El director de la prestigiosa Revista de la Universidad de México habla sobre el desafío de renovar una publicación con casi un siglo de historia sin perder su vocación original: tender puentes entre México e Iberoamérica, entre las ciencias y las humanidades, y entre generaciones de lectores. En esta entrevista reflexiona sobre el lugar de la cultura en tiempos de redes sociales y sobre la necesidad de proteger a las universidades como espacios clave para la cooperación internacional.
Por Evelyn Erlij y Denisse Espinoza
Pocas universidades nacionales proyectan en su escudo una ambición tan grande como la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM): el emblema muestra un mapa que abarca toda América Latina, desde México hasta el extremo austral de Chile. Lo sostienen un águila real —símbolo nacional del país— y un cóndor andino que, curiosamente, habita a miles de kilómetros de ahí. La idea surgió bajo el rectorado de José Vasconcelos, un intelectual de claroscuros que imaginó a esta universidad como parte de una comunidad cultural iberoamericana y a México como una nación atenta a lo que ocurre en América, de norte a sur. “En el escudo está la búsqueda constante de la UNAM por conectarse con el resto de Iberoamérica, algo que ha sido muy relevante a lo largo de su historia”, cuenta el escritor Jorge Comensal (Ciudad de México, 1987), quien conoce muy bien esta universidad: además de estudiar ahí Literatura y Lingüística, hoy es el director de la Revista de la Universidad de México (RUM), la publicación cultural más antigua de ese país, fundada en 1930, y una de las más longevas y prestigiosas de América Latina.
Ese afán por mirar más allá de las fronteras mexicanas es evidente al hurgar en el archivo de la RUM, y una anécdota que cuenta Comensal lo refleja: “Al preparar el número especial sobre literatura chilena [a raíz de la participación de la Universidad de Chile como invitada de honor de Filuni], me asomé a toda la historia de la revista buscando la presencia de Chile. Y me encontré con algo realmente misterioso: la edición de septiembre de 1973 está dedicada a Chile, justo el mes del golpe militar. Entre sus páginas aparecía una carta de José Revueltas, escritor mexicano comunista, dirigida a Pablo Neruda tras su muerte; hay una reflexión sobre el golpe del 11 de septiembre y versos de Gabriela Mistral y del propio Neruda. ¿Cómo puede ser este el número de septiembre, si esos sucesos pasaron en septiembre? Más allá del misterio, ese número es una muestra de cómo la revista siempre se ha ocupado de sucesos que ocurren muy lejos de México”.
Jorge Comensal —autor de libros como Las mutaciones (2016), Este vacío que hierve (2022) y Materia viva (2024)— llegó a la dirección de la RUM en 2024, tras haber sido editor en la época en que la escritora Guadalupe Nettel estaba a cargo del medio, en el que han escrito grandes intelectuales iberoamericanos, entre ellos, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Witold Gombrowicz y Elena Poniatowska. El desafío no era simple: heredar casi un siglo de historia y, al mismo tiempo, atreverse a renovar la publicación con un nuevo diseño y secciones que buscan acercarla a nuevos lectores.
“Yo era un lector de la revista desde hace muchísimos años y sabía de su gran trayectoria. Pero más que ser un peso, creo que es un sostén. Nuestra meta es divulgar en México todo lo que se escribe en español. Somos una revista marcadamente literaria, que también incluye desde hace mucho tiempo a las ciencias como parte de la cultura general. Eso es muy importante: tratar de tender puentes entre esas dos culturas, de las ciencias y las humanidades”.
¿Cuáles son las ventajas y desventajas de tener ese respaldo de una universidad? Porque, de alguna forma, la vida política universitaria y también nacional pueden influir en el desarrollo de un medio, ¿no?
—La UNAM, desde sus orígenes, luchó por una autonomía de cátedra y de gobierno que ha permitido que mantenga una identidad propia y una independencia. Eso también se refleja en los contenidos de la revista, que han sido siempre muy abiertos, incluso contestatarios, y en ese sentido nunca se han visto limitados por cuestiones políticas. Tener el sostén de una universidad también ha permitido una continuidad. Quienes hemos hecho medios independientes sabemos lo difícil que es mantener un proyecto colectivo a largo plazo. Ser la revista de la universidad le ha permitido renovarse constantemente y contar con una estabilidad material para seguir haciéndose.
La RUM es una forma de vincularse con el medio y de resistir frente a la escasez de espacios críticos en la prensa. ¿Por qué crees que es importante que las universidades tengan estos espacios?
—Hoy hay tanto conocimiento que ya es imposible que una persona conozca todo y estudie todo, y por eso se ha dado la tendencia natural de la especialización. Pero los generalistas, quienes sabemos un poco de mucho, podemos aportar algo al diálogo social, porque permitimos hacer conexiones entre los distintos temas. La Revista de la Universidad es un lugar en que la curiosidad general del equipo editorial permite conectar a distintas disciplinas. Es muy importante que exista cultura general, por ejemplo, para poder editar divulgación de ciencia, porque solo así te darás cuenta de cómo corregir o cómo traducir mejor un texto científico. La RUM ha tenido esa vocación desde sus inicios: combinamos poesía con entrevistas a biólogos, geólogos, diplomáticos. Siempre ha sido así.




Vivimos momentos complejos con la llegada al gobierno en varios países de las ultraderechas, que han atacado a las universidades, como ocurre en Estados Unidos o Hong Kong. ¿Por qué crees que se está produciendo esto?
—Porque las universidades son justamente los espacios de la comunicación internacional, de la cooperación, y estamos viviendo un periodo de crisis de esas relaciones por los intentos de aislacionismo de las ultraderechas que toman el poder. Son un desafío, porque el conocimiento científico requiere de la cooperación entre personas de todo el mundo, es necesario hablar otras lenguas y por lo tanto exponerse a maneras diversas de ver el mundo y eso amenaza a muchas de las ideologías radicales. Por eso tenemos que seguir alentando la cooperación internacional, sobre todo en temas relacionados con el cambio climático, por ejemplo.
La idea de que la industria cultural es más democrática por efecto de internet es en parte un malentendido: uno termina escuchando, leyendo o viendo lo que se acerca a sus gustos y se pierden los canales para alcanzar audiencias mayores, hacer dialogar a distintos públicos y salir de las burbujas informativas. ¿Qué se pierde y qué se gana en el ámbito cultural en la era del periodismo digital y las redes sociales?
—Por un lado, se pierde la capacidad de concentrarse. Queremos fomentar la lectura de ensayos, cuentos, textos de largo aliento para profundizar sobre los temas y no quedarnos con una idea superficial sobre las dificultades del mundo en la actualidad, y eso no se puede transmitir a través de videos de 40 o 50 segundos. En las redes se difumina la credibilidad y la confianza en la fuente de la información. En ese sentido, son espacios que desafían la democracia, porque se puede manipular de manera muy precisa la imagen del mundo que tiene cada persona. Por supuesto que los medios también afectan la imagen del mundo que transmiten, pero lo hacen de una manera más abierta y colectiva, mientras que cada quien en sus redes ve un mundo diferente de acuerdo con sus antecedentes y con cómo el algoritmo quiere mostrarle la información.
En ese sentido, ¿cuál es el reto para los medios tradicionales?
—Una de las grandes amenazas, más allá de la crisis presupuestaria, es el dominio de las plataformas, de las redes sociales, de las empresas transnacionales digitales, que hoy son nuevos monopolios de la cultura. Están cambiando radicalmente la manera en que nos comunicamos. Frente a eso, las revistas son espacios de resistencia: hay un esfuerzo colectivo, una reflexión editorial conjunta, una curaduría de los temas y de los elementos de los que se habla frente a la dispersión individualista de los canales de las redes sociales y del caos y control de algoritmos que lo que quieren es mantenernos enganchados y desinformados, incultos y aislados, adictos al flujo de novedades distractoras.
Estamos en un mundo donde abunda lo digital y ya casi no se ven publicaciones impresas ¿Por qué insistir en el formato papel?
—En las revistas hay una decisión sobre aquello que amerita ser impreso y, por lo tanto, conservar de manera material. Las notas de última hora o ciertas informaciones funcionan mejor en línea porque caducan más rápido. Pero en la revista apostamos por publicar literatura y artículos de divulgación que creemos que no van a caducar. No es solo información, sino arte, cultura perdurable que quisiéramos, por el mismo formato de la revista, que se incorpore a la biblioteca de las personas y conviva a largo plazo con otros libros. Conservamos mucho mejor lo que tenemos en los libreros que lo que está guardado en el disco duro de un computador. Vamos a vivir un problema de memoria a largo plazo, porque no estamos logrando conservar lo que hemos guardado en disquetes y en CD. ¿Dónde está todo eso? ¿Dónde va a quedar?
¿Cómo se proponen conectar con los nuevos lectores, en tiempos en que la capacidad de concentración y de lectoría es cada vez menor?
—Es muy difícil, pero creemos mucho en romper las brechas generacionales y ese es nuestro sueño. Queremos que la revista pueda ser leída tanto por una persona jubilada como por un estudiante de bachillerato. Es importante que personas de generaciones distintas puedan compartir los mismos intereses si queremos que el tejido social no se rasgue por completo. Porque si las personas septuagenarias y veinteañeras dejan de tener referentes culturales en común, no va a haber forma de vivir en comunidad, de ponernos de acuerdo y cooperar. Y si no encontramos puntos de encuentro, no vamos a lograr enfrentar desafíos como el cambio climático. Creo que es una apuesta muy noble y es una lucha que tenemos que seguir dando.
*Esta es una versión adaptada y editada de la entrevista transmitida el 7 de julio del 2025 en el programa radial Palabra Pública.
