Un rumor sobre la vida de alguien puede llevarnos a entender a otro y no solo a golpearlo. Un rumor puede organizarnos, acercarnos. Compartir un miedo e intentar enfrentarlo juntos. Es a través de la cercanía física, el aliento y el leve sonido en el oído de otro que podemos crear un espacio de protección, oculto, en el que hay que mantener una voz muy suave y a la vez audible.
Por Paula Arrieta | Imagen: El secreto (1873), de Franklin G. Weller. Copia a la albúmina sobre papel de plata. The J. Paul Getty Museum, Los Ángeles.
I. Breve tipología del rumor
Cuando el encierro por la pandemia de 2020 era inminente, los supermercados se llenaron de personas que cargaban su carro hasta más allá del tope razonable con papel higiénico. De alguna forma misteriosa, entre la población nacional urbana se extendió el rumor de que la principal y más dramática escasez sería de lo que comúnmente llamamos “papel confort”. Las tiendas se quedaron sin stock en pocas horas, y largas filas de personas invisibles detrás de un cerro de confort colmaban las cajas de pago. Por esos días circuló un meme en el que un doctor le decía a un hombre: “señor, usted tiene COVID”. Y el hombre respondía: “¡Pero cómo! Eso es imposible, ¡si compré miles de rollos de confort!”. El chiste revela una risa defensiva: bajo el meme subyace la desconexión entre acción y evidencia, síntoma de la incertidumbre que impulsó el pánico.
Nadie sabe dónde nació ni cómo se propagó tan masivamente esta alerta cuyas lógicas se cruzan de manera extraña. Porque sí, podría ser que por diferentes motivos el stock de papel higiénico se viera mermado. Pero no está clara la relación con el COVID.
En casos como estos queda a la vista que la incertidumbre es una de las razones principales de la masificación de información no confirmada. La ausencia de datos confiables frente a una situación amenazante lleva a tomar decisiones no siempre fundadas.
Existe otro tipo de rumores que actúan como herramienta perversa del poder. En Chile, poco después del golpe de Estado que derrocó al presidente Salvador Allende, el periodista Julio Arroyo Kuhn tituló su columna en el diario El Mercurio “Ex Gobierno marxista preparaba autogolpe”. Según esa publicación y otras que le siguieron, como el Libro blanco del cambio de gobierno, del historiador Gonzalo Vial, existía un plan secreto del gobierno de la Unidad Popular para realizar un autogolpe el 19 de septiembre de 1973. Allende recibiría a los generales de las Fuerzas Armadas para compartir un almuerzo y, en ese momento, serían asesinados por los meseros. El plan incluía también una lista de empresarios y políticos que serían ultimados para instaurar la República Popular Democrática de Chile. Una razón más para que las fuerzas golpistas actuaran con rapidez antes de que todo eso se concretara.
Como ya se sabe, ese plan —el Plan Z— nunca existió. Se trató de un rumor empujado por la oposición golpista para desacreditar al gobierno de Allende y posicionarlo como un régimen violento y maldito, dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de mantener el poder. A eso se le ha llamado “guerra psicológica”. El rumor, entonces, es también un arma que se enlaza muy íntimamente con la mentira para manipular conciencias, miedos y deseos.
Hay un tercer tipo de rumor que no tiene que ver con el pánico generalizado ni con los mecanismos del terrorismo de Estado. Se trata de un rumor mucho más inofensivo, pero cargado de deseo. Mi favorito desde la adolescencia: viene Portishead a Chile y tocará en la Blondie. Si bien era un rumor menor —que convivía con uno mucho más épico: Pink Floyd tocará en el Valle de la Luna—, escuchar “Glory Box” en vivo y cargarse de la atmósfera sombría de la banda era el escenario perfecto para una pequeña escena underground aislada de una sociedad a la que solo le interesaban el consumo y las apariencias, que nada sabía del dolor existencial.
Es el tipo de rumor que se acerca más a la fantasía que a la mentira. Tiene que ver con la imaginación, con la emoción y, en especial en el Chile de los noventa y dos mil, con el hastío que provocaba ser un país tan alejado de los epicentros culturales del mundo.
Entre el miedo, la manipulación y el deseo parece quedar todavía un espacio sin describir.
Hoy, los medios de comunicación y los acelerados cambios tecnológicos nos paralizan. Nos debatimos sin ninguna certeza entre creer algo o dudar de todo. Hay cosas en las que quiero creer, que calzan perfecto con lo que pienso y defiendo, pero esa convicción no las vuelve necesariamente reales. La propagación masiva casi instantánea de información puede bastar, por ejemplo, para decidir una elección. Las mentiras de antaño ahora son fake news, y la única diferencia, al parecer, es que las últimas incluyen una noción de noticia de último minuto, de información de urgencia que no puede esperar.
La situación despierta emociones encontradas, como todo fenómeno tecnológico. Sorpresa, incomodidad, desolación. Porque a veces este tipo de rumor de la era de las redes sociales es capaz de arrasar con situaciones y sujetos con nombre y apellido por igual. Estigmatiza, hiere, desprecia, ofende, desarma. Al final, todo se trata de un asunto recurrente: la compasión hacia otro.
Por esto mismo es que quiero pensar aquí en una deriva diferente.
II. Entender el rumor
Varios autores se han dedicado a estudiar el fenómeno del rumor. Desde diferentes disciplinas, entender cómo funciona y qué efectos tiene es un desafío cuya recurrencia nos advierte sobre la importancia del tema. Por ejemplo, los psicólogos Gordon W. Allport y Leo Postman, en su clásico estudio La psicología del rumor (1947), alertaron que un rumor nunca se mantiene intacto. Cada persona de la cadena agregará algo relacionado con su propia subjetividad y modificará el mensaje.
De esto se trata el juego del teléfono.
En un círculo formado por los participantes, uno de ellos traspasa una información determinada al oído de la persona de la derecha. Puede ser una palabra o una frase. Quien sigue debe hacer lo mismo, y así hasta que el mensaje llegue de vuelta al emisor original. La distancia entre uno y otro es, por lo general, sorprendente. Y da mucha risa. En este punto, intuimos que el asunto del rumor encierra una estructura compleja, móvil, flexible; directamente ligada a quien participa de él, a su subjetividad, a sus sentidos y a su contexto espacial y temporal.
El sociólogo Tamotsu Shibutani desarrolla una mirada que va aún más lejos. En Noticias improvisadas: un estudio sociológico del rumor (1966), observa que no es el producto de una irracionalidad masiva movida por el miedo o la ingenuidad, como podría ser el impulso de comprar papel higiénico. Más bien es la elaboración de una respuesta en situaciones de estrés. Es la manera en que las personas buscan entender el mundo cuando no hay más antecedentes para hacerlo, cuando la cartografía de referentes culturales, como diría Suely Rolnik, deja de servirnos. Cuando nos encontramos a la deriva, sin referencias. Se inventa, de esa forma, una inteligencia diferente, una producción del lenguaje que ostenta reglas propias. Un lenguaje nuevo, a fin de cuentas.
Así, los rumores adquieren otro estatus. Se convierten en una forma colectiva de interpretar una situación intercambiando experiencias personales, información parcial, deducciones y alternativas de respuesta. Es el esfuerzo de una comunidad por comprender y articular una voz común, capaz de orientar reacciones y comportamientos en esos momentos en las que la autoridad pierde credibilidad o se ha quedado en silencio.
Se puede ver como un fenómeno sociológico, pero no es solo eso. Como en el juego del teléfono y la cadena de rumores de las que participamos de adultos, hay también un compromiso sensible. En cada ocasión nos acercamos a otro, bajamos la voz y susurramos algo en su oído. Aire, calor, gravedad del sonido. A veces hasta causa un escalofrío involuntario. No se trata de una metáfora, sino de una práctica concreta de intimidad, confianza y reciprocidad. En la medida en que el rumor pone en relación nuestra sensibilidad con la de los demás, abre la posibilidad de concebir otras formas de existencia.
Un rumor-susurro es, ante todo, una conciencia racional, lingüística y sensual del otro.
III. El rumor susurro
¿Por qué vale la pena pensar hoy en un rumor-susurro? ¿Hoy que todo, o casi todo, está codificado en pantallas, imágenes, parodias hechas con inteligencia artificial y viralizaciones? ¿Por qué podría importarnos una formulación sintética —obligación de su urgencia— que se dice en voz baja, al oído de otro, a escondidas del control del poder?
El politólogo James C. Scott, en Dominación y las artes de la resistencia (1992), desarrolla la idea de que los discursos públicos esconden un discurso contrahegemónico. Serían sobre todo sujetos y comunidades disidentes, mantenidas al margen, que en apariencia siguen de manera estratégica las normas impuestas, pero que, en paralelo y a espaldas del poder, desarrollan ideas y pensamientos que desafían las directrices oficiales. Eso serían los “discursos ocultos”. Uno de los ejemplos que da son los esclavos en el Estados Unidos del siglo XIX. Bajo la apariencia de sumisión —desde jornadas de trabajo y castigos hasta su propia venta— organizaban estrategias de resistencia como trabajar más lento, bajar la producción, fingir bajas capacidades intelectuales y desarrollar un fuerte sentido de solidaridad. En el mar de rumores que alarman y desinforman, hay también algunos que llaman a reunirse, a cuidar de otros o a acompañar una espera angustiosa.
El filósofo y sacerdote jesuita Michel de Certeau separa la estrategia —las formas en que la institución organiza las acciones sobre un espacio— de la táctica, que no tiene un lugar y está por fuera de la institucionalidad oficial. A esta última la llama “táctica de los débiles”, y la concibe como un modo de organizar la rabia y el descontento ahí donde no llega el control del poder. “La táctica no tiene más lugar que el del otro”, señala.
Entre los discursos ocultos de Scott y las tácticas de De Certeau aparece una figura posible, eso que he señalado como el rumor-susurro. Podemos pensar, entonces, en un tipo de rumor que no es banal o dañino o destinado al engaño, sino una herramienta política de organización de las fuerzas creativas.
Me refiero, por ejemplo, a esa información casi invisible que busca proteger a otras y otros, evitar que se muevan a cierto lugar, advertir de un peligro o comunicar el descubrimiento de un punto débil para saber cómo defenderse. Pienso también en esas palabras que salen con disimulo, de lado, que soplan una respuesta que el temor no nos deja ver. Hablo de esa experiencia personal que se traspasa en un abrazo y que da consuelo, que acompaña, que alivia un dolor. Y hablo, especialmente, de ese mensaje de boca a oído que organiza una estrategia, una acción que romperá con el cerco.
El rumor a secas contiene ya una potencia política: circula sin origen claro, se transforma al transmitirse, no se puede controlar completamente, carece de autor estable. Pero bajo el apellido “susurro”, el carácter móvil, plural e inclasificable del lenguaje encontraría un lugar en su dimensión física, sensorial y de proximidad. El rumor-susurro cambia una y otra vez porque involucra al sujeto y, al actuar, se vuelve presente. Ya no es solo mensaje, sino también un gesto en el cual reconozco a otros como iguales y acepto la idea de que una red puede funcionar mejor que una acción individual. Desde el rumor-susurro podemos resignificar, retroceder, mirar de vuelta, corregir e imaginar otro espacio y tiempo. Ahí el lenguaje y, por tanto cada uno de nosotros, puede tomar aire y empezar de nuevo.
Un rumor sobre la vida de alguien puede llevarnos a entender a otro y no solo a golpearlo. Un rumor puede organizarnos, acercarnos. Compartir un miedo e intentar enfrentarlo juntos. Es a través de la cercanía física, el aliento y el leve sonido en el oído de otro que podemos crear un espacio de protección, oculto, en el que hay que mantener una voz muy baja y a la vez audible. El rumor-susurro requiere una tecnología suave capaz de articular proliferaciones.
Quiero pensar, y esto es puro e intenso deseo, que el rumor-susurro puede ser también un grito alojado entre el pecho y la garganta, en estado de latencia.
Cito aquí —tomándome cierta libertad en la traducción— una canción de la entrañable Tracy Chapman: en las filas de personas desempleadas, en aquellas que se forman todos los días en la puerta de una organización de caridad, en las salas de espera de los hospitales, se escucha un ruido que parece un susurro. ¿Acaso no sabes de qué están hablando?
