El porvenir se hereda

Por Rodrigo Karmy Bolton

1.- Una obsesión atraviesa la lucha de clases en Chile: la obsesión visual. Ojos que ven, expresan, sangran con los balines incrustados, cámaras que rodean plazas y metros para vigilar el desvío de los cuerpos supurados por los torniquetes, drones que silenciosamente registran las marchas y canales de televisión que no ven y pasan teleseries mientras la asonada popular se toma el país.

En la ex Plaza Italia (actual Plaza Dignidad), un encapuchado escala un frío poste gris, en cuya cima espera una cámara. Con esfuerzo, el muchacho llega a la altura del dispositivo y con sus pies lo patea hasta destruirlo. La multitud se inunda de algarabía: la mirada del poder acaba de ser destituida. El ver y no-ver, el control y descontrol, el registro y la fuga, ojos ocultos, ojos enceguecidos por el poder y el poder encegueciendo ojos devienen máquinas de visibilidad en las que se dirime la común obsesión por “ver”.

Discursos que no dejan de insistir que “esto se veía venir” o que subrayan que esto habría sido “sorpresivo” comparten una misma obsesión por la mirada, una ilusión por la posibilidad de que un determinado saber-poder podría haber advertido la debacle en ciernes. Sin embargo, múltiples informes sondeaban lo que advendría como acontecimiento. Pero, precisamente porque dichos informes registraban algo que calificaban bajo el difuso término “malestar”, jamás podrían haber atendido a la irrupción del acontecimiento. Entre las condiciones y el estallido, entre el “malestar” y la revuelta, habita la imaginación popular que espera su momento.

«Vuelven los pastores de la transición a intentar ‘explicar’ que el pueblo no debería tener motivos para la revuelta. Le castiga con su saber. Insiste en que no hay razón para la ‘anomia’ porque Chile tiene los mejores indicadores de América Latina (…), culpa a los jóvenes de no comprender, de no saber, de no ver lo que deberían ver«.

Además, un “malestar” que, según la visión promovida por la trama del saber-poder de los intelectuales del orden,  se debía a la falta de “modernización” que sólo el cumplimiento total del programa neoliberal podría llegar a cumplir. En vez de refutar al programa neoliberal, el “malestar” parecía confirmarlo secretamente. Se trató de una lectura que predominó entre intelectuales ligados al poder y que, más allá de la enorme cantidad de páginas escritas o del conjunto de monsergas que insistían a la “gente” que todo iba por un buen camino, vieron sin poder ver: la sociología, la economía y el derecho —tres saberes predilectos del neoliberalismo— devienen impotentes, su arsenal de miedo y conservadurismo que permanentemente le decía a la “gente” cómo debía comportarse, no vio precisamente porque vio. No es que no hayan visto simplemente, sino que vio sin ver. Se trata de la ruina de un tipo de conocimiento de carácter “conceptual”, de la quiebra de una episteme que, por años, se llamó “transición” y que tipo “epifánico” de conocimiento desplazó. El concepto por la imagen, la explicación por la irrupción, la representación por la imaginación montan las maquinarias de visibilidad que yacen en irremediable conflicto.

La revuelta es un instante de fulmíneo conocimiento. Los pueblos abrazan sus ciudades y las conocen epifánicamente. Todo registro “explicativo” se destituye y la irrupción imaginal hunde al “causalismo” en un absurdo. Vuelven los pastores de la transición a intentar “explicar” que el pueblo no debería tener motivos para la revuelta. Le castiga con su saber. Insiste en que no hay razón para la “anomia” porque Chile tiene los mejores indicadores de América Latina, porque es el mejor “modelo”; culpa a los jóvenes de no comprender, de no saber, de no ver lo que deberían ver: ¿qué significa hacer una revuelta en el “mejor” país del continente, en el “modelo” que es visto con aparente admiración por ciertos vecinos, por cierta oligarquía planetaria?

Como una camisa de fuerza o una imagen que totalizaba lo visible, la violencia transitológica consistió en inventar al país-modelo como si fuera un verdadero país. Se trató de un proceso metonímico en el que una parte (el modelo) parecía ser el todo (el país). No se trató jamás de un “modelo” que precedió al saber que lo vio, sino de una producción tecno-política que fue nombrada por un saber que vio lo que él mismo inventó. Con ello, el país modelo podía coincidir con el mito que la propia oligarquía forjó durante el siglo XIX: la “copia feliz del Edén”, estableciendo así un continuum con el mito forjado en el siglo XX: la “larga tradición democrática”.

Sin embargo, cuando la revuelta destituye al país “modelo”, es toda la episteme transicional la que estalla en pedazos. Los jóvenes enceguecidos por el disparo policial contemplan epifanías que los viejos iluminados por el saber no ven: ven los que no pueden ver y no ven los que pueden ver. Los canales de TV —como los intelectuales del orden, drones y dispositivos varios de seguridad— ven y por eso no ven. Los cientos de jóvenes que han sido heridos en sus ojos por las fuerzas policiales durante la protesta no pueden ver y por eso ven. Los primeros insisten en un conocimiento de tipo “conceptual”, los segundos abrazan un conocimiento enteramente “epifánico”: las máquinas de visibilidad —en los cuerpos que las portan y los dispositivos que las materializan— traman la pregunta por la “visión” como un asunto decisivamente político inmanente a la batalla de Chile.

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2.- No habrá más “modelo” que ver sino fragmentos abandonados, escombros repartidos, neumáticos quemados, poblaciones allanadas, supermercados saqueados. No hemos visto la revuelta, sino que la revuelta nos ha hecho ver la ruina de una visión. Su conocimiento interrumpió al banquete que se complacía del país que tenía, del “modelo” que había forjado. Porque la revuelta no ha hecho más que exponer al Chile exitoso, modélico, ejemplar, como una singular máscara.

«Cayó la máscara, el ‘modelo’ de un país que, a la vez, se vertía como ‘país modelo’ y el trono quedó absolutamente vacío: el paraíso chileno —el ‘oasis’ según el término usado por Piñera— en el que los pobres simplemente obedecían a los ricos, en el que los viejos aceptaban recibir pésimas jubilaciones, en que los estudiantes consideraban legítimo endeudarse de por vida para obtener una mísera carrera profesional (…)».

Pero la máscara no oculta una “verdad”. Más bien, deviene una máscara que no tiene a nada ni a nadie “detrás”: el trono está vacío, el sujeto supuesto saber se revela como nada más que eso, un “supuesto”, una “máscara”: la diferencia entre modelo y realidad, entre sujeto y máscara, entre esencia y apariencia resulta destituida. Nada había “detrás” de la máscara, ni una verdad ni una mentira, ni un éxito ni un fracaso. Por eso es que no se trata de que la episteme transicional pusiera en juego una “falsa conciencia” incapaz de ver la “realidad” de las cosas, eso que ahora los intelectuales maltrechos llaman “malestar”. Más bien, se trata de que no había más “realidad” que el “modelo” al que el conocimiento popular terminó por destituir. Cayó la máscara, el “modelo” de un país que, a la vez, se vertía como “país modelo” y el trono quedó absolutamente vacío: el paraíso chileno —el “oasis” según el término usado por Piñera— en el que los pobres simplemente obedecían a los ricos, en el que los viejos aceptaban recibir pésimas jubilaciones, en que los estudiantes consideraban legítimo endeudarse de por vida para obtener una mísera carrera profesional, en el que los trabajadores huían de la sindicalización por el bien de la “libertad” o en el que los mapuche eran permanentemente asediados por el capital de las grandes forestales, se acabó.

Tras el “modelo” no había nada ni nadie. Sólo ruinas de una Moneda reventada por los Hawker Hunters, sangre de campos de concentración irrigadas en cada verso del nuevo orden, alaridos de desaparecidos que aún crujen en la estela de nuestros cuerpos; todo se deslizaba en la superficie de los cuerpos, no en una “realidad” oculta por el ojo del poder, ni en un “detrás” que esperaba a la buena receta epistémica para revelarse y surtir de verdad al pueblo: si el sujeto supuesto saber veía sin ver era precisamente porque no hacía otra cosa que ver a un “modelo” cuyas fibras estaban hechas de múltiples juego de fuerzas que fluían en los cuerpos arrumbados.

El sujeto supuesto saber de la episteme transitológica confundió al modelo con el país y pretendió clausurarlo en y como modelo: una “copia feliz” que coincidía con el “Edén”, el modelo coincidía con la mirada del Otro, cuyo estatuto colonial y jerárquico legitimaba su asentimiento. En otros términos, todo ocurrió “como si” el país fuera el “modelo”. Las fugas eran evidentes, las grietas colaron desde el principio por doquier. Porque los cuerpos son potencias y jamás simples unidades dispuestas sólo ahí para la decisión del poder. Toda una tecnología se desarrolló aquí: los cuerpos fueron capturados por el modelo y el modelo devino cárcel de los cuerpos dispuestos a recibir el evangelio de la “reconciliación”: el miedo consolida el Pacto Oligárquico de 1980 al signar a los cuerpos con la marca del poder de turno.

Las superficies son lo más evidente y, a la vez, lo más an-árquico. Por eso el neoliberalismo no constituye una racionalidad orientada simplemente a modelar grandes estructuras o a hacer converger en un mismo régimen de inteligibilidad a diferentes partidos políticos, sino sobre todo, a controlar las superficies de los cuerpos, a confiscarles en sus desvíos, excedencias y rearticulaciones. El neoliberalismo intenta adaptarse a la capilaridad de las superficies, seguirlas en su desenvolvimiento an-árquico. Pero no puede del todo: justamente las superficies se abrieron como el campo de batalla sobre las que estalló la revuelta del 18 de octubre.

Crédito: Milagros Ábalo

Los estudiantes secundarios que “evadieron” el alza del pasaje atravesando los torniquetes del metro pasaron de los subterráneos hacia las superficies, de los oscuros y estrechos túneles a los amplios sitios de las calles. “Evade” fue el significante que catalizó el paso por el cual los estudiantes restituyeron sus cuerpos a su potencia o, lo que es igual, liberaron las superficies de los cuerpos de la captura promovida por el capital. Desde ahora, la batalla se daría en las calles de la ciudad y no sus subterráneos, el conflicto ingresa así a un nuevo régimen de visibilidad que la revuelta hace cognoscible.

No sólo los estudiantes, también los trabajadores; no sólo Santiago comienza a ver, sino el país completo. Se evadió un “modelo” que condicionaba al ver, por un conjunto de campos múltiples en los que se fraguó una batalla. Si la revuelta trae un conocimiento epifánico y no explicativo, una “revelación” antes que una “conceptualización”, es porque ella misma se juega como una batalla por ver. No se trata de ver la “verdad” tras la máscara del poder, sino de ver la superficie que el poder ha capturado. Porque el neoliberalismo no “engaña” a las conciencias, sino que las produce para separarlas de sus cuerpos y escindirlas de su médium sensible.

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3.- El miedo es una forma de ver. Los poderes aparecen temibles, eternos y personalizados. En la medida que la episteme transicional separó a los cuerpos de sus superficies, inoculó el miedo en cada uno de ellos. Miedo ha sido la receta mágica que amenaza el destino del paraíso: sea el miedo a los militares que amenazaban con volver o a los empresarios que amenazaban con huir, la separación capilar sobre los cuerpos surtió un efecto devastador: privar al pueblo de Chile de su potencia, desplazarle de la política. La episteme transicional sólo puede funcionar con esa privación. Serán la trama del saber-poder la que se encargue de los cuerpos, la que los dirija, conduzca, gobierne.

El sujeto supuesto saber de la transición obedece al modelo pastoral y su país al modelo oveja. El miedo se impone: el lobo puede llegar en cualquier momento y nuestro hermoso sueño hecho realidad puede desfallecer. El lobo será la inminencia de una amenaza, latencia de un peligro que configura al relato transicional bajo la narrativa de una fábula que produce el escenario en que la separación de los cuerpos respecto de sus superficies se verá enteramente naturalizada.

Cualquier posibilidad de que los cuerpos restituyan sus médiums podrá ser castigada con militares que regresan o con empresarios que huyen. En cuanto fábula, impone una “lección moral” y, con ello, introduce al miedo como dispositivo de separación. La episteme transicional será una versión gubernamental de dicha filosofía, en que la máquina triádica constituida por el pastor, la oveja y el lobo no dejan de funcionar y potenciarse inexorablemente.

Sólo al interior de dicha fábula los cuerpos podrán ser gobernados porque dicha fábula no será otra cosa que el “modelo”. En cuanto la fábula narra una historia y ofrece una “lección moral” funciona como una verdadera maquinaria sacrificial en la que exige a cada uno renunciar a sus pasiones o, si se quiere, a gozar sin erotismo, tal como ocurre en la continua “fiesta” propuesta por el capitalismo neoliberal.

La “lección moral” que cuenta la narrativa transicional posibilita aceptar un orden para nada natural, para nada evidente, sino efecto de un conjunto de tecnologías muy precisas que confiscaron la imaginación popular en una representación teatral que contaba la historia de porqué debíamos ser culpables, porqué debíamos temer. Eran visibles los militares que se paseaban impunes en las calles, eran visibles los empresarios que nos “daban” trabajo dado que nos portábamos tan bien.

Crédito: Milagros Abalo

Ahora bien, ¿estuvo la transición en falta de justicia por un déficit exterior a su propia racionalidad? Al contrario: si la episteme transicional quería conservar la “lección moral” como dispositivo de separación, debía proteger a los militares de la justicia y a los empresarios de la regulación estatal. El precio a la desobediencia era alto: si los militares no quedaban impunes volverían, si los empresarios pagaban impuestos huirían. Un país asesinado y pobre era la imagen que operaba como sombra de la imagen paradisíaca que traía el modelo. El crimen militar y la pobreza económica eran el “exterior” que operaba como “interior” al dispositivo de la fábula.

Militares y empresarios ofrecían sus dosis de miedo para que la episteme transicional funcionara y, al revés dicha episteme operaba sólo a partir del miedo infundido. Si no ¿cómo se entiende que el reo Pinochet haya sido devuelto por los mismos gobernantes que otrora habían sido prisioneros, exiliados o torturados por el dictador?, ¿para qué “hacía falta” Pinochet a la transición, pregunta el filósofo Miguel Vicuña? Justamente era su pivote: sólo con su relativa presencia, el lobo podía mostrar que su doble amenaza (militar-empresarial) iba en serio; en otros términos sólo con la presencia de Pinochet y su correlato pinochetista, el peligro podía ser visto y la episteme transicional operar.

El peligro que acechó la transición fue conjurado cuando el dictador volvió a Chile. Y, más allá de su escandaloso retorno, ello vuelve a suturar una pieza que había saltado por los aires y expuesto el vacío sobre el que pendía nuestro auto-celebrado “modelo”. Porque no otra cosa fue la transición: un modo de producción del miedo que posibilitaba ver al modelo como lo único que se podía ver. El cuento sobre el que tranquilamente quisieron que descansáramos sin mayores cuestionamientos.

La revuelta hizo saltar al miedo en mil pedazos porque su potencia epifánica trajo imágenes enteramente diferentes a las impuestas por el modelo. La revuelta hace del ver y el experimentar una misma intensidad, a diferencia de la fábula transitológica que separa ostensiblemente al ver de toda experiencia. Si la episteme transitológica hacía del ver una observación de tipo universal y objetiva a la que sólo un sujeto supuesto saber podía acceder, la revuelta transfigura al ver en una verdadera experiencia popular. La transición ordenó las pasiones bajo el recato impuesto por el miedo, la revuelta disloca las pasiones y excede al miedo con la rabia.

“Rabia” no define aquí “emoción” sino “afecto”, porque convoca a una relación que rabia, a un conjunto de ciudadanos que rabian. La revuelta misma no necesita de la autoridad gubernamental para rabiar, ella misma deviene una intensa politización de la rabia. No se trata de una “rabia” psicológica sino política que ha desactivado la separación que el miedo había impuesto entre cuerpo y superficie, entre vida y potencia. La rabia permitió el advenimiento de una vida activa que suda en plena batalla de Chile, que lucha en medio de una contienda incierta y enteramente desigual.

La “rabia” permite ver otras cosas, cruza como un modo de conocimiento preciso acerca de las condiciones materiales que condenan al presente. ¿Qué se ve cuando se ve? Esta es precisamente la pregunta política de la batalla de Chile. Cuando la policía hiere a chilenos en los ojos porque no quieren que vean lo que están viendo, intentan cercenar al conocimiento epifánico de la revuelta.

Como si la mirada fuera una estocada al poder que la policía sólo puede responder petrificando a quien le mire. La acción policial enceguece a los chilenos reproduciendo incondicionadamente los lentes oscuros que otrora usara Pinochet días después de haber perpetrado el Golpe de Estado. La mirada impenetrable de quien mira sin ser mirado, de quien vigila sin ser vigilado, de quien castiga sin jamás ser castigado.

Pero el “ver” asumió otros caminos, devino otros horizontes. El pueblo chileno dice haber “despertado” justamente de la sugestión que la mirada pinochetista producía, que la mirada del “modelo” no dejaba de forjar. Pero para despertar tuvo que recoger pacientemente los fragmentos que quedaron de los lentes de Salvador Allende: transparentes, de marco grueso y negro, que quedaron rotos una vez consumado el golpe de 1973. El pueblo juntó sus pedazos, probó y pudo ver justamente porque no podía ver, porque el poder le había privado de ver. En su afirmación de la vida activa, el pueblo usó los lentes de Allende e inmediatamente experimentó el más fugaz pero decisivo de todos los conocimientos: aquél que irrumpe epifánicamente y que entiende que el porvenir se hereda.

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4.- La policía dispara directamente a los ojos. Como en el mito de Medusa, el desgarro irrumpe como si la mirada de la protesta tuviera que ser petrificada por la policía y, a la vez, como si la policía misma no tuviera otra función más que petrificar la mirada de la revuelta, hacer de su fulmíneo conocimiento una piedra inmóvil y absolutamente sin vida. La revuelta despetrifica y posibilita un ver epifánico que juega a contrapelo del ver puramente conceptual. Al despetrificar, todo comienza a ser removido.

Los edificios, las piedras que sostienen sus pilares, las pequeñas tramas que habían sido instituidas, los rituales plásticos típicos de la monumentalidad de una fábula cuya “lección moral” fue arrasada por la imaginación popular.

Porque sólo la imaginación convierte a una piedra en un símbolo y, a su vez, puede transfigurar un símbolo en piedra. Justamente más allá de la célebre tesis de Martin Heidegger, según la cual la “piedra es sin mundo”, la revuelta hace de la piedra un verdadero mundo. Para ella, la piedra es símbolo que estalla en la contingencia histórica, tormenta que suelta palabras que comienzan a hablar de otras cosas. Como las piedras dejan la soledad del camino, las palabras abandonan el código al que se apegaban. El lanzamiento de piedras deviene habla epifánica de una revuelta que ha interrumpido la episteme que otrora suturaba. Otro lugar de enunciación se abre, otros posibles irrumpen.

«La revuelta es una ráfaga de vida en la que los pueblos vuelven a abrazar al tiempo gracias a la suspensión del propio tiempo. Por eso, en una revuelta los pueblos piensan sin necesidad de amos. Y, por eso, una revuelta es enemiga del reloj y de los calendarios: al devenir inactual consigo misma, la revuelta abre un lugar que no tiene lugar en la representación instituida, un sitio sin espacio, un tiempo sin época».

Como dirá Furio Jesi, la revuelta “suspende al tiempo histórico” y las agujas del reloj no le apuntan jamás a sus tiempos. Si el reloj es un invento de imperialistas, orientado a cartografiar la existencia expropiando al tiempo de la vida, la revuelta nos dona muchísimo tiempo, tanto que no puede sino estallar en un “ahora” irreductible y singular a cualquier medida cronológica.  El “ahora” de la revuelta es incomprensible para el saber-poder universitario: no se trata de que quienes participan de la revuelta “quieren todo de inmediato” o que sean “jóvenes impacientes” como reza la estúpida interpretación realizada por el poder. Mas bien, consiste en que ese “ahora” es precisamente una suspensión del tiempo histórico que resulta enteramente irreductible a cualquier régimen de representación, refractario a toda cartografía diseñada por el poder.

Sustracción a la confiscación del tiempo promovido por la razón neoliberal. Sustracción que da tiempo al tiempo y convierte al pueblo en una máquina del pensamiento. A la inversa: el régimen neoliberal ha podido irrigar su poder en cada punto de la vida en el que la gente suele decir que “no tiene tiempo”. ¿Qué significa “no tener tiempo”? Ante todo, petrificarse y asemejarse a  cuerpos que carecen de todo tiempo: los muertos.

La revuelta es una ráfaga de vida en la que los pueblos vuelven a abrazar al tiempo gracias a la suspensión del propio tiempo. Por eso, en una revuelta los pueblos piensan sin necesidad de amos. Y, por eso, una revuelta es enemiga del reloj y de los calendarios: al devenir inactual consigo misma, la revuelta abre un lugar que no tiene lugar en la representación instituida, un sitio sin espacio, un tiempo sin época. Ofrece “trabajo vivo” al “trabajo muerto” osificado por el capital: los cuerpos pletóricos de tiempo (el “ahora”) imaginan. Han recuperado las superficies, los médium sensibles para no dejar de danzar.

                                                                                             Noviembre, 2019.

Porque hablar de Chile es siempre memoria

Por Ivonne Coñuecar

Todo lo que hubo antes fue un gran ensayo. Ensayo matar, ensayo perseguir, ensayo espionaje, ensayo eliminar líderes, ensayo el permanente estado de sitio en Wallmapu, ensayo firmar leyes para ajustarse a normativas internacionales. El Estado no nos quiere: eso no era un ensayo, tampoco lo es el hastío, el orgullo y la indefensión que también tenemos como escenario ahora.

Habemos cuerpos más reactivos, sensibles, combustibles, magnetizados, pegados, parchados, electrificados, golpeados por Chile. Anhelé tantos años esto, pensé que el país no cambiaría. Viajé en agosto, y cuando el avión pasaba sobre esa gigantesca y angustiante cordillera lloré como si se me hubiera muerto alguien, porque la gente que quiero estaba tan triste y quejumbrosa. Se sentía el dolor, la necesidad de palabras y cariños.

Ella me dijo que no estuviera triste, ellos no se dan cuenta.

Vivo hace cuatro años en Rosario. Y aunque estoy al lado, nunca es fácil ser inmigrante. Cómo sería envejecer en Chile, me pregunté hace años, y tuve la certeza de que era hora de irse. No me vine desde Coyhaique a hacer hora para regresar. Yo me fui, tengo el corazón de exiliada, un concepto que costaba que comprendieran cuando intenté explicarlo. No era una inmigrante de un país en crisis, no iba y volvía, no vine a estudiar solamente. No entendían el malestar, tan soterrado, sólo veían esa democracia chilena estable, tan bien vestida, de tradición republicana —afirmaban algunos—, tan moderna. La gente tiene miedo, decía, la gente es infeliz, decía, y creo que desde que sucedió el estallido, ahora cuaja lo que intentaba decirles. Tuve que aliviar la presión que me aplastaba en Chile y sanar la biografía. Para los que estamos en el extranjero, también el 18/10 comenzó otro Chile, uno que vislumbro libre y autónomo, desbordante de expresiones y emociones, y, lamentablemente, despertando con el golpe de la represión feroz que aún tras ser condenada por organismos internacionales de derechos humanos, continúa presente.

Apareció de nuevo la palabra pueblo, renovada. Se comenzaron a nombrar las cosas, se encontró la gente, se derribaron símbolos que ya no nos representaban. Símbolos de un nacionalismo servil y programado. Y aunque no estoy allá, siento el territorio en mi cuerpo. Vos sos Chile, me dijo alguien, y sentí que algunas heridas comenzaban a sanar. Sentí a Chile como ese momento en que me atreví a hablar de abusos y violaciones y sentí alivio. Se quita la máscara neoliberal sostenida con el sudor de Chile. Todo se cuestiona, se deconstruye y se resignifica. El estallido salpicó todos los calendarios y corazones, y rompió esa pingüinesca marcha hacia el abismo. Respiré hondo, quizás lloré.

Hace años había tenido la certeza de que Chile jamás cambiaría. Me encantó estar equivocada y ver que mi decepción histórica en estos días se convertía en esperanza y orgullo. Después del 18/10 hay anhelos colectivos secretos que nos convierten en cómplices, aunque haya que enfrentar la omnipresencia del Estado.

Y mientras muchos miraban y resignifican la Wenufoye, yo miraba y resignificaba la bandera de Chile, más allá del consuelo que encontré en la poesía de Elvira Hernández. Ese paño tricolor siempre me resultó ajeno, con olor a la banda de guerra de la concha acústica de mi pueblito patagón; con olor a milico, a derecha, a patrones de fundo, a un fútbol que no me gusta, a una caridad y solidaridad aprendida desde la verticalidad de la Teletón, para desastres naturales y egos mediáticos. Nunca creí en el blanco, el azul y el rojo que me decían eres chilena. Era una ininteligible paleta de colores. Imposible alinearme con la bandera de Chile en la Patagonia, donde hasta hace pocos años alzábamos banderas negras y banderas argentinas. El 18/10 abrió también la memoria.

Elegí estar aquí. No lejos. Aquí. Dejé todo, vendimos todo, rematamos todo. Nos trajimos a los gatos. Ni ella ni yo queríamos sobrevivir más a Chile. Habíamos pasado el movimiento «Aysén, tu problema es mi problema», y luego el borrón y la impunidad, como si todo ese dolor y daño pudiera dejar de existir porque no se le nombra. Esa noche en que Piñera le declaró la guerra a su propio pueblo supe que la memoria es oblicua y puede dormir, pero no desaparecer. Supe lo que pasaría, porque en el gobierno anterior del tirano ya vi llegar a los aviones Hércules con cuatrocientos pacos, el helicóptero sobre las cabezas; vi a los pobladores que intentaron detener a los zorrillos y guanacos tomándose de las manos en Puerto Cisnes y Mañihuales, y los reprimieron como a criminales, los hirieron, también a los niños. Y la gente, tomándose la pista de aterrizaje para que Luksic no llegase como patrón de fundo a Villa O’Higgins, y el Estado al servicio del empresariado, y todos presos por un gesto de soberanía allá donde termina la Carretera Austral. Porque ya vivimos esa represión en la Patagonia. Y vino la desazón. Sabía que por redes sociales pasaría una pornografía bélica, carne, carreras, sangre, gritos, dolor; porque la gente había despertado, se había cansado de la obediencia y no se iría a su casa.

Para el movimiento Aysén 2012 trabajé en comunicaciones, contra la prensa burguesa y para romper el cerco mediático. Luego vino el olvido. También lo quise borrar, porque quizás con eso vendría mi olvido. En mi porfía eliminé todo lo que me vinculara a esa época: videos, declaraciones de heridos, comunicados. Tampoco podía hablar de esos días; no pude por años. Y es que era tanto, que nada de lo que dijera podría describir lo que vivimos esos cuarenta días. Le bajaba el perfil cuando comenzaba a hablar. No comprenderían, no sabrían de lo que les hablo, del pánico, del orgullo, del dolor, de la rabia, de la ternura de esos momentos en que todos también deseamos tanto para nuestra Patagonia y tuvimos que defendernos con lo que fuera. Defendíamos nuestra dignidad, porque romantizar el esfuerzo cuando hay que soportar tantos grados bajo cero ya es masoquismo, e iban generaciones y generaciones en la precarización. La memoria siempre aparece.

Era un ensayo más de la represión que desplegaron estos días en todo el país. Camioneros, leñeros, pescadores, gauchos, empleados, familias, abuelos; nuestra fibra de las tradiciones marchó cada día por las calles. Salió a marchar la tía que no salía ni a la esquina para no descuidar la casa y la comida, el abuelo que la dictadura lo llenó de miedo, salieron familias completas, como nunca en nuestra breve y desconocida historia. Teníamos tanta fe ese frío verano, y la solidaridad era un compañerismo hasta las lágrimas. Nos contábamos historias mientras corrían los mates, jugábamos truco, planificábamos. Había tantas colas que ya no sabíamos de qué eran, porque bloqueamos los accesos a la región, pero estábamos seguros de que no necesitábamos nada más, sólo que el gobierno nos respondiera. No había autos porque nos quedamos sin bencina, y la gente bajaba desde las faldas del cerro a marchar. Aprendimos a devolver las lacrimógenas que habíamos conocido para la votación de Hidroaysén, cuando también conocimos el guanaco. Aprendimos estrategias, corrimos, las casas de los amigos y familia que se abrían en el camino mientras escapábamos. Los más fuertes y aguerridos resistiendo en el puente Ibañez, en Aysén; en líneas, las madres haciendo sopaipillas en las fogatas. Los pacos no sabían lidiar con la naturaleza como nosotros, no sabían de vientos. Aysén resistió a un enemigo que hoy se ha encarnizado con Chile, nos ha dejado muertos, tuertos, heridos; mujeres violadas, abusadas, infancias marcadas, experiencias imborrables. Esta vez no habrá borrón. Esta vez la memoria la peleamos. Ya nada será igual.

En 2012 no mataron a nadie porque pusimos todo por cada uno que se llevaban. Cuidábamos que no nos mataran porque sabíamos que si eso sucedía se transformaría en una versión Mad Max, y vendrían las retroexcavadoras, tractores, arpones, facones, boleadoras y asadores de los que ya hablaban los más fieros, enojados de que les vinieran a ocupar su Patagonia. En una región de pocos habitantes, casi todos estamos emparentados, y en ese camuflaje de comunidad crecen también los instintos. Y nos sentíamos solos, abandonados por el Estado ¿A quién le iba a importar en Chile? Con varios voluntarios trabajábamos por las noches en una improvisada estación de primeros auxilios, porque el hospital lo tenían sitiado. Pensaba en esas noches en la indefensión, contando heridos, juntando lacrimógenas y perdigones en unos tarros para informar. A los detenidos se los llevaban en buses que desaparecían durante horas para golpearlos. Había teléfonos intervenidos, sabíamos que nos perseguían, pero teníamos fe de que jugábamos de local, aunque también en lo secreto, uno se preguntaba si valía la pena.

Yo me besé con ella escapando de la represión. Esa tarde había llegado bencina y fuimos a dejar a una amiga observadora de derechos humanos. Nos arriesgamos. Sabíamos el destino de las mujeres en las comisarías. Se volvió todo un desastre, era de noche y grababa mientras le gritaba ¡acelera! Adrenalina y miedo. Se nos cruzó el zorrillo, nos alcanzaron los pacos con sus trajes impenetrables, veíamos en la otra esquina cómo todos corrían, se movían demasiado rápido, barricadas, gritos. Fue otro de los momentos en que pensé que moriría, porque cualquiera podía morir en cualquier momento, lo sabíamos: ya no usaban sólo perdigones. Yo me arranqué de Chile con la chica que besé escapando de la represión, vendimos todo y llegamos a Rosario.

Y con ella, que sabe de lo que hablo cuando digo Aysén 2012, nos abrazamos esa noche del 18/10. No dormimos. Nos ha costado habitar ambos países estas semanas. Salimos a caminar y en las calles caen las hojas moradas de los jacarandás, los perros pasean con sus humanos, la gente sonríe y es amable, preguntan, nos abrazan. Saben de la represión. Nosotras mostramos los videos de Bailapikachú, Sensual Spiderman, del Corredinosaurio o fotos épicas para despistar y sentir esa locura orgullosa de nuestro pueblo despierto. Estamos todo el día en Chile. Lo que duele es puertas adentro mientras nos crece la memoria. No quiero llorar con nadie. No puedo narrar las emociones. Explicamos qué significa la frase #estonoprendió, hablamos de una nueva Constitución. Nos preguntamos, luego de tantas escenas, si queríamos regresar. Ambas nos quedamos algún rato en silencio. Yo dije que no. Ella también. Tengo una pena basal porque este movimiento ha creado también una distancia gigantesca, que aún no calculo, entre Chile y yo. Tengo la certeza de que, a diferencia de ella, a mí nadie me espera. Es esa certeza también de la libertad.

No podía contar cómo había sido Aysén, el pánico, ese dolor, eso que disfrazas de fortaleza y cordura cuando un paco te apunta con su arma de servicio. Toda esa locura y represión a la que ahora arrastran al pueblo tuvo muchos ensayos, en todo el país. En Aysén no conseguimos nada de lo esencial, quizás lo más secundario, una universidad, pero una universidad necesita un ecosistema social que aún no está garantizado.

Yo dejé de marchar en Chile después de Aysén 2012. Acá marcho. Mi vida la podría narrar en marchas, contra Alumysa, contra proyectos de destrucción ambiental, por la educación, por la educación, por la educación; contra el CAE, por el pueblo mapuche, por las diversidades y disidencias sexuales. Me gusta el pueblo chileno. Siento orgullo, lloro; a ratos ya no sé por qué. Me alegro. Quiero gritar. Duermo mal. Me encanta que se resignifique la Wenufoye. Esa es la raíz indígena inextinguible que nos convoca, un símbolo de resistencia a esa represión histórica, una cosmogonía, un relato donde caben todos los pueblos. Por primera vez siento orgullo de mi nacionalidad. A veces, para hablar de algo, tienes que tomar otra ruta. Han pasado los días, asistimos a la represión más desatada y espantosa desde la dictadura, deseamos ese Chile que tanto queríamos. Algunos hemos dejado este episodio inédito en nuestra historia como un sueño extraterritorial. Entonces pienso: quizás ahora pueda hablar del 2012.

No, patrón

Por Lorena Amaro

El cuento se llama “El padre”: un hombre viejo y pobre se acerca a un regimiento para dejarle una cazuela a su “Mañunguito”, que ha ascendido a teniente. No lo ve desde hace cinco años: “No quería venirse a este pueblo. Mi patrón lo hizo militar. ¡Ja, ja, ja…!”, les cuenta a los subalternos de su hijo, que lo escuchan con sorna. El desenlace de esta historia es incómodo: el teniente Zapata rechaza a su padre, lo despacha sin miramientos y éste, entre sorprendido y lloroso, deja la cazuela que lleva en un canastito pidiendo que le dejen algo de pechuga a su hijo.

Olegario Lazo expresa en este relato, publicado en 1924, no sólo el clasismo y arribismo sobre el que han escrito tantos autores chilenos, sino que además, soterradamente, aparece esa otra figura, la del patrón, ese personaje que en los cuentos de Marta Brunet decide quién debe casarse con quién, o que en la narrativa de Donoso toma el rostro siniestro de Jerónimo de Azcoitía. El patrón es quien decide, el patrón es quien traza los destinos, el patrón, en la gran hacienda que es Chile, es quien tiene las riendas. La clase media padece de un síndrome descrito también por el escritor Gonzalo Drago, autor de Mr. Jara. Este míster no es más que un hombre de orígenes humildes, un arribista que sonríe e imita al jefe gringo, mientras que, al mismo tiempo, desprecia y violenta a sus subalternos: “Desde sus comienzos buscó con insistencia la compañía de los norteamericanos del mineral. Lo empujaban dos propósitos: su admiración servil hacia la rubia raza del norte y su interés de practicar inglés con ellos”. Los gringos, como se encarga de recalcar el narrador, evitan, sin embargo, la compañía de “aquel ‘nativo’ moreno”.

Los chilenos tenemos la opción de ser como Mr. Jara. Podemos ser, también, como el soldado del cuento de Olegario Lazo: un hijo que reniega de su padre humilde para abrazar los símbolos y conductas de los patrones que lo hicieron militar, probablemente en resguardo de sus propios intereses. Pero también hay otros caminos, como el que nos mostró valientemente el soldado antofagastino David Veloso, quien se negó a tomar las armas durante el estado de emergencia convocado por el gobierno de Sebastián Piñera, un gobierno que día a día se deslegitima más y al que se contrapone, cada vez más poderosa, la figura renacida del “pueblo”.

La oportunidad que vivimos hoy es única: podemos cambiar la Constitución chilena pero no sólo la Constitución pinochetista, sino la historia de las constituciones que han garantizado el orden de las cosas, un orden que desde los orígenes de nuestra historia es patronal. Un orden que impone y castiga, que humilla y olvida. Que dispara. Que nos saca los ojos, que nos imbuncha.

En una charla reciente le oí decir al abogado constitucionalista Fernando Atria que la agitación social es una consecuencia de la política genéricamente neutralizada por una constitución que nos amarró de manos después de dictadura. La necesidad de “habilitar lo político”, como él decía, pasa por repensar todo este modelo que coaguló con Pinochet, pero cuyos orígenes se hallan en el propio colonialismo. Un orden que se ve plasmado en la violenta imagen de la hacienda, que la reforma agraria no logró desarticular en su atávico simbolismo.

Crédito: Milagros Abalo

Hay otro relato. Marta Brunet nos cuenta la historia de “Doña Santitos”. La narradora parece formar parte de una élite, por su manera de expresarse y el contexto del fundo en que habita, si bien “trabaja” como una especie de curandera, lo que permite avizorar un cambio de fortuna que la ha llevado de una clase alta a una suerte de clase media. A ella acude doña Santitos, que padece a causa de un “gurto” que le recorre el cuerpo. La narradora le diagnostica “gurtitis” y receta un placebo para que la vieja, que ha acudido a ella acompañada de un jovencito, se olvide de su malestar. Al poco tiempo Santitos vuelve cargada de viandas para su sanadora: está como nueva. Y aquí viene la mejor parte de la historia: la vieja, que ha sido caracterizada antes como una especie de bruja pobre, de diente único, es quien realmente sabe hacer algo. Santitos le explica a su interlocutora (que sólo le ha recetado un placebo) que el muchacho que la acompaña no es un hijo ni un sobrino, sino su amante. Y ofrece una escueta clase de economía doméstica: es dueña de una hijuela y el chico la cuida. Y ella lo cuida a él. Con este gesto, doña Santitos sale del encasillamiento en que la literatura costumbrista (tan cara a las élites) tenía a los bonachones huasos de su domesticada hacienda y literatura. En este cuento Brunet confronta a dos brujas: una, rica o venida a menos, y algo remolona; la otra, aparentemente pobre, pero dueña de un pedazo de tierra y de una sabiduría particular sobre la mentalidad masculina, una mujer empoderada y valiente, que ha dejado de ser víctima. Rompe la cadena de la resignación. Doña Santitos no necesita ser como los patrones, ella tiene su propia forma de construir el mundo.

Mucho antes de octubre de 2019, la literatura chilena nos venía susurrando no sólo la impotencia, la humillación, la nostalgia de los proyectos perdidos, sino también la posibilidad de renovación, la rebeldía. Rodrigo Miranda, en La expropiación, revela el triste final del proyecto de “hombre nuevo” de la UP, encarnado hoy en el “flaite” que quiere ponerse unas zapatillas nuevas. ¿Pero y qué hay si ese “flaite” despierta? ¿Y qué hay si ese “hombre nuevo” (y esas mujeres nuevas, que despiertan al porvenir) se despercuden de la herencias resignadas o siúticas?

En Sumar (2018), Diamela Eltit describe proféticamente (una forma de relacionarse también con el pasado) una gran marcha hacia “la moneda”, que nunca logra acercarse a su objetivo. Una marcha asintótica y desesperada, como el avance de Sísifo o el tormento de Tántalo, de ese orden de absurdo existencial. La que describe Eltit es una marcha metafísica, simbólica, pero también material, real en muchos sentidos. Se trata de una marcha histórica que nos arrastra a todos hacia la consecución de algo: la liberación (que no es la libertad). Cuánto hay de eso en ese millón y medio de personas que han marchado en un pequeño tramo, el que ha permitido el cerco de gases lacrimógenos, lumazos y perdigones.

¿Hemos de finalizar la marcha alguna vez? ¿Existe la liberación? ¿Cuándo sabremos que la vida, finalmente, tiene sentido?

El patrón, con su violencia y sus órdenes, pero también con sus halagos, sus padrinazgos y regalos ocasionales, tenía cautivos a sus siervos. Los más jóvenes han entendido sus trampas, y ya no quieren la dádiva de un ajuste en las pensiones, ni de una subvención para el transporte, ni de un poquito más de plata para el sueldo mínimo. No le creen al patrón cuando los invita a La Moneda a conversar. Quieren un plebiscito en el origen de los cambios y no al final. Quieren Asamblea Constituyente. Simplemente quieren dejar de ser siervos. Quieren revivir al “hombre nuevo”, pero mejorado: 2.0, feminista, especista, fundamentalmente político en cada inhalación y exhalación. Este pueblo nuevo está vivo y creando nuevos símbolos, como el Negro Matapacos, quiltro querido que reedita al viejo Pedro Urdemales, ese pícaro que América tomó de los cuentos peninsulares. Figura perruna preludiada por el trágico Bobby de Patas de perro, ese niño/perro que se resistía a ser normalizado y encasillado y que recién hoy, después de tantas décadas, como el niño y el clamor mistraliano de “Menos cóndor y más huemul”, vienen a ser reivindicados por tantos.

Lo dijimos hace treinta años, pensando que nos escuchaban: “No, señor Pinochet”, “No, patrón”. Pero todo fue una mentira, un engaño. Y hoy debemos volver a decirlo: “No, señor Piñera”, “No, patrón”. Sin agachar la cabeza. Mil veces, hasta que lo hagamos realidad.

La parte por el todo: monumentos y gestos anticoloniales

América, no invoco tu nombre en vano”

Gracia Barrios, título de su pintura para el evento del mismo nombre (1970), colección Museo de Arte Contemporáneo, Universidad de Chile.

Por Matías Allende Contador

Toda revuelta social tiene una construcción y dimensión simbólica: su propia emergencia iconográfica, sus cánticos, sus lemas, una emblemática. Formas que no me siento con la capacidad de leer o traducir en palabras y creo que cualquier intento sería oportunista, por decir lo menos. Sin embargo, la dimensión ritual de esa simbología en el descontento popular es significativa y merece ser reflexionada. Ciertos códigos comparecen en los medios masivos de comunicación como afrentas al orden público y al civismo, aunque muchos de esos gestos son justamente una zona de purga, donde el relato del canon cultural suele ser mancillado, sublevado, contravenido y ofendido, como formas de cobrarle a ese canon las exclusiones históricas.

Chile es un país sin una estatuaria pública particularmente rimbombante, en comparación a otros de Latinoamérica. Sin lugar a dudas, no fue la falta de talentos, pues hemos tenido —y tenemos—  grandes escultoras, como Marta Colvin, Laura Rodig o María Fuentealba, por nombrar algunas de mediados de siglo XX. Tampoco se debió a una carencia de materiales ya que, como buen país minero, tenemos acceso relativamente sencillo a varios tipos de piedra. Más bien, pienso que podría deberse a dos factores: primero —y considerando que la estatuaria pública es eminentemente un asunto del siglo XX—, a que un Estado desarrollista de menor escala como el chileno no tuvo un presupuesto considerable para concomitar obras de gran envergadura, así como tampoco hubo una élite culta y filantrópica que solicitase ese tipo de trabajo; y segundo, a las condiciones propias de un país telúrico, con una cordillera apabullante que es ejemplo de monumentalidad simbólica (por supuesto, sin caer en discursos esencialistas). Ahora bien, sí hubo una estatuaria tímida, pues todas las ciudades o pueblos de este país debían tener al menos algún héroe en monumento ecuestre, un intelectual entronizado o un militar con su busto.

Así nos fuimos llenando de norte a sur de estatuas que remitían a los “constructores” de la patria, y me refiero a la patria criolla, de configuración decimonónica, a manos de una élite latifundista que posteriormente forjó alianzas, vía matrimonios, con una burguesía emergente, resultado de la segunda ola migratoria europea en el Cono Sur, constituyendo el sustrato socioeconómico de las actuales clases dirigentes. Una élite que en nuestros más de 200 años como república independiente sigue siendo —con algunas modestas variaciones— la misma, y que, con pequeños eufemismos azucarados, replica modos y discursos profundamente coloniales, con todo lo que eso conlleva: racismo, clasismo, expropiación territorial, eurocentrismo, y una larga lista de etcéteras.

Busto de José Menendez. Crédito: @YerkoObilinovic

Esos constructores de la patria nos llenaron de figuras de Cristóbal Colón, Pedro de Valdivia, Francisco de Aguirre, García Hurtado de Mendoza, Manuel Baquedano, Diego Portales o los héroes de la Guerra del Pacífico (los chilenos por supuesto), por nombrar algunos. Paulatinamente, desde el 18 de octubre de 2019, fecha de inicio de las revueltas populares que estamos viviendo, y con una intensidad cada vez mayor, muchos de ellos fueron pintarrajeados, como Baquedano en Santiago, o derribados, como Colón en Arica, o sacados de sus pedestales, como de Aguirre en La Serena, para poner en su lugar a la mujer diaguita Milanka.

Sin embargo, lo que me parece más interesante, y a la vez sintomático de esa herida colonial abierta y purulenta, es el degollamiento de las esculturas. El degollamiento o desmembramiento como figura metafórica es particularmente potente en el campo cultural andino. Por ejemplo, el mito milenarista del Incarri, profecía que refiere al regreso del último inca, Atahualpa, quien supuestamente murió degollado con su cuerpo y cabeza separados y enterrados en distintos lugares. Ese relato señala que, una vez que ambas partes se encontrasen, el segundo período del Incario surgiría y se acabaría el apocalipsis español. Aun cuando el mito se extendió por siglos en los Andes centrales, teniendo ecos durante el período republicano, lo cierto es que no fue Atahualpa, sino más bien Tupac Amaru I, último líder el Estado Neoinca de Vilcabamba, quien fue degollado por el sanguinario Virrey Toledo. Atahualpa, en cambio, murió con el nombre de Juan y se le ofició misa, como se puede ver en la exquisita pintura de Luis Montero, “Los Funerales de Atahualpa” (col. MALI, 1865-1867).

Entonces, lo importante no es quién ha sido degollado, sino la significación que tiene el gesto ritual de separar la cabeza del tronco, de fragmentar el cuerpo, pero pienso —sobre todo—, que la pérdida de la cabeza tiene que ver con la pérdida de una identidad específica como sujeto. El cuerpo de “Atahualpa” (Tupac Amaru) es un cuerpo cualquiera, es el rostro lo que lo define. Entonces hoy, tras más de 500 años de colonialismo hispano y nacional-estatal, nos encontramos con una vuelta de mano simbólica, con la reapropiación pagana del gesto metonímico de la parte por el todo. En Temuco, se le ofrendó a la estatua de Caupolicán la cabeza del aviador Dagoberto Godoy, que por días se creyó —y varios medios así lo comunicaron— que era la cabeza del conquistador Pedro de Valdivia. Un acto simbólico a todas luces, porque las representaciones indígenas en la estatuaria chilena son menores que las hispánicas del período colonial, y si se hacen son de personajes cuya representación ha sido monopolizada por los mismos hispánicos, como el Caupolicán de Alonso de Ercilla en La Araucana, texto canónico de la tradición escolar chilena. Entonces, lo singular es que el indígena es apropiado por el pueblo en un gesto de reivindicación alegórica; Caupolicán es una identidad contundente independiente de su existencia real o no, y es este Valdivia (el confundido) quien puede ser el “literaturizado” en este acto de entrega de su presencia. Este es un caso de degollamiento de la representación de “Valdivia”, el fundador de Santiago, que ha tenido por estos días su cabeza colgada de un puente o arrancada, pintada y empalada en otras localidades. Recordemos que el descuartizamiento, empalamiento y descabezamiento eran códigos de guerra propios de las zonas de frontera del Imperio español, en este caso, su límite más austral: el río Bío Bío.

Adentrados en el período republicano, encontramos otros casos significativos de violencia colonial que también nos permiten comprender lo que vivimos hoy, por ejemplo, el genocidio contra los pueblos indígenas de la Patagonia. En Punta Arenas, el monumento a José Menéndez conmemora este hecho, un asturiano que en la Patagonia del siglo XIX hizo una fortuna impresionante, no sólo por la ganadería en su alianza con la familia Braun, sino por haber destacado en la matanza que diezmó al pueblo Selk’nam, justamente para avanzar sobre esas tierras. Su cabeza también fue arrancada el 3 de noviembre pasado y ofrendada al monumento de los indígenas extremo-australes. O, finalmente, la decapitación de los héroes de la Guerra del Pacífico (1879-1884) en el Morro de Arica, un monumento que recuerda el triunfo de Chile sobre Perú y Bolivia, uno de los conflictos territoriales más importantes de ese siglo en América, que tuvo entre sus consecuencias el surgimiento de la Panamerican Union (encuentros de “acuerdo” estadounidense con los países de su patio trasero) y, en términos prácticos, la transformación de la zona de Arica como chilena. Una zona limítrofe, donde las identidades nacionales peruana, boliviana y chilena todavía se encuentran en disputa, mientras otras agrupaciones reivindican también sus derechos, como la población afrodescendiente. Hoy, esos héroes son bustos sin rostro que representan la imposición violenta de una identidad nacional (el denominado proceso de “chilenización”) en un territorio que se definía —de hecho— por su liminalidad.

Podríamos continuar con ejemplos de hombres, particularmente hombres que “construyeron” nuestro país y en general nuestra América, desarrollando una retórica patria que, desde una lectura actual, se encuentra a todas luces contraria a la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Un documento capital que debiésemos tener presente hoy más que nunca, cuando los cuerpos son lacerados. Es significativo que la mayoría de la estatuaria “defenestrada” sea masculina, mientras que la femenina (menor en cantidad por supuesto) prácticamente no ha sido intervenida.

«América, no invoco tu nombre en vano» (1970), Gracia Barrios. Colección MAC. Gentileza MAC.

Finalmente, ¿por qué iniciar esta columna con esa frase de Neruda, parte de su Canto General (1950), apropiada por la pintora nacional Gracia Barrios para titular una de sus obras, participante en el evento artístico titulado con el mismo nombre: “América, no invoco tu nombre en vano”? Esta pintura, actualmente parte de la colección del Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile, representa un pueblo, una masa cohesionada por cuerpos en un látex negro, separados del fondo blanco, donde cada individualidad, rostros masculinos y femeninos, son modulados con un marrón sobre las siluetas negras. Gracia Barrios los pone de pie, marchando, caminando hacia los espectadores, unidos por sus cuerpos, siendo un homenaje a los pueblos americanos mismos. Sin embargo, esta pintura, impresionante en su singularidad, es el cuerpo central de un tríptico. No hay que olvidar que separar el cuerpo también es una agresión de las fuerzas retardatarias. “América, no invoco tu nombre en vano” es una entidad desmembrada: supuestamente los paneles laterales, que completan la composición, estarían, uno en la Pinacoteca de Concepción, y el otro en Casa de las Américas, en La Habana, ambos desaparecidos desde la dictadura cívico-militar. Esta pintura es un cuerpo simbólico americano fragmentado, pero diferente a estas estatuas, a esas individualidades transgredidas, hoy, en la primavera de 2019, por un impulso anticolonial. Pero, justamente por ello, recordemos que hay un cuerpo en ese impulso que debemos volver a unir, ese cuerpo americano que —tal vez— nos salve del apocalipsis.

El horror

MEYER:  Los negocios son juego limpio. Esto es saqueo.

EL CHINA:  Nombres, ¿ve usted? Lo mismo que «Te descerrajo un tiro».  Negocios, saqueo. Nombres.  ¿Quién establece la diferencia?

Egon Wolff, Los invasores (1962)

Por Marcelo Leonart

«El yugo se hace más insoportable cuando es menos pesado», dice Tocqueville citado por Carlos Peña. ‪Aprovechemos la liviandad y deshagámonos del yugo para siempre, digo yo. ‪Si quieren se los digo en francés. Aunque mi francés, mal pronunciado, suene como si le estuviera sacando la madre. No precisamente a Tocqueville.

Escribo desde el horror. Escribo en caliente. Escribo sin guía y sin mapa. Como estos días. Escribo pensando que la frialdad no sirve, porque un corazón frío no es capaz de ver la fisura en la cual habitamos. ¿Qué estamos viviendo? ¿Cuál es el horror, cuál es la fisura esa que habitamos? ¿Los estudiantes evadiendo el metro? ¿Unos torniquetes destruidos? ¿Las hordas de gentes, las multitudes bíblicas distribuyéndose agotadas y acaso subyugadas por el caos de ese dieciocho de octubre? ¿Las tropas de pacos vigilando inútilmente el desmadre (ese ejército estéril tratando de contener lo que en el futuro serían las ruinas de la estación Baquedano)? ¿O el horror son las pantallas contra las vías? ¿O el fuego en las estaciones de ese sueño del transporte urbano que surcó de Frei Montalva hasta la dictadura y la Concerta, pasando por la rajadura eterna de la Alameda durante la Unidad Popular? ¿O fue el fuego nocturno en el edificio de ENEL, iluminando el caos de la ciudad, lo que termina describiendo el horror? #ChileDespertó. #ChileCambió. Eso decían las redes a esa hora. ¿Entonces qué? ¿El horror es el cambio, el horror es ese despertar? ¿O el horror es el modo en cómo hemos despertado? ¿La forma en que hemos manifestado el hartazgo? ¿La forma de zamarrear el cuerpo dormido? ¿La —políticamente incorrecta— forma de la violencia?

Cuesta encontrar el hilo. Voy a una marcha. Escucho voces en cabildos. Asambleas. Nadie sabe qué diferencia la una de la otra. Converso. Con los de siempre y con nuevas voces. Voces que nunca había oído y que sin embargo siempre habían estado a mi lado. Hay lucidez y confusión, a veces en una misma frase. ¿Ese es el horror del que hablo? No. Absolutamente no. El choque de la lucidez y la confusión a veces ilumina. Queremos aprender y durante tantos años han buscado hacernos productivos e ignorantes. No queremos ser ignorantes. Pelearemos a muerte contra eso. Pero vuelvo a ver a Chadwick cuando escribo estas líneas —otra vez el pasado como presente— y lo veo como si estuviera en Chacarillas con una antorcha o hablando del orden público o compungido luego de encubrir el asesinato de Camilo Catrillanca. (Ups, ¿el horror entonces venía de antes? ¿Cómo es que el rector Peña y Arturo Fontaine no pudieron verlo? ¡¿Como es que Ascanio no pudo verlo?! Culpa de las hormonas juveniles, seguro. De los torsos desnudos de los muchachos exhibiéndose, de las tetas combativas de las adolescentes. No es la forma, no es la forma, no es la forma, escucho que dicen mientras culpan a todos de lo que, según ellos, no tiene sentido. ¿Acaso Chile no estaba mejor que nunca antes de los estallidos?). Vuelvo a ver, recordando como si todo esto hubiera sucedido hace un siglo, a Piñera disfrutando de la gastronomía italiana en un restaurant de Vitacura y cambiando para siempre su apelativo a El Pizzas. Y luego los milicos en la calle. ¿Ese es el horror? ¿Ver de nuevo —como en el estado de sitio del 84 o del 86— los camiones con soldados y fusiles y balas de verdad? ¿O el verdadero horror es el toque de queda, llamar a mi hijo que está en una manifestación, recorrer la ciudad para ir a buscarlo antes de que su presencia y la de todos esté proscrita en las calles mientras los milicos resguardan la propiedad más que la vida de la gente? ¿O el verdadero horror es que mi hijo, a sus dieciocho años, ya sepa lo que es un toque de queda y que pueda por experiencia propia transmitírselo a su hipotética hija como yo se lo transmití a él?

¿O el horror empieza con los muertos? (No. Nunca pensé que el horror empezara con los saqueos. Desde el día uno había que tenerlo claro. Por decencia. Las vidas son más valiosas que las cosas.) ¿El horror, entonces, empieza con los calcinados? ¿Con los relatos confusos o insultantemente estadísticos de sus muertes? ¿Con la ausencia de nombres? ¿Con la ausencia de historias de esos no-nombres? Leí en Twitter por ahí: Muchos muertos en incendios. Debe ser porque el Mapocho está seco. ¿Son esas once palabras el horror?

(Quiero repetir esto. Como el loop de los noticiarios con las imágenes de los saqueos. Una y otra vez. Como si los directores de los departamentos de prensa quisieran convencer a la gente de que ese es el horror. Pero no, ese no es el horror: No. Nunca pensé que el horror empezara con los saqueos. Desde el día uno había que tenerlo claro. Por decencia. Las vidas son más valiosas que las cosas.)

Limpio mis lentes. Veo con claridad la pantalla de mi computador. Debo agradecer mi suerte y tal vez eso sea el horror. Lo que ven nuestros ojos. Ojos que ven carteles en las marchas, ojos que ven a la gente que se reúne —de a miles, de a millones— sin que nadie las escuche. Ojos que se encuentran con otros ojos y que juntos saben que —de a pares— son una multitud duplicada. Ojos con destellos de rabia, de risa, de pena. Ojos irritados y rojos por la represión lacrimógena. ¿O el horror —el verdadero horror— son los perdigones que nos mutilan, que juegan a dejarnos ciegos en las calles, como si quisieran que no viéramos lo que tenemos que ver, como si quisieran desmentir todo lo que hemos visto en estos días?

Dejo este escrito. Salgo. Camino con miles. Saco fotos. Escucho. Me encuentro con conocidos. Los abrazo. Nos miramos perplejos con lo que está ocurriendo. Porque lo que está ocurriendo es algo que, adormecidos como estábamos, NUNCA PENSAMOS QUE OCURRIRÍA. Y no. Eso no es el horror. Veo a los capuchas enfrentándose con los pacos. Los veo ganando la calle para que miles de personas las ocupen con el objetivo claro de NO VOLVER A LA NORMALIDAD.

Porque eso, tal vez, es el horror. Volver a la normalidad.

Que este estallido social —este instante de encuentro, esta fisura, este momento de anormalidad— quede en nada. Que nos cansemos. Que nos engañen (otra vez). Que no acepten la Asamblea Constituyente. Que nos quedemos (otra vez) sin el agua. Que solo la hipotética hija de mi hijo sea la que tenga que levantarse (otra vez) para hacer lo que ahora tenemos que hacer.

Porque claro (lo repito otra vez): No. Nunca pensé que el horror empezara con los saqueos. Desde el día uno había que tenerlo claro. Por decencia. Las vidas son más valiosas que las cosas.

Tenemos una vida amorosa que construir.

Y no debemos abandonarla.

Perder la oportunidad, dejarla pasar.

Que la aplasten con violencia y/o aburrimiento.

Eso sería el horror.

Santiago, once de noviembre de 2019

Chile: Estado de Emergencia

El pueblo se había vuelto “otro”. Una otredad que permite entender la inicial ilegibilidad de este momento para Sebastián Piñera y sus aliados dentro y fuera de la derecha. Las multitudes de pronto hablaban una lengua alienígena para esa élite, una lengua-otra que articulaba sentidos y futuros inimaginables, muy alejados del consenso neoliberal, y que generaban como respuesta medidas cosméticas que, desde luego, no respondieron a las demandas de otro presente y otro futuro.

Por Alia Trabucco | Fotografías: Felipe Poga

El primer día del estado de emergencia decretado por el presidente de Chile, Sebastián Piñera, con las fuerzas armadas desplegadas en las calles sobre tanquetas y camiones de guerra, una mujer de unos 25 años, tras escucharme comentar sobre lo que estaba ocurriendo en la ciudad, me preguntó: “¿Es este el estado de emergencia donde los militares pueden dispararles a las personas?”. En su pregunta, condensados, estaban los diecisiete años de dictadura de Augusto Pinochet y su saldo de miles de muertos y torturados. En su memoria, una memoria heredada, imágenes de un Chile que ella no vivió la habitaban de pronto, nos habitaban a destiempo a ella y a mí en un inquietante retorno de lo no vivido y que sin embargo nos había constituido desde nuestros mismísimos orígenes. Las calles de Santiago, por primera vez desde el retorno a la democracia, amanecían custodiadas por militares, despertando en miles de personas como ella y como yo espectros de una historia que algunos pretendían olvidar y que otros habían intentado negar en arremetidas cada vez más frecuentes, acaso invocando en su violenta negación la radical presencia de ese pasado en nuestro presente y en nuestras vidas.

Tras una semana de estado de emergencia, con gran parte del país militarizado y siete días de toque de queda, mi respuesta, ese rotundo “no”, “no te preocupes”, “no nos van a disparar”, “no nos pueden disparar”, parece haber sido un error. Según las cifras del 8 de noviembre entregadas por el Instituto Nacional de Derechos Humanos hay más de 20 muertos, más de 5.500 personas detenidas, 1.915 heridos (182 de ellas con heridas oculares), casos documentados de violencia sexual e incluso tortura perpetrada por militares y carabineros contra civiles. ¿Qué pasó con el país que el propio presidente, el billonario Sebastián Piñera, había bautizado apenas días atrás como un “oasis”? ¿Cómo es que su discurso se deslizó de la arrogancia de ser “la excepción” en el continente, la prepotencia de los “jaguares”, los “ingleses de América Latina”, al “estado de guerra” anunciado en vivo y en directo por televisión?

Una de las múltiples respuestas a estas preguntas está precisamente en esos espectros, en los diecisiete años de dictadura y en los treinta de post-dictadura que primero instauraron y luego profundizaron políticas de privatización y despojo más radicales y profundas que en ningún otro lugar del planeta. Este momento histórico iniciado hace siete días pero en ciernes hacía décadas, este tronar de cacerolas y consignas, este re conocernos en lo público tras años de políticas atomizadoras de cualquier visión o presencia colectiva, es también la explosión dislocada del pasado en el presente y la emergencia, valga la palabra, de una potencia de futuro. En las calles de hoy, en todo Chile, conviven simultáneamente distintos tiempos.

Los espectros del pasado han emergido, en primer lugar, en los helicópteros y en las fuerzas armadas, propiciando inesperadas conversaciones sobre lo que supuso vivir cotidianamente la violencia dictatorial de Pinochet y transformando así esta coyuntura histórica en un simultáneo estallido de memoria política. Pero esos espectros, los que hoy encarnan los militares, parecen haber perdido su capacidad de infundir terror. Y esto se debe a otra emergencia: la de una mirada que ya no ve, ya no puede ver lo que otros vieron en esos símbolos de fuerza en el pasado. Miles de ojos, millones de ojos vieron las tanquetas, observaron los uniformes de camuflaje y las armas de fuego, y ya no vieron en ellos autoridad. Basta examinar lo que este estado de excepción constitucional supuestamente restringiría, el derecho a reunión, y luego comprobar la respuesta a esa declaración en las calles: millones de personas más reunidas que nunca. El estado de excepción sencillamente no fue. Como acto de lenguaje emitido por el presidente de la república, fracasó. Las multitudes en las calles provocaron su estrepitoso fracaso y exorcizaron a esos espectros al negarse a ver en los militares un signo de poder. Y es que el poder, de pronto, estaba en otro lado.

Pero regreso a los distintos tiempos que laten en esta emergencia. Y me refiero a la emergencia como surgimiento y no como desastre, a la emergencia que como suceso político trajo al presente un segundo pasado: el pasado de la Constitución de 1980, deslegitimada en su origen dictatorial y en cada día, en cada año, a partir de ese origen. Esa Constitución que estudié detenidamente durante mis años en la Facultad de Derecho, y que supuso que me topara una y otra vez con las firmas de los militares que lideraron la dictadura, que estudiara las estrategias de los Chicago Boys, las decenas de artículos donde aparecía la palabra “subsidiario”, y que examinara con horror el nudo ciego atado por Jaime Guzmán. Un nudo ciego y también peligroso, pues ató neoliberalismo, autoritarismo y democracia representativa de un modo que esta crisis ha vuelto evidente. Porque en la emergencia chilena de este octubre no solo ha entrado en crisis un régimen económico fundado en la desigualdad, sino también una institucionalidad que fue cooptada por los mismos intereses que se nutren de esa vergonzosa desigualdad. De allí que tantos repitan: no hay interlocutores. Que reiteren: no hay liderazgos para lidiar con esta coyuntura. Y es que al igual como ha ocurrido con el poder, los interlocutores y los liderazgos están también en otro lado.

El pasado, sin embargo (o acaso los múltiples pasados, incluyendo una historia de revueltas e insurrecciones populares) no es más que uno de los tiempos que laten furiosamente en este estado de emergencia. Si hay algo que ha surgido con fuerza en las calles estos días, si hay algo que define este instante, es el presente. El presente absoluto de las protestas y las marchas donde se impone a punta de cacerolazos el ahora, el ocupar inmediato del espacio público con la máxima encarnación del presente: el cuerpo. Cuerpos como el de un hombre que fue a la marcha más multitudinaria de las últimas décadas exhibiendo las heridas de los balines en su torso y en sus piernas; cuerpos como los de cientos de miles de mujeres que han estado saliendo a las calles hace ya años exigiendo dignidad e igualdad; cuerpos disidentes y ancianos, precarizados, exhaustos y, sin embargo, presentes. En esta coyuntura, en esta emergencia, hay cuerpos que han resurgido, otros que han despertado y otros que han nacido, urdiendo a un sujeto político múltiple y que parece constituido por una infinidad de voces. Un sujeto que en rigor no es nuevo, pues el presente de las protestas chilenas proviene de una articulación social que se empezó a urdir hace años. Me refiero a las articulaciones feministas y queer que apenas ocho meses atrás repletaron las calles de Santiago, a lxs estudiantes movilizadxs hace ya más de una década, y también a organizaciones vecinales y profesionales que han resurgido como estrategia de sobrevivencia frente a la cancelación de la vida que propone el neoliberalismo.

El mensaje de las calles ha resultado ilegible para la clase política que ha dirigido al país durante los últimos treinta años. En siete días de extraordinaria intensidad, esa élite, encarnada hoy por Sebastián Piñera, transitó por todo un abanico emocional y discursivo: “vándalos”, “bandas organizadas”, “alienígenas”, dijeron primero, para luego dar paso a la “guerra” y finalmente arribar a los “queridos compatriotas”. La inicial criminalización, desde luego, no es sorprendente. La retórica de la crisis intentaba urdir un escenario caótico que justificara una intervención estatal y armada para la sobrevivencia del neoliberalismo como forma de gobierno. Porque la crisis (e incluso la catástrofe), siempre ha sido fructífera para el capitalismo y el estado de emergencia uno de sus modos de articular la realidad. La alusión a los “alienígenas”, en tanto, en esa filtración de la primera dama que escuchamos entre la incredulidad, la rabia y las carcajadas, es aún más decidora. El pueblo se había vuelto “otro”. Una otredad que permite entender la inicial ilegibilidad de este momento para Sebastián Piñera y sus aliados dentro y fuera de la derecha. Las multitudes de pronto hablaban una lengua alienígena para esa élite, una lengua-otra que articulaba sentidos y futuros inimaginables, muy alejados del consenso neoliberal, y que generaban como respuesta medidas cosméticas que, desde luego, no respondieron a las demandas de otro presente y otro futuro.

Y ahora regreso, finalmente, a lo que debió ser el inicio de este texto: el futuro o, acaso, los futuros. Un tiempo que, como plantea Rodrigo Karmy, brota como potencia emancipadora, como potencia de la invención, y que hoy contiene, al parecer, una nueva imaginación política. La emergencia de este tiempo surge hoy frente a uno de los escenarios más críticos que nos ha tocado vivir como país y como humanidad. De allí también la emergencia, la desesperación de este momento. Cuando parecía no haber futuro, entonces, solo entonces, surgen los tres tiempos simultáneos y se encarnan en cuerpos que se han negado a abandonar las calles y que, reunidos en espacios corales y horizontales, parecen anunciar una nueva realidad: se terminó la Constitución de Pinochet. O, como decía un grafiti en el centro de Santiago: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”.

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Este artículo fue publicado originalmente en Glotopolítica el 28 de octubre. Cifras actualizadas al 8 de noviembre del 2019.

Pensemos en imágenes

Por Juan Manuel Silva Barandica / Foto: @caiozzama

Piensa en una imagen: el elefante

Piensa en la imagen del elefante: si nos enfocamos en trompa, orejas u otra particularidad, dificilmente podemos definirlo con justicia.

Piensa en la imagen del elefante en una cristalería: es muy difícil que un animal tan grande se abra paso de manera cuidadosa.

Piensa en la imagen del elefante en cualquier espacio cerrado: mires donde mires te encuentras con un elefante. Es imposible ignorarlo.

Piensa en una imagen: la palabra

Muchos hemos pensado estos días en qué hacer con respecto al mayor levantamiento popular desde la dictadura en Chile. Porque han sido semanas de reflexión, de profundo dolor, alegría, emoción, silencio y palabras. Palabras vacías, sobre todo: ideas montadas a la rápida para hacer ostensible que no se forma parte de la masa, que hay una distinción, que quienes “piensan” son distintos o están alejados de lo que ocurre. Que quien interpreta la realidad no es parte de lo real. Más allá de nombres y casos, quisiera plantear lo contrario. El personalismo, en estos momentos, carece de valor teórico o político, incluso riñendo con un mínimo de decencia. Ante todo: respeto por los heridos, vejados y muertos. Ante todo: palabras comunes, palabras colectivas.

Piensa en una imagen: el trabajo

Como el fondo y la superficie de nuestro problema está en el concepto del trabajo y la explotación como formas de segregar, diferenciar y reproducir las estructuras oligárquicas, he recordado mucho las palabras de mi papá, una de las personas a quien más he visto trabajar y que pagó con la enfermedad y la muerte dicha consecuencia. Solía decir —a pesar de creer en los procesos democráticos— que no importaba el sector que gobernase, que igual el día de mañana habría que volver al trabajo; algo similar a la representación del sentido común en el famoso chiste de Nicanor Parra: “El verdadero problema de la filosofía/ es quién lava los platos”. Lo interesante de ambas perspectivas es que eran plausibles, al menos, en el mundo en el que vivíamos: el Chile de antes del 18 de octubre del 2019. Este momento presente, que habitamos y nos habita, este kairos (momento adecuado u oportuno), está preñado de futuro: lo que estamos viviendo es un vistazo hacia el tiempo que vendrá, hacia las condiciones de posibilidad de ese futuro, como si pudiésemos adelantar la película de nuestras vidas. Experimentamos este futuro gracias a que se han detenido los relojes del trabajo, y son miles de estudiantes, trabajadores independientes, desempleados, jubilados y el mal llamado lumpen quienes han sostenido este quiebre del orden de la realidad, siendo golpeados, baleados, gaseados, torturados, violados, secuestrados, quemados y muertos por las policías nacionales y el Ejército.

Piensa en una imagen: la violencia

Dos violencias enfrentadas: una institucional / una popular; una legal / una ilegal; una violencia ilegítima institucional por el quiebre de la representación popular / una violencia popular legitimada por falta de representación real.

Piensa en una imagen: los árboles y el bosque

Los árboles impiden ver el bosque; el trabajo no deja que veamos la vida. Necesitamos otro contrato social, otra forma de trabajo, otra manera de sentir y experimentar la vida. Las viejas querellas críticas e intelectuales entre derecha e izquierda se resquebrajan como los últimos pilares erguidos del complejo palacio de la modernidad. Quienes no trabajan están defendiendo con su vida nuestro derecho a un trabajo digno, a la felicidad.

Piensa en una imagen: el fuego

Hace unos días se incendió la esquina de Santa Rosa con Alameda. Al parecer los locales estaban vacíos, al igual que el centro médico, la iglesia y el hotel adyacentes. Habían sido evacuados horas antes. Yo llegaba recién a mi departamento cuando se iniciaron las llamas y tardé solo unos minutos en descubrir que el fuego llegaría rápidamente al techo del edificio en que vivo. Ante el terror de las llamas y las enormes volutas de humo que entraban por mis ventanas, decidí hacer un escrutinio de mis pertenencias más importantes: salí de la casa con mis perros y dos discos duros.

Más allá de quién haya sido el responsable del origen del fuego, me parece importante relevar que —por lo menos para mí— lo único que defendí y defendería de la destrucción sería a mis amigos animales y humanos, mi familia y mi trabajo, no la propiedad. En ese sentido, una de las cosas más llamativas de este acontecimiento histórico es la vulgar fascinación que expresan nuestros gobernantes y representantes por la propiedad más que por la vida. ¿Qué vale más? ¿Una farmacia o el ojo de una jovencita?

Piensa en una imagen: la imagen

Cuando empecé este texto, creía que la imagen que destacaría era la del fuego: las llamas que cercaron mi departamento y que, por suerte, al final no lograron alcanzarlo. Ahora, en cambio, prefiero concentrarme en la imagen misma como síntesis y vínculo, porque a pesar de que el gobierno quiera separar a la gente, son las imágenes las que nos recuerdan que somos parte de algo más grande que nosotros. El perro Matapacos, el joven con el escudo del disco Pare, el monumento del general Baquedano lleno de banderas mapuche, el boleto de micro escolar de los noventa con ambos niños heridos en los ojos y tantas otras imágenes, parecen vibrar en una constelación que aún no se diseña, que todavía no tiene forma. ¿Quién podría darle forma a estas imágenes? No los políticos, no los sociólogos, no los historiadores, no los periodistas, no los ingenieros, no los economistas. Aunque tal vez sí, pero sólo a través de las únicas manifestaciones propiamente ancladas en los múltiples paisajes que despliega nuestro territorio: la música y la poesía. Sin ser propiedad de nadie, estas dos formas del arte han proliferado junto a la miseria del pueblo chileno. Así, la música de Víctor Jara y la poesía de José Ángel Cuevas, la música de Violeta Parra y la poesía de Stella Díaz Varín han sido lugares simbólicos de encuentro, donde se han reunido y se reunirán los individuos, y donde comparecen distintos y oscuros momentos de la historia que pareciesen rimar. “No estamos solos”, reza uno de tantos eslóganes invertidos por la insurrección: el lenguaje periodístico y publicitario recobra su valor en manos de las multitudes, mientras las personas se reúnen en torno al fuego, como si su poder purificador nos trasladase al caos original: la reunión caótica de lo diferente en la unidad.

Piensa en una imagen: la multitud

Luego de tres semanas convulsas y violentas, de polarización y quiebres institucionales, sin afanes reconciliatorios, quisiese plantear con insistencia el valor de esa posibilidad de un trabajo futuro a través de una imagen distinta a la del fuego y la destrucción: el viernes 25 de octubre se reunió más de un millón de personas en la Plaza Italia y, entre el carácter festivo de la manifestación y la dura batalla que dieron los jóvenes de la primera línea contra Carabineros, tuve la suerte de experimentar y tomar conciencia de algo que ocurre todos los días, aunque de manera palmaria. Me explico: vivimos en una ciudad de más de siete millones de habitantes y pocas veces sentimos ser esos siete millones. El día 25 de octubre de 2019 sentí por primera vez el desborde de la masa, de la multitud, una suerte de sublime irrepresentable: sentí una mezcla de angustia, placer, pánico y asombro.

 ¿Cómo representar a una multitud? A través de una imagen: una célula en un cuerpo sano; el funcionamiento de una célula y su relación con las otras está en una coordinación, una suerte de armonía (irregular en muchos aspectos) sobre la cual se construye la idea de cuerpo, los extramuros de lo que entendemos por individuo. Pues bien, habitamos este ser, pero somos incapaces de comprender que lo habitamos, que somos parte de su materia, ser conscientes de ello.

Quiero que nos detengamos en un punto: la consciencia. De la misma manera que asumimos que las células no están conscientes de que son parte de un cuerpo, nosotros mismos podríamos ignorar que lo humano no es más que una forma compleja y más amplia, una suerte de individuo que constituimos entre todos, como un mosaico o un ser hecho de seres, como plantean ciertas visiones que sostienen que la Tierra es un gran organismo del que los seres somos una parte.

Pensemos en una imagen: el Simurg

Como los estorninos y ciertos cardúmenes de peces, ciertos seres al reunirse construyen un ser mayor.

El lenguaje de los pájaros, de Farid Uddin Attar, es un poema persa del siglo XII que cuenta cómo las aves se congregaron para buscar a su rey. Durante el viaje van cayendo una a una bajo la inclemencia del clima, los depredadores y el hambre. Sólo treinta llegan al encuentro de los protectores del umbral, quienes al ver que estaban atadas a la tierra y el deseo, les niegan la entrada.

Sólo cuando las aves logran anular su deseo, su voluntad y su ansia, les es permitido conocer al Simurg, su rey. Son conducidas a una sala vacía. En ese lugar y momento comprenden que todas ellas juntas son el Simurg y que el viaje y las penurias sufridas les han revelado su lugar en la historia.

Chile, ¿el Muro de Berlín del neoliberalismo?

Por Ramón Griffero

Aquellos que vivimos la destrucción de nuestro primer sueño y el desvanecimiento de nuestra última utopía.

El único salvavidas de aquel naufragio era el fin de una dictadura, bajo las condiciones del vencedor, y en la sombra de aquella nefasta cláusula de “la justicia en la medida de lo posible”.

Y de tantas otras que fueron construyendo la ficción que se instauraba, consolidándose a través de los espectros de un materialismo feliz en los envoltorios brillantes de un exitoso marketing mediático, esparciendo logros ínfimos que nublaban la inequidad que se construía.

El no ser parte del oasis era tan solo por nuestra incapacidad de emprender, perteneciendo a la lista de los losers, de los perdedores.

Las alternativas a las que entregamos tantas ilusiones no se desviaban de una senda que, cual Muro de Berlín, se erguía incólume.

Estábamos tan atomizados, que nuestras resistencias sociales-artísticas parecían tan sólo ser destellos inocuos, a los cuales sin embargo le entregábamos una convicción esquizofrénica, frente al aplastante progreso de la “única realidad”.

El clamor de “¡A la Bastilla! o el “Venceremos” eran épicas de un ayer.

Pero, la bruta esperanza siempre alojaba un lugar, como último resguardo a un sentido de vida.

Y una mañana emergió, desde quienes vislumbraban un destino al cual no deseaban pertenecer.  Fue a través del salto de un torniquete, una barrera que era tan solo un pedazo de fierro, que se desplazaron los muros de lo posible.

Un grito, un verbo, que pertenecía al pecado de esta ficción. “Evadir”.

La consigna «evadir es luchar» remeció nuestros sentimientos. “Evade el neoliberalismo”. “Evade a dios”. “Evade el miedo”. “Evade las AFP”. “Evade el abuso”. “Evade esta ficción”.

Un “evade”, para plasmar un comenzar que estaba en el dormir de tantos, en las noches en las cuales no nos reconocíamos en la pantalla de este televisor.

Y se despertó descubriendo que no estábamos solos, que todos añorábamos otro vivir.

«La ficción se parapeta, hiriendo, encegueciendo y asesinando en pos de recuperar su verdad. Y nos hiere, al descubrir que el “nunca más” fue sólo un deseo frustrado. Honor a ellas y ellos que perdieron su vida y su vista para que todos podamos ver».

Y cantamos, marchamos hacia un escenario que somos nosotros, y nos dimos cuenta de que compartíamos un mismo sentir sobre un territorio plural y diverso. Surge una tribu con memoria de su historia, de sus canciones, de sus luchas pasadas.

 Y se construyen las frases, ya no en plotters sobre lienzos de PVC, sino escritas a mano en cartones y cartulinas, donde se imprime lo que serán los escritos de la memoria del futuro.

Y en estos largos, tristes y bellos días se desvanece el consumismo y aflora el ágora en nuestras calles y plazas.

Sucedió que cuando la clase política comenzó a llamarse clase, no percibió que instauraba una nueva lucha de clases, entre la clase de los ciudadanos y ellos, llevando a poner en jaque la representatividad.

Recuperando los ciudadanos la urgencia de consolidar esta democracia y de ser constructores de su destino.  Uno que emerge en cabildos y asambleas, donde el debate se plasma con plumones y lápices pasta, y volvemos a escuchar las voces sumergidas, que comienzan a dibujar los planos del mañana.

Estas vivencias son los cimientos de este despertar.

Y esta desigualdad normalizada como inherente a nuestro existir —frente a la cual la caridad social era el gesto noble— ya no es consecuencia natural de gente perdedora, sino de una ficción social que pierde su verdad escénica, empujando a las actrices y actores a restablecer una nueva convención. 

La ficción se parapeta, hiriendo, encegueciendo y asesinando en pos de recuperar su verdad. Y nos hiere, al descubrir que el “nunca más” fue sólo un deseo frustrado. Honor a ellas y ellos que perdieron su vida y su vista para que todos podamos ver.

Las paredes de nuestras ciudades se vuelven pergaminos, jeroglíficos de la ira y el devenir.

«No es la conciencia de clase, como se preconizaba, la que nos mueve. Es la conciencia de la vida, que emerge de un universo y un planeta que demanda un buen vivir para todas y todos».

El devenir estará marcado por las formas que nuestras demandas adquirirán en los diferentes planos de los poderes en juego; será dentro del abanico de la radicalidad o de lo posible. Serán las elecciones del mañana, en todas sus versiones, las que definirán la senda a seguir.

No es la conciencia de clase, como se preconizaba, la que nos mueve. Es la conciencia de la vida, que emerge de un universo y un planeta que demanda un buen vivir para todas y todos.

El mañana está en nuestras mentes.

Poéticas de la insurgencia

No volveremos a la normalidad porque la normalidad era el problema

—Grafiti, Santiago de Chile, octubre 2019.

Por Claudia Zapata | Fotografías: Felipe Poga

“¿Por qué aguantaron tanto?”, me preguntaba hace unos días un periodista ecuatoriano a propósito del estallido social que vivimos desde la quincena de octubre. Sólo logré balbucear la idea de que en Chile el neoliberalismo se nos impuso con la metralleta al pecho por una dictadura sangrienta que, campos de concentración mediante, nos tuvo 17 años escapando de la muerte y buscando desaparecidos. Ningún otro país pasó por esa forma de instalación del modelo y ello explicaría en parte su profundidad y alcance.

La continuidad democrática de la fórmula neoliberal nos hizo pensar más de una vez que la lógica de la subsidiariedad había calado de manera definitiva en la sociedad chilena, hasta que comenzaron a surgir movimientos que, desde su especificidad, empezaron a cuestionarla. Son movimientos que han ido ganando en radicalidad, como el movimiento mapuche, y en envergadura, en el caso del movimiento por la educación o por las pensiones dignas. Pese a ello, el estallido nos ha dejado estupefactos frente a una capacidad de indignación y movilización nacional que no se avizoraba en el corto plazo. Su resultado más inmediato es que desde ahora se habla, aquí y en el mundo, de algo que parecía imposible: la crisis del neoliberalismo chileno. Una crisis profunda de legitimidad, producida por el sufrimiento social que genera el alto costo que pagamos cada día para asegurar la ganancia estratosférica del empresariado local y extranjero.

Las jornadas de protesta que comenzaron el 18 de octubre en Santiago y que a las pocas horas se expandieron al resto del país, han significado el despliegue de una insurgencia pocas veces vista en Chile, donde una heterogeneidad de acciones han estado dirigidas por un sentimiento compartido de que es urgente interrumpir esa normalidad que, como señalan los numerosos grafitis que hoy reescriben nuestras ciudades, constituye el problema.

Entre las cuestiones que más han sorprendido, o al menos eso me ha pasado a mí, está la rápida vinculación de todos los problemas puntuales con un orden social sustentado en la desigualdad. Allí radica la condición política de este movimiento, también su racionalidad. Como parte de ese diagnóstico colectivo surge con fuerza una dimensión temporal que se resume en las consignas “No son 30 pesos, son 30 años”, que alude al período de la posdictadura; “No son 30 pesos, son 46 años”, en referencia al hecho fundante de este tipo de capitalismo que fue el golpe cívico-militar de 1973; y la aún más profunda “No son 30 pesos, son 500 años”, para incluir la usurpación como lógica de un funcionamiento social que se reformula a través de la historia y cuyas primeras víctimas fueron los pueblos indígenas.

«El derribamiento de estatuas merece una atención especial, pues se trata de una de las acciones más potentes e impensadas (…). Esa potencia radica en su capacidad para perturbar el guión autoritario de la construcción nacional, embistiendo su despliegue urbano donde calles, plazas y monumentos reivindican de manera ostentosa una genealogía invasora y patriarcal».

Esta densidad histórica concede sentido a las distintas acciones que han interferido el orden público. En ellas se asume la propiedad colectiva de lo que ha sido arrebatado, partiendo por las calles de ciudades cuya forma reproduce la exclusión aberrante que ese orden público resguarda. Evasiones masivas del pago del metro, apropiación de sus estaciones, marchas, barricadas, grafitis, destrucción de símbolos del poder económico y derribamiento de estatuas, son intervenciones que, en conjunto, permiten al observador y observadora acceder a un relato heterogéneo, pero relato al fin, de este malestar y sus expectativas.

El derribamiento de estatuas merece una atención especial, pues se trata de una de las acciones más potentes e impensadas en este oasis del neoliberalismo (ocupando la metáfora del Presidente). Esa potencia radica en su capacidad para perturbar el guión autoritario de la construcción nacional, embistiendo su despliegue urbano donde calles, plazas y monumentos reivindican de manera ostentosa una genealogía invasora y patriarcal. La historia de nuestros monumentos es la historia de un Estado nacional que se ha construido de espaldas a sus habitantes, respaldado por un autoritarismo que ha sido eficiente en ahogar las tentativas de apertura. Son también el símbolo de una estabilidad institucional excluyente y represiva, de allí su obsesión con los conquistadores europeos así como con el ejército y la policía del período republicano. No deja de ser poético entonces el gesto de hacer caer en cuestión de horas a Cristóbal Colón (Arica), Francisco de Aguirre (La Serena), Pedro de Valdivia (Temuco, Valdivia), García Hurtado de Mendoza (Cañete), Cornelio Saavedra (Temuco), Diego Portales (Temuco), así como monumentos a carabineros y militares (Santiago). Un ajuste de cuentas no sólo con el pasado sino con el presente que admite la conmemoración del saqueo y la violencia, eso que los movimientos indígenas no se han cansado de nombrar y denunciar como continuidad colonial.

A la caída de estas estatuas se contrapone el levantamiento de símbolos impensables desde los códigos solemnes de las historias patrias, como la bandera de un pueblo oprimido en igual línea de tiempo —la Wenufoye o bandera mapuche—, o un perro mestizo, fallecido hace dos años y que era conocido por acompañar las manifestaciones estudiantiles y atacar a la policía —el Negro Matapacos—, erigido por estos días en símbolo nacional contra la represión (y tal vez global, como parecen indicar las pegatinas que acompañaron la evasión masiva en el metro de Nueva York como protesta frente al actuar racista y violento de la policía local). En estas poéticas de la insurgencia, Matapacos se multiplica en cientos de perros callejeros que emergen como protagonistas poco convencionales del estallido popular, depositarios de una autoridad política inusitada que nos recuerda a cada tanto que detrás del abrazo hipócrita del policía o del militar, está la represión que te puede quitar los ojos o la vida.

«¿Tan esquiva es la historia o prefieren no enterarse de que no existe revuelta social sin el ataque a los símbolos del sistema que la produce? ¿Quién puede decir que desconoce esta característica de las asonadas populares?»

La fuerza de estas acciones ha sido suficiente para correr el velo de la normalidad y mostrar la injusticia que omite o minimiza la invocación del orden. La estrategia de los sectores responsables de la continuidad neoliberal (partidos políticos, empresariado, grandes medios de comunicación, etc.) ha sido reconocer la legitimidad del reclamo al mismo tiempo que condenan sus formas, indicándolas como violencia inconducente, delictual, carente de razón y perspectiva, mezclándola de manera oportunista con la violencia común incubada por el mismo sistema del cual profitan.

Cuando ese discurso tiene eco en espacios cercanos, algunos supuestamente progresistas, una se pregunta: ¿tan esquiva es la historia o prefieren no enterarse de que no existe revuelta social sin el ataque a los símbolos del sistema que la produce? ¿Quién puede decir que desconoce esta característica de las asonadas populares? Porque si no eres asiduo a los libros basta con ver alguna película de época que tenga como telón de fondo un estallido social para saber que así han caído molinos, instrumentos de labranza, maquinaria, cárceles, palacios y estatuas. Concentrar la discusión en las buenas formas no sólo es impertinente en estos contextos sino también reaccionario, pues oculta el tema de fondo que es el origen de la violencia y sus responsables. Eso es lo que desnudan las mareas humanas que protagonizan la insurgencia y que en nuestro caso ponen en tela de juicio la supuesta paz que habría existido antes del 18 de octubre.

La moralina que existe en torno al tema impide un debate serio cuando se impone la consigna de que todas las violencias son homologables y merecen la misma condena. Como historiadora, pero sobre todo como ciudadana, no puedo suscribir esa premisa que es tan antigua como tramposa y sobre la cual ha corrido demasiada tinta, aunque siendo honesta, queda poco ánimo para las referencias bibliográficas y menos aún para participar en discusiones donde se deben responder discursos malintencionados sobre la paz social, esos que esconden el hecho terrible de que la paz es un privilegio de algunos y que los “conductos regulares” no nos han llevado a ninguna parte, no al menos en este país gobernado por las balas. La paz es otro de los derechos que debemos conquistar.

La pregunta por el desenlace es inevitable, pero en algún punto inútil, porque el estallido de rebeldía que se está desarrollando actualmente en Chile, con toda su heterogeneidad y ausencia de conducción (por el momento), cumple tal vez con una única misión: mostrar un horizonte de posibilidades que ni el más heroico de los triunfos podrá concretar en su totalidad, porque allí radica la potencialidad política y la energía creadora de las rebeliones, donde quiera que estas se produzcan. De todas formas, la necesidad de participar en la construcción de ese desenlace obliga a situarse en un terreno más pragmático, asumiendo el hecho de que todas las opciones son viables, desde la radicalización del reclamo social hasta la derechización de la esfera pública, pasando por la muy probable fórmula gatopardista del “todo cambia para que nada cambie”, por la que esta sociedad chilena ha pasado ya tantas veces. Y, sin embargo, de momento no ha sido poco visibilizar la violencia estructural y la represión como uno de los pilares del neoliberalismo chileno, ni la crítica masiva a un orden social que tiene como base la injusticia distributiva y el mal desarrollo. Un orden sostenido por una casta político-empresarial que, como pocas veces en nuestra historia, tropieza y nos teme.

Periodismo en tiempos de crisis

En los primeros días, el foco de la atención periodística no estaba en las causas que originaban la inédita revuelta ciudadana que como bola de nieve se iba expandiendo y aumentando en masividad, sino en aquellos hechos que espectacularizaban la noticia y, de paso, deslegitimaba la movilización social asociándola con los actos vandálicos.

Por Faride Zerán | Fotografías: Felipe Poga

1.- Detrás del mea culpa de La Tercera

No bastó el mea culpa de uno de los dos medios del duopolio de la prensa escrita, el diario La Tercera, excusándose al día siguiente de que publicara una nota sin fuentes donde se acusaba   como instigadores de los actos vandálicos a grupos cubanos y a venezolanos vinculados a Maduro.

Y es que también en materia informativa, el periodismo, al igual que el gobierno, los partidos políticos y gran parte de las instituciones —muchas de ellas desacreditas desde hace tiempo— no han estado a la altura de la magnitud y gravedad de los acontecimientos.

Como la imagen que circula en las redes mostrando un iceberg en cuya punta se ubica el alza del metro, y en la faz sumergida las desigualdades de un modelo neoliberal que arrasó con todo —incluyendo el derecho a una vida digna y segura, es decir a la salud, a la educación, a salarios éticos, a una vejez con pensiones decentes,  a circular por la calles con tranquilidad; en definitiva, a vivir con futuro—, lo que está detrás de la fake news de La Tercera aludiendo a una conspiración externa,  o del WhatsApp de audio de la esposa del Presidente de la República, advirtiendo de atentados a hospitales, de desabastecimiento y otros horrores provenientes de alienígenas, es una construcción del «enemigo externo» elaborada en alguna oscura oficina de aprendices y conspiradores.

«Esa construcción conspirativa merece no una, sino varias explicaciones. ¿Quiénes están detrás de ella? (…) ¿Por qué La Tercera, diario que suponíamos con estándares éticos mínimos, se hizo eco de una información tan compleja, publicándola sin firma, sin fuentes, sin chequeos elementales?»

La escena de un desencajado presidente diciéndole al país que estábamos en guerra contra un enemigo poderoso y agazapado, justificando con ello no sólo su incapacidad de ver y escuchar, sino el estado de emergencia, toque de queda, militares en las calles y abusos y atropellos a los derechos humanos, es otro ejemplo de que el «desliz” de La Tercera era la punta de otro iceberg. Uno sumergido en este caso en los intrincados laberintos de una inteligencia cuyas maniobras fueron abortadas no por obra de periodistas y partidos políticos atentos y comprometidos con la democracia, sino por los millones de hombres y mujeres que en los días siguientes se tomaron el país en multitudinarias movilizaciones ciudadanas sin precedentes en nuestra historia.

Esa construcción conspirativa merece no una, sino varias explicaciones. ¿Quiénes están detrás de ella? ¿Cómo se informa o desinforma al presidente y a su círculo cercano?  ¿Por qué La Tercera, diario que suponíamos con estándares éticos mínimos, se hizo eco de una información tan compleja, publicándola sin firma, sin fuentes, sin chequeos elementales?

Estas interrogantes merecen respuestas. Como también aquellas que apuntan a una frase que, en materia de derechos humanos, creímos que en Chile estaba tallada en piedra: Nunca más.

2.- Las tardías preguntas por los DDHH

Desde el inicio del estallido social que partió en Santiago como protesta contra el alza de las tarifas del metro, los canales de televisión iniciaron transmisiones casi ininterrumpidas cubriendo paso a paso los desórdenes, saqueos e incendios que se sucedieron en distintos puntos de la capital y de otras ciudades del país.

En los primeros días, el foco de la atención periodística no estaba en las causas que originaban la inédita revuelta ciudadana que como bola de nieve se iba expandiendo y aumentando en masividad, sino en aquellos hechos que espectacularizaban la noticia y, de paso, deslegitimaban la movilización social asociándola con los actos vandálicos.

Pese a la declaración del estado de emergencia y toque de queda, los medios, salvo excepciones, no llamaron a reflexionar acerca de qué originaba tanta furia, desencanto, hastío en la población; no se preguntaron qué ocurría con los detenidos, por qué tantos muertos en los incendios o qué estaba sucediendo con los manifestantes que se volcaban a las calles para hacer sonar sus cacerolas y para exhibir su malestar. No interrogaron sobre la cantidad de balines disparados al cuerpo, al rostro, a los ojos de hombres, mujeres, jóvenes y niños, y menos por la violencia sexual ejercida contra mujeres e integrantes de las disidencias sexuales.

Y es que gran parte de la prensa durante los primeros días de iniciada la masiva protesta omitió y eludió el tema de los derechos humanos, y sólo más tarde, cuando las voces de alerta llegaron desde fuera de nuestras fronteras, escucharon el eco, y algunos recién lo empezaron a incorporar a sus pautas.

Mientras escribo estas líneas reviso el reporte de la Fiscalía del Ministerio Público:  23 muertos. El informe del INDH del 29 de octubre, sobre «Monitoreo a manifestaciones», señala que “se observa el incumplimiento de los protocolos para mantenimiento del orden público y de la circular  número 1832 sobre uso de la fuerza”, y enumera a continuación: “detenciones arbitrarias; uso excesivo de la fuerza; uso indiscriminado de lacrimógenas; disparos al cuerpo; lanza aguas en dirección al cuerpo, uso de perdigones y balines; carabineros y militares sin identificación”.

«Hay un nuevo Chile que se está moviendo entre la desazón y la esperanza, entre la incertidumbre y las ganas de futuro. En esos intersticios se escurre el buen periodismo (…), capaz de tomarle el pulso a su tiempo, y también de sintonizar con él, pero sin dejar de lado su talante disidente e interpelador».

3.- Reportear en tiempos de crisis

Reportear en tiempos de crisis y convulsiones sociales no es fácil. Exige rigor, coraje y compromiso con la verdad. Exige también no sólo interpelar a las fuentes, sino a sí mismo. Preguntarse, por ejemplo, lo que Claudio Nash, Coordinador Académico de la Cátedra de DDHH de la U. de Chile, señaló en una entrevista a propósito de la violación de derechos humanos hoy en el país: “En Hong Kong llevan dos meses con protestas, muchas de ellas muy violentas, y no hay ningún muerto, y estamos hablando de la dictadura de China que se supone es una de las más atroces del mundo”.

Claramente, la vulneración de los derechos humanos no es un tema del pasado, sino del presente. Y si bien reaparece hoy con fuerza producto de la crisis que estamos viviendo, se arrastra desde hace tiempo. Mientras termino estas líneas, tengo en mi retina la imagen de hace un par de meses de las Fuerzas Especiales de Carabineros ingresando a las salas de clases del Instituto Nacional, subiéndose a los techos, orinando en ellos. ¿Cómo hemos permitido estos niveles de abuso y represión contra niños y adolescentes?  ¿En qué minuto se rompió el pacto del Nunca más?

Mientras, la crisis institucional sigue su curso. El debate en torno al plebiscito, asamblea constituyente y nuevo pacto social está en los cabildos que se replican en todo el país. Hay un nuevo Chile que se está moviendo entre la desazón y la esperanza, entre la incertidumbre y las ganas de futuro.

En esos intersticios, en esas grietas se escurre el buen periodismo con sus preguntas a veces sin respuestas. Ese periodismo, agudo, inteligente, bien formado que por un lado es capaz de tomarle el pulso a su tiempo, y también de sintonizar con él, pero sin dejar de lado su talante disidente e interpelador.

(*) Esta columna fue publicada originalmente en El Desconcierto