

Arquitectura y catástrofes

¿Cómo han enfrentado en tu oficina el tema tan amplio de la arquitectura y los derechos humanos?

– Hay una parte teórica, un grupo que está pensando sobre esto, y que estamos desarrollando el manifiesto “Arquitectura es un derecho humano”; lo estamos haciendo en muchos países del mundo en forma colectiva y debería estar terminado el borrador a fines de este año, para la celebración de los 70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el 10 de diciembre. Y por otra parte tenemos un área práctica que es la mayor, donde estamos haciendo proyectos que nosotros buscamos a través de los medios de comunicación. Leemos los diarios, escuchamos la televisión y vemos dónde hay necesidad de arquitectura.

Por ejemplo, Myanmar en migración: van a otro país, los instalan en las montañas y ahora hay un monzón. Por lo tanto toda esa gente va a ser barrida por las lluvias y por los aluviones. Ahí hay un problema. Entonces, pensamos cómo se pueden defender los derechos humanos en ese lugar, comenzamos a buscar fondos y a buscar organizaciones que trabajan en esa zona, para asociarnos con ellos. Esa es nuestra modalidad de trabajo.

Alberto Cruz decía que los problemas de la arquitectura están en la ciudad. ¿Estás de acuerdo con eso?

– Para mí los problemas de la arquitectura están no en la arquitectura en sí misma, sino en los modelos políticos y sociales que nosotros nos damos. Y por eso nosotros promovemos arquitectura y derechos humanos, porque creemos que los derechos humanos pueden ser parte de la estructura social del siglo XXI. Están los derechos a la igualdad de género, los derechos de los niños, de los migrantes, los derechos de las minorías. Y eso puede estructurar otro tipo de arquitectura. Puede que sea en la ciudad, puede que sea en los territorios rurales. Puede que sean territorios más macros que la ciudad misma. No sabría definirlo. O, ¿cómo definirías los campos de refugiados? ¿Los definiría como una ciudad? ¿O como una ruralidad? No lo sé. Pero en ese lugar sí se producen muchos temas de los que estamos discutiendo en arquitectura.

¿Cómo afectan a la inequidad social los desastres socionaturales, muy recurrentes en Chile?

– Al parecer los temas de emergencia en Chile son parte de la identidad nacional y producen al menos dos efectos. Uno es el efecto del desastre, de la catástrofe económica, que conlleva pérdida de vidas y de calidad de vida de muchas familias. Un segundo efecto es uno de los pocos elementos que aún sigue despertando solidaridad. Cuando ocurren desastres naturales se logra ver algo de solidaridad en nuestro país, cosa que se ha perdido radicalmente en las últimas décadas. La solidaridad, que es uno de los elementos esenciales para construir una sociedad, en Chile prácticamente no existe o existe en niveles bajísimos y en esferas aisladas. Pero la solidaridad no es caridad. La caridad cristiana, católica, de hacer una Teletón para donar unos dineros y para que se enriquezcan algunas empresas con publicidad, no es el tema social. Tienen que ser movimientos sociales, ciudadanos, que estructuren la solidaridad como eje central de la sociedad. Lo cual sí existía en los años ‘60 y ‘70 en nuestro país.

Pero a la vez, como reacción a los desastres, uno ve los saqueos. O la gente que empezó a construir la idea de que venía una turba y que había que hacer turnos con escopetas para defenderse. Es la otra cara.

– Exacto, es la otra cara y es curioso porque eso ocurre casi en todos los lugares del mundo con desastres naturales. Da la sensación, y eso lo hemos analizado en términos urbanos, que cada ciudad o cada territorio tiene unas ciertas leyes tácitas de convivencia, que pueden gustarnos o no, pero existen. Y uno se da cuenta fácilmente cuando viaja a lugares con contextos muy diversos, de que hay ciertos códigos que uno no maneja del todo, pero que se pueden absorber tácitamente. Cuando se rompen esos códigos producto del desastre natural, da la sensación de que las personas se consideran con el derecho a tener comportamientos que no se permiten a sí mismos en tiempos de normalidad. Esto es un fenómeno muy común en las emergencias, en los naufragios, los terremotos, las erupciones volcánicas: las personas son capaces a veces de hacer cosas que no se imaginaban, en el sentido positivo y en el sentido más negativo. Algo pasa con la regulación social que produce la ciudad. La ciudad y lo urbano tienen ciertas leyes implícitas que estructuran una convivencia ciudadana, lo que llamamos civilidad.

100 escuelas para niños refugiados en Medio Oriente 

Uno de los proyectos principales en los que trabajan Lobos y su equipo hoy se llama “100 escuelas para niños refugiados en el Medio Oriente”. Consiste en construir cien escuelas sencillas en los campos de refugiados producto de la guerra en Siria, por la que han migrado entre cinco y seis millones de personas hacia los países aledaños: Jordania, Irak, Egipto, Líbano. Hoy, dos tercios de los niños refugiados no tienen escuela. Lobos contabiliza que podrían extenderse a quince los años que esos niños no tendrán acceso a educación. “En ese tiempo se va a perder una de las generaciones de niños y la educación del país con más alto nivel de Medio Oriente. Eso va a ser una fractura tremenda para el país y para la reconstrucción”, asegura. Jorge Lobos hace por este medio un llamado de ayuda para conseguir la meta diciendo que necesitan dos cosas: “voluntarios, gente que quiera ir a ayudar a construir y trabajar como arquitecto en esos lugares. Y segundo, necesitamos fondos de sectores que pueden hacer donaciones. Principalmente, que la comunidad de Medio Oriente en Chile tenga la opción de involucrarse y asociarse a este proyecto”.