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Valeria Luiselli. Las caras del tiempo

Una pregunta de su hija —por qué los mitos de creación parten siempre de una división— se convirtió en la inspiración de la nueva novela de la escritora mexicana, su esperado regreso a la ficción tras siete años sin publicar. En Principio, medio, fin, la autora —una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana actual— entrelaza maternidad, memoria y mitología para indagar en el tiempo como una estructura circular, en constante transformación, a través de una historia que explora las formas recíprocas de transmisión entre generaciones.

Por José Núñez | Crédito de foto: Alejandra Fuenzalida

En el origen hubo una pregunta. Cuando la hija mayor de Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) tenía unos 10 años, la escritora comenzó a leerle clásicos grecolatinos por las noches para atenuar su insomnio. En esas lecturas aparecían una y otra vez mundos que nacían de una escisión: el cielo separado de la tierra, la tierra de las aguas, la noche del día, la luz de las tinieblas. En las Metamorfosis, por ejemplo, Ovidio sitúa ese acto fundacional luego de un caos primigenio, que define como una masa informe y sin elaborar, “un montón de simientes discordantes de elementos no bien ensamblados”.

Una noche, la niña le preguntó por qué las cosas en los mitos de creación siempre están hendidas en dos, y cuál era el significado de esa palabra. Luiselli pudo explicarle lo segundo, pero no el motivo por el que tantos relatos sobre el origen del mundo parten de una división. Esa pregunta, cuenta, se convirtió en el germen de Principio, medio, fin, la novela con la que regresa a la ficción siete años después de su último libro, la aclamada Desierto sonoro (Sexto Piso, 2019).

“Fue muy lindo desaparecer”, dice la escritora, quien el mes pasado estuvo en Chile presentando la obra junto a Macarena García Moggia y Alia Trabucco Zerán, en la Cátedra Abierta UDP en Homenaje a Roberto Bolaño y en la librería del GAM, respectivamente. Pero durante ese lapso, no se detuvo. En 2020, junto al colectivo Ecos de las Tierras Fronterizas, comenzó un proyecto de registro de paisajes sonoros en la frontera entre México y Estados Unidos, ampliando un interés que nació con Desierto sonoro, donde narra la crisis de un matrimonio que se dedica a documentar sonidos. “Hemos estado trabajando en una pieza muy demandante y ambiciosa. Todavía no terminamos, porque esa frontera es muy larga”, cuenta la autora, quien además da clases de escritura creativa en el Bard College y en la Universidad de Harvard. “Fue un placer descubrir que no había prisa. Cuando empezamos a grabar pensamos que estaríamos solo un par de años trabajando, y luego nos dimos cuenta de que era un proyecto de, por lo menos, diez años”, agrega.

En paralelo, fue invitada a participar en la Biblioteca del Futuro, un proyecto de la artista escocesa Katie Paterson que partió en 2014 y que busca recopilar durante un siglo una obra literaria diferente por año, las que no podrán ser leídas hasta 2114, cuando unos árboles plantados en un bosque de Noruega sean convertidos en papel para imprimir los textos. “El último que entregue su manuscrito tendrá sobre su espalda el peso del pasado; nosotros, en cambio, tenemos el aliento del futuro” dice sobre la iniciativa, en la que han participado autores como Margaret Atwood, Han Kang, Karl Ove Knausgård y Ocean Vuong. Ambos proyectos, explica, la llevaron a pensar el tiempo desde distintas perspectivas. “Todo eso informa la manera en que se concibe el tiempo en Principio, medio, fin”, afirma.

Fotografía de la autora, quien estuvo en Santiago entre el 15 y el 17 de junio presentando Principio, medio, fin.

La novela, publicada bajo el sello Feltrinelli Editores, la casa editorial italiana que inaugura con el libro su catálogo en español de la mano de Anagrama, narra la historia de una escritora que viaja junto a su hija de 12 años a Sicilia, donde intenta reconstruir su vida después de un largo y extenuante divorcio. Instalada en Catania, en el departamento de un pianista que conoció poco después de su separación —y que se encuentra de gira—, la protagonista se dispone a terminar un nuevo libro y a construir algo así como un hogar, en medio de un verano marcado por la constante amenaza de una erupción del volcán Etna. Las acompañan un pequeño mosaico con el rostro del dios Proteo —una pieza heredada de la Nanna, su abuela siciliana, que antes de emigrar a América trabajó como jornalera en una campaña de excavaciones arqueológicas— y su madre, quien desde Baja California les escribe constantemente por WhatsApp, evidenciando un incipiente cuadro de demencia senil.

Si en su anterior libro Luiselli documentaba la crisis migratoria en la frontera entre México y Estados Unidos (a partir de su experiencia como intérprete voluntaria de menores solicitantes de asilo ante la corte de inmigración de Nueva York), en Principio, medio, fin retrata la cotidianidad de una madre y su hija, aunque los vínculos familiares sean solo el punto de partida —como es habitual en su obra— para explorar preguntas de mayor alcance que aquí remiten al linaje familiar, la historia, la geografía, la mitología y la cosmología. En ambos libros, Luiselli recurre a una estructura fragmentaria, a la incorporación de materiales gráficos (como polaroids, cartas, fotografías y documentos impresos), a la alternancia de narrador y al cruce entre ficción y no ficción. Pero si Desierto sonoro respondía a una urgencia política, Principio, medio, fin nace de una pregunta por los principios: qué significa volver a empezar; qué es el origen, en un sentido cosmogónico. Una inquietud que emergió esa noche mientras le leía a su hija.

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Tras separarse del escritor Álvaro Enrigue, la vida doméstica de Valeria Luiselli cambió por completo. Durante la pandemia, su casa se convirtió en un lugar de convivencia para mujeres de distintas generaciones: primero llegaron a vivir sus sobrinas, luego su madre y más tarde amigas que se divorciaban y pasaban una temporada allí. “Fueron años en que entramos en una cueva luminosa”, dice la autora, quien entre medio tuvo a su segunda hija, lo que la llevó a reimaginar su vida bajo esa nueva estructura familiar. Fueron las conversaciones, relatos familiares y prácticas de cuidado que se dieron en su hogar las que también inspiraron Principio, medio, fin, una indagación sobre el tiempo y las formas recíprocas de transmisión entre generaciones. “Esto no es más que un intento modesto pero constante de hacer vida, juntas, mientras nos movemos en una dirección incierta, mientras el mundo entero se mueve hacia algo indescifrable pero que se siente cada vez más como la orilla, el final de un camino”, se lee en la novela.

La protagonista es, en cierta medida, un trasunto de la propia Luiselli: una escritora recién separada que se obsesiona con el tiempo, qué significan los principios y finales, dónde se ubica el medio. “Las narrativas que más me interesan y conmueven son las que intentan captar el paso del tiempo de un modo distinto, que intentan sentirlo con más agudeza en lugar de imponer sobre él trayectorias lineales”, escribe. La otra protagonista es su hija de 12 años, cuyo mundo le resulta en ocasiones incomprensible. La adolescente se obsesiona con devolver el mosaico que su bisabuela robó cuando trabajaba como excavadora en las ruinas arqueológicas de una antigua villa romana.

Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli
Feltrinelli Editores, 2026
360 páginas

El objeto, una representación del rostro de Proteo —un dios de la mitología griega capaz de predecir el futuro, pero que se escabulle cambiando de forma para evitar revelarlo—, no solo enlaza las historias de las distintas generaciones, sino que también condensa muchas de las preguntas que recorren el libro. “Al final de todas sus metamorfosis lo que hay es una visión total del tiempo, una claridad sobre el pasado, el presente y el futuro”, explica la autora sobre Proteo, que en su capacidad de transformarse refleja la búsqueda de reinvención de la protagonista, la manera en que las identidades, los relatos y los recuerdos nunca permanecen fijos; mientras que, en su capacidad de ver el pasado y el futuro, simboliza el tiempo.

A medida que transcurren los días en la isla, en ese departamento abarrotado de libros que las protagonistas leen por las noches, la narradora comienza a escribir una novela sobre una escritora cuya madre se encuentra en las primeras etapas de un proceso de demencia, y a quien le pide que traduzca al español el libro que está escribiendo en inglés como una forma de mantener su memoria activa. Pero en cierto punto la narración se estanca, el manuscrito se convierte en un montón de notas dispersas, y es la hija, la narradora de la última parte del libro, guiada por esa capacidad de “evocar ideas salvajes, teorías hermosas”, la que da cierre al relato, completando un círculo que comenzó —increíble, inesperadamente— con el rapto de la figura de Proteo por parte de su bisabuela. La estructura, de alguna manera, refleja una idea central del libro: que la influencia ocurre de manera bidireccional, que cada generación reescribe a la anterior y a la siguiente.

Pero Principio, medio, fin no se limita solo a contar esa historia. Luiselli intercala una serie de pasajes de carácter ensayístico en los que reflexiona sobre el componente autobiográfico de sus ficciones, cuestiona su relación con la escritura, contrapone la novela y el ensayo a partir de sus distintas formas de relacionarse con el tiempo y se pregunta por el lugar que aún ocupan los clásicos en el presente. La novela cierra con un apéndice documental que reúne las postales escritas por la hija durante el viaje, las polaroids tomadas durante la escritura de la novela y un código QR que conduce a un archivo sonoro compuesto por grabaciones realizadas en Sicilia de paisajes subacuáticos, vientos mediterráneos, lluvias y exhalaciones estrombolianas. Es algo que había hecho en libros anteriores, en los que incorporó los materiales que formaron parte de su proceso creativo.

“Durante muchos años lo único que hago es coleccionar notas, apuntes, microensayos, escenas, sin saber cómo se van a concatenar unos con otros. Quizás mis procesos, siendo tan largos, de muchos años, necesitan de pequeñas anclas que me ayuden a armar la arquitectura final de estos fragmentos. Ahí el sonido y las imágenes que me acompañaron se convierten en las costuras finales”, explica la autora, quien concibe estos materiales no necesariamente como una expansión del relato, sino como una traducción de la escritura a otros lenguajes y soportes. “Las fotos no son ilustraciones, sino que ponen en tensión de algún modo lo que se cuenta. El archivo sonoro acompaña sin ilustrar, es más como una especie de corriente subterránea emotiva o de coro griego hecho de los elementos de la naturaleza”, añade.

En ese entramado, se van superponiendo distintos tiempos: el histórico, el familiar, el arqueológico y el geológico. ¿Cómo fue el trabajo de hilvanar esos elementos en la trama?

—Para mí ahí está el reto y lo más divertido del proceso de escritura: entender que quiero pensar en el tiempo a través de todos estos círculos concéntricos de consideraciones: el núcleo del léxico familiar, el espacio geográfico, político, social; las historias más antiguas sobre ese espacio; los mitos, la geología, la vulcanología; todas formas distintas de entender y medir el tiempo. El trabajo está en hilar fragmentos chicos, no solo uno detrás de otro, sino mediante hilvanados largos, haciendo que algo que aparece temprano en la historia vuelva porque produjo un eco. La clave está en encontrar esos nodos donde se amarran los hilos largos de la escritura, mientras vas trabajando en el interior de una frase, en sus ritmos y musicalidad, en la manera en que un fragmento se redondea, empieza y termina, y cómo se concatena con el siguiente. Son muchas escalas donde hay que pensar en ritmo, repetición, eco, texturas, colores, para que se vaya armando un todo.

Al igual que en Desierto sonoro, una parte de la novela está narrada por la hija. ¿Cómo fue construir esa voz desde un punto de vista estilístico?

—Durante mucho tiempo no sabía cómo iba a terminar la novela, qué giros tenía que dar, pero en un momento dado me fue muy claro este movimiento de marea que va y viene entre generaciones. Puede que el tiempo para nuestros cuerpos sea lineal, es decir, vamos de la infancia a la adultez y a la vejez, pero dentro de eso hay muchas formas no lineales de la temporalidad. En las historias, ya sean familiares, literarias o mitológicas, hay formas circulares o espirales que no obedecen a la linealidad del tiempo. Esas temporalidades me interesan en la novela. Y para que eso pudiera ser no solo una reflexión sobre la forma de comportarse el tiempo ni una manifestación en los diálogos, tenía que haber un verdadero flujo de las historias hacia otra voz, hacia otra generación, es decir, cómo en algún momento la manera en que articulamos el mundo para los más chicos se convierte en algo que ellos o ellas toman firmemente entre sus manos para seguir adelante.

Son las decisiones de la hija, al final, las que explican buena parte de la historia.

—Así es, y además por fin entendemos todo lo que la mamá no ve, todo eso que desde el mundo adulto se observa como absurdo o inexplicable. ¿Adónde se fue esta niña? ¿Por qué desapareció? ¿Por qué actúa así? Todas esas preguntas que la madre no consigue responder no es que se expliquen, no se trata de explicar, pero sí podemos ver desde otro lugar la historia y entender cómo alguien, otra mente, trama hacia adelante lo mismo que nosotros estamos entendiendo hacia atrás. La mirada del lector y la mirada de la niña pueden ir en direcciones contrarias y encontrarse, y ahí sucede lo mágico de la lectura, de la literatura, que no es otra cosa que dos mentes encontrándose.