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Palabras que remecen  

Rescate es una experiencia sensorial e inmersiva que busca develar la banalidad presuntuosa del poder y restituir el verdadero poder: el de imaginar mundos posibles a través de palabras que remecen”, escribe Maurico Barría sobre Rescate, de Alejandro “Chato” Moreno.

Por Mauricio Barría

 “La experiencia de la alegoría, que se aferra siempre a las ruinas,  
es la de un eterno caducar” 
—Walter Benjamin 

En abril de 2001, el director chileno Andrés Pérez se colgó con arneses de una viga en lo que entonces eran las bodegas de Matucana 100 para protestar contra la decisión del gobierno de impedirle seguir administrando un espacio que poco después se convertiría en un centro cultural. Nueve meses más tarde moriría, a causa de complicaciones del VIH, en el Hospital San José. Tres años antes, en Chañaral, cerraba sus puertas el centenario Teatro Windsor. Abandonado, su estructura se fue derruyendo como un cuerpo enfermo que adelgaza hasta los huesos. Entonces, vienen a la mente imágenes superpuestas: un cuerpo que cuelga desde vigas desnudas como las del propio Windsor. Un cuerpo que reclamaba su derecho a persistir, ante la banalidad del poder. Un cuerpo como un teatro, un teatro como un cuerpo que busca resistir también a esa banalidad del poder que olvida. ¿En qué dimensión se entrelazan ambas historias? 

Rescate —que tuvo funciones en mayo y junio de este año en GAM— es el trabajo más reciente del dramaturgo Alejandro “Chato” Moreno, el mismo que 17 años atrás nos sorprendió con La amante fascista (2009) y luego con la enigmática Gastos de representación (2014): ambos montajes, aunque no fueron dirigidos por él, se sostenían completamente en el poder de su escritura. Y es que lo de Moreno es, sin duda, la escritura; una que nunca concede, que lleva su predicamento hasta las últimas consecuencias a riesgo de no llegar a ser jamás una moda. Una escritura que nos obliga a repensar la categoría de dramaturgia para entenderla como un arte autónomo de la puesta en escena. De hecho, es el propio Moreno quien define Rescate como un espectáculo de dramaturgia. Un trabajo delicado y detallista, de una factura compleja, pues construye un texto reuniendo extractos de grabaciones de voz del propio Andrés Pérez. Ensamblando estos registros sonoros, el dramaturgo escribe, mediante una “música de sonidos fijados” —como la denomina el compositor Michel Chion—, una serie de relatos maravillosos: la historia de un caracol nómade, la de una mano izquierda que decide independizarse de su cuerpo para irse con el circo, la de una hermana gemela que busca a su doble, la de un director que ante la sordera de los poderosos decide gritar y colgarse de una viga. Gritar para rearmar, gritar para volver a levantar un teatro abandonado en medio del desierto.  

Lo impresionante de este ejercicio es que es cien por ciento analógico. Con una artesanía microscópica, Moreno recorta palabras y pedacitos de frases y los monta hasta componer historias que son, al mismo tiempo, el resultado azaroso de esos materiales sonoros y de la imaginación del propio dramaturgo que juega con una suerte de bricolaje aural y alegórico, creando a partir de esos sonidos prefabricados relatos que estremecen por su bella simplicidad.  

A primera vista, Rescate pareciera ser una instalación escénico-sonora. Sobre el espacio yacen varias estructuras que asemejan a un mecano desarmado. Atriles con sus micrófonos que de pronto parecen organismos flacos y alargados. Y cuerpos humanos que accionan los materiales como utileros o manipuladores de objetos. Pero de pronto se hace presente Andrés Pérez. A través de su propia voz, el director adquiere realidad escénica, aun cuando no lo veamos, subvirtiendo el lugar común de que la presencia teatral es ante todo visual. Al mismo tiempo, durante toda la obra observamos a dos actores (Mario Goya y Juan Pablo Lara) montando con esas estructuras una maqueta que reconstruye de forma delicada y fiel el actual estado del Teatro Windsor. Es como si la voz de Pérez dialogara con este teatro, y este último respondiera de alguna forma invitándolo a confundirse con él. Al final, una pequeña marioneta colgará de una de las pequeñas vigas.  Mientras tanto, dos actrices intervienen de tanto en tanto interpretando variados roles. Una de ellas (Paula Bravo) encarna a una gemela que busca por el norte de Chile a su hermana desaparecida; la otra (Valentina Muhr) cuenta la historia de una mujer que trabaja en un cabaret en Punta Arenas que se confunde con la de una actriz francesa que vivió en Chile, un sutil guiño alusivo a Sarah Bernhardt. De alguna manera, el cuerpo de estas actrices adquiere el mismo rasgo de artefacto que tiene todo el montaje. Y no digo artefacto como algo negativo. Lo que articula esta brillante operación es, justamente, un pensamiento alegórico: el ensamblaje de materiales diversos que, en todo momento, hacen notar su calce y descalce; historias y objetos que refieren a algo para decir otra cosa; la continua superposición de textos, signos, tiempos y espacios; una dramaturgia en forma de paisajes sobrepuestos como un montaje de imágenes transparentes; una constelación inorgánica de ruinas, de fragmentos, de pedazos donde todo deviene un personaje, un artefacto personaje.   

Por lo mismo, es difícil describir lo que uno experimenta realmente en Rescate. Tal vez una crítica debe buscar ser fiel a esa proliferación infinita de escritura y teatralidad de palabra. Porque ¿qué es la palabra en el teatro? Ante todo, una voz. La escritura teatral esconde un misterio: el de una palabra que, al hacerse voz, vuelve a inscribirse como un grafo sobre la superficie de nuestros cuerpos, para hacernos daño o estremecernos, para golpearnos y despertarnos. El misterio de una escritura que se vuelve voz y que, como toda voz, siempre esconde un excedente: el eco de antiguas resonancias. La voz trae los tiempos al presente, las memorias al ahora; convoca sortilegios de encuentro.  

Moreno nos enseña que las palabras tocan y son materia y energía. Tocan y ponen a vibrar el sentido opaco de las cosas que hay. Las palabras crean el tiempo en la voz y producen tiempo abriendo el espacio. Rescate es una experiencia sensorial e inmersiva que busca develar la banalidad presuntuosa del poder y restituir el verdadero poder: el de imaginar mundos posibles a través de palabras que remecen. Si es una obra teatral, una instalación o los recuerdos desperdigados de una cabeza abierta, poco interesa. Si es un homenaje o una crítica al alarde del poder, importa algo más. Lo que aquí experimentamos es el mayor de todos los misterios: el de reunirse en torno a una escena que ya no es la de los cuerpos humanos, sino una celebración alegórica de la vida, una celebración a través de la cual las cosas materiales vuelven a adquirir el valor que la cotidianidad les arrebata.  

Al final, una voz resuena para siempre en nuestra memoria y nos dice que todo se acaba, incluso el poder de los poderosos.