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La conquista de la fragilidad

En En las cenizas, recién publicado por Hueders, el abogado y escritor Luis Alberto Soto (Santiago, 1966) teje autobiografía y ensayo para narrar la experiencia de la enfermedad, en este caso, de un cáncer de estómago agresivo. El libro, escribe Lola Larra en este texto de presentación —realizado el 14 de enero en la Librería Azafrán—, muestra al lector “algo tan poderoso como la fuerza que hay en la vulnerabilidad” y lo enfrenta desde la literatura “a aquello que más nos duele”.

Por Lola Larra

No conozco a Luis Alberto. No conozco a su mujer, ni a sus hijos. No conozco a ninguno de los personajes que transitan por En las cenizas. Sé que es un relato autobiográfico, porque me lo han dicho. Pero ni siquiera en eso que algunos académicos llaman siúticamente los paratextos, es decir los textos de contraportada o solapas, se habla demasiado sobre el autor y su enfermedad.

El escritor Emmanuel Carrère dice que la única diferencia entre una novela de ficción y una de no ficción es que en las de ficción el autor inventa los nombres de los personajes y en las de no ficción usa nombres reales con el peligro de que esos personajes después se enojen contigo.

No conozco a Claudia ni a Tania ni a Sebastián ni a Martín. Tampoco salen sus apellidos y ni siquiera aparece Luis Alberto con su nombre. Así que leo En las cenizas, como creo que merece leerse, como una novela, como literatura, desde lo literario. Pongámosle el apellido de “no ficción” si queremos ser más precisos. Pero realmente no hace falta.

Por supuesto que es muy llamativo el tema del cáncer. Pero aquí hay mucho más. En las cenizas está escrito en forma de diario, en dos cuadernos que transcurren en dos épocas, en dos momentos de enfermedad, pero se aleja con contundencia gracias a todos sus componentes literarios de cualquier pseudolibro de autoayuda, del tipo Cómo superé el cáncer y que tanto abundan en las librerías.

Aquí hay una historia, varias historias, pero, sobre todo, la historia de un hombre feliz y pleno que, de un día para otro, se enfrenta a la muerte. Y cómo este hecho trastoca radicalmente su percepción del mundo, su estar en el mundo, y también todas sus certezas. “De pronto me siento diferente a las demás personas que están ahí, dice el narrador. Como si estuviera superpuesto en la realidad. Se ha producido una grieta en el tiempo, todo se ha detenido”.

Creo que un buen libro muestra algo tan poderoso como la fuerza que hay en la debilidad, en la vulnerabilidad. Como un espejo terrible y poderoso y maravilloso, la literatura nos enfrenta a aquello que más nos duele, lo que nos avergüenza, eso en lo que somos más indefensos, a lo que más tememos. Nos asoma al mundo triste, a las cosas que no funcionan. Nos enseña a reconocer nuestra debilidad como seres humanos. Qué mejor que una historia bien contada para entender que las cosas fallan, que la vida suele ser confusa y a veces indescifrable.

En las cenizas, de Luis Alberto Soto.
Hueders, 2025.
196 páginas

La columna vertebral de esta novela es justamente la conquista, al principio, a regañadientes, de la vulnerabilidad, de la fragilidad. La humillación, la vergüenza, la culpa, el ridículo, las dudas, la rabia y el hastío. Todo eso está intensa, literaria y bellamente narrado en En las cenizas.

El viaje del protagonista en esta conquista de la fragilidad es uno sin épica o, por lo menos, sin la épica tradicional. Es un viaje luminoso a la vez que terrible, lleno de aventuras, reflexiones y sensibilidad. También con buenas dosis de humor, lo que se agradece.

“La salud es el silencio de los órganos”, cita Andrea Kottow de un antiguo tratado médico en su muy recomendable libro sobre la literatura y la enfermedad, Las fronteras de lo real. Los órganos y los huesos y las venas del narrador suenan, hacen bulla, gritan, reclaman. Pero En las cenizas no narra solo esa relación vehemente y obsesiva que se da con el propio cuerpo adolorido y atormentado por la enfermedad, los tratamientos y las medicinas, sino que también ahonda en la relación con los otros.

Las siempre complicadas relaciones padre-hijo, por ejemplo: “(Mi padre y yo) Somos el ejemplo arquetípico del silencio que existe entre padres e hijos”, o entre dos hombres que han rehuido desde hace mucho la intimidad. También las relaciones con la pareja: “(Ella siente que ) Mi obsesión conmigo mismo y con la enfermedad es una especie de infidelidad”. Y en el viaje, el narrador pasea con su hijo por una ciudad fantasmal, se detiene en los atardeceres y en los amaneceres; se interna en los quirófanos, las consultas de los doctores y los pasillos de hospital, esos “pasillos del tiempo suspendido, como los llama.

Y cuando los órganos suenan tanto que las palabras ya no sirven, porque como dice el protagonista, “No hay un lenguaje que acompañe a la angustia y al pánico cuando no se tiene la certeza de que habrá otro día, entonces, allí, aparecen los libros: Tolstoi, Carrère, Céline, Pessoa, Didion, Pizarnik, Ginzburg, McEwan. También Foucault, Lao Tse, Séneca, Montaigne, Cicerón, Kundera, Hipócrates, Galeno, Sontag.

Son los libros, es la literatura, y también el cine y la música, el refugio del protagonista. Porque este relato, que es verídico, como decían los cronistas de Indias, y basado en hechos reales, como dirían en Hollywood, descarnado, vívido, está una y otra vez atravesado por la ficción: por personajes de libros, escenas de películas, pasajes literarios. Y también por la filosofía, los ensayos, la historia, la mitología. En las cenizas es autobiografía, es ensayo, es reflexión; es viaje y es un relato profundamente literario. Hay muchos otros libros dentro de este libro real que se termina de modelar a través de la ficción.