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Comunidades fugaces

“Nunca hubo tanta conversación y tan poca comunicación. Todo se comenta, se comparte, se responde, pero casi nada se escucha. La palabra circula veloz, pero no siempre encuentra destinatario. A eso se suma una duda nueva: ya no siempre sabemos si hay alguien al otro lado. Entre cuentas falsas, bots y comentarios fabricados, incluso la comunidad puede ser una puesta en escena”, escribe Teo Escudero, estudiante de primer año de Cine y Televisión de la Universidad de Chile. Este texto fue seleccionado en el contexto de la convocatoria para la sección Palabra de Estudiante correspondiente al número 38 de Palabra Pública.

Por Teo Escudero | Imagen principal: Isaac Lawrence/AFP

Alguien sube a redes una confesión anónima. Nadie sabe si es verdad, pero todos entienden que podría serlo. En minutos aparecen comentarios, teorías y bromas. Un grupo dormido vuelve a despertar porque algo nuevo empezó a circular. 

Tal vez el centro del problema no sea el rumor, sino la necesidad de comunidad. Necesitamos sentir que miramos algo juntos, que participamos de una escena común, que pertenecemos por un rato. Antes, esa sensación aparecía en rituales reconocibles: el programa de radio en la mañana, la teleserie de la tarde, el show que todos comentaban al día siguiente. No eran necesariamente trascendentes, pero daban la impresión de vivir en un mundo en común. 

Hoy esos rituales no han desaparecido: se han acelerado. Han mutado en memes, confesiones, funas, noticias, hilos, capturas y rumores. Nos reunimos alrededor de una publicación, nos posicionamos, reaccionamos y seguimos scrolleando por la pantalla. La comunidad aparece por unos instantes y luego se dispersa. 

Tomamos bandos en conflictos de personas que no conocemos, en peleas políticas que apenas entendemos, en noticias leídas a medias y en problemas interpersonales que olvidaremos después. No por maldad: tomar posición nos da una ubicación. Estoy acá, pienso esto, pertenezco a este lado. Eso nos define a nosotros y a nuestro entorno. 

Hay una soledad extraña en todo esto. Nunca hemos estado tan disponibles y tan aislados al mismo tiempo. Nos mostramos, opinamos, reaccionamos, construimos una versión pública de nosotros mismos. En internet no basta con existir: hay que hacerse notar. Nuestra persona digital se vuelve una versión editada para circular y ser consumida. 

Por eso la vida privada empieza a parecerse a una teleserie de las tres, pero sin guionistas y con demasiados espectadores. Hay traiciones, audios filtrados, capturas recortadas, indirectas. Lo íntimo se vuelve episodio. La vida se edita, se comenta y se olvida. 

El problema no es solo tecnológico. No basta con culpar a algoritmos, deepfakes o páginas de confesiones. La desconfianza no es gratis. Cuesta creer en instituciones que justifican hoy lo que ayer condenaban, en autoridades que venden humo y en medios que compiten por clics, likes y atención. 

Nunca hubo tanta conversación y tan poca comunicación. Todo se comenta, se comparte, se responde, pero casi nada se escucha. La palabra circula veloz, pero no siempre encuentra destinatario. A eso se suma una duda nueva: ya no siempre sabemos si hay alguien al otro lado. Entre cuentas falsas, bots y comentarios fabricados, incluso la comunidad puede ser una puesta en escena. 

Quizás por eso estas comunidades fugaces funcionan. No exigen demasiado: basta reaccionar a tiempo, entender el código, estar presente mientras dure la escena. Por unos minutos, una publicación nos da algo parecido a un hogar. 

La pregunta, entonces, no es solo por qué creemos rumores. La pregunta incómoda es qué vida compartida estamos construyendo que nos hace necesitar tanto estas pequeñas formas de pertenencia.