Skip to content

Neige Sinno. La vergüenza como transgresión

Invitada a la última versión del Festival Puerto de Ideas, la autora francesa conversa sobre Triste tigre, un libro en el que aborda el abuso que sufrió en su infancia a manos su padrastro, con el que busca desmontar la estructura que sostiene el silencio, la vergüenza y el mandato de no reflexionar públicamente sobre la violación. “Hablar de un tema doloroso implica pelear con la intensidad emocional y el tabú social”, afirma.

Por Denisse Espinoza Aravena

Leer Triste tigre (Anagrama, 2024) es entrar a un territorio donde la memoria no avanza en línea recta. Se resiste. Se fragmenta. Lo que parece un testimonio es sobre todo un ensayo: una escritura que duda, que desconfía de sus propios recuerdos y que, sin embargo, insiste en volver al centro de un trauma para comprender sus pliegues y complejidades. Neige Sinno (Altos Alpes, 1977), su autora, lo escribió desde esa fisura: entre el impulso autobiográfico y la distancia crítica; entre la necesidad de exponer lo que le ocurrió y la convicción de que narrar significa sobre todo pensar, construir, elegir, delimitar.

Los hechos son estos: desde mediados de los 80, entre los 7 y 14 años, Neige Sinno fue violada de forma reiterada por su padrastro. Ella no lo contó hasta ser mucho mayor y, recién en 2000 presentó una denuncia junto a su madre. Hubo un juicio y el expadrastro fue condenado a nueve años de prisión. Entre medio, Sinno se convirtió en escritora. Publicó su primera obra en 2007, una colección de cuentos titulada La vie des rats. En México, donde se radicó en 2005, la autora se sumergió en el género del ensayo, publicando Lectores entre líneas, donde disecciona la obra de Roberto Bolaño, Ricardo Piglia y Sergio Pitol, y con el que ganó el Premio Hispanoamericano Lya Kostakowsky en 2010. Su primera novela, Le camion (2018), retrata a una generación (quizás la suya) que, llena de sueños, debe lidiar con la crisis del mundo: el desempleo, la incertidumbre, la devastación de la naturaleza.

Pero la atención de la crítica llegó en 2023, cuando Sinno publicó Triste tigre, un libro que remeció la escena literaria europea, que la convirtió en “la revelación de la temporada” según la prensa y con el que ganó varios premios literarios como el Prix Femina y el Prix littéraire du Monde, en 2023, y el Premio Strega Europeo (en su traducción italiana) en 2024.

Invitada a la última edición del Festival Puerto de Ideas, Neige Sinno participó de tres mesas —“Visibilizar y transformar. Voces que atraviesan estructuras de poder”, “Escribir el abuso” y “Narrar lo vivido”, esta última junto a otras escritoras, la francesa Vanessa Springora y la chilena Ariel Richards—, donde profundizó en la creación de su libro. 

“No es mi diario íntimo; es un relato que elaboro, y quiero que el lector sea consciente de cada una de las decisiones que tomo”, explica la escritora, recordando que la forma —más que un simple vehículo— fue el modo de elaborar el libro. En su escritura, Sinno se permite la contradicción, avanzando como lo hace la mente cuando está obsesionada con un tema: por oleadas, por interrupciones, por retornos inesperados. “Quise mimetizar el proceso mental, que no es lineal. Probar una hipótesis y luego otra”. La autora confiesa que la estructura del libro nació de esa intuición: no se trataba de llegar a una conclusión, sino de sostener un pensamiento narrado. Que el ensayo, en este caso, no fuera un género que organiza, sino un género que desborda.

Neige Sinno durante su presentación en el Festival Puerto de Ideas 2025.

Triste tigre no fue solo un libro: fue un desplazamiento identitario. Hasta entonces, Sinno se había pensado como novelista, dedicada a la ficción experimental. Pero al escribir este libro y, más tarde, La realidad (2025) —un relato autobiográfico que narra su encuentro con México, donde vivió por 20 años—, las dos vertientes de su trabajo se encontraron: la narradora y la crítica literaria, la autora autobiográfica y la lectora. Ahora concibe ambos libros como un díptico. “Fue un acontecimiento. No sabía que se podían fusionar”, dice. “Estas dos modalidades, que son también dos formas, dos voces, dos yo —el yo autobiográfico y el yo lectora—, se entrelazan”.

Por otro lado, para Sinno escribir sobre el abuso infantil fue también luchar con la incapacidad de la lengua para nombrar lo insoportable. Pero comprende esa dificultad como parte de la literatura misma: no para exhibir la herida, sino para entender qué hace posible —y qué impide— el pensamiento sobre el trauma. “Hablar de un tema doloroso implica pelear con la intensidad emocional y el tabú social”, afirma. Es una tensión permanente: “pensar fríamente es traicionar el proyecto; escribir solo desde la emoción también. El desafío fue ir y venir, entrelazar”.

Ese vaivén le permitió escapar de un callejón sin salida: el shock paralizante de lo emocional y el distanciamiento higiénico del análisis puro. El libro abre un resquicio en el que es posible pensar y sentir sin quedar atrapados en ninguno de los dos extremos.

En esa línea, Triste tigre es un ejercicio literario lleno de referencias a autores que a Sinno le han ayudado a comprender y acercarse desde distintas aristas al trauma. Desde Lolita, de Nabokov —que la autora defiende como uno de los grandes acercamientos a la mente de un pedófilo— pasando por Virginia Woolf, Emmanuel Carrère, Virginie Despentes, Annie Ernaux, Gilles Deleuze, Toni Morrison, Varlam Shalámov, entre otros.

«Es hora de que la vergüenza cambie de lado y que no recaiga sobre las víctimas sino sobre los violadores», declaró en 2024 la francesa Gisèle Pelicot, víctima de violaciones por parte de distintos hombres coludidos con su propio marido, quien la drogaba para someterla. ¿Tuviste que lidiar con la vergüenza cuando estabas escribiendo este libro?
—De una manera tangencial, sí. Pero es de doble filo, porque por un lado una de las razones que hacía que no quisiera escribir este libro es que yo sé que es humillante. Y esa es también una estrategia patriarcal de hacerte sentir mal, que la vergüenza recaiga sobre las víctimas. Es la razón por la que se mantiene el silencio y se mantienen las historias encerradas donde “tienen que estar” para la estructura dominante. Pero, por otro lado, la vergüenza es romper un tabú. Saber que estás haciendo algo vergonzoso, usar esta vergüenza como un poder transgresivo de la palabra, de la escritura, crea una intensidad genial al momento de escribir. Sientes que estás abriendo una puerta que ha estado cerrada en tu mente, en la mente del mundo. Es un libro que escribí con mucho entusiasmo. Por supuesto hubo momentos dolorosos, de pesadillas, de mucha pesadez, pero en general no me había pasado muchas veces en la vida levantarme a las cinco de la mañana para leer lo que había escrito el día anterior. Quería seguir escribiendo, me quemaban los dedos.

Triste tigre, de Neige Sinno
Anagrama, 2024. 247 páginas

¿Cómo te diste cuenta de esa característica que tiene la vergüenza en la literatura?
—Volví a leer un libro que se llama La vergüenza, de Annie Ernaux, y no me acordaba de su racionamiento, pero ahí dice desde el principio del libro: “me gustaría escribir algo tan vergonzoso que después de eso nunca más quisiera aparecer en público”. Ella tiene la vergüenza como una guía para escribir algo potente. En el libro relata un recuerdo de su infancia, una escena muy violenta en que sus padres estaban peleando y el papá casi mata a la madre, la agarra del cabello y la lleva al sótano en un momento de furia. Y eso siempre le produjo mucha vergüenza. No lo quería pensar. Pero al momento de escribir, el sentimiento de vergüenza le indicó que allí había un nudo de verdad. La vergüenza se vuelve para ella como una herramienta para saber dónde hay algo interesante. Y me parece muy crucial a nivel literario. El asco, que también es algo totalmente incontrolable, te indica también que hay algo ahí. Algo que no sabes qué es, pero que es importante y que merece la pena indagar. 

En Triste tigre también relatas que tu padrastro, luego de cumplir su condena, rehizo su vida, formó otra familia, tuvo hijos. El entorno no lo condenó y todo indica que la violación sigue siendo una carga más para la víctima que para los victimarios.
—En mi caso se hizo justicia de algún modo. Tuve la suerte de que me creyeron. Hubo una denuncia, un juicio, una condena. Una cosa exitosa, dentro de todo, ¿no? Y lo que quiero indagar es que justamente, incluso cuando sale bien —según el patrón que es el mandato de la sociedad hacia las víctimas, que hay que denunciar, que hay que hablar, que hay que pedir un juicio legal—, aun así quedas insatisfecho. Y esto es porque el proceso legal no está hecho para satisfacerme como víctima. Es revictimizante a veces y además no es su papel. Su papel es colectivo, simbólico, que no haya impunidad. Es mandar un mensaje al resto de la sociedad: lo que hizo este señor con esta niña lo prohibimos como sociedad, lo castigamos. La víctima es ella, el culpable es él. La justicia hace eso, pero la justicia no es mi terapia. La justicia es una institución como todas nuestras instituciones, es perfectible y la gente que trabaja allí hace lo que puede.

***

Uno de los momentos más inquietantes de Triste tigre ocurre hacia el final. Cuando Sinno confiesa un pensamiento intrusivo: la posibilidad —fugaz, terrorífica— de hacerle daño a su propia hija. Están solas en el cuarto y ella le pide que le acaricie la espalda mientras se queda dormida. Sinno comienza imaginar todas las cosas que podría hacerle, que le hicieron a ella misma, pero se detiene. “Quiero irme de aquí”, escribe. Entonces, las autora comprende que el mal no es un monstruo externo, sino un potencial humano. “Si acepto que él decidió hacer lo que hizo, entonces yo también decido cada día no hacerlo. Y eso me consolida como adulto responsable, como adulto protector, como persona. Sé que cada día tengo que tomar decisiones, que tengo esa exigencia moral en relación a mí misma, como cada uno de nosotros. Y eso lo hace más bello, según yo, saber que no hay monstruos, sino que hay personas que toman decisiones con más o menos carga interna”, explica la autora.

El tema del mal interno también lo analizas a través del trabajo de Mary Gaitskill, quien tiene un cuento sobre un hombre que está preocupado porque su hijo está viviendo un periodo de fuerte atracción hacia la violencia y el asesinato, algo que también él experimentó en su juventud. ¿Te planteas estos escenarios más allá de la literatura?
—Sí, porque el mal está aquí y está en todo. Y me encanta ese cuento de Gaitskill, porque el tipo reconoce que está en él la fascinación por la violencia, el deseo de hacer daño, y su compromiso es crear condiciones para que no pase. Y todavía es más bello cuando él, que estuvo en la soledad absoluta con esto, va a hacer que su hijo se sienta menos solo. Y es curioso porque no lloro mucho cuando hablo del horror que viví, de todos los temas horribles que pasé, pero ese acto de bondad, como el de ese cuento, que es también un poco una proyección de mi libro, que tiene que ver con salir de esa extrema soledad, me emociona mucho. 

¿Cómo ha sido para ti la experiencia de promocionar Triste tigre? ¿Cómo has lidiado con la atención y con las preguntas a veces incómodas sobre tu vida?
—Ha sido intenso, estoy teniendo una vida social que nunca había tenido y escuchando también muchas historias, muchas interpretaciones. Me lo tomo como una aventura que tiene sus altibajos. Lidiar con el morbo ha sido un poco difícil, pero no ha sido la principal experiencia. Al principio tenía mucho miedo, porque empezó mal. Mi primera entrevista en Francia fue muy dura, fue en la radio, y nunca se mencionó que yo había escrito un libro que acababa de ganar un premio. Solo se me preguntó sobre el tema: qué se siente ser violada, cómo sucedió, cuántos años tenía, y luego del juicio qué pasó, si seguía con rabia, si hubiese querido que le dieran más años de cárcel, etc. Y salí pensando que iba a ser así todo, pero no. Me fui preparando mejor, mis editores seleccionaron periodistas y me ayudaron en las siguientes entrevistas. El morbo es algo normal, está basado en una curiosidad natural y también se lo puede utilizar como una fuerza para explorar, pero la idea es no quedarse pegado en eso. Es una fuerza tóxica, pero tiene un componente bello, creo, que es la empatía. Querer entender qué pasa en el mundo, por qué son posibles la violación, la violencia y el crimen en general. Pero obviamente no quiero estar en el lugar en que le doy al periodista material para que sus oyentes disfruten de mi sufrimiento, me parece contraproducente. Pero también es necesario enfrentarlo y cuestionarnos por qué el morbo ha cobrado tanta fuerza en nuestra sociedad; lo vemos en la deriva autoritaria, la manipulación de la información. Siento tristeza, miedo incluso. Todos estos personajes como Trump, Netanyahu, Milei, Bukele son muy oscuros, son dictadores, y lo monstruoso es que han sido elegidos. Vivimos en una distopía continua que siento empezó con la pandemia. Creo que por eso me sigue interesando el cuerpo, lo vivo, lo que no se puede capitalizar ni rentabilizar. Me sigue interesando lo que se toca. Mi trabajo insiste ahí, en ese espacio donde todavía podemos encontrarnos.