En Chile, la tierra se mueve, y esta realidad de temblores y terremotos ha forjado una identidad única en sus habitantes. Más allá de la destrucción y la catástrofe, cada sacudida ha dado forma a instituciones, normas y obras culturales que mantienen viva la memoria sísmica y nos preparan para el próximo temblor.
Por Sergio León Ríos | Imagen principal: Exposición Herencia sísmica, Desartes Cigiden
Chile es uno de los países más sísmicos del mundo. Su extenso territorio, de norte a sur, se asienta en la convergencia de placas tectónicas que periódicamente reajustan su posición, provocando sismos, temblores y terremotos que marcan la memoria colectiva del país. Las estadísticas dicen que quien vive en Chile experimentará al menos un gran terremoto a lo largo de su vida. Y así es como vivimos y hemos aprendido a vivir. No muchos territorios pueden jactarse de tener ciudadanos capaces de estimar magnitudes con solo sentir un sismo, y que, incluso antes de que el Centro Sismológico Nacional entregue el reporte oficial, ya estén compartiendo memes en redes sociales.
Esta identidad sísmica nace de una acumulación histórica de sacudidas bien documentadas. En 1822, María Graham describió con precisión el terremoto de Valparaíso y cómo el suelo se elevó; en 1835, Charles Darwin presenció el sismo de Concepción y los daños que dejó en la ciudad. En 1906, un terremoto devastó nuevamente Valparaíso —en 2026 se conmemoran 120 años de aquel desastre— y motivó la fundación del Observatorio Sismológico, hoy Centro Sismológico Nacional. El terremoto de Chillán, en 1939, inspiró la creación de la CORFO y una de las primeras normas antisísmicas. El de Valdivia, en 1960 —el más potente registrado por instrumentos modernos— sacudió el piso por casi diez minutos y aportó al avance mundial de la sismología. Tras el terremoto de Algarrobo en 1985, se puso en marcha la primera campaña “Chile ayuda a Chile”. Ya en 2010, el megaterremoto del 27F se presentó con una fuerza tremenda a toda una nueva generación. Esto ha tejido una conciencia colectiva sobre lo telúrico y ha moldeado a la sociedad chilena.
Pero la identidad telúrica también se forja por su ausencia. El norte de Chile, en especial las regiones de Arica y Parinacota o Atacama, con muchos años sin grandes terremotos, se ha convertido en un laboratorio global, con científicos nacionales e internacionales estudiando estas zonas desde la década de los 90, buscando respuestas sobre el esperado gran terremoto del norte.
A pesar de lo anterior, todavía hay personas que habitan este país y que no han vivido un remezón de grandes dimensiones. Si hacemos una lista rápida de los últimos quince años, tenemos el 27F en 2010, Iquique en 2014, Illapel en 2015 (justo cuando se inauguraba la Pampilla de Coquimbo) y no mucho más. En términos futboleros, el último gran terremoto ocurrió cuando ganamos la Copa América. Y ha pasado bastante tiempo desde entonces. Entre medio, el país vivió un estallido social, una pandemia y la selección pasó de estar entre las cinco mejores del mundo a ocupar el último lugar en las clasificatorias. Todo eso nos ha transformado profundamente, tanto o más que un terremoto.
En paralelo, Chile también ha recibido nuevos habitantes, personas que no están acostumbradas a sentir cómo se mueve la tierra, y eso también cambia el paisaje cultural: lo que aquí se vive como normalidad —una vibración nocturna, una alarma de evacuación, una réplica lejana— puede ser desconcertante para quienes no han experimentado algo así. La cultura sísmica que damos por sentada también cambia con el tiempo, y debe reforzarse constantemente a nivel práctico. Porque, en temas de desastre, la memoria humana es frágil. Y eso, un terremoto no lo perdona.
El movimiento de la tierra también moviliza a la sociedad. No solo los académicos hablan de sismos, distintos medios utilizan analogías como “terremoto político” o “terremoto en la ANFP”. El arte también ha reflejado este pulso tectónico: muestra de ello era el mural Terremoto, de Nemesio Antúnez, monumento nacional que estaba en proceso de restauración hasta antes de ser destruido por un incendio en julio de 2025. El mundo cultural ha usado los fenómenos telúricos como una constante fuente de inspiración para obras musicales (“Puerto Montt está temblando”, de Violeta Parra; “Que cante la vida”, de Artistas por Chile; “Bajo los escombros de Chillán”, de Víctor Acosta), piezas teatrales (Beben, de Guillermo Calderón; Namazu, de la compañía Amigos Salvajes), textos literarios (Los terremotos chilenos, de Patricio Manns; el poema “Terremoto”, de Pablo Neruda, incluido en Canto general), y trabajos de artes visuales (como la exposición Herencia sísmica, de Desartes-Cigiden, hoy exhibida en el edificio de SENAPRED). El movimiento de las placas seguirá siendo un constante proveedor para las actuales y futuras generaciones de artistas nacionales.
Desde la ciencia, cada terremoto es una oportunidad de aprendizaje: cómo se fracturan y mueven las placas, cómo responden las construcciones humanas y cómo evacuan las personas en escenarios de tsunami. Aunque muchos temblores no son percibidos por la población, cada vibración puede aportar datos esenciales. Y, aquí, contar con instrumentación de punta es clave. En el norte, la alta sismicidad es ideal para estudios que utilizan estos movimientos de la tierra para generar imágenes del subsuelo: redes sismológicas con muchos sensores instalados en terreno permiten conocer sus características y, a la vez, nos pueden entregar información sobre posibles recursos naturales escondidos bajo nuestros pies. La inteligencia artificial también está jugando un papel preponderante en la sismología, permitiéndonos no solo procesar una mayor cantidad de datos en menos tiempo, sino también poder identificar más sismicidad y patrones de distribución nunca antes vistos. En temas relacionados a los tsunamis, se han desarrollado escenarios cada vez más complejos y realistas, lo que ha permitido mejorar la preparación frente a este tipo de eventos.
Las placas se mueven, se agitan, tiemblan. Y esto hace que quienes habitamos este largo y angosto país vivamos con la certeza de que, tarde o temprano, volveremos a sentir un terremoto. Esto ha forjado una cultura sísmica única, con expresiones cotidianas de lo telúrico, manifestaciones culturales inspiradas en los remezones y contribuciones científicas relevantes hechas en Chile. Los terremotos tienen el poder de mover el eje de la Tierra, pero también son capaces de cohesionar a toda una sociedad con el fin de ayudarnos entre todas y todos. Desde las ciencias de la Tierra seguimos desarrollando técnicas y conocimientos para prepararnos mejor ante eventos futuros. Porque la Tierra —y sus placas— seguirán moviéndose, y más que anticipar cuándo llegará el próximo gran sismo, lo esencial es saber qué hacer cuando este suceda.
