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Contra la espectacularización del desastre

Ante coberturas noticiosas de incendios y terremotos acusadas de sensacionalismo o de revictimización de las personas afectadas, un desafío pendiente para los y las periodistas no es solo preguntarse si es posible informar verazmente, sino también impactar en políticas públicas y construir conocimiento para enfrentar estos eventos de mejor manera.

Por Karla Palma y Claudio Salinas

La cobertura noticiosa sobre los incendios ocurridos en las últimas semanas de 2022 en las regiones de Valparaíso y Maule, entre otras, demostró nuevamente que el rol del trabajo periodístico es crucial en los momentos de crisis, tanto para entregar información certera que permita tomar decisiones acertadas frente al riesgo, como para dar a conocer lo que implican las crisis y hacer visible a quienes enfrentan dificultades. Sin embargo, año a año se repite una cobertura que, frente a los desastres, revictimiza a las personas y se concentra en el “aspecto humano”, lo que no es otra cosa que la dimensión espectacular, dramática y penosa del desastre. 

Ya en 2014 el Consejo Nacional de Televisión (CNTV) alertó sobre este problema en relación con la cobertura de un terremoto en la zona norte y un incendio en Valparaíso. El organismo destacó la falta de cuidados en la protección hacia niños y niñas que se incluían en las noticias del desastre, sin atención a sus derechos. Ahora, en 2022, en el incendio que afectó a la ciudad de Viña del Mar, también hemos visto una cobertura que a ratos perturba, pero que sobre todo nos hace preguntarnos si será posible recibir información que, además de comunicarnos lo evidente, nos permita enfrentar de mejor forma los desastres.

Frente a las amenazas producidas por el cambio climático, un informe del Panel Intergubernamental en Cambio Climático (IPCC por su nombre en inglés), publicado en 2022, advierte sobre el aumento de la posibilidad de incendios forestales en Latinoamérica. En este sentido, cuestionar el ejercicio periodístico en la cobertura de los incendios y de los desastres en general no es solo preocuparnos de la actualidad, sino que implica fomentar un trabajo periodístico que pudiese impactar en las políticas públicas (para bien) y que, a la vez, construya un conocimiento público con potencial de mejorar nuestras condiciones de vida y subsistencia a futuro.

Una cobertura que, junto con captar el instante, sea capaz de promover una pedagogía pública en torno a las crisis y desastres socioambientales, para así construir una mejor resiliencia frente a estos. Una actuación como esta sería indicadora de una democracia más densa, en la que el periodismo y sus prácticas fomentan la discusión y el conocimiento, más que el sensacionalismo y la emotividad.

Recientemente, finalizamos un estudio financiado por la Agencia Nacional de Investigación (ANID, PLU210006) en el que analizamos la cobertura noticiosa de los incendios forestales que afectaron a la zona centro-sur a inicios de 2017. Como resultado, construimos algunos lineamientos sobre cobertura de desastres que pueden ayudar a avanzar en su gestión, pero también a promover maneras humanas y profesionales que promuevan una cobertura noticiosa ética y de calidad en la gestión de los desastres.

Primero, la cobertura de prensa debería desplegar prácticas periodísticas que incorporen distintas voces e impliquen una contraposición de miradas. De esta manera, el mundo representado podrá traducir la complejidad del desastre, pues se requiere develar su multicausalidad para su comprensión.

Segundo, la prensa debería tender a la construcción de un tipo de pieza noticiosa que no ponga ni valide en el mismo plano discursivo a voces institucionales y empresariales con las voces de expertos y los actores sociales de la comunidad afectada. De lo contrario, la noticia corre el peligro de acentuar las consecuencias político-económicas antes que sus efectos sociales y ambientales. Una cobertura tal supondrá, por tanto, generar una visión unidimensional de los desastres socioambientales, asunto que, además, dificulta su gestión. 

En tercer lugar, planteamos que la cobertura de prensa debería intentar ofrecer puntos de vista de los distintos actores que convergen en la gestión del desastre. Esto permitirá construir enfoques o marcos de referencia que sitúen el desastre en toda su magnitud, y, al mismo tiempo, cumplir el rol de promover el debate público.

Incendio forestal en la carretera en dirección a Cabrero en 2017, VIII Región del Biobio, Chile. Crédito: Flickr Esteban Ignacio

Cuarto, los medios de comunicación deberían dar una amplitud temporal más extensa a los desastres socioambientales. Se necesita un enfoque de proceso antes que coyuntural, pues situar la atención en el puro presente de la emergencia (el incendio mismo) podría suponer, también, su descomplejización, una ineficiente gestión del desastre, y, por tanto, una inexacta comprensión de este. 

Quinto, la cobertura de prensa debería evitar el empleo de un lenguaje y un enfoque que se centren en la pura emocionalidad de las personas afectadas por el desastre. Esto no solo simplifica la multicausalidad de los desastres, sino que arriesga agotar la cobertura en su espectacularidad y transformar a las personas en objetos de la conmiseración caritativa y en agentes que cumplen una función dramática en el relato periodístico, en el que solo hay morbo y victimización y no hay lugar para un conocimiento más profundo de sus circunstancias.

Los ámbitos anteriormente delineados funcionan como indicadores de verificación del pluralismo informativo y de la profundidad de la democracia, pues dan cuenta de su calidad y fortaleza. Al mismo tiempo, la cobertura informativa expresa en las piezas noticiosas la posibilidad de participación o no de las comunidades (la sociedad en sentido extenso) en la gestión de los desastres.

En el momento de la emergencia, quienes ejercen el periodismo se enfrentan a múltiples dificultades en el reporteo, además de enfrentarse a sus propias reacciones frente a la desgracia. Sin embargo, incorporar al menos una de estas sugerencias podría ayudar a mejorar la forma en que se habla sobre los desastres y, con esto, a la larga, contribuir a una pedagogía pública del desastre que permita un mejor vivir.