Hasta hace no mucho, persistía la idea de que el futuro sería mejor que el presente, como resultado de un progreso histórico acumulativo. Hoy, el colapso ambiental, las tensiones geopolíticas y la erosión democrática han puesto en cuestión esa confianza. Desde la música, la literatura, la física, el medioambiente, el cine y las artes visuales, figuras jóvenes que dan que hablar en Chile y el mundo reflexionan sobre la incertidumbre de nuestro tiempo, abriendo nuevas formas de imaginar el mundo del mañana.
Por Equipo Palabra Pública | Ilustración: Fabián Rivas
Seba Calfuqueo (Santiago, 1991), artista y gestora cultural. Su trabajo es parte de las colecciones del Tate Modern y el Centre Pompidou. Ha participado en las bienales de Venecia y Whitney

“La aparición de la inteligencia artificial cambió radicalmente las formas de hacer arte y, al mismo tiempo, hay una revalorización de lo manual, del trabajo humano. Mi percepción es que, si bien se trata de un fenómeno en curso, no necesariamente se aplica a todos los campos. El trabajo artístico es algo que aún la inteligencia artificial no puede desarrollar como tal. La simulación de imágenes, por ejemplo, sigue en un nivel inicial. El arte siempre ha sido un termómetro, marca una referencia de lo que está ocurriendo, pero no necesariamente es una respuesta inmediata al presente. Puede estar vinculado a él de múltiples formas, desde la revisión del pasado hasta la proyección del futuro. Por lo mismo, no lo veo como algo que dé cuenta directamente del acontecer político o de la situación del país. Creo que el arte tiene sus propios tiempos. Los mejores trabajos artísticos requieren reflexión. La inmediatez no le hace bien a nadie en ningún sentido. Estamos en un momento desolador para muchas personas, en especial para quienes pertenecen a la diversidad sexual, personas trans y otras identidades que no encajan en la hegemonía dominante. Evidentemente, estamos en peligro. Para mí ha sido importante entender eso. Todo lo que se creía ganado o instalado se ha desestabilizado. Ese pasado que creíamos que existía ya no existe como tal. Creo que este periodo será recordado por el regreso de una ola conservadora, estricta en lo ideológico. Yo, al menos, estoy muy preocupada por el avance de agendas conservadoras que invalidan otras identidades sexuales. También me inquieta qué temáticas se intentan instalar en el mundo del arte y qué otras cosas no se pueden decir. En ese sentido, es importante que no pierda su potencial creativo, pero tampoco su capacidad de hablar sobre la sociedad, de instalar temas que a veces son complejos. Hacer arte es, en sí mismo, una posibilidad muy importante. Quienes nos dedicamos a esto estamos relacionándonos con preguntas e instalando interrogantes. Estamos generando nuevos espacios de reflexión, y ese es, finalmente, el potencial del arte como una herramienta de comunicación social y política. Además, no es una práctica individual, sino una experiencia colectiva, tiene que ver con encontrarse con otras personas y hacer vínculos a través de imágenes, de la música, de las palabras. Ahí reside una de sus dimensiones más interesantes”.
Luis Toro Araya (San Vicente de Tagua Tagua, 1995), director titular y artístico de la Orquesta Sinfónica Universidad de Concepción

“El futuro me genera bastante incertidumbre. A nivel social, lo veo de manera más bien trágica. Siento que estamos en un periodo histórico donde los problemas aumentan, y no va a ser fácil superar esos desafíos. La historia siempre ha sido un péndulo que va de un lado a otro. Quizás en este momento nos estamos yendo hacia un extremo. Políticamente está todo muy polarizado. El fascismo está muy presente a nivel mundial. Hay tensiones, invasiones, guerras. Al mismo tiempo hay mucha estupidez, desde los líderes políticos hasta la gente común. Hay demasiada información, y eso también genera que cualquier persona, y lo digo con mucha responsabilidad, sienta que tiene el derecho a emitir una opinión sin siquiera saber de lo que está hablando. Eso es peligroso y se ve potenciado por las redes sociales. Lo otro que me da un poco de temor es el rol de la inteligencia artificial en nuestra vida, aunque el arte es algo que ninguna inteligencia o robot va a ser capaz de lograr, sobre todo la música. La tecnología puede reproducir a nivel físico una pintura, una escultura, por ejemplo, pero no la magia que tiene un concierto en vivo, una ópera, una obra de teatro, porque eso se logra con la comunión de muchas personas en un escenario. La música es tan efímera que en el momento en que los sonidos se van produciendo, desaparecen inmediatamente, lo único que queda es una sensación emocional, y eso no lo logra una máquina. Los tiempos han cambiado. Antiguamente, la música clásica tenía un papel más protagónico porque la educación también era distinta. Hoy, el contenido musical ha ido disminuyendo en pos de cosas que tienen que ver más con el show, con el marketing. Me gusta gran parte de la música moderna, pero es verdad que es mucho más simple. Y eso responde a una sociedad que ha perdido la capacidad de conectarse con un significado más profundo. La música clásica es accesible para cualquier persona, incluso para quienes no tienen formación musical, pero lo que falta es la disposición a salir un poco de la vorágine en la que vivimos. Para mí, un concierto de música clásica es una de las pocas instancias hoy en día donde podemos desconectarnos de la velocidad loquísima a la que va el mundo. Estamos expuestos a una cantidad de distracciones enormes. Entonces, creo que el desafío hacia el futuro tiene que ver un poco con eso: cómo invitamos al público a recordar que ese momento de pausa es necesario”.
Valeska Zambra (La Serena, 1994), física y candidata a doctora del Institute of Science and Technology de Austria. En 2019 fue reconocida con el premio Joven Chilena del Año por la Fundación Natida

“Estudio los estados exóticos de la materia; en particular, los superconductores no convencionales. Un superconductor es un material en el cual la corriente puede fluir sin pérdida de energía. El ditelururo de uranio, por ejemplo, exhibe superconductividad frente a campos magnéticos muy altos. Lo que se busca entender es el mecanismo de esta superconductividad exótica. El hecho de que la corriente fluya sin perder energía es lo que puede llevar a que en el futuro tengamos energía eléctrica a bajo costo. Si llevamos este material a las condiciones necesarias para que sea superconductor, es decir, a la temperatura correcta, la corriente fluye infinitamente. La persona que logre encontrar un material que sea superconductor a temperatura ambiente se llevará el Nobel de Física. En este tipo de superconductividad pueden aparecer cuasipartículas muy interesantes, como los fermiones de Majorana, que tienen un alto potencial para el desarrollo de la computación cuántica. Toda la fenomenología exótica que se está investigando en el área de materia condensada va a tener un alto impacto en el desarrollo del futuro y mejorará la vida de las personas. El desarrollo tecnológico en los siguientes 50 años va a ser gracias a la mecánica cuántica. En eso, el pasado cumple un papel gigantesco. En 1911, el físico neerlandés Kamerlingh Onnes descubrió la superconductividad por accidente: cuando estudiaba la resistencia del mercurio, se dio cuenta que, a bajas temperatura, se iba a cero. Al principio pensó que algo estaba mal, pero luego descubrió que está propiedad era compartida con otros materiales. Recién en los años 50, la ciencia comprendió a que se debía este comportamiento gracias a la teoría de la superconductividad de Bardeen, Cooper y Schrieffer. Teoría y experimento siempre van de la mano. En estos días, en que esta área de la física se ha vuelto supercompetitiva por el hambre de encontrar un estado superconductor a alta temperatura o probar la existencia de los líquidos de espín cuántico, es cuando más se necesita de la ética. En el fondo, hay que preguntarse para qué hacer ciencia. ¿Para coleccionar una lista de trofeos o porque de verdad se busca aportar al conocimiento de un país, al desarrollo de nuevas generaciones? Hay que tener ese incentivo ingenuo de la curiosidad por entender el origen de nuevos fenómenos, más allá de números y papers publicados”.
Diego Céspedes (Santiago, 1995), cineasta, director de la película La misteriosa mirada del flamenco, ganadora del Grand Prix en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes 2025

“Vivimos la idea de un futuro mucho más inestable del que teníamos hace un par de años. Los que nacieron en mi época, después del regreso a la democracia, tenían la esperanza de que el país se construiría de mejor manera, de que las oportunidades realmente iban a ser para todos. Y ese discurso se ha ido destruyendo. Lo vemos no solo con el nuevo gobierno, sino con tanta gente que votó por él por la promesa de seguridad, que como toda promesa de ultraderecha nunca se va a cumplir. Y esta quema de derechos sociales, de un futuro igual para todos, es triste. Es decepcionante vivir en un país donde la mayoría de la gente cree que solo por levantarse más temprano va a conseguir las cosas, donde avanzar implica pasar por encima de los demás. No me gusta ese futuro, en que cada uno se salva por sí solo. Lo veo en mi propia historia, vengo de la clase trabajadora y hoy estoy haciendo lo que me gusta, pero lo logré porque tuve acceso a la educación, que me permitió conocer muchas cosas, porque el arte también es solo para unos pocos. Todas esas oportunidades son resultado de políticas públicas. Y esta apuesta por el individualismo, que vemos reflejada en las votaciones, en nuestro gobierno y en quienes lo apoyan, me parece frustrante. Es desesperanzador, pero al mismo tiempo tenemos que tener la valentía de no pensar que hay dos bandos. Agradezco mucho, a la gente que se rebela, a los estudiantes que siguen yendo a las marchas. Eso realmente me da esperanza de que este mundo hasta ahora decepcionante puede cambiar. Una obra por sí sola es muy poco lo que puede contribuir, pero creo que películas como La misteriosa mirada del flamenco y otras obras que luchan y creen en la igualdad, en la comunidad, en la familia no elegida, arman un discurso colectivo que dice: seguimos acá, queriendo querernos, queriendo buscar un lugar en el mundo, no todos pensamos en enriquecernos y perjudicar al otro. Ese discurso que construimos juntos en el arte no tiene que ser a través de un cine panfletario, sino de uno que entregue la idea del amor, de lo básico del ser humano. Hay muchas películas y obras de arte que están apuntando hacia ese lugar”.
Daniela Quiñones (Santiago, 1992), bióloga ambiental y divulgadora científica, líder de contenidos pedagógicos en Fundación Ingeniosas. En 2025 fue finalista de los Nature Awards for Inspiring Women in Science

“Cuando miro al futuro, lo que más me preocupa es que la sociedad no pueda seguir sosteniéndose en el planeta debido a sus acciones, pero también a la falta de empatía con otras personas y especies. Las personas que están en el rango de mi edad, entre los 30 y 40 años, comparten esa preocupación, porque crecimos tratando de empatizar mucho con el resto y sentimos que eso no se está continuando. En Chile estamos en una transición política muy inestable. Por lo tanto, la incertidumbre sobre lo que viene —con qué recursos vamos a contar, qué fondos van a estar disponibles— vuelve todo superdesafiante para quienes trabajamos en medioambiente. Ese es, en el fondo, el gran reto: seguir trabajando en esto sin desgastarse, en medio de transiciones políticas que no solo ocurren en Chile, sino también a nivel global. Son cambios muy drásticos, hay mucha incertidumbre y eso genera tensión en la población. También es un desafío, porque trabajar en sustentabilidad implica una dimensión colectiva y una conciencia social. Si la mente está ocupada por una nube de noticias abrumadora, es muy difícil hacerse cargo de lo que ocurre en el propio entorno. Ahora mismo hay un gran nerviosismo por los decretos que están siendo cuestionados y que fueron retirados para su revisión. Yo soy de Santiago, vivo en Maipú, y en el verano hubo una lluvia que afectó solamente a nuestra comuna. Se inundaron cientos de casas y varias personas lo perdieron todo. Son cosas que ocurren producto del cambio climático, y siento que no se les está dando la relevancia necesaria. Entonces, amenazar estos avances en un momento tan crítico, cuando venimos saliendo de una tragedia tan grave como los incendios, en un país expuesto a desastres naturales, es algo que nos va a afectar a todos. Sería ideal que, en materia ambiental, hubiese una política de Estado que no dependiera del gobierno de turno. Mi mayor tarea hoy, en Fundación Ingeniosas, es llevar talleres de ciencia y tecnología a niñas y adolescentes de contextos vulnerables. Si en un taller hay 40 niños, al menos la mitad va a captar algo y luego va a transmitir ese mensaje con una mirada más limpia, porque uno como adulto tiene muchos más sesgos. Los niños y niñas tienen más plasticidad en sus cerebros para cambiar de opinión a partir de lo que observan y experimentan. Por eso es importante formar a personas que, en el futuro, puedan ser más críticas frente a la información que reciben”.
Simón López Trujillo (Santiago, 1994), escritor, traductor y licenciado en Filosofía. Ha publicado El vasto territorio. Obtuvo el Premio Roberto Bolaño en 2018 y el Premio Municipal de Literatura de Santiago en 2022

“Estoy un poco cansado de la idea de crisis del futuro, esa especie de mar embravecido en el que no parece haber forma de hacernos camino. Me parece más interesante la idea de destino, que es una forma bien curiosa de futuro. Lo único que sabemos es que hay una finitud y que no tenemos cómo experimentarla hasta que se acaba la vida. La buena literatura trabaja con eso. Una buena novela es capaz de conectarnos con el ciclo de una vida. Incluso en la forma más básica del viaje del héroe, se advierte la reconciliación de un personaje con su propia circunstancia. Además, de todas las formas de ficción, la literatura sigue siendo la que nos permite un mayor nivel de intimidad. La experiencia temporal de la lectura es posiblemente uno de los modos más íntimos de tener la experiencia de un otro. Por la manera en que consumimos contenidos hoy, pareciera que sintiéramos una angustia antinatural ante el hecho de ser sujetos finitos. En ese sentido, una de las virtudes de la literatura es que sigue funcionando a la misma velocidad desde el origen de la novela, con lentitud. Y hay algo profundo que emerge en ese tiempo de lectura, que ajusta la experiencia de la conciencia con el mundo, permitiéndote volver a pensar de una forma limitada, pero genuina. La ficción no necesita grandes recursos para reconectarte con la posibilidad de la vida como algo que vale la pena vivir. La historia de la emotividad humana todavía está abierta a formas que parecieran muy anacrónicas. Todavía existe una potencialidad en las artes para producir comunidad con gestos simples, y creo que ahí hay una posibilidad de repensar la incertidumbre que producen estas preguntas irresolubles sobre el futuro. Además, el arte no debiese proveernos de respuestas sólidas, sino trascendentales en el sentido kantiano, es decir, vinculadas a las condiciones de nuestra experiencia. La literatura no trabaja con lo real, sino con cómo lo real se constituye en el sujeto, y cómo lo real es un problema, no algo dado. Eso es lo que me preocupa frente a estos discursos donde, a veces, todo está tan acelerado que terminamos cayendo en un realismo ingenuo y atribuyéndole por default a la literatura tareas que son bastante cuestionables. Cuando uno tiene una posición un poco más escéptica con la idea de crisis del futuro, puedes ver que sí hay espacios para pensar con calma y sin esa urgencia de tener todo el tiempo una respuesta clara, ‘de emergencia’, que es algo muy peligroso, porque suele ser la velocidad con la que trabaja la ultraderecha”.
