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Hauntología personal

Los ritos de tocar y ser tocado que envolvían las tradiciones locales se han perdido en un mundo de pantallas, distancia y desconfianza. Se comparte la vida íntima en las redes, pero no llegamos a conocer realmente al otro, porque no se le toca. Hoy solo queda la nostalgia, ese fantasma del pasado que se niega a morir. 

Por Greta Montero | Imagen: Prendergast, Maurice. May Day, Central Park (1901). Crédito: Cleveland Museum of Art 

Nunca he creído en historias de fantasmas. No me gustan los fantasmas, porque si creemos en ellos les damos demasiado poder. Y, sin embargo, los fantasmas nos rondan a cada paso, los hacemos parte de nuestra mirada sobre el mundo. El fantasma del comunismo que menciona Mark Fisher —retomando a Marx—, por ejemplo, ahora que el capitalismo nos ha convencido de haber sido la única salida. O el fantasma de mi abuela, que picaba repollo en el marco de la puerta cada tarde. Así como tenemos fantasmas colectivos, Coronel vendría a ser mi hauntología personal. En ambos casos la definición es la misma: el fantasma nunca muere, no puede ser negado; es, como dice Fisher en Los fantasmas de mi vida, un duelo fallido. El fantasma de Coronel ronda en mí porque el origen es identidad, y su nostalgia reverbera desde lo profundo mientras existo en un mundo otro. El Coronel de mis recuerdos no es el Coronel real; no lo fue entonces porque mi mirada infantil apenas alcanzaba a comprender el mundo que me rodeaba, y tampoco lo es ahora porque el Coronel de mi memoria no es un lugar real, y ni siquiera el real de entonces es el mismo de hoy.  

Yo dejé Coronel a los veinte años y nunca más volví. ¿Nunca más? Bueno, siempre vuelvo de vacaciones, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción. No volví a vivir ahí, porque al origen solo puede irse de visita. Al menos así ha sido para mí. En Santiago está mi casa por razones obvias; en Coronel no hay trabajo, es una conocida zona de sacrificio donde conviven tres centrales termoeléctricas y un vertedero de cenizas, entre otras cosas más, y no quiero volver. Seguro esto se explica con un poco de arribismo de clase. Podría leerse así, pero también desde lo práctico: en Coronel no hay trabajo para mí.  

Me he dado cuenta de que hay dos eventos coronelinos que marcaron mi infancia y que no son parte del recuerdo de generaciones recientes o de quienes no crecieron ahí. Al recordarlos, me doy cuenta de que padezco la enfermedad de la nostalgia. Dudo mucho —podrán corregirme— que estos eventos se produzcan hoy allí. Estoy hablando del Coronel de los noventa. 

Uno se hacía en mayo. Los niños, acompañados por algunos adultos, hacían grandes cruces adornadas de guirnaldas, flores y velas. En diferentes puntos de la ciudad, caída ya la tarde y comenzada la noche, las cruces y sus fieles se desplegaban por el territorio; varias cruces y muchos fieles, en su mayoría niños. Los niños se buscaban por las casas para acompañar la procesión. Cantábamos una canción que no recuerdo, sosteniendo velas para llamar a las puertas de las casas, como el dulce y travesura del Halloween actual. Cantábamos otra canción si no nos abrían la puerta y una tercera canción de agradecimiento cuando nos abrían y nos marchábamos con lo que nos dieran: víveres, golosinas, plata. Después, todo se repartía entre los miembros de la procesión en partes iguales. Siempre había algunos adultos para cautelar que la repartición fuera justa. Recuerdo haberme ido saltando de felicidad a mi casa con una papa y cien pesos en la mano.  

Buscando información sobre esta Fiesta de la Cruz de Mayo, me encontré con que tiene su origen en los tiempos de la Conquista. Vaya uno a saber cómo es que se perpetuó hasta el Coronel de la década de los 90.  

El otro evento ocurría en febrero: el Día de la Chaya. Un día de vacaciones —nunca sabía cuál—, los niños nos despertábamos temprano, nos poníamos nuestra peor ropa y la más liviana, y salíamos a pata pelada o con hawaianas, con baldes, tiestos y ollas en las manos. Los llenábamos con agua y corríamos buscando otros niños o adultos despistados que hubieran salido a comprar el pan para mojarlos; daba igual si eran señoras o caballeros. Nos mojábamos entre nosotros, nos conociéramos o no, y a cualquiera que se cruzara por nuestro camino. Teníamos una lucha de agua encarnizada hasta las doce del día en punto. Cuando sonaba la sirena de bomberos, la batalla de la Chaya se detenía. Por eso coreábamos los últimos segundos mojándonos con ganas, como si estuviéramos contando los segundos para el año nuevo.  

Fui una niña retraída que nunca salía de casa, pero el Día de la Chaya y la Cruz de Mayo eran para mí importantísimos eventos, los únicos capaces de sacarme de mi ostracismo infantil habitual. Los disfrutaba profundamente y creo que tiene que ver con esto: vengo de una casa donde el tacto afectivo —la caricia, el abrazo— no era importante, y quizás por eso estas fiestas desataban en mí una especie de punto de fuga, una felicidad de contacto con otros amparada en el júbilo colectivo. Refugiada en el jolgorio popular y la tradición, me sentía parte de algo. De forma real o simbólica, eran expresiones donde mi individualidad se disolvía en un acto colectivo. Ambos tienen que ver para mí con el tacto, vale decir, con lo háptico, pues son expresiones que nacen de lo tangible. El agua —como caricia o como golpe— era una posibilidad de contacto, así como la procesión de Mayo era la posibilidad de encarnar un cuerpo móvil, concreto, palpable. En los dos casos, el cuerpo cercano de los otros, en el juego y el divertimento, permitía tocar y ser tocado.  

La piel es el mayor órgano del cuerpo, con una superficie aproximada de dos metros cuadrados. Es el órgano liminal, la frontera donde se producen los intercambios de información, de materia y de afectos entre el organismo y su entorno. Es el símbolo del cuerpo en el espacio social. Por la piel discriminamos, trazamos clases sociales; por la piel cultivamos vínculos afectivos y su ausencia es un síntoma de desapego. Los regímenes de lo háptico nos indican el grado de familiaridad y cercanía entre los miembros de una sociedad. Los amantes se besan en la boca, al jefe se le da la mano, al delivery se procura no tocarlo cuando recibimos una entrega. 

Los ritos de tocar y ser tocado que envolvían las tradiciones locales —el abrazo de año nuevo con los vecinos que apenas conocíamos, por ejemplo— se han perdido en el mundo globalizado de pantallas y computadores, de desconfianza y sensación de inseguridad. Ya no se toca a desconocidos; los niños están más seguros en sus casas viendo televisión o jugando en la Play. Se comparte la vida personal en las redes, pero no se trata de la vida real, sino de una proyección de momentos, en general felices. Pero no se conoce en realidad al otro, porque no se le toca, no se le palpa. Más bien se proyectan los sujetos desde lo visual y lo sonoro. No quiero decir con esto que todo tiempo pasado fue mejor. Solo me queda la nostalgia, ese fantasma del pasado que se niega a morir en el recuerdo.