A punto de cumplir 70 años, el reconocido actor, que acaba de ser premiado en SANFIC, debutará como director de cine con la versión cinematográfica de Los trabajadores de la muerte, novela de la escritora y Premio Nacional de Literatura Diamela Eltit, a quien ya ha adaptado dos veces en el teatro. “Después de 20 años de experiencia en rodajes y filmaciones, de trabajar con tantos directores y directoras, necesitaba un lugar que fuera realmente mío, un lugar para mi imaginario”, confiesa.
Por Rodrigo Miranda | Crédito: Gareth Cattermole / Getty Images via AFP
Alfredo Castro (1955) tiene al lado a su perrita Rita, que levanta la cabeza de cuando en cuando durante la entrevista. Ni un ladrido. Solo gestos de cariño entre ambos. En el otro extremo del departamento, la gata Cuchita merodea detrás del entrevistador y araña el sillón. “No le hagas mucho caso, es supertraidora”, advierte Castro.
Sus mascotas le ayudan a mantener los pies en la tierra. El ubicuo actor está siempre actuando en películas y series, una tras otra, en un bucle eterno y sin fin. También en memes con sus personajes de teleseries de TVN: Ernesto Lizana de La Fiera y Lazlo California de Romané. En la omnipresencia, propia de la dirección de cine, parece haber encontrado su nueva vocación. Hoy, a punto de cumplir 70 años, trabaja en una versión cinematográfica de Los trabajadores de la muerte (1998), novela de la escritora y Premio Nacional de Literatura Diamela Eltit, que será su debut como cineasta
“Diamela me dijo: ‘sepárate de la novela’. Y lo hice. Potencié la tragedia griega y el coro griego. Ahora la novela es mía. El personaje de la niña del brazo mutilado, que será interpretado por la actriz Millaray Lobos, va guiando la tragedia y va empujando a Patricio, el protagonista, a cometer el crimen”, cuenta.
“Esta novela testimonial me sedujo. Es un caso real que ocurrió en 1983 en Concepción. Una pareja en una relación de amor, teniendo sexo, se da cuenta de que son hermanos, hijos del mismo padre. Toda mi vida he trabajado lo testimonial en el teatro y el cine. Esa novela me caló profundo. Es un relato magnífico con una estructura dramática clara dentro de la escritura barroca de Diamela. Tiene un prólogo, cuatro actos y un epílogo, pero deshice la novela”.
Ya había adaptado dos novelas de Eltit al teatro: dirigió Mano de obra en 2003 y Jamás el fuego nunca en 2009.
En Mano de obra retrató a la clase trabajadora sin discurso político, sin habla, sin memoria ni pertenencia, producto del neoliberalismo salvaje. Cooptada por el mercado, una trabajadora condenada a trocear pollos se corta de golpe su propio dedo índice. Eltit y Castro fracturan la lengua, la vuelven extraña, la desajustan. El lenguaje también es cortado, mutilado con un filoso cuchillo que cercena.
En Jamás el fuego nunca, dos derrotados militantes de una célula revolucionaria viven encerrados en una pieza abandonada, postrados en una cama. En este espacio claustrofóbico y atemporal se desarrolla una historia de amor y política protagonizada por esta fantasmal pareja en ruinas.
Ahora como cineasta, Castro maniobrará los destinos de la niña del brazo mutilado, cuya historia remite a una falla humana convertida en don, como la de Tiresias en Edipo, de Sófocles, que es ciego pero tiene la facultad de la clarividencia. Destino y violencia son recurrentes en Los trabajadores de la muerte, una historia sobre héroes trágicos, dos medios hermanos que no tenían idea de su existencia, y sobre las conexiones entre lo contemporáneo y los mitos clásicos.
La película, que fue anunciada en mayo de 2024, será estrenada en 2026 bajo las productoras Storyboard Media (Chile), de Gabriela Sandoval y Carlos Núñez, y Les Films de l’Âge d’Or (Francia), de Pablo Valledor.
“Después de 20 años de experiencia en rodajes y filmaciones, de trabajar con tantos directores y directoras, necesitaba un lugar que fuera realmente mío, un lugar para mi imaginario. Ya estoy viejo y me cuesta quedarme callado. Me meto en los guiones si el director me lo permite. Opino en las escenas mientras se filman; a veces se arreglan, otras se echan a perder. Después de 50 años de teatro, he acumulado experiencia y quería dirigir una película. Por eso he estado leyendo mucho a Raúl Ruiz. Mi pensamiento siempre ha sido fragmentario como el de Ruiz”, explica Castro.

Aunque el actor nunca trabajó bajo las órdenes de Ruiz —sí fue dirigido por Valeria Sarmiento en la película Secretos de 1988, donde el guion era del autor de Tres tristes tigres—, Castro ha leído cientos de entrevistas sobre el método ruiziano, que admira profundamente. Para crear sus personajes, Ruiz le daba a cada actor indicaciones contradictorias, imprecisas, divertidas, de último minuto, sorpresivas. Mientras a Catherine Deneuve le decía una cosa, a John Malkovich le comentaba otra. Les escribía textos poéticos que no tenían nada que ver con el guion para que los leyeran justo antes de rodar la escena. Este método también le recuerda a Alfredo Castro la manera de trabajar de Jorge Riquelme, director de Isla negra y Algunas bestias, o de Pablo Larraín, con quien trabajó en Fuga, Tony Manero, Post Mortem o El club. “Se supone que el guion es una guía absoluta, pero las escenas que filmé con Pablo Larraín eran hechas ahí, en el momento, y los finales de sus películas inventados en el rodaje. Todo se modifica y cambia. Jorge Riquelme de pronto me saca, con la cámara filmando, y me da una indicación inesperada que el resto de los actores no sabe. Me gusta que el cine sea un misterio”.
La escritura del guion de Los trabajadores de la muerte es para Castro una transgresión a la escritura de Eltit, como el tabú ancestral del incesto del que habla la trama. Pero al igual que en su fundacional Trilogía testimonial de Chile —compuesta por La manzana de Adán, La historia de la sangre y Los días tuertos— estrenadas en el Teatro La Memoria, la fuerza de su debut en el cine radica en el testimonio, ahora frente al fugaz ojo de la cámara.
“Quiero filmar la película en Concepción, que conozco de forma íntegra porque he filmado mucho ahí. Las locaciones las tengo en la cabeza, como los puentes de Concepción, porque en la novela el espíritu que va siguiendo a los personajes habita bajo los puentes, que es donde la pareja de hermanos tiene sus citas. Sé perfectamente qué puente es. En mi versión, la niña del brazo mutilado camina sola por la ciudad e interpreta a muchos personajes que van acompañando a Patricio a cumplir la venganza. Ahí yo me separé de la novela”.
Frente y detrás de cámara
Su agenda como actor de cine está copada para los próximos meses. Interpretará a un investigador en la serie de Netflix sobre el asesinato de Jorge Matute Johns, que precisamente filmó en Concepción; actuará en otra serie filmada en Uruguay sobre el aborto, dirigida por la chilena Pepa San Martín (Rara), y en una también de Netflix sobre el narcotráfico en Latinoamérica. También participará en una producción para Hulu filmada en Canadá, centrada en el inescrupuloso negocio inmobiliario de Manhattan.
La cinta española Polvo serán, su último trabajo como actor —y por el que fue nominado al Goya—, habla también de un tema tabú: el suicidio asistido en parejas de edad avanzada. Frente a la enfermedad terminal de su esposa, interpretada por la legendaria actriz española Angela Molina, su personaje —un director teatral chileno exiliado en España— decide acompañarla y morir junto a ella. Ambos actores ganaron el premio a Mejor Interpretación en el Festival SANFIC 2025.
“Filmamos en Suiza, en la ONG Dignitas, donde la noche anterior se habían suicidado tres personas, y una de las mujeres que participa en la película trabaja en la clínica. El personaje de Angela Molina no quiere sufrir ni hacer sufrir a nadie. Es una postura noble. Polvo serán es una película sobre el amor”.
Para el actor, es absurdo que podamos escoger tantas cosas de la vida, pero no cómo morir. En el Festival de Toronto, de hecho, miembros del público agradecieron al elenco y al director de la película, el cineasta español Carlos Marqués-Marcet, por reivindicar el derecho a la muerte digna. “Una pareja se nos acercó, nos dio las gracias por la película y nos dijo que estaban pensando seriamente en esa opción. Vimos videos reales de parejas de ancianos con enfermedades terminales de mucho sufrimiento que decidieron morir juntos en esa clínica. De ahí tomamos ideas y elementos de los personajes”.
Para Castro, trabajar con Ángela Molina tiene un significado especial, ya que la descubrió como actriz durante los años de la dictadura en Chile, cuando el acceso a los libros y las películas era clandestino. Castro vio un video pirata de la película española Las cosas del querer (1989), protagonizada por la actriz y prohibida en Chile. “Cuando me contaron que trabajaría con ella, no lo podía creer. Ángela es una actriz maravillosa, de gran independencia y autonomía creativa. Tenemos la misma edad, pero ella fue musa de Buñuel en su última película, Ese oscuro objeto del deseo. Tenía 18 años cuando Buñuel la citó a una entrevista en un departamento en la Gran Vía de Madrid”. Sobre Los trabajadores de la muerte, el actor imagina el Chile de 2026 en el que se estrenará su primera película y se pone serio. “Estoy asustado por la cantidad de maldad y odio que está circulando, por cómo hemos perdido la ética en el país y por la incertidumbre que viene”, sostiene el director. “Tuve hasta amenazas de muerte por redes sociales, que ahora tengo silenciadas. Siempre son los mismos textos. Me dicen: asqueroso, comunista, maricón”, dice Castro, quien trata de exorcizar su visión del futuro haciéndole cariño a Rita, que se deja querer ajena al ruido y la furia de la ciudad.
