Los audios fabricados de Claudia Sheinbaum, presidenta de México, o la falsa muerte de Noam Chomsky en 2025 muestran que incluso medios de prestigio pueden caer en la trampa de la desinformación. En un ecosistema dominado por plataformas, redes sociales e inteligencia artificial, verificar datos se convirtió en un reto central —y enorme— para el periodismo.
Por Claudia Lagos Lira
El 16 de junio de 2026, Francia venció a Senegal en la etapa de grupos del Mundial de Fútbol. Tras terminar el partido, circuló en redes sociales un clip en el que se escucha un audio de Nicolás Haase, comentarista de DirecTV, diciendo “por ahora ambos países africanos empatados” antes de ir a una pausa. Pero el conductor nunca dijo eso: el audio fue montado en el video original, tal como lo comprobó Fast Check, el sitio de verificación de datos chileno.
La nota que expone el montaje menciona y linkea todas las huellas que permiten confirmar que Haase nunca dijo esa frase. Tanto él como el canal y otros relatores desmintieron haberse referido a “ambos países africanos” en el resto de las transmisiones que siguieron al partido. Sin embargo, los clips manipulados siguen circulando e incrementan sus visualizaciones.
En un contexto en que el ciclo de noticias es de 24 horas, siete días a la semana, y se amplifica por la digitalización y la reproducción multimediática y multiplataforma de los contenidos, la desinformación, la información engañosa o incompleta y los contenidos manipulados, editados o generados con herramientas de inteligencia artificial exceden la capacidad real del periodismo para responder su mandato tradicional de verificar lo que alguien dijo o hizo; lo que pasó o creemos que pudo haber pasado; lo que se publicó (o no). Como dice ese viejo aforismo que repiten los periodistas, “si tu madre dice que te ama, verifícalo”.
El desafío del periodismo para verificar datos es monumental: las audiencias migran de manera sostenida y masiva a plataformas como YouTube para consumir noticias, se informan cada vez más a través de redes sociales de influencers, incrementanel uso de herramientas de inteligencia artificial generativa para consultar información y un tercio de las personas dice evitar las noticias, según el Digital News Report 2026 del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford que encuesta a miles de personas de todo el mundo. Navegamos un entorno propicio para la desinformación.
Así como el caso de los dichos no-dichos de Haase, el volumen y diversidad de los contenidos falsos, manipulados o engañosos son enormes y constituyen un desafío para los procesos de verificación. Desde hace diez años han proliferado sitios digitales especializados en verificar información o fact-checkers e, incluso, existe una red internacional de verificadores de datos (International Fact-Checking Network) fundada en 2015 y que cuenta con más de 170 organizaciones de distintos países. Su propósito es fortalecer la práctica a través de capacitaciones que promuevan la alfabetización digital, el conocimiento de acceso público y la transparencia del debate público. Instituyeron, además, el día internacional de la verificación de datos cada 2 de abril, que en Estados Unidos coincide con April’s Fool Day, el equivalente chileno del día de los inocentes. En Latinoamérica, la red LatamChequea agrupa a 46 organizaciones chequeadoras en 20 países, incluyendo a Chile, cuyos socios son Fast Check y MalaEspinaCheck.
Entre los principales problemas sobre cómo verificar datos se cuentan que la desinformación es más bien un espectro y no un fenómeno binario. Se distinguen tres tipos de “desórdenes informativos”, un término acuñado por los investigadores Claire Wardle y Hossein Derakhshan con el fin de estructurar el debate sobre información maliciosa y engañosa. Primero, la desinformación que es falsa, pero no tiene propósito de dañar a nadie (misinformation, en inglés). Luego, la desinformación que es falsa y se comparte a sabiendas y para dañar a otros (disinformation). Finalmente, la mala información (o malinformation), que es cierta y verdadera pero, en caso de circular, causa daño. Este es un primer desafío para los chequeadores de datos: determinar el tipo de desinformación e identificar si sus intenciones son engañar o dañar.
Un segundo nivel de dificultad tiene que ver con los tipos de contenidos: la sátira o la parodia (como los clips de Arnold Schwarzenegger versión IA “imitando” a Whitney Houston), el contenido mañoso o engañoso (como la entrevista “hipereditada” de El Mercurio a la diputada Karol Cariola hace algunos años), contenido impostor (como la columna “Nunca hemos militado en el PC de Chile” que Mónica González y Alejandra Matus nunca escribieron), contenido fabricado (como un audio de Claudia Sheinbaum durante su campaña a la presidencia mexicana creado con fragmentos de entrevistas antiguas), conexiones falsas o engañosas (como la tómbola que no es tómbola del Sistema de Admisión Escolar, SAE), contexto falso o engañoso (información falsa pero antigua, como la imagen de un caballo maltratado atribuida a incidentes entre huasos y ciclistas en el marco del primer proceso constituyente, pero que tenía más de diez años) y, finalmente, contenido manipulado, como el clip con el audio de Haase ya mencionado.
En nuestra vida hipermediatizada y visual, la información no es puramente textual, lo que exacerba los componentes emocionales que influyen en nuestra disposición a creer o no ciertos contenidos. Varios estudios recientes muestran que tendemos a compartir información que se alinea con nuestras creencias; es decir, nuestras alertas para detectar desinformación aflojan si los contenidos coinciden con lo que ya creemos.
Es por esta diversidad de factores y, por qué no, por la falta de consenso sobre qué se considera desinformación y cómo identificarla, que quienes investigan o trabajan en este campo recomiendan no hablar de fake news: si algo es noticia, esperamos que no sea falsa. Si es falso, no es noticia. Adicionalmente, el concepto de fake news ha sido apropiado por líderes autoritarios de todo signo político para atacar y debilitar el rol del periodismo y de periodistas o medios en particular.
La agenda para identificar la desinformación o los desórdenes informativos está al centro de la preocupación de organizaciones internacionales como la UNESCO y las Naciones Unidas, así como también de la OCDE, la Unión Europea y un largo etcétera. Organismos que, en el último lustro, han impulsado estudios, publicado reportes y recomendado estrategias para identificar y contrarrestar la desinformación. Del mismo modo, la agenda sobre en qué temas o momentos la desinformación campea es muy diversa: desastres socioambientales, cuestiones de salud pública (como las vacunas) y campañas políticas, entre otros.
En esos contextos críticos suelen incrementarse las organizaciones independientes o las áreas de los medios destinadas a verificar datos, como ocurrió durante la pandemia de covid-19. De hecho, en ese momento, un reportaje emitido en el noticiario central de TVN siguió la pista de información y datos de contactos de supuestos médicos ofreciendo tratamientos o vacunas en medio de la confusión y el temor. El equipo periodístico siguió el hilo y desenredó la madeja: dio con quienes estaban en el origen del engaño. No hay que olvidarlo: si tu madre dice que te ama, verifícalo.
