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Kütral Vargas Huaiquimilla. Arte contra el estigma

Hasta el 18 de abril Galería Gabriela Mistral presenta la muestra Performance de la sangre, donde la artista radicada en Valdivia invita, a través de una investigación interdisciplinar, a pensar sobre el derecho a la salud y la experiencia íntima de vivir con enfermedades crónicas como el VIH. “Más que un tabú, [el VIH] es una conversación siempre necesaria. Si seguimos tratándolo como algo prohibido o escondido bajo la alfombra, reproducimos lo que generó en sus inicios” dice la artista.

Por Denis Torres | Imagen principal: Fabiola Pontigo

La Galería Gabriela Mistral se siente magnética mientras Kütral Vargas Huaiquimilla (Calbuco,1989) nos recibe de punta en blanco con tacones altos y estilosos. Es domingo, y la invitación es para recorrer la muestra Performance de la sangre junto a su creadora. En su pecho lleva un tatuaje que emula el logotipo de la marca Nike, pero en vez de eso se lee “Ñuke”, palabra mapudungun que significa madre. Este tatuaje, que fue pensado desde un inicio como obra, formó parte de la acción “Mallmapu” (2018)donde a través de una performance, la artista marcó su cuerpo con esta imagen, reterritorializándola de forma simbólica. Así, tanto este como los trabajos actualmente expuestos confirman que se trata de “una artista de las letras, las imágenes y el cuerpo”, como escribió Francisca Palma en La Raza Cómica. La exposición abre con una pieza de características similares titulada “Diagnóstico”, un grabado hecho mediante un frottage de hojas de maqui con tinta china roja, donde se disponen tres sobres a modo de collage con la frase “Profesional Solicitante”, sumado al dibujo de una pila, una pastilla de Tratamiento Antirretroviral (TARV) — como se denomina la combinación de medicamentos que usan a diario las personas con VIH— y una bomba. 

No es la primera muestra que Kütral hace en Santiago. Hace menos de un año, en la exposición colectiva Conmemorar y celebrar  que se realizó en la sala de artes visuales del GAM, montó la instalación “Nuestro turno” —la misma que en 2023 estuvo en el hall central de la Municipalidad de Valdivia por el Día Internacional de la Visibilidad Trans—, donde suspendió en el aire, formando una especie de escultura aérea, 1.080 comprobantes de despacho de los medicamentos Estradiol y Espironolactona, que le fueron recetados para su terapia de reemplazo hormonal. Otra obra que ha presentado en la capital fue la instalación “Tropel” (Espacio 218, 2023), en la que, valiéndose del sustantivo que describe a una muchedumbre ruidosa de personas o animales, creó 22 siluetas flotantes en velo liso que emulaban chalecos rayados, bordadas a mano con diversas frases que aparecieron publicadas en la, a estas alturas histórica, edición de la revista Vea del 26 de abril de 1973, donde cuatro colitas eran retratadas bajo el orfeón de la Plaza de Armas cuando participaban en la primera marcha LGTBIQ+ documentada en Chile.

La muestra actual es fruto de un trabajo artístico que viene de la novela homónima escrita por Vargas Huaiquimilla entre los años 2019 y 2024, publicada por las editoriales Tinta Negra y Pequeño Salvaje, y cuya reedición se presentó hace unos días en el Museo de la Memoria a cargo de la escritora y poeta Daniela Catrileo y el historiador del arte e investigador mapuche Cristian Vargas Paillahueque.

“Cuando la novela fue publicada, se sentía la necesidad de transformar ese universo en algo tangible, material. Eso llevó a planificar piezas inspiradas en esa investigación. Siempre he acudido a la palabra en primera instancia para crear, porque no requiere de grandes presupuestos y provengo de una historia de precariedad que marcó hasta hoy la perspectiva en la que produzco mis obras. Junto al equipo con el que trabajo, formado por diseñadores, especialistas en electrónica, montajistas, etcétera, hemos encontrado maneras de construir estos objetos para seguir hablando de cosas que importan. Esta materialización hace que el público que visite la muestra pueda ver, tocar y emocionarse en este espacio”, dice la artista.

En la exposición de Galería Gabriela Mistral —abierta hasta el 18 de abril—, Kütral Vargas Huaiquimilla añade nuevas obras a la investigación que ha hecho en torno a la historia de las disidencias en Chile y la experiencia de vivir con VIH y otras enfermedades crónicas. “Tratamiento”, una serie de piezas acrílicas que emulan calendarios que guardan réplicas de pastillas en impresión 3D, recuerda a la conocida obra “11 de septiembre, 1973”, de Alfredo Jaar. Esta relectura, marcada por la experiencia autobiográfica de Kütral, ocurrió mientras diseñaba estos trabajos. “Probablemente, al pensar en el calendario y lo crónico, apareció en mi cabeza dicha imagen. Siempre reviso a nivel técnico mis trabajos para lograr bien una síntesis, y me gusta mucho el trabajo de Alfredo Jaar por esta razón. Llega a una síntesis poética, bien acabada”, dice la artista.

 Detalle de la obra «Tratamiento». Crédito: Andrea González. Cortesía Galería Gabriela Mistral

También hay una puesta en escena del bolero “De boca en boca”, del mexicano Javier Solís —en una videoperformance que Vargas Hauquimilla realizó junto al performer y escritor José Martínez— y una pieza llamada “Defensas altas”, realizada con 128 frascos blancos de tratamiento antirretroviral atravesados por flechas negras de fibra de vidrio, recolectados por donaciones a través de un llamado online de la artista. Tal como lo plantea el periodista peruano Marco Avilés en El País, el cuerpo físico de Kütral —como toda obra de arte— “es un documento de época, un objeto vivo que habla de las disputas del presente” y pasado en Chile y América Latina.

 Detalle de «Defensas altas». Crédito: Andrea González. Cortesía Galería Gabriela Mistral

Tanto en la novela como en las obras, el cuerpo aparece como una línea que guía tu producción artística. ¿Desde cuándo viene este interés?  

—Mi trabajo con el cuerpo ocurre desde que tengo memoria. En la ruralidad se anda a caballo, se corre en el monte y se trepan los árboles como ejercicio lúdico en la infancia. Luego, este andar del cuerpo se expandió más, buscando expresar lo que me estaba quemando por dentro. Siempre quise ser artista, incluso cuando no sabía que podía ser posible. Había una intuición que me llevaba a crear. A través de diversos talleres y procesos de educación artística que hice en la adultez, y que me llevaron a pensar en la performance como un recurso para enunciar aquello que necesita decirse cuando no hay otros recursos, descubrí que el cuerpo era una vía poética. Desde ahí, se fue convirtiendo en un instrumento de experimentación cada vez más complejo, llevándome a marcarlo de por vida en las diferentes acciones que he hecho, como “Mallmapu”. Hay una alta exigencia física en el ejercicio de las performances, que se vuelven un proceso ritual casi de trance. Me hacen sentir completamente viva y en comunicación con lo material, lo no humano y con fuerzas necesarias para abrir caminos de forma creativa.

¿Por qué invitas a que la muestra se lea como un cruce entre “arte y derecho a la salud” más que “arte y disidencia sexual”?

—Mi enfoque de investigación busca tratar el arte público. Creo que al hablar del derecho a la salud, de farmacología y de arte se aborda una perspectiva situada, una experiencia propia, pero que a la vez es compartida, como el VIH, la diabetes, algunas condiciones cardíacas, el lupus, etcétera. Esto hace que el diálogo se expanda hacia variadas comunidades, y desde ahí va esta propuesta: en este espacio entramos todos los cuerpos a conversar nuestra relación con las enfermedades, con las personas cuidadoras, con la historia de la salud; a pensar en nuestros derechos, en el sistema hospitalario o en la solidaridad. Hay que recordar siempre que el VIH/SIDA ha sido y es una lucha histórica contra el estigma. La lucha ha consistido en salvar no solo vidas individuales, sino a familias y grupos humanos. Cuando se tiene una enfermedad crónica, no solo tú la tienes, también los demás que te acompañan, o ese debería ser el ideal. Por eso busco que la perspectiva sea aún más amplia, ya que estamos todos viviendo el VIH, tanto las personas positivas como las negativas. Es un virus como muchos otros, pero que ha tenido una carga política tal que hizo que muchas vidas fueran aisladas y murieran en completa soledad. La idea aquí es invitar a la reflexión en torno a los acompañamientos y a quitar la idea de “contagio”, ya que la medicación actual hace que el virus sea indetectable e intransmisible, permitiendo una vida digna con la posibilidad de amar, reír o hacer lo que quieras con ella. Es devolvernos también a las disidencias la opción de ser felices e instalar el diálogo con las diversas comunidades que habitan el mundo.

¿Crees que el VIH sigue siendo un tema tabú o difícil de tratar en el plano de la creación?

—Creo que la exploración de los temas nunca es suficiente, siempre hay algo que ver, porque la perspectiva de cada creador ofrece un universo rico en posibilidades. Lo que es necesario de revisar es que no se incurra en una apropiación de luchas históricas, tratándolas solo como una “temática” sin profundidad ni honestidad para simplemente generar algún tipo de capital, ya sea económico, estético, un reconocimiento en la escena artística. Eso sería un ejercicio de extractivismo de temas. Por dar un ejemplo, piensa en una pareja de artistas, uno seropositivo y el otro seronegativo. Si este último crea una obra para pensar el VIH no es problemático, tiene una experiencia situada en un punto, hay cariño de por medio, honestidad, no así como aquellos que ven en esta lucha una mera moda para usar a su favor. Pensar la vida y la muerte en constante pugna nos convoca a todos, pero en esta lucha hay que posicionarse desde la empatía como bien común. Los ejes deben ser los que te menciono, con un compromiso político y afectivo como base. El VIH, más que un tabú, es una conversación siempre necesaria. Si seguimos tratándolo como algo prohibido o escondido bajo la alfombra, reproducimos lo que generó en sus inicios. Es necesario hablar de educación sexual, de vidas plenas, de cuidados y de salud pública.

¿Qué visión tienes de la forma en que se ha abordado la disidencia sexual en el arte chileno y latinoamericano de los últimos años? ¿Hay otrxs artistas jóvenes con los que sientas afinidad? 

—Creo que lxs artistas disidentes han tenido un trabajo sumamente relevante en mi vida. Han generado esperanza y fuerza para crear incluso desde regiones extremas del país. Desde diversos espacios y propuestas he ido encontrándome con gente que hace un trabajo que me resulta interesante y excepcional, como el caso de la artista iquiqueña Elena Muñoz o el escritor, profesor y performer Rodrigo Ortega, que en estos momentos vive en España. Puedo decirte que Valdivia, donde vivo, es un foco de gran producción creativa, con una buena cuota de artistas de diversas áreas. Ahí es clave señalar como un polo el espacio de experimentación gráfica Club de Estampa. Está también José Martínez desde la performance y la escritura, quien me acompaña en un registro que se expone en la muestra; Mathias Reimann, que ha sido productor de algunos trabajos en los que colaboramos en el Centro Cultural Bailarines Los Ríos. Podría pasar horas mencionando más nombres. Siempre intento colaborar con gente en cada proyecto. Son personas con habilidades que hacen que las ideas brillen. A nivel latinoamericano, estoy obsesionada con los mexicanos Jorge Bordello y Juan Coronel; el colombiano Carlos Motta, la fallecida Liliana Maresca y la argentina Valentina Quintero.

¿Qué proyectos te esperan una vez finalizada esta exposición?

—Estamos trabajando en varios proyectos que se han ido abriendo, como una performance con experimentación sonora llamada TRANSELVÁTICA, gracias a un fondo de Fundación Mecenas. El 9 de mayo presentaré en Espacio 218 una obra que solo se ha mostrado en Estados Unidos llamada Abolengo. También estaré haciendo publicaciones de libros junto a la revista y editorial Imaginistas; una de ellas es un poemario titulado Coronica. En Valdivia, junto a Galería Réplica, viene la exposición Soñar en llamas. No hemos parado de trabajar y me tiene feliz también compartir esto con mi gente en Valdivia, una ciudad que me ha acogido y entregado una vida nueva.