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 La perplejidad del mañana

“La novela postula, creo, un movimiento nuevo, extraño, rico: dice que pensar nuestro modo de habitar la modernidad y el futuro desde la culpa y el arrepentimiento nos permitiría, eventualmente, vivir mejor, vivir en comunidad”, escribe Ignacio Álvarez sobre Te siguen, de Belén Gopegui.

Por Ignacio Álvarez

Se supone que un espacio como este debiera ofrecer un juicio claro sobre las obras que se comentan, pero en este caso, confieso, no he logrado ninguna claridad. Llegué a Te siguen, de Belén Gopegui (Madrid, 1963), buscando un relato reciente que hablara sobre el futuro de una manera novedosa, y creo que, tal vez, me faltan elementos para evaluar esa novedad. Es una novela que, cruzando varios géneros, intenta hablar de una manera inédita y, por lo mismo, difícil de juzgar. Déjenme tirar mis cartas antes de que cierren la ventana del navegador o den vuelta la página: creo que la perplejidad es un estado posible (y muy frecuente) en la lectura, y a veces, como pasa aquí, puede ser deseable. 

Lo que se nos cuenta en el libro, en esencia, es una trama que se arraiga en la ciencia ficción. En un tiempo más o menos futuro, un tiempo de empresas globales, de rastreo personal, de inteligencias artificiales y de cambio climático —por lo mismo, no muy lejano del presente—, dos vigilantes, Minerva y León, se dedican a observar a dos treintañeros, Casilda y Jonás, que han comenzado a hacerse preguntas incómodas y que, peor, han entrado en contacto. Todo está privatizado, de modo que los vigilantes no responden a un Estado totalitario, sino a dos empresas distintas que, sin embargo, manejan tal cantidad de información que terminan pareciéndose mucho a un Estado totalitario. Los vigilantes llegan a la conclusión de que Casilda y Jonás se han vuelto recalcitrantes, “personas que se obstinan y preservan parte de lo que son”, sin adherir totalmente al orden que se impone a nivel global y sin ser tampoco rivales de esa hegemonía.

Este planteamiento orwelliano y cienciaficcional se expresa en un régimen de escritura orwelliano y cienciaficcional, es decir, una prosa que, en parte, piensa y se esfuerza por comprender una magnitud enorme: el mundo, la totalidad. Es la función principal de la ciencia ficción y, por otro lado, parte fundamental de su atractivo: explicarnos el presente como si fuera el pasado del futuro del que nos habla. El epígrafe que abre la novela quiere dar con el tono del mundo del que hablará, y es un buen ejemplo de esta perspectiva: 

La vida secreta se había abolido. Les seguían. Los datos de quienes se empeñaban en quedarse al margen eran captados a través de otras personas que los exponían sin reparar en ello. 

El siglo iba demasiado rápido. Todo el mundo esperaba que pasara algo, todo el mundo pensaba que ya había pasado. Los más optimistas decían que era un momento de cambio y atisbaban formas nuevas del porvenir. Los más pesimistas decían que era un momento de cambio y atisbaban formas nuevas del porvenir. Los más insignificantes caminaban a tientas entre la vigilancia y la luz. 

A partir de allí, uno esperaría el despliegue relativamente ordenado y abstracto de las tesis foucaultianas del panóptico; un mapa político conspirativo y, en fin, las ideas enormes que esa totalidad permitiría pensar. Y, sin embargo, uno se encuentra con otra cosa. Te siguen tiene una dimensión personal, íntima. Dentro de ese marco político y abstracto se anida una novela/diario de vida que registra las impresiones de Casilda, Jonás, Minerva y León en algo que puede ser un blog, a veces un nanoblog, a veces simplemente el discurso de cada personaje consigo mismo. Y en ese género, la indagación cambia completamente de registro. Se trata de cuatro sujetos que, en una coyuntura total e inmersos en la tarea que los encadena —el seguimiento, el cuestionamiento—, intentan pensarse como individuos. No como individuos representativos de la humanidad, que es lo que hizo Orwell con Winston y Julia, sino como personas particulares, una perspectiva que tal vez colisiona con el marco amplio y abstracto de la ciencia ficción. 

Te siguen, de Belén Gopegui
Penguin Random House, 2025 
304 páginas

Esta estrategia compleja tiene un fruto inesperado. En lo que me parece la pregunta más importante de la novela —¿por qué una persona que funciona correctamente en el orden total se vuelve recalcitrante?—, se postula una posibilidad inédita: el arrepentimiento. “El arrepentimiento es como una inteligencia de la tristeza”, dice la inteligencia artificial que está, a su vez, vigilando a Minerva y León, y tal vez en virtud de su distancia es que puede hacer esa síntesis. La novela postula, creo, un movimiento nuevo, extraño, rico: dice que pensar nuestro modo de habitar la modernidad y el futuro desde la culpa y el arrepentimiento nos permitiría, eventualmente, vivir mejor, vivir en comunidad. Arrepentirse del daño que se hace a los demás, aun el que se hace sin saber, abre un inesperado abanico de recursos. “No es una pasión, estallido momentáneo de amor o patriotismo, de envidia o mezquindad, agresividad o desprecio”, dice la novela, “combina memoria, pensamiento, emoción y voluntad. Perdura”. Vincularse desde allí permite ver de otra manera el mundo. Los discursos del presente quieren escapar de la forma más rápida posible de ese territorio. Quieren seguir identificándolo con la culpa cristiana, con el peso injusto del que todo sujeto libre querría deshacerse. Te siguen explora la culpa y el arrepentimiento desde otro lugar, y propone que, tal vez, al tratar de deshacernos tan fácilmente de ellos estamos perdiéndonos de algo.  

Una segunda perplejidad. Te siguen es también una novela sobre militar en causas, sobre articularse colectivamente, sobre el modo en que es posible combinar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad, como decía Gramsci. En este campo, vuelve a explorar subjetivamente este asunto más que desplegar un programa. Alguien como yo, que valora el individualismo crítico del relato moderno como género, tiende a sentirse incómodo en esta hebra del libro, pero nuevamente el recorrido tiene distancias y cercanías, rechazos y aceptaciones que lo vuelven una experiencia personal, particular, privada y, entonces, valiosa para el lector. 

En su conjunto, me parece, Belén Gopegui asume riesgos enormes: hablar lo particular desde marcos abstractos de comprensión, pensar la militancia desde la experiencia individual y, sobre todo, proponer una reflexión sobre el valor privado y público del arrepentimiento. No estoy seguro de que la extrañeza que me produce este conjunto heterogéneo sea una forma de debilidad. Tal vez es una exploración sobre el futuro de la novela como género, no solo sobre el futuro de los seres humanos y las empresas multinacionales. 

No lo sé ahora, no tendría cómo saberlo a menos que esta fuera una reseña sobre la novela del futuro. Tal vez lo sabremos mañana.