En menos de diez años, Chile alcanzará su máxima población y comenzará un descenso sostenido: hacia 2070, los mayores de 65 años representarán el 42,6%, mientras que los menores de 15 serán apenas el 7,2%. Con menos niños y más adultos mayores, el país enfrenta desafíos económicos y sociales, pero también oportunidades para repensar la vejez.
Por Cristina Espinoza | Imagen principal: Loic Venance/AFP
Según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en junio de 2035 vivirán 20.643.490 personas en el país. A partir del año siguiente, sin embargo, la población dejará de crecer y comenzará una reducción gradual que podría llevarla a un mínimo de 16.972.558 habitantes en 2070. Para entonces, el llamado “invierno demográfico” —término que inventó el filósofo belga Michel Schooyans en los años 60— llegará a su peak en Chile. El fenómeno, caracterizado por una fecundidad extremadamente baja y el envejecimiento progresivo de la sociedad —lo que, a la larga, interrumpe la continuidad entre generaciones—, afectó primero a Europa y Asia, y escaló aceleradamente en Chile, en parte como efecto de las mejoras en las condiciones de vida.
Hacia 2070, los mayores de 65 años representarán el 42,6%, mientras que los menores de 15 serán apenas el 7,2%. El país avanza a este punto mucho más rápido que el resto de Latinoamérica, pero se trata de una tendencia global: el envejecimiento de la población es una consecuencia inevitable del desarrollo. “La reducción de la mortalidad, el aumento de la esperanza de vida y la caída de la fecundidad son procesos asociados a mejoras sanitarias, educativas y económicas, y también a cambios culturales significativos”, explica la socióloga Valentina Jorquera, coordinadora e investigadora principal del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo.
Según el informe World Population Prospects 2024, de Naciones Unidas, el decrecimiento poblacional ya es una realidad en 63 países, desde grandes potencias demográficas como China, Japón o Rusia hasta países de Europa del Este, donde la caída es aún más acelerada. Para América Latina y el Caribe se proyecta que la población comience a disminuir alrededor de 2054, y a nivel global a mediados de la década de 2080. “En la mayoría de los países de nuestra región el descenso será una realidad en un futuro más lejano que en Chile”, advierte Simone Cecchini, director del Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (Celade), la división de población de la CEPAL.
Causas y consecuencias
Durante gran parte del siglo XX, Chile redujo fuertemente la mortalidad gracias a las mejoras en nutrición, el acceso a agua potable, la vacunación y el fortalecimiento del sistema de salud. Como resultado, la esperanza de vida aumentó de manera sostenida, pasando de alrededor de 74,6 años en 1992 a más de 80 años en la actualidad, según datos recientes de organismos como el INE y CEPAL.
En paralelo, la expansión de la educación superior y la creciente participación femenina en el mercado laboral modificaron los proyectos de vida y los tiempos de la maternidad. Cada vez más mujeres postergan el primer hijo hasta después de los 30 años. Según un informe de la Universidad Nacional de La Plata sobre la fecundidad en América Latina, el principal factor que explica la caída de la natalidad en Chile no es que menos mujeres sean madres, sino que quienes sí deciden serlo están teniendo familias más pequeñas. En ello influyen tanto las aspiraciones personales de las parejas como los costos financieros y de tiempo asociados a la crianza.
Hoy, la tasa de fecundidad global —según cifras de la ONU— es de 2,3 hijos por mujer, pero en Chile ha descendido a niveles ultrabajos. En 2026 se proyecta llegar a 0,96, lejos de la llamada “tasa de reemplazo” (2,1), considerada necesaria para mantener una población estable en el tiempo. Ni siquiera una tasa de migración neta positiva —es decir, que lleguen más personas de las que se van— bastaría para evitar que la población chilena comience a disminuir en las próximas décadas. El bajo nivel de nacimientos es tan pronunciado que la inmigración solo podría ralentizar el proceso, como ocurre en España, donde la llegada de extranjeros ha ayudado a retrasarlo y a mantener la productividad.
Las consecuencias de este fenómeno son múltiples. La disminución del número de personas en edad de trabajar y consumir podría impactar negativamente en el PIB y en la disponibilidad de recursos para el fisco. Además, el aumento de personas mayores de 60 años tiene una mayor carga económica para el sistema sanitario, de cuidado y de pensiones, aunque esto no necesariamente constituye una crisis, advierte Valentina Jorquera. El desafío está en adaptar las políticas públicas a la velocidad del envejecimiento chileno, “lo que exige anticipación y capacidad de respuesta tanto del Estado como de la sociedad”, indica.
Cecchini subraya que es importante “no ponerse catastrofistas y planificar para una economía y una sociedad con una estructura etaria bastante distinta a la actual”. El director de Celade recuerda que, en el pasado, el temor al excesivo crecimiento poblacional llevó a que algunos países impusieran políticas extremas —como la del hijo único en China, implementada de 1980 a 2016 y que aceleró el envejecimiento de la población—, por lo que “es clave que, en Chile, se abra un debate informado y abierto sobre el envejecimiento y el descenso poblacional que se proyecta que comience en 2036”, explica.
Los expertos coinciden en que es necesario avanzar tanto en reformas que impulsen un desarrollo productivo y sostenible como en la adaptación del diseño y construcción de espacios para envejecer. A ello se suma el desafío de eliminar los estereotipos sobre las personas mayores, porque aunque hoy representan el 19,8% de la fuerza laboral —y participan activamente en organizaciones comunitarias—, persiste una mirada edadista, según explica Viviana García, experta en gerontología y directora ejecutiva de Gerópolis, Centro Interdisciplinario para el Desarrollo Integral de las Personas Mayores de la Universidad de Valparaíso: “Se les percibe como fragilizadas, lo que se aleja de la realidad. Cerca del 80% de las personas mayores están con una buena capacidad funcional, sin desconocer que tienen condiciones crónicas de salud, pero de todas maneras pueden hacer su vida”, afirma.
El 69,7% de las personas mayores señala que seguiría trabajando más allá de la edad de jubilación, pero un 62% de quienes hoy lo hacen es por necesidad económica, indica el reporte “Fuerza laboral envejecida: entre la extensión de la vida laboral y la informalidad persistente”, del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo. Tras esa permanencia forzada está la insuficiencia de ahorros: según datos de la Corporación de Investigación, Estudio y Desarrollo de la Seguridad Social (Ciedess) de la Cámara Chilena de la Construcción, a julio de 2025 el monto promedio de las nuevas pensiones autofinanciadas fue de apenas 4,31 UF (aprox. $170 mil pesos). Este es uno de los problemas estructurales que deben ser enfrentados con mayor anticipación.
Un cambio profundo
Más allá del reto demográfico, la caída de los nacimientos también puede leerse como una oportunidad. Expertos como Guillaume Marois, del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados (IIASA) y de la Universidad de Shanghái, ven en la disminución de nacimientos una posibilidad para concentrar mayores recursos en cada persona y potenciar así la productividad. “Las cohortes más pequeñas permiten una mayor inversión por hijo, especialmente en educación y capacitación, lo que puede generar trabajadores más productivos en la próxima generación”, plantea.
Pero aprovechar estos beneficios depende de cómo respondan las sociedades. “El amplio acceso a una educación de calidad y una alta movilidad social son esenciales. Sin estas condiciones, las ventajas pueden seguir concentrándose en grupos ya privilegiados”, agrega Marois. El investigador, junto a Wolfgang Lutz —también de IIASA, uno de los think tanks más prestigiosos del mundo—, publicó hace poco un análisis en el que sostiene que la visión de la baja fertilidad como una crisis está basada en supuestos obsoletos que no reflejan las realidades demográficas actuales.
Según los autores, hoy es evidente que, a mayor Índice de Desarrollo Humano, menor tiende a ser la fertilidad. Esto se observa incluso en países considerados modelos de conciliación entre vida laboral y familiar, como los nórdicos: tanto en Noruega como en Suecia —que tienden a liderar los rankings de desarrollo humano—, la tasa de fertilidad se sitúa en torno a 1,4 hijos por mujer.

Hasta ahora, la mayoría de las políticas implementadas por países con baja natalidad para revertirla han tenido resultados limitados. Las transferencias monetarias —como bonos y subsidios por hijo— en Hungría y Polonia lograron subir la tasa desde niveles ultrabajos, pero el aumento no ha sido permanente. “Lo que hacen es adelantar el nacimiento de hijos que se iban a tener igual, pero más tarde”, dice Cecchini. En Francia y los países escandinavos, las políticas que promueven la reducción de las desigualdades de género y el involucramiento masculino (como la entrega de subsidios, la ampliación de licencias parentales y el acceso a guarderías) han tenido efectos positivos, pero sin alcanzar la tasa de reemplazo.
En cuanto a las políticas para afrontar el envejecimiento, “la experiencia internacional ofrece aprendizajes relevantes”, dice Jorquera. Japón, por ejemplo, ha desarrollado uno de los sistemas de cuidados de largo plazo más estructurados del mundo y algunos países europeos, como España, han impulsado políticas para enfrentar fenómenos emergentes como la soledad y el aislamiento social en edades avanzadas. La socióloga advierte, sin embargo, que las comparaciones internacionales deben hacerse con cautela. “Muchos de los países más envejecidos del mundo atravesaron este proceso en plazos mucho más largos que Chile. Más que replicar modelos específicos, lo importante es observar estas experiencias, identificar qué ha funcionado y qué dificultades han enfrentado, y adaptar esas lecciones a la realidad institucional, económica y social de nuestro país”.
De crisis a oportunidad
Convertir la baja fecundidad y el envejecimiento poblacional en una oportunidad depende, sobre todo, de la preparación. “El primer paso es reconocer que son tendencias estructurales a las que las sociedades deberán adaptarse, en lugar de revertirlas”, dice Marois. Aunque en Chile el proceso se ha acelerado, no ha sido un colapso repentino, lo que ha dejado tiempo para la adaptación. Sin embargo, existen rezagos importantes. “Todavía cuesta instalar el envejecimiento como una prioridad sostenida en la agenda pública. En parte, porque la vejez suele aparecer en el debate solo desde la carencia o el problema, y no como parte de una transformación estructural de la sociedad. El resultado es que muchas veces reaccionamos tarde frente a cambios que llevan años anunciándose”, advierte Jorquera. Una señal es la lentitud con que han avanzado reformas estructurales vinculadas al tema, como la discusión de la Ley Integral de las Personas Mayores o la instalación de un sistema más robusto de cuidados de largo plazo.
“Si bien, a nivel latinoamericano, Chile es de los países más avanzados en temas de envejecimiento, con políticas específicas, programas de salud especializados, entre otras cosas, sigue siendo insuficiente. Si uno conversa con las personas mayores, la percepción es que en estos temas, Chile se queda corto”, indica García. Esto se evidencia en la 8ª Encuesta Nacional de Inclusión y Exclusión Social de Personas Mayores 2025, del SENAMA y la Universidad de Chile, donde el 84% de los adultos mayores afirma que el país está poco o nada preparado para el envejecimiento poblacional y más del 81% considera que sus necesidades apenas se toman en cuenta en las decisiones políticas.
Paradójicamente, solo un 41,3% de los encuestados cree que las personas mayores pueden valerse por sí mismas, pese a que el 78% es totalmente autovalente. En un país que envejece con rapidez, acortar la distancia entre percepción y realidad puede ser tan urgente como cualquier reforma económica o social.
