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Blindar la voz

“Quizás Sebastián Lelio estaba muy consciente de los riesgos mientras hacía la película. Quizás se vio abatido por eso que él denominó ‘la ola’ y prefirió mantener todo bajo control, a diferencia de lo que ocurre en sus otras películas, donde todo se desarrolla con más naturalidad y de manera un poco más suelta”, escribe Laura Lattanzi sobre la película chilena La ola.

Por Laura Lattanzi

Sebastián Lelio ha mencionado en diversas entrevistas que hacer la película La ola le ha significado asumir muchos riesgos. Y sí, hacer un filme sobre los movimientos feministas en un contexto en el que hombres blancos poderosos vociferan abiertamente su violencia, y hacerlo, además, como un musical, género poco utilizado en Chile —y en la región— y más vinculado a las grandes producciones de Hollywood, puede ser sin duda arriesgado. Ahora bien, ¿qué significa arriesgarse en el arte?  

No soy artista, pero pienso que hacer arte es siempre un riesgo, ya que se trabaja con un lenguaje no necesariamente codificado y, por tanto, no es posible anticipar cómo reaccionará el público. El arte tiene un resto imposible de ser controlado, sin importar cuánto se esfuercen los y las artistas y los agentes del mercado. Y si la obra aborda directamente la materia de lo real, el asunto se vuelve más complejo, porque lo real está siempre ardiendo. “Hacer cine es escribir en un papel que arde”, sostenía Pier Paolo Pasolini. 

La ola (2025) 
Dirección: Sebastián Lelio 
Guion: Josefina Fernández, Manuela Infante, Paloma Salas, Sebastián Lelio 
Elenco: Daniela López, Lola Bravo, Avril Aurora, Paulina Cortés, N 
Productoras: Fábula, Participant, Fremantle 

Como decía, La ola es un musical motivado por las revueltas universitarias feministas de Chile en el año 2018. La película se centra en un grupo de estudiantes de alguna Facultad de Artes que comienzan a manifestarse por los abusos que sufren como mujeres: se juntan, hacen asambleas, concentraciones, ocupaciones. Entre ellas está Julia (Daniela López), estudiante de música que parece no encontrar el tono de su voz en las clases de canto. Al inicio, se involucra tímidamente, y un poco titubeante, en el movimiento de mujeres, porque se siente vulnerable por su condición socioeconómica y teme perder la gratuidad. Pero también porque vivió un abuso por parte de Max (Lucas Sáez), un compañero y ayudante de un curso, y no sabe muy bien cómo procesarlo. ¿Hubo consentimiento? ¿Estaba borracha? ¿De qué me acuerdo? ¿Fue abuso?  

Julia se ve arrastrada por la euforia colectiva y por sus propios fantasmas. Finalmente, se convertirá en el centro del movimiento, y su caso será expuesto como un juicio público acerca de qué constituye abuso, qué significa consentimiento y quiénes están más vulnerables. Las voces de diversos grupos sociales —estudiantes, autoridades universitarias, policías, apoderados— se alzan continuamente exponiendo —cantando y bailando en este caso— diversos puntos de vista, esperando que ella logre encontrar su propia voz, su propio tono.  

La película de Lelio exhibe un nivel de producción cuantioso en comparación con el cine chileno en general, lo que le ha permitido, además, convocar a varias mujeres reconocidas y talentosas a participar —en el guion colaboraron Manuela Infante, Paloma Salas y Josefina Fernández; en la música estuvieron artistas como Ana Tijoux, Camila Moreno, Javiera Parra, Dadalú y Chini.png—, lo que también da cuenta del ímpetu de hacer un filme de manera colectiva y menos de “autor”, asunto fundamental para los modos de producción feministas. Con ello, el director logra construir una puesta en escena impecable; la coreografía, la música, las locaciones elegidas: todo está muy bien orquestado y presentado. Una puesta en escena limpia, parafraseando al título del libro de Alia Trabucco; demasiado, quizás, si estamos conjurando al feminismo.  

Y es que por momentos todo parece estar demasiado pensado o calculado, asunto que se vuelve de por sí muy evidente en la escena en la que se rompe con la cuarta pared: el director de la película irrumpe y las manifestantes lo cuestionan —“¿porque una película del movimiento feminista está siendo dirigida por un hombre?”—. Es como si Lelio tuviera que adelantarse a las posibles críticas de X o Instagram y necesite aclarar sus buenas intenciones una y otra vez para blindar la película en la misma película. Puede que el gesto le dé alguna altura ética, pero también genera cierta artificialidad. Y si a esto le sumamos el hecho de ser un musical, todo parece demasiado orquestado y panfletario. Como el grito de “¡Sororidad!” que hace una de las manifestantes en varios momentos: se agradece la intención, pero no conmueve.  

Quizás Sebastián Lelio estaba muy consciente de los riesgos mientras hacía la película. Quizás se vio abatido por eso que él denominó “la ola” y prefirió mantener todo bajo control, a diferencia de lo que ocurre en sus otras películas, donde todo se desarrolla con más naturalidad y de manera un poco más suelta. Quizás pensó en calcular el riesgo y no dejarlo correr, ni acercarlo al deseo que aviva la llama, que levanta la ola. Porque si los movimientos feministas de 2018 fueron una ola, la película merecía, al menos, embarrarse un poco.