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Un cuerpo siempre abierto

Manto azul, de Verónica Zondek, es un poema extenso que aborda la historia de Madre de Dios, un antiguo yacimiento de oro ubicado en las cercanías de Valdivia, hoy símbolo de explotación. En diálogo con las fotografías de Leonora Vicuña, el libro explora la lógica extractivista no para ofrecer respuestas, sino —como señala la escritora, editora y teórica del arte Macarena García Moggia— para hacer carne la inquietud.

Por Macarena García Moggia

Un silencio
va envolviendo los hechos,
aún por pronunciar.

—Denise Levertov

“Nada”. Así arranca el libro Manto azul, de Verónica Zondek. De la nada y con la palabra nada, como aquel “Nuevo Mundo” que bautizó nuestra historia; como El mundo según nuestra mitología escrita; como un poema que “nos inventa de nuevo”. De esos tres lenguajes –el histórico, el mítico, el poético– se conforma a primera vista este manto. A primera y última, a decir verdad, porque esta trenza munífica como una trenza María atraviesa buena parte de la obra de Zondek, que vuelve a concebir un libro como un poema largo en diálogo con otras artes, esta vez la fotografía en el ojo de Leonora Vicuña.

En un encuentro afortunado entre la palabra y la imagen, las artistas ingresan, y con ellas nosotros, en un mundo naciente y al mismo tiempo moribundo, cargado de muertos, de la palabra muerte. Es un mundo de barro el que aparece aquí. Un mundo hecho del encuentro entre la tierra y el agua, donde los límites de las cosas se funden en el color de la mezcla, la semejanza y la ceguera. “Barro, rencor inagotable. Toda otra fuente termina por ceder/ a la presión de esta materia original”, escribió Enrique Lihn en su poema “Barro”, del que retengo este fragmento:

Los días del agua están contados, pero no así los días del barro
que sustituye al agua cuando ciegan el pozo.
No así los días del barro que nos remontan al séptimo día.
De niños jugábamos con él, nada tiene de extraño que juegue con
nosotros
los creados a imagen y semejanza suya.

Este barro original que es fuente de “un rencor inagotable” tiene en las páginas de Manto azul un nombre: Madre de Dios, una mina de oro descubierta muy tempranamente por los primeros europeos llegados a América, símbolo vivo, ya entonces, de la historia de exterminio y explotación humana, cultural y natural que mancha nuestros cimientos, perviviendo hasta hoy en las cercanías de la ciudad de Valdivia. 

“La mancha de silencio extiende su sangre por trescientos años./ Trescientos años sin hablar de Madre de Dios”, dice un verso en estas páginas que al pasar convierten esa mancha en la mácula de un vientre materno de donde fluye un agua que ha sido vejada por la ambición y la desmesura. “Aguas que bajan por la montaña y llegan al mar/ aguas que tuercen sus rumbos // Entre sendas y vericuetos/ que merodean y merodean sin que un ojo las lea”. El lenguaje corre como un agua cuyos surcos es necesario, ahora, leer.

Sin embargo, parece preguntarnos el poema, ¿cuándo es tiempo de leer? Y más aún, ¿cuándo el de escribir? ¿Cuándo es el tiempo de la letra? ¿Cuándo llega? ¿Cuándo toca? “El tiempo acoge lo que al cuerpo no le es dado perdonar”, escribió alguna vez la misma Zondek. Lo que el cuerpo no perdona y sin embargo el tiempo en este libro acoge es la herida, la herida que un destello de oro hizo en la carne de un paisaje, de un territorio.

Como en El libro de los valles, Verónica Zondek vuelve a ingresar en el paisaje como si fuera este un cuerpo abierto, “un cuerpo para siempre abierto”. Y entonces guiados por su palabra y las imágenes de Vicuña nos encontramos de pronto al interior de una herida supurante, húmeda como toda herida. Pestilente y purulenta, emanando de la tierra.

La mirada, con todo, no rechaza esa herida. Más bien la ama. El ojo fotográfico que se despliega no mira el barro con una mirada médica, cenital, sino con la dulzura de un ángulo picado que se embarra, que embarra el ojo, casi las manos, los pies. Porque todo aquí son imágenes enlodadas en las que confluyen tiempos, el pasado y el presente, por lo pronto, suspendido el transcurso en un solo y mismo gesto: un cuerpo se agacha, con pies y manos lava la tierra hasta que de la hondura surja, de pronto, un destello. El destello del oro que obnubiló un siglo, hace siglos. Y aún hoy obnubila los sueños pobres de solitarios pirquineros: “Madre de Dios/ no es por nada que duermes en lo hondo y aguardas.// Madre/ de mi vientre fluye el agua que todo lo sostiene/ el fuego que enciende/ la // Tierra que cobija y un aire que insufla sueños en la ventolera”.

Verónica Zondek / Leonora Vicuña 
Manto Azul  
Ofqui, Valdivia 2024

En las páginas de un proyecto anterior a este, que lleva por título Instalaciones de la memoria, la poeta habla de “monumentos a las huellas de lo que fuimos capaces”. Sin querer levantarlos, sino solo hacerlos aparecer, la poesía extenúa sus recursos en lo que le es propio: poner el lenguaje en situación de colisión, porque de un choque como el que se produce entre la palabra monumento y la palabra huella, que son precisamente lo opuesto, surge el brillo, el destello de lo que no puede capturarse sino habitándolo. Habitando lo que en su libro Fuego frío –otro oxímoron que precede, en el tiempo, al que ahora tengo en mis manos– Verónica Zondek llamara “una profunda instalación del olvido”.

A menudo, no hay forma mejor de pensar la poesía que sirviéndose de la poesía misma, buscando en ella las claves, las chispas que permitan iluminar lo que las palabras, de un verso a otro, hacen. Es lo que se me ha dado al poner este libro, Manto azul, en relación con otros. Descubrimos, por ejemplo, que si en Instalaciones de la memoria se escribía “sobre un papel blanco”, conduciéndose la mirada a través de ventanas como heridas que se abren y se cierran a la memoria de ese otro cuerpo que fueron las ruinas de Humberstone, lo que hay aquí es un ojo que extraviado escribe sobre un cuerpo de barro… y oro: “A esta orilla llegaste sin sospechar dónde estabas. // Ahora lo sabes/ lo sabes muy bien y vuelves/ vuelves a manosear a destajo los brillos de mi carne”. 

¿Cuál es la fascinación que causa en el hombre el brillo mineral? (“Todo era/ es deseo de brillo/ de brillo por brillo”,  –cito de Manto azul). Desde luego, una respuesta para semejante pregunta rebasa, me temo, las posibilidades del arte, cuyo afán, en todo caso, y en especial en este, no es brindar respuestas, sino hacer carne la inquietud. Encarnarla en las palabras y las imágenes. Así las cosas, percibo de un modo tan incierto como aguzado que aquel brillo que buscan los ojos brilla también en los nuestros, produciéndose un cierto efecto en la mirada, o lo que quisiera llamar “una sensación de imagen” que hace presentir que en la inminencia de este barro que vemos y leemos está siempre, a punto de despuntar, como una pepita, acaso, de otros tiempos fulgurando en este, “un sol enterrado”, el mismo sol que en estos versos “se viste de oro rojo y sumerge su cuerpo en la anchura”.

Me ocurrió que leí el libro, concretamente, de espaldas al sol, y de repente del barroso café de las fotografías vi despuntar, impulsado por la luz del mediodía, el oro, la iluminación… como si destellara en cada imagen un secreto, gocé descubriendo el oro en el papel con la sorpresa de ver lo oculto revelándose ante los ojos. Y entonces me sentí un poco “acariciando la carne expuesta”, como ha dicho la poeta. Un poco como ese challero o pirquinero que en este libro “toca el tambor que quiere”. Escucho todavía su voz:

No marco tarjeta.
No pido permiso.
Soy un corazón encendido.
Canto porque soy un andarín del cerro.
Canto porque sé y no cuento.
Arribo al agua.
Arribo al túnel.
Me calzo las botas/ doblo el cuerpo/ trabajo.
Husmeo/ husmeo hasta encontrar el manto azul de piso/ estudio en challa
el oro
Aluvial/ lo lavo/ lo acuno con sosiego.

En esa voz que despunta como el oro al interior de este libro está oculto nada menos que el título que lo encabeza: Manto azul. Que no es solo, según me entero, una alusión al manto con el que solía representarse, precisamente en la pintura del Siglo de Oro, a la Virgen María, “madre de dios”, por razones de índole devocional y, por cierto, económicas: el azul era entonces un pigmento extremadamente valioso, originado del lapislázuli, tan costoso o incluso más que el mismo oro. (“Bajo siete llaves quedó su nombre // Y espléndido/ el manto azul se recostó a dormir su pena”.)

En minería, el manto azul es también una capa líquida, de poco espesor, que cubre la tierra, acunándola, tal vez, como lo hace con su manto este poema. Un manto que es un canto. Un canto azul como una herida (“Una canción es una herida de amor que nos abrieron las cosas”, escribió Gabriela Mistral). Quizá un lamento. Un lamento de la tierra y de la poesía: “Ay por escribir este libro y haber preferido no decirlo”, dice contra sí mismo el verso final.